Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Archivo para noviembre, 2010

La Hora del Dragón (IV)

Su hocico perruno y cuadrado, sus largos bigotes, ardían en un brillo de oro y sus ojos de jade reflejaban una antigua maldad al mismo que de un poderoso salto, ralentizaba su caída desde la altura, y su cuerpo serpenteaba hacia la muralla.
Viendo que la bestia venía hacia él arrojando fuego, Kerish sólo pudo reaccionar con su instinto, que le hizo aferrarse a la cuerda e impulsarse con la fuerza de sus piernas hacia delante y a un lado. El dragón no se estrelló por completo contra la muralla, pero le costó rectificar el vuelo y quedó retorcido de una forma ridícula intentando estabilizarse. Se apoyó en sus patas traseras, y saltó de nuevo hacia el cielo que se tornaba sanguino como el suelo donde luchaban los humanos.
Los huesos de aquella sierpe tenía que pesar poco, porque si tardaba en caer y además podía mantenerse unos segundos en el aire, se debía a sus musculosas patas… aunque las escamas deberían de estar protegiendo, con su ligereza y su robustez, una carne liviana y débil. El joven gladiador apenas se había descolgado del todo cuando tuvo conciencia de esto, pero de una manera primal, una astucia animal, una inteligencia sin palabras que únicamente podía encontrar en sus recuerdos ancestrales, y volvió a ofrecerse en el muro hacia el dragón.
Éste, fiero y encolerizado, se impacientó del todo y descendió otra vez a por el humano que le sacrificaron, que estaba desnudo de cintura para arriba, y era vulnerable allí.
—Así como una carpa devora a un gusano como tú en un anzuelo… ¡tu cuerpo, tu sangre y tus huesos engulliré de un bocado para fortalecer mi gran poder, mortal! ¡Cuánto disfrutaré cuando canten tu desdicha!—rugió la fantástica bestia por encima de los humanos, que aterrados, se alejaban y llevaban la lucha hasta los jardines imperiales y las calles de la ciudad.
Pero al descender sobre Kerish, éste se impulsó en un acto de fe ciega o más bien fe suicida hacia el morro dorado de la bestia cuando, en unos segundos, la gravedad tiró del bárbaro hacia el suelo al soltar cuerda.
El dragón rectificó pues su trayectoria de caída, mas fue demasiado tarde. Su cuerpo alargado y serpentiforme crujió contra los enormes muros de Xihuan, partiendo en dos las murallas que eran como un único cascarón que protegía a la dinastía y sus buenas gentes de los bárbaros de las praderas, de las estepas Ilonias, y todo se convirtió en una nube de polvo. El enorme hocico del dragón descansaba en el suelo, con el largo cuello retorcido de forma anormal con la cabezota mostrando la quijada al cielo y los verdosos ojos vueltos en blanco hacia sus cejas largas y doradas. Entre los bulbosos labios rojos, aún se veían los dientes largos como espadas y la lengua bífida sobresaliendo lacia por un lado de su boca.
El bárbaro miró al dragón… sabía, o algo le había dicho, que la bestia por ligera, tenía que rectificar su vuelo si quería tomar suelo con las patas y no herirse, ni siquiera probó a herirla con la espada, pero si algo podía destruir a la bestia con más fuerza que el acero sin traspasar sus escamas, sin duda era el muro de piedra contra el que chocó y se había partido el cuello.
Así, Kerish se alejó del monstruo soltando la cuerda, yendo jadeante y mareado hacia un lugar lejos de la batalla. Todo parecía haberse detenido, pero nada más lejos de la realidad, algunos guerreros de las estepas seguían cautelosamente al esclavo sacrificial, que aún tuvo suficiente humor para pasar junto a la cabeza del dragón muerto haciéndole un corte de mangas.
—Así como la cegata gran carpa-dragón confunde un bárbaro con un gusano, éste humano te ha pescado a ti sin anzuelo siquiera, lagartija. ¡Menuda se va a montar cuando cuenten por ahí que te la he jugado…!—.
Luego, se carcajeó de la bestia, y se hizo a la huida meneando una mano con un gesto lacio pero vivaz. No mucho después, casi al llegar al jardín imperial, escuchó voces familiares, y después su cabeza chocó contra la puerta de madera roja de los jardines; perdió el conocimiento irremediablemente y a su alrededor se reunieron guerreros y jinetes Ilonios con sus espadas dispuestas a despedazarlo, cuando un hombretón de armadura azulada y ropas verdes se interpuso, con el desmelenado moño en lo alto de su cabeza moviéndose tan rápido como su curvo hierro forjado.
—Yo me encargaré de llevárselo al Khan en persona—dijo el hombretón de barba negra, mientras Bortochoou se apartaba del cuerpo de Kerish.
—Como quieras, Baitao. Dile que no me ensañé demasiado, ya que aún hemos de juzgarle—sonrió el hermano de sangre del Khan.
—¿Juzgarle? ¿Por qué, amigo Bortochoou?—le preguntó el general Baitao con su rasposa voz al joven hombre con el del azul, que ni se había puesto más armadura que dos hombreras de cuero y unas espinilleras y brazales de metal.
—Por tocar las cosas de tocar—.
Baitao rió, y se lo echó sobre uno de sus enormes hombros. Pronto, un grito de victoria común sonó en la ciudad imperial.
Xihuan ya estaba bajo el dominio de los hijos del Lobo Azul de las estepas.

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La Hora del Dragón (III)

El dragón del emperador soltó su espada, y algo se movió en su piel y bajo ella. Su estructura ósea cambiaba tanto como el color de su epidermis y la forma abultada de cada poro, que de ser clara, pasaba a un broncíneo oscuro, y sus ojos tornaban a un dorado que enverdecía con un brillo de hechicería. Su cuerpo humano adoptó una proporción alargada, con brazos humanoides y una cabezota del largo de un buey, así se multiplicaban sus costillas en dos hileras que sobrepasaban el volumen de un gran alfanje por demasiado.
—Ahora hablamos de un dragón de verdad—sonrió Kerish para sí mismo, sabiendo que iba a morir.
Entonces advirtió que, mientras la bestia se transformaba, el hueco que Dragón había dejado utilizando el fuego era cubierto por guardianes de camisa brigandina negra y casco redondo con una suerte de turbante rojo y pantalones del mismo color. El fuego mágico ya no podía retenerle, así que pensó en Sorya…
Sí, ella, la mujer que le hizo sentir vivo más allá de la carne y el alma. Soryatani, su amor, la flor más hermosa de Ilonia. Le prometió que iba a volver. Era una promesa que no cumpliría, pero deseaba volver a sus brazos.
Podía hacerlo. Huir los dos de allí. Vivir su amor como en una romántica historia en la que todo salía bien, el bueno siempre ganaba y la chica le daba el pretexto para abrir su corazón y amar sin dolor. Escupió pensando en la última parte, no era el típico hombre sutil que se las daba de duro: era duro y su corazón también, y por ello, su amor era más puro.
Pero esto no importaba… importaba la criatura, las armas y la vida y la muerte que bailaban a la pata coja sobre el pelo de un cojón amenazado por el filo de un cuchillo segador que le condenaría al inframundo al menor fallo. Gritó pues, y el dragón abatió su cola hacia él con un salto, mas el gladiador la esquivó cuando golpeó contra el suelo y la bestia que se suspendía a siete metros de altura serpenteaba a su alrededor flotando en la vasta cámara. Kerish aprovechó el terror y la confusión de los soldados cuando el palacio imperial temblaba y el dragón rugía buscando a su presa con su vuelo circular. Sus curvos colmillos fueron al cuerpo del muchacho, pero encontraron aire pues el joven bárbaro saltó por encima de los guardianes, y apartó al resto a empujones y golpes de espada que derramaban sangre sobre el hermoso y brillante suelo del palacio, hasta llegar a una muralla por la que escaló con la espada entre los dientes.
El caos era su ambiente natural o por lo menos cualquiera lo daría por hecho al verle tan desenvuelto en esta escena de locura. Una vez estuvo sobre la parte alta de la muralla, se encontró un guardia de frente que desenvainó su espada de un filo con un jadeo de sorpresa. Kerish soltó su arma en el suelo del puesto de defensa, y esquivó un tajo hacia su pecho, arremetiendo luego con el hombro derecho, y pudo cogerle la mano armada al soldado de armadura de láminas de cuero, ponerla por encima de su hombro, y haciendo palanca y echando el trasero hacia atrás, le desarmó e hizo caer hacia delante de espaldas. El hombre de la armadura padeció un dolor intenso en el brazo poco antes de la inconsciencia tras el choque contra el pétreo suelo. El gladiador recogió su arma del suelo y la del soldado, y contempló a otros dando la alarma, pero no iban hacia él.
A extramuros, un enorme contingente de jinetes avanzaba al frente de una gran nube de polvo. Las flechas volaron en ambas direcciones y el bárbaro se refugió en una de las casetas de observación mientras los virotes traspasaban las almenas y daban contra el muro rojo del palacio ceremonial de tejas negras.
—¡Estrellas de Ingkaard! ¡¿Pero dónde me he metido?!—jadeó.
Los soldados se apuraban más en devolver las flechas que en fijarse en un extranjero que se había colado en su puesto de vigilancia. Los guerreros Xin comenzaban a subir las escaleras hacia los muros, al mismo que por otra parte de la enorme ciudad imperial, bolas de fuego flotaban en el aire de la tarde como espectros. De más cerca, Kerish pudo apreciar que se trataba de aves de corral y silvestres prendidas de llamas con bolsas sujetas a sus cuerpos, y cayeron sobre los muros de la ciudad, haciéndolo todo arder cuando el contenido de las bolsas explotaba. No comprendía lo que estaba pasando, pero tenía que escapar de allí y ya. Quizá ni le haría falta.
Con los soldados que guardaban las puertas ardiendo en medio del caos, fue fácil para los Ilonios escalar los muros y abrir las puertas que daban acceso a Xihuan, y así penetró la horda. Además, por los desagües de la ciudad también ardía el fuego como ríos infernales. Si saltaba afuera, moriría. Si se quedaba en la ciudad, moriría también.
—¡Mierda! ¡Vaya a donde vaya, acabaré siendo comida para cuervos!—gruñó el bárbaro, y escuchó un horroroso rugido cuando las tropas de Xihuan trataban de frenar la embestida Ilonia.
Los jinetes asaltaban la ciudad, disparaban con sus arcos desde las cabalgaduras, y con sus cimitarras cortaban caras y chocaban contra espadas Xin de un filo de los guerreros que habían salido a defender, expulsados por las llamas. Uno de los soldados advirtió su posición y descargó un furioso mandoble con su espada corta imperial y el bárbaro detuvo el golpe con el gladio en alto, y al segundo siguiente, la garganta del otro había sido perforada por una espada semejante a la que el muerto llevaba.
Dejándola ahí clavada, el bárbaro dio la espalda al enemigo cuando éste caía por las murallas, y se dio de frente al salir de la caseta de piedra con un mecanismo de poleas. Sonrió ampliamente, aunque las alturas no le gustaban. Kerish aprovechó para el descenso por el muro mientras se agarraba al cabo de un modesto elevador para alcanzar sus raciones a los soldados sin tener que recorrer un par de kilómetros de muralla y subir por las extendidas escaleras de piedra. Amarró parte de la gruesa cuerda al ojal de hierro y fue descendiendo poco a poco por el muro, mientras abajo, las espadas clamaban por más muerte, y todo era una marea de enloquecedora batalla.
Cuando el dragón salió del templo, levantando el vuelo, el bárbaro lo miró con estupor y después se mordió el labio, viendo que la sierpe arrojaba dorado fuego sobre sus enemigos y sus amigos. Después del holocausto, la bestia miró fijamente a su ofrenda, y no tardó en ir a por ella.


La Hora del Dragón (II)

…O la hubiera tenido, de no ser porque el joven bárbaro se anticipó al estoque asesino de su rival, y le hizo salir por el corte de la pierna izquierda un hueso de la rodilla con la ancha hoja de su espada, gritando de furia.
El dragón rugió, entre humano e inhumano, con la chaqueta verdosa salpicada de algunas gotas rojas, y se inclinó sobre una pierna, mientras que el bárbaro se apoyaba con los codos en el suelo, boca arriba como había estado. Y, cogiendo impulso al echar las piernas hacia atrás, se levantó de un salto empuñando su espada con las dos manos, la punta hacia su enemigo mostrándole el plano inferior de la hoja del arma por el que goteaba vital rojo así el superior estaba hacia el techo y la punta amenazaba su frente. Se produjo un revuelo entre la gente congregada que rezaba con cantos protectores y cosas por estilo que Kerish no sabía lo que eran, y el ser que tenía en frente sangraba entonces como un hombre.
—Si realmente eres un dragón inmortal, no me parece que las tengas todas contigo. ¡Ve a buscar tu rodilla!—.
Kerish rió cruelmente, el dragón enfurecía y soltaba su hermosa espada de esbelta hoja forjada en bronce con láminas de hierro forjado y pulido. El bárbaro no pudo ver que una de las manos enguantadas en metal dorado de su enemigo se balanceaba y mecía de un modo extraño.
De súbito, el fuego de una de las columnas en llamas envolvió su brazo, y disparó una pira directamente desde el puño derecho, postrado como estaba. Si el gladiador no hubiese asociado en un microsegundo el proyectil mortal a una lanza, no habría podido esquivarlo al agacharse de un salto, rodando por el suelo.
De vuelta a estar en guardia, el bárbaro, sobre la rodilla derecha, empuñaba su espada con ambas manos por encima de su cabeza, en una posición defensiva, con la punta del arma hacia el dragón. Nuevamente, algo sucedió. El hombre del cabello blanco dio un grito y convocó dos columnas más de fuego, una en cada puño, y las arrojó a morder carne a partir de sus nudillos, una tras otra.
El esclavo gladiador apenas pudo defenderse de la primera, anteponiendo su espada, que perdió en el choque del explosivo rayo llameante, y otra lanza alargada e ígnea fue a traspasarle el vientre por su parte inferior, pero pudo girarse como un tornado hacia el lado izquierdo desde la derecha, esquivando por poco el impacto abrasador que quemó la túnica blanca ceremonial que le caía en un elegante taparrabo, y que sobre el pecho tenía el emblema manchado de sangre de un sol de Xihuan que encerraba un dragón alargado negro con alas en hacha. Kerish se quedó aturdido por el dolor unos instantes, el fuego le había golpeado pero no quemado, y su túnica blanca humeaba por el lado izquierdo bajo la cintura, mostrando una mancha negra. Mientras el joven estepario recogía su espada, el dragón se había recuperado milagrosamente de su herida en la pierna, y saltaba de nuevo hacia el extranjero…
¡Como si fuera una flecha lanzada desde un arco, con su espada delgada dibujando círculos acerados en el aire de los que Kerish apenas se pudo defender, recibiendo puntiagudas embestidas en los hombros, y una estocada que a poco se le clavaba en el pecho de no haberse echado al suelo de espaldas!
El dragón pasó sobre él con la estocada en vuelo y el bárbaro se apoyó con las manos en el suelo a los lados de su cabeza, con un balanceo de piernas de atrás para adelante que le impulsó a volver a estar de pie. Cuando el fantástico vuelo del enemigo había finalizado y tomaba suelo, Kerish se dio de espaldas contra una columna en llamas tras aguantar un corte de revés con su espada, y su traje se prendió de fuego. El dragón trató de atravesarle la garganta, pero su presa fue más ágil, y aún pudo esquivarle la estocada que le practicaba con la derecha, echándose hacia el flanco por el que el perfil del rival le mostraba la espalda.
La punta del arma del dragón buscó de nuevo la carne de Kerish, yendo hacia su cara con un simple movimiento de muñeca al desplazar el afilado metal, pero ya era tarde.
El bárbaro había pasado junto a la espalda del dragón cortándole por el costado con su gladio, y se disponía a decapitarle desde la izquierda empuñando la espada con ambas manos. Presto a su vez, el inmortal detuvo la espada echando hacia atrás la suya, y el metal chispeó. Así, el hombre del pelo blanco se giró y golpeó con la mano izquierda abierta el torso del guerrero, que voló con la espalda en llamas un par de metros hacia atrás.
Kerish aprovechó para rodar por el suelo y apagar el fuego de su túnica, con el corazón palpitando como un frenético tambor, y mientras el dragón se recuperaba de su herida, el sacrificio humano se deshizo de su ropa, de un tirón de una de las rajas por donde se le veía el hombro izquierdo, sin dejar de mirar a su increíble enemigo.
Al caer la ropa al suelo, blanca a tramos, amarillenta y ennegrecida, al salvaje no le quedó más que el fajín blanco de algodón y parte de la túnica de cintura para abajo que se presentaba semejante a un taparrabos. Cogió la espada con ambas manos y con uno de los filos apuntando hacia el dragón, que vio el tatuaje que cruzaba desde la cadera izquierda hasta más abajo de la cintura de Kerish.
—¡Llevas la marca del Dragón de los Akei! ¿Qué broma es esta?—.
—¿Broma? Me lo tatuaron de crío cuando me vendieron como gladiador, y me dijeron que era la marca de la victoria y la muerte. Pero resulta que hay algo más… ¡Pensé que tú podrías darme la respuesta, porque seguro que así es como marcan a tus víctimas!—gritó Kerish sin cambiar la postura, concentrándose en el siguiente ataque sin perder su foco.
Notaba que la energía fluía por él aunque sus hombros sangraban y tenía un pequeño corte bajo el pectoral izquierdo.
—El significado de esa marca no es el de mis víctimas en sacrificio. Pero es una lástima que tengas que morir sin saberlo. ¡Puedes estar orgulloso, eres el guerrero que más me ha durado desde aquél maestro de artes marciales que perdió su espada a mis manos, y con ello su vida!—.
Una suerte de embrujado fuego dorado crepitó desde los miembros del luchador de extraños ojos, y su piel adoptó una textura rugosa que al poco iba oscureciendo, dedicando al gladiador aquellos momentos en que desplegaba la grandeza oculta de su magia.
—Ha sido divertido luchar contigo, mortal, pero ahora te haré arrodillarte ante el poder de mi estirpe. ¡Contémplame!—.


La Hora del Dragón

De nuevo allí sentado, en una jaula como tantas otras.
La noche anterior le dijo a Soryatani que aún le quedaba una última lucha, y que volvería con ella para siempre. Ella se abrazó a su cuerpo, le creyó sin más y tras darle un beso volvió a su yurta.
Ilusa. Kerish estaba sentado en un banco de piedra, fusionado a la pared de piedra gris también, y escuchaba el rumor de palacio tras los múltiples cerrojos y puertas que le encerraban en aquel habitáculo frío que olía a muerte. Frente a él, a sus pies, la espada que le había dejado su maestro, su amo. Un hombre al que consideraba un amigo unas veces, y alguien que comerciaba con su persona otras tantas. Aquello era el final, su vida había llegado hasta este punto.
Normalmente un gladiador, un espadachín que combatía a corta distancia no moría expresamente, pero en aquellas tierras viviendo entre salvajes ansiosos de sangre como lobos que eran, los combates siempre se celebraban a muerte. En otras partes del mundo era igual, la sangre, el acero, el dinero y el sexo movían a los reinos, y la brutal era de la ley del más fuerte siempre se oponía al conocimiento y la clemencia. Pero estas dos últimas cosas nunca ganaban las guerras.
La vida no se perdonaba, y desde luego, a él nunca se la habrían perdonado.
En los ojos del alumno, el esclavo, algo brilló con salvaje frialdad: una frialdad que de tan gélida e intensa que era, ardía. Como en otras ocasiones, tomó el gladio de hoja ancha romboide y acinturada, por un mango en el que cabía una mano y media. Se miró en el gris espejo de la hoja y escuchó a la gente hablando con tono melodioso y algunas veces ralentizando las palabras a cosa hecha. Él no lo comprendía, debía de ser la lengua de Xihuan que distaba de ser la misma que el dialecto gutural de los Ilonios (el cual pocos hablaban pero con el que se entendían con los Xin) y más aún de la lengua común o la de los Cymyr que casi había olvidado el joven bárbaro.
¿Qué sabía del exterior? Casi que no importaba ya, Torii se había marchado nada más entregarle en la jaula del carromato, como si fuera una bestia de feria para algún circo ambulante. No hubo despedida. No hubo palabras. No hubo nada desde que le revelara su último viaje al encuentro del destino. Había visto parte del templo, del recinto de mármol rojo y nombres grabados en metal dorado, justo cuando estaban rellenando el suyo con pinceles. Quizá, el dragón llevaba la cuenta o era un devorador de almas y así le recordarían a él. Otro que luchó con valor y fue engullido hacia la oscuridad. Un intenso frío le recorrió el cuerpo y, reprimiendo un suave espasmo al tensar los músculos, el bárbaro suspiró expulsando la duda y vaciando su mente. Calma de Batalla. Matar. Vivir. Morir. Descanso.
No habría nada más para él pues el bárbaro era buen conocedor de la realidad que otros negaban: es más que inútil aferrarse a lo vano, a lo vacío, a lo que la esperanza representa. Un deseo que no iba a cumplirse. Algo que no va a suceder. Es meramente una idea que se persigue sin alcanzar nunca, una bella mentira que azuza al hombre en la desesperación y la ausencia de algo en que creer para fingir que no está solo ante la muerte.
Cuando la esperanza queda respaldada por los medios y las circunstancias, todos creen que el universo está de su lado y los alumbra con su luz, que les da la razón. Pero no es así. El universo es un lugar oscuro y frío donde la vida no vale nada, donde todo lo que importa es cuánto puede luchar uno y resistir antes de perderse a través de la Nada.
Pero no se dejaría llevar por la desesperación ni aceptaría sus últimos suspiros con sumisión. Sería su propio dueño aquí y ahora, rompiendo cada ligadura para ser él mismo y nadie más. Los puños de Kerish eran voluntad real, la de afrontar su fin con sus propios medios y gritar su valor y su ira al mundo antes de ser arrebatado de él. Sin esperanza no hay miedo.
Las rejas se abrieron.
Y cuanto más mato, más poderoso me hago…”.
Las sombras se separaron de su figura, se había trenzado de nuevo el cabello, y vestía una túnica masculina blanca que le daba un aire diferente y dejaba sus piernas al aire, las botas con hebillas no faltaban, ni sus muñequeras de cuero con las que siempre entrenaba puestas. Le habían salvado varios golpes en estos tiempos.
¡Acepta nuestra ofrenda! ¡Te brindamos por tus favores la sangre del valeroso mortal, oh sagrado protector, que nos das la grandeza de los cielos protegiéndonos en cada despiadada batalla y mantienes la gloria de nuestro imperio!—anunció un hombre con túnicas ceremoniales escarlatas y doradas.
Mientras, Kerish abandonaba el limbo y cruzaba la puerta hacia el infierno.
Rodeados de un círculo de piedra, sobre la piedra misma, las llamas se alzaban como columnas vivas e incandescentes que desprendían un calor agradable. Kerish ya esperaba encontrarse con una bestia, pero en su lugar, le sorprendió qué suerte de enemigo le aguardaba: había allí un tipo que llevaba unos guanteletes dorados, el recogido cabello cano contrastaba con el brillo de una espada de hoja esbelta. Sus ojos dorados no le habían pasado desapercibidos, ni sus pupilas draconianas que resultaban aterradoras. Aunque con el aspecto de un hombre corriente, sin rasgos sesgados en la mirada, el adversario extendió los puños hacia los flancos de su cuerpo, recibiendo así al gladiador bárbaro que en ningún momento bajó la guardia.
—¡Ah, mi sacrificio! ¡He esperado ansiosamente por este momento! Acércate, joven guerrero, y muere con gloria ante el dragón del emperador—le instó el otro hombre, con la voz melodiosa y seria, pero alegre a un tiempo, como si hubiese esperado mucho por este día.
—Un momento, ¡me hicieron creer que lucharía contra un dragón!—gruñó Kerish, con desaprobación.
El guerrero del cabello blanco corrió hacia él y saltó, al mismo que su sorprendido visitante previó su alzamiento por la experiencia en la lucha, y se adelantó hacia él con una estocada en el aire que iba dirigida hacia su pecho. La maniobra falló al no ensartar al supuesto dragón del emperador, que con un toque de su fina espada, desvió la punta del gladio de Kerish, que lo empuñaba con la derecha, y le dejó la guardia abierta. Con el hueco dejado por una ausencia de defensa en el pecho, el dragón le golpeó con la empuñadura del arma y tomaron suelo, él con los desnudos pies, y el esclavo extranjero con la espalda. En tan sólo un segundo el enemigo se había movido tres veces con el brazo, era mucho más rápido que el bárbaro, que estaba jadeando, con el pecho subiendo y bajando de volumen. Nunca se había enfrentado a alguien así.
—¡Éste al menos me ha durado más que el anterior!—rió el dragón, mientras se acercaba confiado a su sacrificio.
Era un ser que había luchado años y años contra los mejores guerreros de Xihuan, e iba a tener su ofrenda de carne y sangre.


El espectáculo debe continuar (VI)

Con la noche, las conspiraciones se respiran en cada esquina y son de naturales como el aire mismo. La intrigante e insatisfecha esposa del Khan no se había dado por vencida. Tenía cada trama, cada urdimbre por llevar a cabo, que parecía que sus planes y manipulaciones iban solas. Aun así no todo salía como ella quisiera y tenía que vengarse de todo y de todos, tenía que hacerlo y ya. Estaba desesperada. Ni los guardias, ni los mercaderes, ni nadie cercano ni lejano. Su corazón colapsaba de pena y odio cerril ahogándose en su propia y miserable vida. Estaba sola y no tenía nadie que la ayudara.
Pero supo a quién recurrir.
Escogió el momento de desaparecer del aíl y llegó hasta el Kuoulún, donde se encontraba la solitaria silueta del guerrero de pieles negras con el cabello oscuro, observando la luna como un lobo, aullando suavemente, para que su voz hiciera eco hasta las otras gargantas lupinas que le respondían desde los bosques.
—Hola, guerrero. Es una hermosa noche para… aullar a la luna—sonrió Tuoya.
—En una noche como esta, cuando me fui de casa, no tenía otra compañía que los aullidos del lobo. Me siento muy ligado a ese animal—susurró Lobo Negro.
Tuoya se le acercó más, con las manos en el talle, y prudentemente, le miró a los ojos. Eran fríos, glaciares, sabía que podía contar con él.
Eran los ojos de un asesino sin escrúpulos.
—¿Sabes? Me he dado cuenta de que tú y tu hermano os respetáis mucho—.
—Él no es mi hermano, si te refieres a Kerish. Sólo le respeto, por no cortarle la garganta—bufó Lobo Negro, cruzándose de brazos con gesto ofendido.
Sus brazos voluminosos al apretarse en el gesto, por fuera de la túnica de pieles, eran fuertes y más definidos que los de su antagonista.
Tuoya se precipitó sobre él, poniéndole sus esbeltas y blancas manos en los hombros, apretándoselos con una de sus ardientes miradas hacia la claridad azul de los ojos del joven.
—Claro, ¿cómo podía ser hermano tuyo, si tus brazos son más grandes que los de él? Tu pecho más fuerte. Tus espadas más rápidas. Tus ojos, preciosos…—susurraba ella, elogiando sus atributos.
Estaba enamorado de Tuoya, no era sólo pasión o ganas de separar sus piernas. Era una belleza que le encandilaba, tenía esa expresión de águila despiadada, y luego estaban sus labios, sus deliciosos labios.
Acercó su rostro al de ella, y la abrazó, estrechándola suavemente, mientras Tuoya le miraba con desconcierto.
—¿Qué haces? ¿Sabes que puedo decírselo al Khan y él te descuartizaría a seis caballos?—.
—Hace un momento susurrabas como una amante y ahora lo haces como una serpiente. Pero me vuelves tan loco que me importa un bledo tu veneno—jadeó él.
—¡Ya veo que estás loco! ¡Quítame tus zarpas de oso de encima o morirás!—gritó Tuoya, forcejeando contra el abrazo de Lobo Negro.
—¡Que me mate! ¡Pero antes, te tendré gimiendo como una perra debajo de mí!—pronunció con pasión el gladiador, y le mordió el labio inferior, tirando de él para luego engullirlo con lascivia.
Luego, ella cesó de luchar y se rindió a su beso… su deseo casi liberado del todo le arrebataba por poco la voluntad a la esposa del Khan, y más aún, estar segura de que contaba con una buena ventaja para lo que planeaba.
Se separaron un poco, y le acarició entre los pectorales por encima de la túnica con un dedo.
—Quiero tenerte ahora, Tuoya. Y lo haré a cualquier precio, aunque sea la muerte—le reveló el joven, cerca de su oído derecho.
—Me tendrás a ese precio, entonces. Quita del medio a tu querido hermano, y seré sólo tuya—sonrió la joven mujer de ojos dorados.
—No mataría a alguien por capricho de una mujer. Ofréceme dinero, o mejor, ¡ofréceme el trono del Khan!—sonrió Lobo Negro, apartando un poco a Tuoya para mirarla a los ojos.
Ella apretaba la frente, gruñendo con una mueca que afeaba su rostro y lo transformaba en el de una perra rabiosa.
—¡Pues si no matas a Kerish delante de mis ojos, jamás seré tuya! ¿Quieres ser el nuevo señor? ¡Lo serás, mátalos a los dos! ¿O te falta valor para tomar lo que quieres, esclavo de mierda? ¿Es eso? ¿Por quién me tomas? ¡No estaré con otro sino con el que se haga Khan por sí mismo!—gritó ella, apartando a Lobo Negro con un empujón.
Y cuando él la asió por un brazo, ella le soltó un guantazo con la mano del brazo libre, el derecho, cosa que a él le divirtió. Le ardía la mejilla, pero tal gesto le hizo elevar las comisuras de la boca.
—Cálmate… Lo haré, pero tienes que prometerme que serás mi puta—rió él, mientras tiraba de Tuoya, y luego la dejaba caer tras hacerle una zancadilla.
Ella se recuperó de la caída lentamente, y herida en su orgullo y maquinando grandes planes, le miró fijamente relamiéndose el labio inferior, pensándoselo. Le daba igual. Quería a Kerish muerto por despecho, y quizá pudiera utilizar a Lobo Negro para asesinar al Khan y vengarse por partida doble, serían dos pájaros de un tiro. ¿Por qué no? Después de todo, el joven gladiador de ojos azules también quería deshacerse del otro muchacho, que le había eclipsado a ojos de su maestro incluso para morir con honor delante del dragón del emperador. Sería recordado por todos mientras que él tendría un tiempo de vida como nuevo entrenador y señor de gladiadores. Moriría sin más en un lecho, ¿qué otra cosa le esperaba si no conquistaba ahora su destino?
Ella aprovechó esa rivalidad animal.
—Seré tu puta—.
Las palabras de Tuoya confirmaban que el sueño de Lobo Negro iba a cumplirse, y todo lo que tenía que hacer era matar a su hermano de espada. Las mujeres de aquel mundo no siempre tenían igualdad de condiciones frente a un varón, pero su idea de la igualdad era que los hombres podían ser manipulados para algo provechoso y que a ellas les beneficiara.
Las féminas no tenían la fuerza física de un hombre, pero tenían otras tretas, y a pesar de que algunos varones habían asesinado a sus mujeres por celos o cualquier otro motivo perturbado, las mujeres también eran asesinas implacables. Sólo ocurría que las leyes de las tierras civilizadas así como las morales penaban más a los hombres agresivos que a las mujeres agresivas, trastornadas en su personalidad. Se tomaba al sexo femenino por débil erróneamente, sólo porque no estaban dotadas de la naturaleza fuerte que, en general, solía tener un macho, y la explicación que daba la ley y la corte de juicios era que si una mujer amenazaba de muerte o mutilaba a un varón, sólo estaba muy dolida mentalmente y que el dolor la hacía enloquecer involuntariamente. A ojos de todos, las mujeres no violaban ni asesinaban a sangre fría, ni se aprovechaban de otros hombres para cometer homicidios, pero lo hacían. Tras el telón, claro que lo hacían, siempre lo habían hecho.
Los cultos hembristas habían erosionado por tan dentro la férrea ley, que el concepto de una mujer en la civilización de puertas para afuera presentaba la imagen de la sagrada maternidad que protegía a sus hijos de un malvado varón, el cual los educaba en una “horrible costumbre machista”, como si el gobierno de tipo patriarcal oprimiera a la mujer cuando en realidad, no otorgaba responsabilidades al cabeza de familia que era de quien se esperaba guiar a la misma en la prosperidad y la salud. Proteger a la mujer y los hijos, proteger a la familia, estaba en el hombre. Y las aborrecibles y torcidas hembras que existían, distorsionaban este hecho a conveniencia de sus fines.
Pero en las tierras salvajes no había tanta hipocresía y era una realidad tan cierta como la erección de Lobo Negro ante la promesa de abrir las piernas de Tuoya, que le había encargado un cruel homicidio contra alguien de quien se había aprovechado sexualmente con un obligado consentimiento debido a su posición de poder, empleando el chantaje, la extorsión y todo por mero y vil deseo de cumplir sus perturbados fines. Las mujeres también confabulaban, violaban y asesinaban, y disfrutaban con ello tanto como los hombres que lo hacían, fuesen de la civilización o no… había hombres malos tanto como mujeres malas.
Desde luego, Tuoya aprovechaba su condición de mujer “desvalida” para ello como tantas otras que recurrían a sus estratagemas para conseguir lo que deseaban en cualquier parte del mundo.
Tal era el paisaje de las pasiones desbordantes y traicioneras, mas a Lobo Negro le daba igual.
Él podría vengarse, hacerse con la mujer que quería, y de paso, ostentar el rango de Khan aunque el poder tras el trono fuera la mujer de ojos de miel. Pero debía apresurarse.
Mañana, llegaría la Hora del Dragón.


El espectáculo debe continuar (V)

En el interior, de detrás de unos baúles, salió la fuerte figura de Bortochoou, con su gorro de cuero forrado de lana de oveja y un del azul. Se sentó junto a Qublei y le pasó el pellejo de licor Ilonio.
—Ya no podía esperar más—sonrió el mejor hombre y hermano de sangre del Khan, ahora un triste viudo.
—Ni yo, amigo mío—.
—Lo que te ha contado es cierto, y asumo la responsabilidad. Ella me dijo lo enamorada que estaba del gladiador… intenté aconsejarla lo mejor que pude, es como mi hermana. Siguió su corazón con toda la certeza pero su mente no es tan consciente del suelo como lo es del cielo—.
—¿Sabes qué aprecio de ti, Bortochoou? Tu lealtad y el honor de afrontar las cosas. Nunca me mentirías ni para salvar tu pellejo—sonrió el Khan al dar un sorbo al airak, en tanto que el otro guerrero de las estepas le arrebataba con una risilla maliciosa la bebida para darle un largo trago.
—Te lo digo en serio, Qublei. ¡Si el precio es la ejecución, que me lo pague tu espada en mi cuello! No daría la vida más que por mi hermano y lo haré con orgullo—.
—Es mi orgullo, herido y henchido, el que te considera tal como eres el mejor y el de mi sangre. Háblame de ése chico…—.
—No hay nada que ya no sepas. Y mañana, quién sabe si morirá. El destino no está claro, sólo veo el camino desde el origen. Conozco al joven hombre desde que Torii lo trajo a su pequeño campamento, y podría ser tu cuñado, un gran cuñado. Pero es un esclavo, y se le ha marcado para la muerte—aseveró Bortochoou, encogiéndose de hombros mientras le pasaba el pellejo de airak al Khan.
—No pienso liberarlo para formar familia. Los hijos de mi hermana no vendrán de un esclavo, ¡y menos de uno que la ha profanado! ¿Debería perdonar a mi hermana, amigo?—.
—Deberías abrazarla y demostrarle que ella no es un objeto con el que comerciar. Ella te quiere y te respeta, pero teme por sí misma en tus manos. Es sangre de tu sangre, más que yo. ¿Merecería el desprecio o el látigo por escuchar su corazón como tú lo hiciste? Nuestra cultura protege a los nuestros, y entiendo que Kerish no lo sea. Aunque si quisieses, eso podría cambiar—.
—Pues no quiero. Y como has dicho antes, ya se ha decidido el destino del muchacho. Que ella lo llore, tendrá derecho, pero el hilo de sus vidas será cortado por mi mano y no volveré atrás. Hay mucho en juego y ya hemos movido las piezas. Sí, la perdonaré. La perdonaré, ¡pero no sin reprocharle su error!—.
—Te pagaría un valle entero de caballos si lo tuviera para casarme con la dulce Soryatani y darte sobrinos locos y guapos. Pero ella ama a otro hombre de vida corta, y ni tú ni yo podemos quitarle el derecho de amar a quien desee. Sólo vivimos una vez—.
—Ojalá todo fuese tan sencillo. Somos de distinta madre, y quizá eso me hace sentir menos aprecio del que debo por ella, pero por otro lado, no dejaría que ningún hombre indigno la manchase. Debería matarlos a los dos como castigo, son una mujer y un perro esclavo. Los castigaría a ambos y punto. ¿Realmente haré bien pasando por alto su indiscreción? ¿Por qué siento apego y asco a la vez que deseo impartir justicia con mi sedienta espada? ¿Me equivoco o soy justo? ¡Ser el señor de mi pueblo es una gran carga! ¡La cabeza tengo llena de aullidos que no me permiten conciliar el buen sueño!—gruñó el líder de las tribus, a todos los efectos un rey y como tal, aquejado por las presiones del liderazgo.
—Tú eres el Khan. Yo invité al esclavo a comer con nosotros por requerimiento de tu hermana, con tu mandato, pero supe que ella quería tenerlo delante como a una persona corriente. El amor es puro, amigo mío, y tu hermana sigue siendo pura—.
—Hablas con el mismo amor que yo hablaría, amigo, aunque en estos momentos me arde el estómago. Tendré que perdonarla. A él no… ¿Y si lo entregamos como tributo? Es fuerte y seguro que nos daría suerte el sacrificio. Otro nombre en la muralla roja—.
—Tomes la decisión que tomes, castígame a mí, pero no a ella. La quiero tanto que me quitaría la vida si la viera marchitarse triste como una flor sin tallo. Tampoco tienes por qué castigar a Kerish, nos ha servido bien. ¡Envía un prisionero Aolita! Seguro que las mandíbulas de la bestia no notan la diferencia—.
—Sincero como siempre, hermano. No seré demasiado duro con ella, pero a ése cachorro inmundo y miserable le espera lo que debe esperarle. Hice un pacto con el Padre Cielo, amigo. Jamás deshonraría a los dioses, y de todos modos, es tarde para cambiar de opinión. ¡Los demás me verían débil si le perdonara! No podemos dejar que eso ocurra, no ahora que estamos tan cerca. Además, él no es de los nuestros, es un esclavo porque es débil y nosotros fuertes—.
—Qublei…—le interrumpió su hermano de sangre.
—¿Qué más tienes que decir?—.
Tras un silencio, Bortochoou le recordó un proverbio ancestral, volviendo a hablar poco más tarde de destensar el cuerpo, nervudo, por nombrar sobre los dioses y sus pactos con los hombres.
—No menosprecies a un cachorro débil, pues podría convertirse en un tigre feroz—.
El Khan se acarició la perilla que se estaba dejando y los bigotes, y miró hacia el fuego. Sus ojos brillaron sobre las llamas, y luego se giraron hacia su hermano de sangre y alma. Continuaron después, cortando la anterior conversación al tratar sobre un plan de ataque a la capital del imperio.
Luego de acordar los pormenores, el Khan puso una mano sobre uno de los robustos hombros de Bortochoou. Él había consentido a su hermana, así que tanto su hermano de sangre como Soryatani y él eran culpables de lo mismo. Igual se salvaría Torii y todo quedaría en una reprimenda para la princesa, pero si quería ser el nuevo emperador, si quería que su campaña empezase bien desde el principio, debía jugar bien la partida con la sabiduría del Lobo Azul.
Pero, ¿cómo hacer lo que era correcto para el corazón de la joven y cómo hacer lo correcto para el Khan y su familia? ¿Cómo podía afectar positivamente todo para su plan de conquista?
Sí. Qublei ya estaba pensando en otra cosa más.
—Sabes, Bortochoou… no te va a hacer falta ese valle de caballos—.
Contrariada y sin saber apenas sobre el sacrificio ni dragón alguno, consideró que era suficiente y se marchó.
En el exterior de la tienda, Tuoya lo había escuchado a la perfección. Obviamente, ella tuvo otras intenciones y lo último que quería era que su trabajo para fastidiarlo todo se quedase en una sonrisa, una boda y todo perdonado.

 


El espectáculo debe continuar (IV)

Semana y media más tarde, el señor de las hordas regresó y fue recibido en una fiesta de bienvenida y de despedida: por el triunfo en Xihuan.
Todo estaba dispuesto para liberar a sus lobos y luchar a todo o nada en un único combate. Qublei no se había hartado de tanta leche fermentada de yegua como acostumbraba, y por ello su mente funcionaba con más claridad. Se encontraba con poco apetito, sentado y meditando, allí en su tienda. El emperador de Xihuan había exigido el tributo acostumbrado de cada año, el mejor guerrero de las hordas. Antiguamente era uno cada diez años, pero él no arriesgaría a nadie. La última vez, Bortochoou se quedó sin hermano. Un honor religioso y una honra ancestral en morir a manos del dragón del emperador se consideraban tales, que los nombres de los ofrendados ocupaban un lugar importante en una losa roja que había como monumento en memoria de los sacrificios por el poder y la gloria del reino. De todo el imperio Xin.
Pero el Khan no lo veía así… un dragón, desde tiempos ancestrales, era para él una criatura maligna que trataba a los humanos como si fueran ovejas a las que sacrificar para saciar su voraz apetito. No sólo eso, sino que había dragones que no eran meras bestias. Según el vulgo, algunos podían tomar forma humana, o incluso hacer magia. Empero pocos dragones debieron existir (o seguían existiendo) así, pues era una patraña que un reptil acaparase el saber arcano tan exagerado que se le atribuía en las leyendas, y las leyendas solían exagerar las verdades. Por supuesto, no todas las leyendas eran mitos sin verdad…
Su ancestro Khromme fue un Akei de pura raza. El Khan lo sabía.
Y algunos de los suyos también lo sabían, pero se callaban. Esperaban el momento de sublevarse contra el emperador, reuniendo todas las fuerzas posibles y vengar la milenaria afrenta. De ahí que quisiera, preferiblemente, un pacto con los Aolitas.
Ahora, los tenía bajo su férreo puño, a ellos y a muchos más, pero la ciudad imperial estaba fortificada. Xihuan poseía soldados entrenados en distintas artes marciales y que utilizaban los puños y los pies con una destreza increíble, tan letales como las espadas y las lanzas.
Era un mundo por conquistar que el Khan jamás tendría en sus manos, pero él tenía la sangre de los Akei, aunque corrupta, corriendo por sus venas. Todo se lo debía a aquél reyezuelo loco, que exterminó a su gente hacía generaciones, emergiendo de señor de la guerra hasta el salón imperial.
Llegaría el momento en que Qublei se echaría como un lobo salvaje sobre el pomposo hijo de puta que sentaba su trasero en un trono que no merecía, y entonces… entonces sería el rey del mundo. Sólo necesitaba unirse más a sus gentes, unir a más pueblos, y el poder vendría de su cimitarra Ilonia como un rayo libertador, así como la muerte vendría de su espada ken.
Alguien entró en la tienda, con la mirada sumisa y hacia el suelo de un esclavo triste, pero que ardía con un interno fuego dorado y vengativo en los ojos de Tuoya.
—¿Qué quieres?—le interrogó el joven Khan, sin dirigirle la mirada a la mujer.
—Sólo estar contigo, mi señor—suspiró ella, de tal forma que ni siquiera se notó el sarcasmo y el ardor con el que escupía las dos últimas palabras.
—¿Tú? ¿La que menos gime de mis mujeres?—sonrió Qublei, —Ahora dímelo en serio. Quieres algo, ¿verdad?—.
Tuoya se reprendió a sí misma mentalmente, mientras se arrodillaba delante del Khan, mirándole suplicante, lo más suplicante que pudo fingir.
—Algo difícil tengo que contarte. Pero antes, te ruego que no me cortes el cuello, oh gran Khan, pues mis palabras podrían profanar tu orgullo y cegarían tu corazón de tal forma que desearías matarme. Tengo una gran culpa que confesar—.
Qublei entrecerró los ojos, y cruzando y descruzando entre sí las piernas, apoyó el codo derecho en la rodilla derecha, y la barbilla en la mano diestra, con la contraria sobre el costado izquierdo.
—Habla—replicó secamente.
—Se trata de tu hermana Soryatani, tiene un amante. Sabiendo que querrías que ella fuera tu unión con la sangre imperial tras la conquista a su dinastía que tantos años has planeado, creí que era mi obligación como esposa decírtelo. Prevenir tu deshonra, gran señor—.
Tuoya bajó la cabeza de nuevo, y Qublei permaneció quieto, impasible, pero con el rostro enrojecido de ira. ¡Su hermana, su bien más preciado al igual que su caballo, Espada Que Baila!
—Si es verdad lo que dices, ¿cómo te has enterado?—susurró con suspicacia el Khan.
Ella no se demoró en explicarse. La técnica del doble rasero, siempre tan apta si se podía manejar bien.
—Una noche he seguido a tu hermana, simplemente por mera casualidad porque algunas veces paseo sola, y me quedo a ver el reflejo de las estrellas que flotan en el río Kuoulún. La vi yendo hacia el coliseo que había montado tu abuelo, a imagen de los de esos pueblos de “ojos redondos” del sur, ¡y la encontré juntando su tripa a la del esclavo pálido! ¿Qué clase de mujer te desobedece, quizá creyendo que no temerá tu ira por este ultraje a tu voluntad, mi señor? Si todos se enteraran… ¡Él le metió esa gorda tranca hasta el fondo, una vez y otra, tomando lo que no le pertenecía! ¡Debe ser castigada!—.
Quizás Tuoya hubiera querido decir “Me robó la gorda tranca que yo quería meterme hasta el fondo una vez y otra”, pero de haber expresado que lo que sentía eran unos horribles celos y que se tiraba sin penetración a aquél chico de 17 años para el que tenía planes sexuales de lo más turbios, lo cierto es que la que hubiera estado en peligro hubiera sido sin duda ella misma.
Quería a Kerish, quería a Soryatani lejos de él y que fuera castigada por tocar lo que le pertenecía por derecho, uno que ella misma se había atribuido. Qublei miró iracundo su espada ejecutora. Una mujer Ilonia no era de otro hombre hasta que le daba un hijo, su primer pensamiento fue matarle a él y casarla precipitadamente con algún jefezuelo de tribu con el que pudiera vivir con relativo lujo. Pero por otro lado, estaba demasiado abatido pensando en su gran plan de conquista, y en entregar el sacrificio al dragón del emperador. Costumbre impuesta antaño, aún en rigor para glorificar más al emperador de Xihuan y que no descargue la cólera de su mítica bestia. Algunas leyendas de boca en boca entre los Ilonios hablaban de un temible monstruo que destruía a los hombres en batalla, y que por eso se sacrificaban siempre a los buenos guerreros, para mantener saciado a este ser y que, acompañado de un tributo al emperador, significaba paz para todos con la sangre de sólo uno.
Así asintió:
—Ella nunca ha sido de ningún hombre, puedo comprenderlo, pero ese asunto ya lo discutiré—.
—¡Mi señor, si ella no teme tu represalia es porque eres demasiado misericordioso! ¿No sería mejor mostrarle que debe respeto y obediencia al hombre que la debería haber casado con un rico general, al hombre que pronto va a conquistar todo este país, este Imperio de los Dragones?—le insistió Tuoya, pero Qublei tenía una paciencia infinita.
—Dime, fiel esposa: ¿has nombrado antes el hecho de pasear sola?—.
—Sí, mi señor—.
—¿Por qué paseas sola?—.
—Porque así la mente se libera de las presiones del día y tú entiendes mejor que nadie esa carga sobre la frente—.
—¿Y tú no tenías unas guardianas? ¿Tus dos guerreras que podían tumbar a varios hombres? ¿Ellas iban contigo en esos paseos o ibas sola del todo?—.
Ahí el señor de la guerra se fijó en la reacción del rostro de la mujer, aunque no acertó nada más que a discernir con un breve silencio antes de mover los labios que ella permanecía tensa. Provocaba ese efecto en la gente, no le dio mucha importancia pero le preocupaba su seguridad.
—Claro que venían conmigo, mi gran esposo. Siempre—.
—Diles a las dos que vengan y que den prueba como testigos—.
—Mi Khan, ¡ya lo hice! Pero temían tanto tu cólera que se negaron y prefirieron quitarse la vida luchando entre sí antes que desairarte. Ha sido un horror pero prefirieron darte sus vidas en prenda. Yo misma pensé en ello, pero dejé caer la daga antes… antes que poder decirte con la boca lo que no podría con mi fantasma. ¡Te temo y venero, marido, como todos te temen y veneran! Pues tienes mucho poder en ti y más ahora que vas a ser por completo el amo del imperio de Xihuan—.
—¿Dices que se mataron antes que confirmar tus palabras? Aunque es cierto que soy tan temido como querido, no imaginaba ese rasgo en aquéllas dos guerreras entrenadas para ti y que eran como hermanas o incluso hijas: temerme más que a su ama. Todos los que venimos del Lobo Azul como hijos suyos inspiramos eso. ¡Basta entonces de este asunto! Quiero tu palabra de honor. ¿Me la das de que cuanto has dicho es verdad?—.
Ahí no hubo de pensarlo mucho porque conteniendo una sonrisa y empleando los espasmos de los músculos de su rostro, la Ilonia pareció en cambio demostrarse sobrecogida y dos lágrimas descendieron desde los párpados inferiores hasta las comisuras de la boca.
—¡No hay mayor castigo que una deshonra para mi señor! ¡Digo la verdad! ¿Iba a llorar entonces si no lo fuese? ¡No puedes dejar la traición impune y que las dos almas de mis guardianas hayan partido en vano al eterno cielo azul!—.
—¿Es entonces el castigo lo que quieres para mi hermana?—.
—Es justicia lo que quiero para mi Khan—jadeó sumisa, cerrando los ojos, con cara de ir a llorar de nuevo a lágrima suelta a la par que encogía los hombros.
Qublei abandonó su pose y la abrazó, mientras ella ponía la cabeza en el hombro izquierdo de él.
—Tuoya, has obrado bien. Te quiero, y te agradezco que me lo hayas contado. Me encargaré de ello mañana—sentenció el Khan, mientras su esposa le miraba con ojos vidriosos, excusándose, y se retiraba de la tienda de Qublei.