Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Amores prohibidos (III)

—Si me sucede algo, Bortochoou, somos más que ellos aquí. Y si no nos unimos todos, no podremos tomar y gobernar Xihuan. Somos sus lacayos, nos envenenaron con su sangre según la leyenda… el poder está en todos nosotros, sólo tenemos que intentarlo, amigo. Estoy seguro de que podemos hablar con ellos y convencerles que la solución no está en matarse—susurró Qublei.
¿Qué más da si son más o menos, si el Khan muere? ¡Qué iluso eres, Qublei!”, pensaba Bortochoou.
Se hizo un tenso silencio entre ambos. Entonces, una de las esposas del Khan, la que no estaba presente antes, entró en la tienda, pidiendo permiso con una reverencia. El joven Qublei la hizo pasar, y ella se arrodilló, dejando una bandeja con pasteles de almendra y una jarrita de cerámica blanca que humeaba. La infusión de hierbas de su señor. Entretanto, Bortochoou miró a los ojos de Qublei, después que el otro tomase un pastelillo y le inquiriera algo con la mirada.
Entonces se lo dijo, continuando la conversación:
—He invitado al gladiador… Kerish, a que coma con nosotros, tal y como me pediste. Para que cuando vengan Jerjegune y sus bastardos podamos sentirnos un poco distraídos preguntándole sobre la vida en la arena o lo que sea. Así estaremos menos tensos escuchando sobre las tierras que ha visto. Ahora, debo decirlo. Odio a esos perros Aolitas, y seguro que el esclavo no es mejor. ¿Por qué le has invitado a comer en nuestra presencia, en este momento con Jerjegune?—.
—Hermano, tenía curiosidad por conocer al muchacho. Según dijo mi hermanastro Torii, el chico viene de una tierra de más allá del Muro de Hielo. ¿Entiendes? Un desierto de nieve, y una cordillera gélida por la que nadie ha conseguido pasar jamás hasta Chagör, malditos sean todos los demonios que habitan el erial. Es un experto guerrero en las artes de la muerte para ser tan joven. Y siempre te hace estar de buen humor con sus luchas ya sean sin armas, o con ellas. Y, como sabes, soy muy amigo de la batalla. Soryatani por contra, que es un alma compasiva, repudia la sangre. Su espíritu es diferente al mío. Ojalá pudiera convertirla en una guerrera y asegurarme de que a mi muerte, sus hijos ocuparían mi lugar. Ve a veces cosas que pueden pasar, igual que a ti, pero con más frecuecuencia. Sería un bobo si no hiciera caso de sus sueños cuando está despierta, igual que por necio, habría caído hace ya de no ser por tus consejos. Por eso compartí mi sangre contigo—.
—Posees una gran sed de saber comparable a la que tienes de sangre, hermano. Pero ya conoces mi opinión: un hombre que es rebajado a esclavo y mata para que disfrutemos no merece compartir nuestra mesa. ¿Qué vale realmente para ti? Respecto a tu venerada hermana, ella está bien como es. Sólo acéptala en su pensamiento, pues yo mismo me siento cautivado por su mente—.
Qublei rió sintiéndose honrado, y sus ojos oscuros brillaron marrones a la luz amarillenta del pequeño fuego que les daba calor en las frías noches de la estepa. La mujer de antes estaba ahí, todavía de rodillas, con la cabeza agachada, sumisa. Dándose cuenta, el Khan la miró y la despidió con un ademán.
—Gracias, Tuoya. Ve con las demás y pídeles que vengan aquí a dormir esta noche. Que Jen se quede en la otra tienda y… con poca ropa. Gozaré del ardor de su vientre hoy—.
Ella asintió a la voz ligeramente ronca de su forzado esposo, el Khan Qublei, y salió de la yurta con la mirada tan sombría como su negro vestido. Su cabello se meció en el aire un instante, dejando un perfume almizcleño que excitó a ambos hombres. Una vez hubo abandonado el lugar, continuaron hablando.
—Si le he invitado ha sido por Soryatani, pues suya fue la idea. Es demasiado caritativa, pero, ¿qué mejor ocasión que la que tenemos entre manos para pactar la paz, y que un perro esclavo al que admiro un poco pueda contar antes de morir algún día que estuvo sentado a mi mesa, mientras pacté la alianza que haría temblar el mundo?—.
Las palabras del Khan hicieron sentirse si cabe más inseguro a Bortochoou, y éste, asintió escuchando pasos, sabiendo que ya era hora de retirarse. La noche se había echado encima demasiado pronto.
Bortochoou dejó la tienda con una servil reverencia, y las mujeres entraron de nuevo, despidiendo con besos al hombre de confianza del Khan.
Qublei se asomó por la rendija entre dos cortinillas que velaban por su intimidad del mismo modo que los dos guardianes que con las manos en los cinturones de sus armaduras brigandinas permanecían sentados con las manos sobre la empuñadura de la espada.
El Khan salió entonces, despidiéndose de sus otras esposas, y vio que una mujer con los lacios cabellos oscuros y los ojos de un color pardo, verdosos aún de noche, se asomaba desde la otra tienda, con una toga azul adornada con bordados de flores y árboles en colores verdes, dorados y rojos.
El rosado fajín de la esbelta mujer, de rasgos orientales y nariz un poco menos pequeña que la del resto, caía de su cintura dejando ver al Khan una ingle derecha blanca y suave, cercana a un triángulo de corto vello que medio ocultaba el del de ella.
Los ojos de ambos se encontraron apasionadamente en la distancia, y así ella se cogía el pecho derecho con una mano, mirando a su esposo con los rosados labios entreabiertos.
“Ah, mi dulce Jen me llama desde la yurta. Creo que estos pantalones llevan mucho tiempo puestos. Jen, guarda tu abrazo para tu hombre… ¡allá voy!”, se decía a sí mismo Qublei, dirigiéndose a la tienda, medio desnudándose por el camino.

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2 comentarios

  1. duhradhafera

    “No, si éste se ha propuesto meterme en problemas…” Accion, intriga, amor… demonios, me da que de esta no salgo viva….

    12 mayo, 2012 en 9:49

  2. Pues todavía queda para un buen tirón, Duhr…
    En cualquier caso, vas a ver cómo se lía todo y los acontecimientos precipitarán las cosas a un punto del que no se puede retroceder.
    ¡Un saludo!

    13 mayo, 2012 en 1:15

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