Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Cap. 08 – Amores prohibidos.

Amores prohibidos (X)

Que él recordara no había entregado su cuerpo a nadie.
Nunca había estado con una mujer, salvo con Tuoya… pero con ella nunca pasaba nada así. No sentía ese vibrar insano pero bello, esa repentina fragilidad que envolvía su poderío masculino y le impulsaba a imaginar cosas que le gustaban pero no pretendía decir. Demonios, ¡ni siquiera pensaba que fueran a pasar!
La apreciada hermana de Qublei tampoco había estado con un hombre, de ninguna de las maneras, como había estado con Kerish.
Aunque su situación la haya hecho sumisa ante la suerte que le deparasen por la ley, aunque fuera a terminar de esposa con algún jefe guerrero, un fuego rebelde la llamaba a quemar sus ataduras y seguir la verdad de su corazón. Era ese ardor contenido el que hacía que se revelara a quien había elegido en secreto. Ella le había visto crecer estos años, convertirse en un feroz lobo solitario sin nadie a quien amar ni a quien brindarle su masculinidad.
La princesa de la tribu no esperaría a que su hermano la prometiera a otro la próxima vez y decidió con valentía y sin error. Soryatani era también una loba y reclamaba a su compañero tanto como sentía que él la reclamaba en aquella luna tan fría, tan caliente. En esos segundos, el mundo se había detenido para contemplarles y el momento era suyo. La vida se acabaría algún día, y la muchacha no soportaría morir sin haber amado. Sin ser amada. Sin que algo verdadero suceda, sin que nada pueda ser por su elección. Y por supuesto, sin ningún interés.
Él pensó, por primera vez entonces, en lo mismo.
A causa de la conmoción, el gladiador no se dio cuenta al instante de su propia erección al notar la entrepierna desnuda de ella acariciándose contra su muslo izquierdo, deslizándose suavemente. Pero ella sí le notó excitado, y cuando él supo hasta dónde había llegado hubo cientos de razones por las que estar muerto y otras tantas por las que lo demás no importaba nada. Un candado en él estaba quebrándose. La princesa de la tribu se apresuró a quitarse de encima del pálido y duro muslo de Kerish para desnudarlo y tocarle allí, en su parte más sensible. Si él tan sólo pudiera articular una palabra…
Su mente ni tan siquiera funcionaba, sólo un temblor irracional en sus piernas que ascendía hasta su vientre y una respiración acelerada daban paso a una sensación placentera, que no acababa ahí.
Soryatani se precipitó con las piernas a los lados de la cintura fuerte de Kerish, y subió una vez y bajó de nuevo. Ella se sorprendió cuando él gimió como un crío asustado. Los dos se quedaron quietos como si uno u otro hubiese sufrido una herida por error, y hubieran reído de no ser por los nervios. De que eran tan inexpertos y que cada cual pasaba por encima la falta de experiencia de su par, pues como quedaba claro Soryatani no había estado nunca con ningún hombre, y él nunca había estado con una mujer. Cada cual lo tenía claro desde ese momento entonces para moverse cuidadosamente.
Debía ser especial. El único suspiro en que importa estar con quien apresa los segundos, con quien aferra la gentileza y el deseo y los convierte en lo inolvidable.
Otra vez subir y bajar, sentirse invadida, notarse acogido y enviado al cálido y oscuro mar femenino. Con todo, ella pudo contener desde el principio el terrible grito de placer que él no resistió, escapar del dolor estrechándole en su interior con un abrazo que apretaba, y el chasquido que sintió la bella joven en su frasco del amor ensanchado por el generoso vigor que le regalaba su elegido. Así dio comienzo el goce. Había oído historias y recomendaciones sexuales de las mujeres de Qublei, por lo cual estaba segura de poder satisfacer a Kerish, y si podía volver a verse con él, quizá le enseñaría a satisfacerla con todas aquellas cosas que se imaginaba hacer contra su cuerpo, sea desnudo o apenas vestido. Éste era un hombre sin tocar por ninguna mujer y saberlo la llenó de calidez casi maternal. Le deseaba tanto, le amaba tanto…
Y al tiempo temía le entrase todo aquel grosor con violencia y la destrozara.
Tuvo paciencia, dejando que su secreto y codiciado guerrero virgen la tocase suavemente todo lo que quisiera y donde quisiera, ambos sin hablar nada salvo respirar agitadamente, moviéndose de cuando en cuando. Era todo un mundo nuevo para los dos, y lo disfrutarían al máximo. Kerish puso las manos en los senos de la chica de ojos verdes que chispeaban con rojas líneas en sus iris, apretó con suavidad, y ella le abrazó contra su sensual anatomía pectoral, volviendo a subir y bajar lentamente varias veces al mismo que una sombra furtiva se alejaba, apretando un puño.
Los gritos del bárbaro de unas 17 nevadas se apagaban contra los suaves y tiesos botones de los que mamaba como un recién nacido, acariciando con las manos sendos pechos y poniéndolas después bajo las axilas de su intrusa, sosteniéndola como si fuera a caer al inclinarse sobre su busto. Bajó con una caricia dual por sus costillas, que colgara del precipicio mientras él la hacía suya. Que los mundos cayeran al borde de las tinieblas.
Sus manos palparon cada centímetro de aquel cuerpo como si fuera el único que deseara tocar siempre. Ella gimió no en voz baja, sino de una manera parecida a un grito que se ahogó, como el aullido de una loba. Acusando unas espantosas contracciones, Kerish se había derramado en su interior. La llenó de su calor fértil generosamente, de golpe y sin avisar porque esta sensación le había sobrecogido y desbordado, pero Soryatani siguió cabalgándole con celo animal decidida a hacerle suyo y ser suya. De una manera más violenta, sus caderas subieron y bajaron sin piedad, su amante abarcó su cintura en un abrazo sin saber por cuánto tiempo duró hasta que, con furia, le devolvió el ataque manando descontroladamente de nuevo entre quejidos y suspiros entrecortados.  Y entonces, las oleadas, el colapso. Ni se culparon ni se perdonaron.
Ella sonrió con amplitud, la de una mujer completa. Entre la lechosa esencia que manaba de su feminidad ahíta, una roja lágrima resbaló entre ambos.
La loba había despertado, desatada al fin.

 

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Amores prohibidos (IX)

 

—¡Puff!—exhaló el bárbaro, cansado.
Se dejó caer en el ancho camastro de su barracón particular. Era una pequeña obra que encargó a un tipo que trabajaba madera, ya que las camas Ilonias eran una especie de jergón blando sin patas que se echaba en el suelo.
Había estado despreocupado y cómodo en esa cama, hasta ahora, que iba notando de alguna manera una presencia que le intranquilizaba. Fue a levantarse para echar mano de una espada que escondía bajo su cama, con la hoja recta y afilada por ambos lados, y apretó las cejas. Lo que vio salir de las sombras no era otra cosa que una mujer con los ojos claros y el pelo negro, lacio y brillante.
Se asustó en un primer momento, nunca le había visitado ninguna mujer a excepción de la que tenía Torii, que le trenzaba el pelo. Por un momento, le tembló el cuerpo, pensando en que podía ser Tuoya. Los ojos del gladiador se entrecerraron, brillando en la tenue luz de la noche, clavándose en los verdes iris con fueguecillos rojos de la mujer que ahora tenía tan cerca. Se puso de espaldas contra la pared, en cuclillas sobre la cama, enfilando con la espada de guarda en una media luna chata a la mujer. Una amenaza. Doble amenaza. Jadeó, tembloroso, y el cabello suelto se desparramó sobre sus hombros y le ocultaba la mirada.
Sujetó el glande de acero cada vez más tembloroso, era incapaz de luchar con una espada contra aquello que había tenido que soportar. Ahora, estaba allí, asustado como un conejillo acorralado por un lobo, con el corazón a punto de salírsele del pecho.
Cuando las sombras se retiraron de ella, vio que el rostro no era el de la mujer que temía, y abrió mucho los ojos. La joven era hermosa sin duda pero nada de malevolencia en su gesto, pues tenía en los labios, los párpados y todo el semblante una expresión benigna y confiada que le hizo bajar la guardia como si se tratara además de algún embrujo. Era imposible, pero estaba ocurriendo. No podía procesar el hecho de que ella le apartara la espada a un lado sin temer ninguna acción en su contra, con la delicada mano izquierda sobre una de las planicies de metal que destellaba con la entrante luz de la luna y las estrellas. Pudo notar que su visitadora, o su intrusa, se quitó las vaporosas sedas de turquesa descubriendo sus tesoros íntimos cuando su zona pélvica se rozó con lentitud contra el pálido muslo del guerrero, sobre su rodilla, descendiendo como si buscara la pose más conveniente para posarse en su cuerpo y ello le hizo sentarse de nuevo, conteniendo un grito de temor a lo desconocido.
Sí, la temía y a la vez le fascinaba porque se encontraba suspendido entre la vergüenza y el instintivo deseo, porque sabía que era fuerte y al mismo las caricias de ella podían rendirlo. No lo pensaba, lo sentía. Todo sucedió tan rápido que apenas pudo darse cuenta de su situación cuando ya la tenía encima.
—¿Soryatani?—susurró Kerish, incrédulo, al reconocer sus rasgos porque de lejos la había osado mirar alguna vez y su pecho vibraba amenazando con colapsar al enfrentar sus ojos.
La mujer gimió en voz baja poniendo sus manos sobre los hombros del joven, besándole la boca con un ardiente y apasionado fuego que emergía de sus labios lentamente. Las pálidas mejillas del bárbaro enrojecieron aunque no pudieran verse en la penumbra y la difusa luz de la luna, y las pulsaciones de su corazón se tornaron frenéticas, del mismo modo que sus manos fueron solas tras la cintura de Soryatani apretando sus nalgas, tomando posesión de ellas al descender con una sensualidad temerosa. Su culo estaba frío y duro, y al sentir las manos de Kerish ella separó sus labios de los de él, dejando que una delgada cadena de saliva uniera ambas lenguas unos instantes como dos prisioneros.
—No podemos hacer esto. Debes irte… si nos ven…—le advirtió el esclavo, mirándola a su hermoso rostro.
—No me iré sin ti. Te amo, siempre lo he hecho. ¿Qué le queda a dos personas como nosotros si no es el amor, Kerish? ¿Dejarías que mi hermano me prometiese a otro?—.
—Soryatani… nunca… Nunca he…—empezó a decir él aunque a los oídos ajenos, sonaba como un balbuceo incoherente.
¿Qué podía decir? ¿Qué podía hacer?


Amores prohibidos (VIII)

Cinco lunas separaban esta noche de cielo estrellado al norte del mundo, del día en que Qublei Khan se hizo con la victoria total matando a Jerjegune.
La ambición expansionista del joven Khan hizo que sus mesnadas doblegasen a los rebeldes de Aolin, y así, controlar el territorio del reino del sur de Ilonia con puño férreo. Los Aolitas restantes no resistieron la autoridad y mandato del Khan con armas, más bien se diría que le acogieron con los brazos abiertos. Qublei Khan disfrutaba de su victoria, bebiendo el licor nómada blanco, y riendo con sus compañeros de armas. En cuanto salía pocas horas antes de la tienda que compartía con sus mujeres, pareció avistar una sombra que se alejaba en la noche.
Pero estaba tan borracho y cansado de fornicar que no le prestó atención, mientras su mente vagaba por el regocijo de una victoria y una venganza completas, e iba a sumarse con sus camaradas en la tienda de reuniones, después de vomitar más airak.
Kerish estaba en las arenas del coliseo, hecho con toscos muros de piedra sobre piedra, y empalizadas rectas y puntiagudas de madera. Como cada noche, el chico cortaba el aire, solos él y esa espada pesada para empuñar a dos manos. Era diferente a otra gran espada que tenía alas en la guarda y la cola en la guarnición, con una cabeza rapaz en el pomo. Esta hoja en particular consistía en la dorada cruceta que protegía las manos de Kerish, asemejándose a dos garras de ave, sujetando en ambos extremos de la guardia de la espada un cráneo. El mango estaba recubierto por unos cilindros de madera barnizada con un extraño engrudo negro, al mismo que el pomo era la cabeza del halcón que miraba hacia un lugar en la nada.
El esclavo llevaba muy poca ropa. Solamente un taparrabo blanco y un peto negro de cuero.
Le gustaba esa arma. Se sentía nacido para empuñar espadas, más que hocinos, manguales, tridentes y demás parafernalia de combate. Pero igualmente, sentía el deseo, la irrefrenable sensación que se apoderaba de su firme vientre y le subía hasta la garganta, y salía por la boca como un grito al saltar y enarbolar la espada para dejarla caer con una furia destructiva sobre el suelo de arena, levantando una polvareda. El Aliento del Dragón.
Había aprendido un estilo de dos armas llamado “Los dientes del Lobo” que quizá era semejante al que usaban en su tribu, en las lejanas estepas, sólo que se empleaban dos cuchillos u hojas cortas en vez de espadas propiamente dichas. Aun así, podía ser aplicable. También estaba “La Furia del Cielo” que empleaba hachas grandes a dos manos, pero entre los estilos de combate que pervivían entre sus olvidados paisanos no se contemplaba del todo el del espadón. Golpes como “La Bestia de las Sombras” eran comunes entre los guerreros salvajes de la tierra a la que había pertenecido su corazón, pero las enseñanzas de Torii eran algo nuevo. Existían técnicas comunes en otros reinos, pero poco más, ya que los movimientos que se empleaban con grandes sables sin duda eran los mismos adaptados de las peligrosas espadas de guerra que, vistas en una batalla, hacían temer a todos si el que las manejaba contaba con la ventaja de la experiencia. Aun así, las espadas de dimensiones tales no solían verse salvo raras ocasiones en duelos civilizados o en manos de mercenarios. Las hojas grandes eran para los reyes del pasado.
Sin embargo, en cada tajo de espada, en cada mandoble dado aprovechando el poder de su cuerpo, un espíritu deshacía las cadenas impuestas y se alzaba majestuoso hacia los cielos. Su maestro apreciaba esto, y en ocasiones, sentía aquello que el joven sentía. Quería ser libre desde el fondo de un corazón que había enterrado.
Mas, ¿qué sería de él sin la arena? ¿Qué sería de la arena sin él?
Siempre las mismas dudas, y nunca las mismas respuestas.
Cesó de cortar el aire y se dirigió hacia sus aposentos en el coliseo, dejando la espada clavada en el lugar de la pista donde se había puesto a entrenarse, siempre bajo la mirada de alguien a quien no podía ver. Contaba con el favor del Khan ahora más que nunca, ya que protegió a su hermana, al Khan mismo y al resto con un ataque rápido y decidido que acabó con dos enormes Aolitas.
Torii le espiaba en secreto. Y había decidido libertarlo a no ser que algo se pusiera en contra… de aquí a un tiempo, quizá, pero el esclavo era una mina de oro, uno de los dos campeones que rivalizaban en arte, matanza y carácter, y se le podía destinar a más usos de los que el bárbaro de 17 años ignoraba.
Algo que no tardaría demasiado en descubrir Kerish por sí mismo.


Amores prohibidos (VII)

El Khan entrecerró los ojos, mirándole con detenimiento.
La lucha le había cerrado las puertas a sus recuerdos y emociones. Era un guerrero sin oficio ni beneficio que hablaba como un autómata de sí mismo, conteniendo un ardor virtuoso que le costaría la muerte mostrar; no se le consideraba tan persona sin embargo. Una cosa que vivía para luchar.
—Kerish, quisiera que me hablases más de Kymeria o cualsea su nombre… debe ser un lugar tétrico. Por lo que he oído por ahí, no tenéis sol—.
—Eres sabio, Khan. Nuestros cielos son tan grises y tan espesas las nubes, que el sol para nosotros no es más que un pequeño gránulo pálido del tamaño de un guijarro. Los inviernos duran casi todo el año, aunque la floración llega a su suelo y las hojas de los árboles cambian de color y caen. Hay cerros, colinas, y la capa del cielo gris las encapucha. Los espíritus animales nos guían. Es una tierra de lobos, una tierra de dagas plateadas en el desierto del norte, tormentas de acero, tumbas que esperan. Somos el invierno. Implacables, imparables, incluso en la muerte. Niños y niñas somos guerreros desde pequeños y sentimos la Llamada de la Sangre. Recordamos lo olvidado, pues nuestra historia como pueblo se ha transmitido por oración porque no ha sobrevivido en ninguna escritura—.
—¿Y los de tu raza en qué se nos parecen?—rió Jerjegune, bebiendo su airak con desmesura de un cuenco.
—Nos parecemos bastante. Compartimos ternero con harina con nuestros invitados, a los que también damos de beber un licor aunque no sea este. El caballo es nuestro hermano en la batalla, pero hay más que estepa en mi tierra, pasando el Muro de Hielo, pues igual que cabalgamos por praderas y nos adentramos en páramos también somos gente de montaña. Ahí acaba la diferencia, nos movemos a caballo con el arco y la espada pero también combatimos en la montaña y los bosques. Damos valor a cada guerrero. Somos hijos del cielo y la tierra—.
Bortochoou asintió, pues era un amante de los caballos, además de buen adiestrador y cetrero.
Se escuchó un grito fuera, y el clamor de lucha y espadas chocando. Las fuerzas Aolitas atacaban el aíl de Qublei Khan sin previo aviso, como tal traición que temía el hermano de sangre del Khan. Jerjegune el tuerto se levantaba con la expresión furibunda, apartándose de Qublei. Los cinco hombres del Aolita inmovilizaron a los guardianes de las armas, y tomaron sus cimitarras, a la par que Jerjegune rió tomando su hacha. Al volverse, vio al joven pelirrojo en pie, dando una patada en la boca a uno de sus guerreros con la pierna izquierda, estallando los labios del sicario con la puntera de la bota. Cuando el grandullón se repuso, corrió por Kerish, y el Cymyr saltó hacia atrás esquivando una patada de frente hacia su pecho. En la fracción de segundo que seguía, el enorme Aolita recogía la pierna, cuando una sombra ágil se deslizaba por debajo suyo.
Cayó al suelo con la rodilla desencajada y la pierna meneándose como un pendón, aullando de dolor, pues Kerish se había tirado ya hacia el gigante golpeando su rodilla derecha con ambos pies, perpetrando un deslizamiento rápido y furtivo. Bortochoou corría por su espada, enfrentándose a otro perro Aolita, mientras que fuera, había estallado la guerra.
Uno de los Aolitas corpulentos quiso tomar a Soryatani, pero se encontró con la suela de la bota derecha de Kerish en la boca. Al levantarse, lanzó un puñetazo que el bárbaro desvió con esfuerzo utilizando la mano izquierda, y luego, el salvaje de larga trenza fue remontando el brazo del grandullón con moño en rápidas palmadas por el antebrazo y el bíceps. El golpe llegó a la nariz del Aolita y la rompió en un estallido de sangre y gritos, entre los cuales podía oírse el de un Bortochoou destrozado con la que fuera su esposa en brazos, muerta por una lanza.
El tiparrón al que se enfrentaba el extranjero de piel blanca era un tipo duro, y aunque en el intento siguiente el gladiador le paralizó el brazo, el Aolita le golpeó en el vientre con un derechazo circular, un golpe que impactó sin ninguna defensa que lo bloquease apenas. Kerish se dejó golpear visiblemente una segunda vez.
La rodilla del Cymyr se disparó entonces con un salto hacia a la boca del Aolita cuando éste preparaba un tercero, lento, y terrible puñetazo… y saltando sobre él nuevamente, Kerish le golpeó en la sien derecha con el codo. El gigante cayó sangrando por la boca y la nariz, quedando sin sentido. Soryatani dedicó sus ojos verdosos al gladiador con admiración, cuando él salió fuera, dando brincos, y Bortochoou y el Khan daban muerte a los escoltas de Jerjegune, ensartándoles por los costados sin ningún miramiento, aunque ello les costara al primero un corte en el brazo derecho y al segundo uno menos profundo cruzando su vientre.
Qublei buscaba la otra espada para enfrentarse fuera al cobarde de Jerjegune, que había salido de la yurta con el hacha. Encontró su ken y corrió seguido de Bortochoou, Gemei, y sus hermanos. Todo el lugar era un campo de batalla. Tenía su gracia, y no la tenía, ver a una mujer, Tuoya, golpeando a un soldado Aolita en la cabeza con un cazo.
El joven Khan cortó la cabeza a un Aolita desprevenido, desde el lado izquierdo con la ken, y paró un tajo hacia su frente con la cimitarra en alto, devolviendo una patada en los testículos al soldado de armadura negra, y hundiendo su acero Ilonio en la garganta de su adversario. Vio al Khan Aolita enfrente suya, blandiendo el hacha.
Ambos khanes peleaban a base de fintas y bloqueos, quedaban muy igualados. Un burdo y lento ataque desde arriba intentó cortar al Ilonio por la mitad, pero éste esquivó la hoja del hacha y con el reverso del ken, golpeó la frente a khan rival. Antes de que la primera sangre brotase, Qublei le propinó una patada de barrido tras el tobillo izquierdo y le derribó, alzando su cimitarra. El Khan señalaba con la punta del ken el cuello de Jerjegune, sonriendo con su amenaza. Preparaba un demoledor ataque desde arriba con la otra hoja y mantenía al tuerto inmóvil con la otra espada forjada como un arco esbelto de metal asesino.
Cuando vio que su camarada Gemei se ponía en frente, tensando el rojo arco, sabía lo que pasaba: le atacaban por detrás, demasiado tarde para darse cuenta y dar la vuelta.
El experto arquero dudó, bajando el arco. Qublei volvió la mirada, viendo que uno de los guerreros de Jerjegune tenía tapado el cuello por una trenza de cabello castaño profundo y de reflejo cobrizo, que se mantenía estática, igual que una expresión de incredulidad perpetua en la cara del soldado Aolita. Luego vio a Kerish. El gladiador tiró de la trenza con la cabeza pues estaba medio agachado en una pose extraña, y así la delgada hoja doble de hacha hizo desprender del cuello del Aolita un chorro de sangre y trozos de piel vuelta y carótida.
Después, la espada esteparia del Khan Ilonio atravesó el cuello de su rival en el poder, que apenas pudo defenderse y recibió así su final. Luego, el curvo sable al que en Ilonia llamaban “ken” se clavó entre las clavículas de Jerjegune destrozando de parte a parte carne y hueso.
Así, Bortochoou recitó un viejo dicho Ilonio lleno de sabiduría pero enfocado por tanto a antiguas rivalidades:
—¡Muerto el perro Aolita, se acabó el picor de huevos!—.
Mil gargantas se sumaron al grito de victoria sobre los únicos rivales en el territorio, que se rindieron y más tarde aceptaron a su nuevo señor y luchar en su nombre. Tanto dolor, tantos años de rencores…
Sin lugar a ninguna duda esos tiempos habían pasado, pues ahora el joven Khan era el dueño por derecho de sangre de todas las tribus guerreras, y no cejaría en su empeño por acometer su ambiciosa empresa de conquistar todo bajo el cielo.

 


Amores prohibidos (VI)

El rostro afilado del Khan se dirigía a los cinco tipos con los que vino su rival. Los conocía, unos mostrencos de cuerpo grueso y brazos fuertes eran los luchadores de élite del Aolita.
Cuando se sentaron, todos desarmados (dejaron sus armas junto a un guardia al lado de la entrada de la yurta), el joven con el pelo cobrizo largo y trenzado, vestido con un del negro y una falda corta de piel, fijaba sus ojos en los grandullones bigotudos y de pelo recogido en lo alto de la cabeza, en elegantes moños. Les chocó ver a alguien así pero, en cuanto al hecho de que estaba sentado al lado de Torii con un visible anillo de jade al cuello, supieron que era un esclavo.
En sus ojos advirtieron que, remotamente, compartía ancestros con los Ilonios pese a que el tiempo se había encargado de suavizar los rasgos. La velada no se tornaba en una pelea, aún. Intercambiaban elogios ambos khanes, mientras hablaban sobre Xihuan y su nuevo emperador, Zi Ying, un hombre respetable pero indeciso, y que podían sacar partido de la ausencia de tropas en la capital. Kerish comía con fingida educación los trozos de ternero con harina caliente, y no levantaba la vista hacia los khanes. Las mujeres entraron a servir más comida y bebida. Entonces, la mirada de Kerish se juntó con la de Soryatani. Él no sabía quién era ella. Pero el visible cuidado con el que la diosa entre mortales miraba al Khan y luego a él, le hacía sospechar de algo.
Por su lado, pasó Tuoya, hermosa con su inseparable vestido negro y el cabello recogido en un alto moño, con el rostro inmaculado resaltado por el khol que llevaba en los ojos, haciéndolos sombríos pero con finura y más rasgados, y el flequillo de su larga melena cayendo pulcramente a ambos lados de la cara.
Se rozó con él intencionadamente dándole un suave toque con una de sus piernas en la espalda, y el muchacho enrojeció.
Después de hablar sobre tácticas militares y proezas de ambos khanes, Qublei miró a Kerish, acariciándose el mentón. Jerjegune, que tenía unos 27 años (y en estos nunca había compartido comida o bebida con un extranjero), preguntaba al anfitrión sobre su extraño invitado.
El Khan sonrió volviendo a mirar al Aolita.
—Es un esclavo que me brinda unos espectáculos magníficos. Mi querido hermano Torii le ha traído para que amenice la velada, ya que a veces es su guardaespaldas y nos reconforta su presencia. En verdad nunca tiene nada que decir, pero le pediré que hable de sus orígenes. Un hombre destacado en la lucha es de bien merecida atención a los ojos de todo Khan—.
Soryatani miró a Kerish y luego sus ojos se encontraron con los fríos y detestables iris oscuros de Jerjegune, que la miraba a su vez con lascivia.
Ella volvió el rostro hacia su hermano, y éste asintió para tranquilizarla. Aunque en esos momentos, Qublei pensaba en lo difícil que sería prometerla. Kerish bebió airak de su cuenco, y limpiándose los labios con la lengua, clavó sus ojos negros en los de Qublei Khan. Éste le transmitió su deseo, y el esclavo extranjero no hizo esperar por más la deseada historia que el señor de la guerra vivió a través de sus palabras.

Ante todo mis respetos, honorable Qublei Khan. Me alegra y honra tu atención a mis habilidades y a las luchas en las que participo. Pero temo que mi relato sea corto e impreciso, pues no tengo muy claros mis años vividos anteriormente, ya que al servicio de mi mentor, he olvidado mis orígenes. Puedo decir que provengo de un humilde pueblo guerrero, como todos en Kymirnn, la también llamada Kymria, que en dos lenguas significa Tierras de la Noche. Es así como nos referimos siempre a ella. Apenas somos diferentes a vosotros. Hay muchas tribus y nuestro modo de vida es nómada, todos nos enorgullecemos y honramos a nuestros amigos y familia sentados alrededor del fuego en nuestras casas de madera, nuestras tiendas de piel, pues mi pueblo no ha aprendido a trabajar la piedra como en otras naciones. No me acuerdo de mucho más antes de partir, solamente que estaba luchando con las manos desnudas contra un oso negro. Luego desperté en una mazmorra de Minas Chagör, siendo esclavo de un tipo enfermizo y cobarde que me mandaba picar piedras. Maté a un par de sus capataces con un juramento en la mano y una espada en la otra. A otro lo estrangulé con las cadenas de mis grilletes hasta que su cuello crujió como la cáscara de un huevo al pisarlo. El Señor de los Esclavos me vendió a Torii, mi maestro, y él ha hecho de mí el gladiador que ahora soy”.


Amores prohibidos (V)

Soryatani se puso en pie mientras la tarde se mostraba nubosa.
Dejó a sus pies un cuenco que horas antes contenía agua y que, ahora, sólo rebosaba vapor casi extinto del todo. La Ilonia asumió cuanto hubiese visto en las profundidades de una ensoñación inducida en trance como si todas esas imágenes sin hilar en la coherencia llegaran de golpe y formaran una figura desmembrada en su mente. Aun así le fue fácil unir los pedazos poco a poco, estremeciéndose. Había peligro, muchos peligros. Entre ellos, advirtió que su propio corazón sufriría y el destino de su pequeño mundo sangriento estaba en la cuerda floja.
Cubrió su cuerpo con una capa de lana blanca, pues tenía los senos al aire y la temperatura afuera había menguado considerablemente. A sus 22 años era una mujer poco culta sobre el mundo que les rodeaba, pero eso no dejaba duda alguna sobre su habilidad mágica como primeriza en las dotes de la videncia y oráculo. La madre de Qublei la aceptó como hija aunque naciese de la favorita rival del padre del Khan, y la mandó a aprender con un chamán las fuerzas de la tierra. Los perros grises y delgados en su puerta ladraron un par de veces y luego lloriquearon. Por eso supo que su hermano iba a llegar, y entró pocos segundos más tarde en la tienda. Qublei fijó su mirada en la de su hermana, los ojos de jade de ella eran todo un regalo a la vista ya que pequeños brillos, de un color de metal oxidado y vivo, marcaban las líneas más finas de sus iris verdosos.
—Soryatani. Disculpa que irrumpa así pero un asunto importante ha surgido y hay poco tiempo. Tenemos que hablar—.
La voz seria de Qublei significaba problemas. El Khan se sentó a su lado, rodeando sus esbeltos hombros con uno de sus hábiles brazos. Le besó las mejillas y le acarició la larga melena oscura, brillante en azul como el zafiro, a la luz de la fogata, aunque sin llamas cada hebra se mostraba negra y pura a la vez rebosando su propio brillo.
—¿Qué puedo hacer por ti, hermano?—suspiró ella sabiendo que las cosas que había visto escrutando en sus ratos de soledad estaban por venir.
—La alianza. El futuro… Te prometeré a Jerjegune, y sobre tus hombros caerá el peso y el honor de unir nuestras tribus. ¿Estás de acuerdo?—.
Soryatani se arrebujó en su capa de lana y puso su cabeza contra el pecho de Qublei. Estaba llorando. Su hermano la abrazó, besándole la frente al separarla de él con delicadeza mas la joven le miró con los ojos ardiendo de pena, y furia femenina como si contra ella se cometiera el mayor de los ultrajes.
—¡Antes que ése cerdo Aolita me pidiese en matrimonio, por la falsa paz que promete, preferiría la muerte!—.
El Khan se sintió algo mal. Había considerado la propuesta un mes antes, todo para unir las dos mitades de su tierra. O eso, o la guerra. Y ninguno quería hacer la guerra por una mujer. Desde sus 17 años más o menos no existía momento en el que no se hallara combatiendo sin pausa.
Pese a ser pendenciero, ansiaba algo de tranquilidad, y más que eso, la paz. La batalla le tenía demasiado quemado el espíritu. Si entregando a su hermana todo eso convertía a Ilonia en una gran potencia unida que acaudillar en una rebelión conquistadora, ¿qué no sacrificaría? Pero su hermana… Uno de sus pilares en la vida…
¿Estaba tan dispuesto a entregarla sin más?
—Bueno, ya veremos eso de la boda con Jerjegune. Yo lo mataría antes de prometerte a él. Pero deberías mirar por tu pueblo, haz un esfuerzo, Soryatani. Con su ejército y el mío, seremos invencibles y Xihuan será nuestro. ¿Fallarás a tu Khan?—le insistió, mientras ella consentía sumisamente a la desagradable idea del matrimonio negando con la cabeza, —Entonces, piénsalo. Otro te entregaría lo quisieras o no pero pienso que si el eterno cielo dispusiera de mí ese mismo final, desearía con todas mis fuerzas que tú me dieras una opción. Cásate con mi enemigo y lo convertiremos en amigo. Tu gente siempre te amará por ese sacrificio. Y yo pondré de rodillas ante ti a nuestros opresores y te entregaré grandes provincias y un poder que ninguna mujer tendrá salvo tú. El festín tendrá lugar, gánate su afecto y muéstrale lo hermosa que eres de alma. Incluso la loba más delicada puede cambiar el temperamento del lobo más fiero—.
Entonces, él le besó la frente, y salió de la tienda, sin lindezas, dejando que llegara el tiempo de la decisión.
El sol estaba en medio del cielo aunque no se veía mucho, y algunos charquillos de barro estaban siendo pisoteados por los cascos de la guardia de Qublei Khan.
Escoltaban a seis hombres. Al contrario que el “del” azul, la armadura Ilonia roja, y el cinturón blanco que llevaban los hombres del ejército del Khan, los cinco soldados de Jerjegune el tuerto iban con armadura negra y ropas de color  turquesa apagado, con el cinturón rojo. El que iba en cabeza, con la armadura marrón, el cinturón también rojo y las ropas turquesa, tenía unas grandes entradas sobre la frente, y una rebelde melena negra peinada hacia atrás. Las patillas le llegaban hasta casi la parte inferior de la mandíbula, y tenía oculto un ojo tuerto bajo un parche de cuero remachado con puntas de hierro.
A su espalda, un hacha a dos manos de hierro oxidado. Su dueño no cuidaba su arma o no tenía interés en ello. Entre los hombres del Khan Aolita, se cuenta que era el hacha de su padre, con el que mató al padre de Qublei.
En memoria de ese día, la pesada arma bebería la sangre de sus enemigos hasta acabar encontrando el cuello del Khan advenedizo. Así, enterraría el hacha, ensangrentado con la roja vital de tantos enemigos, en lo alto del monte donde Qublei le cortó la garganta a su padre, Agadei el Aolita.
La escolta cesó la cabalgata, y Jerjegune desmontó con su mirada arrogante hacia todos lados. No era muy querido por la gente de Qublei Khan, pero eso no le impedía regocijarse en que si había pelea, no iba a ser uno solo contra todos. Por algo, le conocían también como el Desmembrador.
Dos sirvientas, vestidas con largos del de color blanco y rojo, hicieron pasar al encarnizado rival a la gran tienda de fieltro del anfitrión.
Una vez dentro, Jerjegune miró con su ojo sano, el derecho, a la gente congregada a sus flancos. Estaban todos allí. Qublei, Bortochoou, Gemei, y los otros hermanastros del Khan, incluso ése que quedó viudo y entrenaba gladiadores. El de su izquierda, con expresión triste y mirada en el suelo, era un cautivo sin duda, y se notaba que era extranjero. Quizá un rehén aunque al verlo junto al conocido tratante adivinó la naturaleza de este invitado.
Qué raro, un esclavo de Torii compartiendo airak con el Khan y sus hombres”.
—Te doy la bienvenida, Jerjegune. Siéntate con nosotros y hablemos… Nos espera el futuro con manjares más deliciosos de los que probarás hoy en mi mesa—apremió Qublei en tono conciliador.


Interludio: El consejo de los espíritus animales (II)

—¿Qué opina Bran el Cuervo?—preguntó Oso Gris.
—L-los humanos s-son dulce carroña q-q-que devorar. Nuestro sustento. Es igual s-si mueren o viven, p-porque mondaremos sus huesos de to-todos modos—expuso Bran, tartamudeando mientras se frotaba las manos.
—¡Calla, bribón!—dijo el águila, dándole una palmada en la nuca al enjuto cuervo, —¡Eres un pajarraco inútil que sólo entiende de carroña y nigromancias!—.
La joven que era un halcón de las nieves, también de ojos dorados, miró a su compañero y echó a reír, cogiéndose del fibroso brazo derecho del joven. Ambos se acariciaron cabeza contra cabeza.
—Los humanos cazan como nosotros cazamos, y se aman tanto como nos amamos nosotros. Defiendo lo que dijo Guerrero, hermano y consorte de Lanza del Sol—.
—¡Siempre serás una criaja, Flecha Blanca! ¿Es que nunca comprenderás que los propios humanos nos han destinado a la catástrofe?—gruñó Luto, el Warch.
Sus dientes se mostraban en una sonrisa fiera hacia la hermosa muchacha-halcón.
El joven que era su compañero se interpuso entre la mirada lobuna del Warch como un desafío, que sin duda lanzó como una verdad furiosa.
—Y tú un bastardo sediento de la sangre de tus semejantes. ¿Es que tu propio cruce no te hace sentir que destrozas una parte de ti cada vez que matas a un humano?—le espetó duramente al Warch, sabiendo de su condición, mostrándole amenazadoramente los nudillos y el dorso de su puño derecho.
El Warch sentía enfado y se habría batido con él en un fatal duelo, pero algo dentro de él le hizo echar un gañido lastimero admitiendo su derrota antes de tiempo. La loba blanca no se calló.
—Como siempre, directo en tus amenazas tanto como con tus ataques, Luna de Invierno, pero eso carecía de mención ahora. No eres digno de las plumas que portas con orgullo—.
—¡Ni tú del cargo de Espíritu del bosque! ¿Osas amenazar la vida de los humanos con tu ausencia de ellos? ¡Recuerda para qué se te concedió el poder, Nieve! ¡Todos tenemos una responsabilidad con este mundo y con la Madre Tierra! Resulta impensable que su hija predilecta, a la que ofrendan en invierno, esté contra ellos y no vaya a mover una garra por protegerles—.
Padre Águila, que servía al Padre Cielo, se cruzó de brazos sobre su poderoso pecho y miró con desafío a la loba, que se apartó de un soplido el liso flequillo en corte recto que caía hasta casi las cejas.
Una fina cicatriz en forma de media luna que era su odio hacia los humanos se adivinaba entre su cabello, pero aun así, no replicó a las palabras del espíritu águila. Sabía que él tenía razón.
—Sea como sea, hermanas y hermanos, hemos de decidir si dejamos a los hombres a su suerte contra el culto del antiguo dios del mal, o si por el contrario, debemos ayudarles con nuestros poderes—anunció de nuevo el hombre-oso, ya en la cincuentena y aún jovial, musculoso, y sabio por el paso de los años.
—Oso Gris, tú y Kroon vivís entre humanos. ¿Moriríais por ellos? ¿Defenderíais una raza que lucha contra sus hermanos, que mata a sus hijos por un rito oscuro para atraer al vengativo espíritu de Choddan y hacer que la muerte caiga sobre otros?—interrogó una voz femenina y afligida.
De entre los otros lobos de la manada, una loba gris de ojos dorados contemplaba la escena, esperando el permiso de Nieve para acercarse.
Su madre consintió con un cabeceo y la loba se convirtió en una joven que aparentaba unos quince años, con los redondos y pequeños senos perfectos en su forma pese a su tamaño, al aire libre.
Se acercó a la hoguera presentando entre ambos pechos un surco más claro aún que su piel blanca, apenas se los tapaba su larga cabellera rubia, pero llevaba así de descubierta su feminidad para que todos pudieran ver la marca rosada, recuerdo de un ataque.
—Se lo hizo un humano, utilizando a uno de los nuestros como arma. Hirió a Princesa con los dientes del fallecido Puñal—gruñó el lobo negro que lo mismo andaba a dos patas que a cuatro.
—Fue herida por un humano al que estabais dando caza, y él se defendió pese a ser demasiado joven, y vosotros más que él en número. Si le perdonaste la vida junto al castillo de la vampiro, que hoy está en ruinas, fue porque yo estaba cerca—replicó Kroon.
El lobo rojo y el lobo negro eran rivales, pero una vez tuvieron un duelo del que Luto aún conservaba cicatrices.
—Merece la pena todo aquello que creamos justo y sabio en nuestros corazones, por eso hemos venido a dialogar—suspiró Lanza del Sol, mirando hacia las grandes formas astadas, en las sombras.
Los toros aún no se pronunciaron. Lanudos y castaños, con enormes y anchos cuernos, los uros medían más de dos metros hasta la cruz, su mirada bovina e inteligente estaba puesta en el consejo.
Finalmente, uno de ellos se adelantó con pesados andares, ofreciendo su aspecto humano: un hombre mayor de barbas rizadas que no había perdido la robustez del guerrero, poseía un cuello ancho, y un casco con cuernos, y sus brazos fuertes llevaban las manos hacia el ancho cinturón de cuero.
—Estoy con Princesa, los humanos nos utilizan en algunas ocasiones como montura de guerra, pero desde que mi manada y yo emigramos, ya no lo hacen, ni beben en nuestros cuernos, que nos cortan tras matarnos. ¡Nuestro símbolo de poder es sólo un vaso para ellos! Si por mí fuera, les pondría a todos en fila, y uno tras otro los embestiría sin piedad—.
—Respetamos tu razonamiento, pero es un razonamiento hacia el odio, Taurian. Invocaremos entonces al Gran Espíritu del Trueno, al Hijo Celestial, a la Estrella del Guerrero. Si nuestros corazones están confusos, el suyo no—sentenció Oso Gris.
Todos unieron sus esencias, su energía… y en breve, el viento, el fuego, el agua y la tierra subieron hasta el cielo como un torrente inacabable, como un tornado, y el cielo se oscureció hasta parecer de noche. Relampagueó sin llover, y un trueno blanco plateado con la forma de un dragón bajó hasta la tierra.
Entonces escucharon la voz del Trueno de Indarr.
“La Profecía…”.