Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

La Hora del Dragón (III)

El dragón del emperador soltó su espada, y algo se movió en su piel y bajo ella. Su estructura ósea cambiaba tanto como el color de su epidermis y la forma abultada de cada poro, que de ser clara, pasaba a un broncíneo oscuro, y sus ojos tornaban a un dorado que enverdecía con un brillo de hechicería. Su cuerpo humano adoptó una proporción alargada, con brazos humanoides y una cabezota del largo de un buey, así se multiplicaban sus costillas en dos hileras que sobrepasaban el volumen de un gran alfanje por demasiado.
—Ahora hablamos de un dragón de verdad—sonrió Kerish para sí mismo, sabiendo que iba a morir.
Entonces advirtió que, mientras la bestia se transformaba, el hueco que Dragón había dejado utilizando el fuego era cubierto por guardianes de camisa brigandina negra y casco redondo con una suerte de turbante rojo y pantalones del mismo color. El fuego mágico ya no podía retenerle, así que pensó en Sorya…
Sí, ella, la mujer que le hizo sentir vivo más allá de la carne y el alma. Soryatani, su amor, la flor más hermosa de Ilonia. Le prometió que iba a volver. Era una promesa que no cumpliría, pero deseaba volver a sus brazos.
Podía hacerlo. Huir los dos de allí. Vivir su amor como en una romántica historia en la que todo salía bien, el bueno siempre ganaba y la chica le daba el pretexto para abrir su corazón y amar sin dolor. Escupió pensando en la última parte, no era el típico hombre sutil que se las daba de duro: era duro y su corazón también, y por ello, su amor era más puro.
Pero esto no importaba… importaba la criatura, las armas y la vida y la muerte que bailaban a la pata coja sobre el pelo de un cojón amenazado por el filo de un cuchillo segador que le condenaría al inframundo al menor fallo. Gritó pues, y el dragón abatió su cola hacia él con un salto, mas el gladiador la esquivó cuando golpeó contra el suelo y la bestia que se suspendía a siete metros de altura serpenteaba a su alrededor flotando en la vasta cámara. Kerish aprovechó el terror y la confusión de los soldados cuando el palacio imperial temblaba y el dragón rugía buscando a su presa con su vuelo circular. Sus curvos colmillos fueron al cuerpo del muchacho, pero encontraron aire pues el joven bárbaro saltó por encima de los guardianes, y apartó al resto a empujones y golpes de espada que derramaban sangre sobre el hermoso y brillante suelo del palacio, hasta llegar a una muralla por la que escaló con la espada entre los dientes.
El caos era su ambiente natural o por lo menos cualquiera lo daría por hecho al verle tan desenvuelto en esta escena de locura. Una vez estuvo sobre la parte alta de la muralla, se encontró un guardia de frente que desenvainó su espada de un filo con un jadeo de sorpresa. Kerish soltó su arma en el suelo del puesto de defensa, y esquivó un tajo hacia su pecho, arremetiendo luego con el hombro derecho, y pudo cogerle la mano armada al soldado de armadura de láminas de cuero, ponerla por encima de su hombro, y haciendo palanca y echando el trasero hacia atrás, le desarmó e hizo caer hacia delante de espaldas. El hombre de la armadura padeció un dolor intenso en el brazo poco antes de la inconsciencia tras el choque contra el pétreo suelo. El gladiador recogió su arma del suelo y la del soldado, y contempló a otros dando la alarma, pero no iban hacia él.
A extramuros, un enorme contingente de jinetes avanzaba al frente de una gran nube de polvo. Las flechas volaron en ambas direcciones y el bárbaro se refugió en una de las casetas de observación mientras los virotes traspasaban las almenas y daban contra el muro rojo del palacio ceremonial de tejas negras.
—¡Estrellas de Ingkaard! ¡¿Pero dónde me he metido?!—jadeó.
Los soldados se apuraban más en devolver las flechas que en fijarse en un extranjero que se había colado en su puesto de vigilancia. Los guerreros Xin comenzaban a subir las escaleras hacia los muros, al mismo que por otra parte de la enorme ciudad imperial, bolas de fuego flotaban en el aire de la tarde como espectros. De más cerca, Kerish pudo apreciar que se trataba de aves de corral y silvestres prendidas de llamas con bolsas sujetas a sus cuerpos, y cayeron sobre los muros de la ciudad, haciéndolo todo arder cuando el contenido de las bolsas explotaba. No comprendía lo que estaba pasando, pero tenía que escapar de allí y ya. Quizá ni le haría falta.
Con los soldados que guardaban las puertas ardiendo en medio del caos, fue fácil para los Ilonios escalar los muros y abrir las puertas que daban acceso a Xihuan, y así penetró la horda. Además, por los desagües de la ciudad también ardía el fuego como ríos infernales. Si saltaba afuera, moriría. Si se quedaba en la ciudad, moriría también.
—¡Mierda! ¡Vaya a donde vaya, acabaré siendo comida para cuervos!—gruñó el bárbaro, y escuchó un horroroso rugido cuando las tropas de Xihuan trataban de frenar la embestida Ilonia.
Los jinetes asaltaban la ciudad, disparaban con sus arcos desde las cabalgaduras, y con sus cimitarras cortaban caras y chocaban contra espadas Xin de un filo de los guerreros que habían salido a defender, expulsados por las llamas. Uno de los soldados advirtió su posición y descargó un furioso mandoble con su espada corta imperial y el bárbaro detuvo el golpe con el gladio en alto, y al segundo siguiente, la garganta del otro había sido perforada por una espada semejante a la que el muerto llevaba.
Dejándola ahí clavada, el bárbaro dio la espalda al enemigo cuando éste caía por las murallas, y se dio de frente al salir de la caseta de piedra con un mecanismo de poleas. Sonrió ampliamente, aunque las alturas no le gustaban. Kerish aprovechó para el descenso por el muro mientras se agarraba al cabo de un modesto elevador para alcanzar sus raciones a los soldados sin tener que recorrer un par de kilómetros de muralla y subir por las extendidas escaleras de piedra. Amarró parte de la gruesa cuerda al ojal de hierro y fue descendiendo poco a poco por el muro, mientras abajo, las espadas clamaban por más muerte, y todo era una marea de enloquecedora batalla.
Cuando el dragón salió del templo, levantando el vuelo, el bárbaro lo miró con estupor y después se mordió el labio, viendo que la sierpe arrojaba dorado fuego sobre sus enemigos y sus amigos. Después del holocausto, la bestia miró fijamente a su ofrenda, y no tardó en ir a por ella.

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3 comentarios

  1. …Gallinas incendiarias.

    El resto del episodio, bueno, la que se ha armado en un momento. Pero las gallinas incendiarias me han matado.

    Voy a tener pesadillas con eso, que lo sepas, Lobo.

    Besos de vainilla y almendra :******

    Beth

    13 diciembre, 2011 en 7:23

  2. ¡Jajajaaajajajaa! ¡Pues que sepas que es una táctica real, la utilizaron los mongoles contra el imperio chino en época de Temujin Khan (levemente representado en esencia en la figura de Qublei)!
    Y total… como te dije una vez, ¡”merienda de negros”!

    13 diciembre, 2011 en 18:58

  3. Pero….!!! Pero….!!! GALLINAS!!!

    *Cara de WTF de Iker Jimenez*

    13 diciembre, 2011 en 19:17

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