Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Cap. 09 – Los juegos de Enoda.

Los juegos de Enoda (VIII)

Los juegos de Enoda habían transcurrido con gran éxito y las multitudes hallaron un gran goce en su clímax final.
Pocas cosas igual de apasionantes y sangrientas contagiaban tal fervor al público, fuera del escalón que fuese, en al menos cinco siglos. Las gentes echarían de menos el evento en la fiesta de despedida, donde algunos gladiadores gozaban del festejo, y otros en cambio, reponían sus heridas.
Volverían a Ilonia en cuestión de un mes o dos, Kerish no sabría decirlo, y harían paradas por otras ciudades-estado y pequeños reinos de occidente en los que tanto maestro como alumno, ambos bárbaros, se sentían pequeños en medio de tantas murallas gigantes y palacios y templos, aunque no se sentían tan pequeños en estatura.
La raza humana, creada por los dioses a saber con qué propósito, era una raza joven y perfecta en cierta medida.
Aprendían rápido, se reproducían en cuestión de nueve meses y eran totalmente adaptables a lo que les viniera.
La mayoría no pasaban del metro sesenta y cinco, y con mucho, un metro setenta de estatura a nivel mundial, la cual era una estatua corriente. Kerish medía 1’80 y los demás le veían casi como él mismo se comparaba con un tipo que midiera dos metros.
Torii, que era más bajo que él, había visto humanos más altos aún. Lobo Negro era un poco más alto que Kerish, al menos le superaba cinco centímetros, y ya de por sí llamaba la atención.
Antes de la partida, el maestro les llevó al prostíbulo de más prestigio, a ellos y a los otros gladiadores, antes de volver a los páramos gélidos.
Bebieron juntos, como una familia, y escogieron chicas.
Lobo Negro se hizo con una hermosa joven de ojos azules como los suyos, y de melena rubia. Su piel broncínea mostraba que la prostituta era del sur, o algún tipo de mezcla exótica, con ese cabello y esos ojos, y con la sedosa piel morena por el sol olorosa a una fragancia almizcleña.
Se llevó a la joven mujer a un reservado, tiró de su hermoso cabello rizado, lamiéndole el cuello con ansia lasciva, llegando hasta sus labios con un gruñido.
Ella se dejó hacer sumisa, y luego, Lobo Negro la hizo ponerse sobre las rodillas y las manos en el suelo.
Se desabrochó el cinturón y dejó caer la túnica de pieles, mostrando un torso amplio y fuerte, el de alguien que no había hecho otro ejercicio que sobrevivir día a día usando armas para matar.
—Quítate la ropa—.
La joven se deshizo de su túnica roja, y le miró con sus hermosos ojos azules algo temerosos.
Él lo advirtió y se regodeó mientras dejaba caer sus pantalones al suelo tras quitarse las botas. Pero volvió a ponérselas.
Cuando ella estaba tal y como su madre la trajo al mundo, él se amarró su erección con la correa que sostenía como un látigo y se puso tras ella, tirando del cinto hacia atrás, dejando que el resorte natural de su sexo fuera luego hacia delante al aminorar el tirón, azotando con la cúspide y parte del hinchado tallo las nalgas de la fémina, que aunque fuera voluntaria, se sentía intimidada por aquél joven de cabellos negros.
El chasquido húmedo y excitante de esos azotes la hizo jadear, hasta que estuvo deseosa de él, y se giró para engullir la virilidad de Lobo Negro. Empero, él le puso la mano en la frente y la hizo caer de espaldas de un empujón.
—¡No! ¡Soy tu amo, zorra! ¡No harás nada sin mi permiso!—gritó, y pellizcó los pezones de la joven con los dedos de las manos, tirando de ellos hacia sí con crueldad.
La muchacha iba a replicarle antes de que él la pinzara sus sensibles botones carnosos, que remataban sus senos pequeños pero bien formados.
Echó un quejido y se levantó para no sentir más dolor.
—Sí, mi amo… ¡haré lo que vos me pidáis!—susurró ella.
—Así me gusta—gruñó él, complacido.
Lobo Negro aflojó su cruel caricia y estimuló los pezones de la rubia con un suave movimiento que oscilaba una mano al contrario que la otra, arrancándole un suave gemido.
Lamió el rostro de ella, como un lobo hace con una víctima con la que juega, y se levantó, cerrando la correa en torno al cuello delgado de la muchacha.
Tiró del correaje de cuero negro y la estranguló un poco, acercando su miembro a sus labios rojos y dejando que su compañía de esta noche se aproximase, pero cuando ella iba a cerrar la boca sobre su arco, retiraba a la muchacha nuevamente.
Eso la puso más ansiosa, y él se divirtió largo rato con ello, hasta que la suela de sus botas resbalaba en el néctar que ella destilaba por entre los carnosos labios que permanecían separados hacia las ingles.
—¿La quieres?—rió él, casi infantil.
—Sí, mi amo—.
—¡¿La quieres?! ¿Te crees lo suficientemente buena como para merecerla, zorra?—dijo Lobo Negro, tirando más del correaje, hasta que a ella le costó respirar.
Su risa era cruel ahora.
—¡Pídelo por favor!—le susurró vivamente entre dientes a la joven.
—P… Por… Fav…ooor…—gimió ella, casi sin aire, y él aflojó la presa, ofreciéndole su sexo con una mueca lasciva en su juvenil rostro.
—Cómetela… no quiero que dejes nada. ¡Si no, te castigaré!—rió él.
Su sumisa esclava por una noche engulló con toda la ternura y la paciencia que pudo la caliente rama de carne endurecida por la presión y el ansia sexual, se mostró tan complaciente, que él decidió premiarla, al cabo de media hora.
—Vamos. Date la vuelta, y enséñame ese culito—jadeó Lobo Negro, ansioso por penetrarla, y así hizo nada más que ella le mostrase la apertura de la rosada brecha entre sus carnes morenas, introduciéndose en ella con lubricidad ensalivada, alargando un gemido un extenso instante…
Continuó embistiéndola despacio, pero cada vez entraba con más violencia a la par que abandonaba la cavidad femenina con deliberada y cruel lentitud.
La mezcla entre dolor y placer hizo estallar a la joven en un horrible orgasmo mientras Lobo Negro constreñía el cuello de ella con la correa del cinturón.
Cuando la joven se dejó caer, extenuada, él retiró el cinturón del cuello de la prostituta y le azotó las pequeñas nalgas, admirando cómo el inocente rostro de ella se contraía de dolor y placer entre lágrimas.
—¡Todavía no me has complacido, perra! ¡Eres una puta esclava que no vale el tiempo que estoy gastando! ¡Vamos, grita! ¡Muévete hasta que llegue!—gruñó él entre dientes, mientras la novicia se movía penetrándose contra él, con las nalgas rojas por los azotes, y hacía entrar y salir frenéticamente la lanza de Lobo Negro de su vulva húmeda y resbalosa…
Hasta que él decidió que era suficiente, y sacudió su glande contra el pequeño trasero de ella, brindándole su esencia masculina en borbotones cálidos y lechosos, con un ronco grito de placer.
—¡Dadme vuestra simiente, mi señor! ¡Por favor!—gritó ella, notando que el ardiente esperma goteaba sobre su espalda y sus nalgas, llegando también a la vez a un intenso orgasmo.
Lobo Negro se estremeció de placer, y tiró del pelo de ella, sentándose en una butaca que había en la habitación, cerca de una cama y una palangana, e hizo que, sin levantarse del suelo, ella acercase el rostro a su miembro.
Su rabiosa pasión le había hecho ponerle otro rostro a la mujer que tenía delante.
Unos ojos dorados, unas facciones blancas y suaves, malignamente hermosas, y un cabello negro azulado, liso y oloroso a un perfume indescifrable.
Era el rostro de Tuoya. Por un momento, él enrojeció, y le lamió la boca nuevamente, deteniéndose en su lengua, proporcionándole un largo y obligado beso.
Luego, la alejó de él, con el cinturón de nuevo en su cuello, como si fuera un animal doméstico, y tiró un poco más fuerte, haciendo que la mejilla izquierda de la prostituta diera con un chasquido carnoso en su miembro brillante y reblandecido.
—Eres un desastre. Límpialo hasta que no quede ni gota—.
Ella obedeció, y lamió complacientemente el sexo de él, sin reserva. Había algunas gotas ya secas, pequeñas, de la sangre de la primeriza.
El hombre que se había llevado su virgo por un buen precio era un tipo terrible, al que temía pero que la excitaba al tratarla como a una vulgar perra piojosa.
Y eso a él le gustaba saberlo en cada caricia de la lengua de la mujer cuyo amor era de alquiler.
Pero con todo, Lobo Negro ansiaba a una mujer por encima de todas, y ésa era una de las mujeres del Khan. Cuando llegasen a Ilonia, trataría de hacerla suya.
Tenía todo lo que una mujer podía desear en un hombre.
Entretanto, uno de los gladiadores que no había escogido chica, el de la trenza rojiza, yacía en el jergón de uno de los reservados él solo.
El prostíbulo había cerrado y todos estaban bebiendo aún, fornicando, o durmiendo. Kerish únicamente pensaba en la noche en que estuvo con Soryatani.
Con las manos tras la cabeza, mirando hacia el techo, tenía la pierna izquierda estirada sobre la cama y la derecha flexionada por la rodilla.
Tan sólo con un taparrabo blanco, y los aros que adornaban sus brazos y su pierna, miraba hacia el techo de madera del prostíbulo.
Seguía sintiéndose como un animal enjaulado.
Cerró los ojos, y se dispuso a soñar con los verdes iris del rostro amable y sensual de Soryatani. Pero su maestro le interrumpió, y le confió una tarea. Tenía que ir a una villa, escoltado, a prestar un servicio.
Suspiró y se dispuso a ello sin dudar, como uno de los aguerridos campeones de los juegos Enoda que era.


Los juegos de Enoda (VII)

No es que tampoco se tuviera mucha constancia histórica de la época de matriarcado, si bien era cierto que, en las postimetrías de aquellos salvajes reinos, años en que la civilización alzó sus ciudades desde la barbarie, algunas mujeres ostentaban el poder y lo compartían con sus consortes, pero apenas media docena de ellas habían ganado sus tronos por la espada de la guerra y muchas menos impuesto ese supuesto reino de la mujer sometiendo al varón.
Recapacitando sobre esto, Ispasia olvidó algunas enseñanzas radicales y vio al joven que estaba sentado sobre un banco de mármol en el pequeño jardín tras la casa.
Dudó, pero fue a coger útiles de cura, y bajó a buscarle. Era un luchador y había demostrado su supremacía, y de no haberlo conseguido, ahí quedaba su bravura, que igualmente la hubiera cautivado.
Ispasia era mujer, y se sentía atraída de forma muy natural, cuando lo natural para algunas de aquellas sacerdotisas que practicaban sus cultos a oscuras en las noches bajo la ciudad era raptar un hombre, violarlo, y ofrecer su falo al ídolo en holocausto.
La joven se acercó al bárbaro con una bandeja de plata, volviendo a dudar.
Las altas sandalias de tacón de dedos al aire crujieron suavemente por las cintas que llegaban hasta por debajo de las rodillas suaves de Ispasia, y Kerish la miró, sin decir ni una palabra.
Antes de bajar, ella se había puesto un collar sobre el modesto escote de su túnica blanca hecho de láminas de oro, y un brazalete en el brazo izquierdo que representaba una serpiente dando varias vueltas al enroscarse.
Las muñecas, cubiertas por pulseras de todo tipo, y los párpados retocados con un color azul que brillaba como el metal.
Si no llevaba pendientes, era porque no se había hecho aún los orificios.
El uno miró al otro en silencio, y ella se sintió estúpida por no decir nada y quedarse ahí parada.
Se había puesto bien guapa: el cabello recogido de esta tarde brillaba, tanto como la sombra dorada que se había dado bajo los pómulos de su suave óvalo para que se le notasen en contraste.
A aquélla muchacha, cualquier rey la hubiera pedido por esposa pagando un reino.
Había decidido, fue tarde para recular, y era una chica valiente aunque aún muy joven y vergonzosa, pero si hubiera sabido que por dentro el otro joven la deseaba, se hubiera olvidado las tonterías donde dejó su ropa interior esta mañana, en este día de calor.
—Vengo a ayudarte—dijo al fin.
—No he pedido ayuda—susurró Kerish.
Ella boqueó con los rosados labios, que no habían necesitado ni carmín, y pareció entristecer, pero él intentó arreglar el desperfecto.
—Quiero decir, que es sólo un rasguño. ¿No te reñirá tu padre?—.
—Eso no es asunto tuyo—sonrió ella, dejando la bandeja al lado de él, y untó un ungüento en una gasa blanca, pasándosela por la herida.
El estepario gruñó, y ella retiró la mano derecha, con la que sujetaba la gasa.
Tembló un instante, era un guerrero fiero, y temía sus reacciones, pero luego él bufó y le dijo con la mirada que continuase.
—Estate quieto, sé que duele un poco pero es porque te curará—susurró la Eneda.
Puso su mano izquierda en la mejilla derecha de Kerish, y le presionó suavemente el fino corte, tocándole más de lo que quería el rostro.
Pronto, se encontró acariciándoselo, y eso pareció amansar a la bestia de cabello largo, pues cerraba los ojos, enseñaba los dientes, pero no había rugido alguno.
—Ya está. En un par de días sólo será una cicatriz, ya verás—dijo Ispasia, hablando nuevamente con un tono de ternura y preocupación.
Kerish la miró a los ojos, la piel de la joven brillaba, muy poco bronceada, pues el cánon de belleza de su país decía que las mujeres más blancas de piel eran más hermosas y por tanto las que estaban morenas por el sol era porque no tenían techo bajo el que cobijarse (o bien pertenecían a clases bajas), así que el color de la piel también era símbolo de posición.
Una mujer obligada a trabajar porque su marido no ganaba lo suficiente estaba mal vista, y se la calificaba de pobre e innoble.
Kerish también tenía tono pálido, pero a diferencia de ella, era un siervo. Orgulloso, porque lo era, pero un siervo contra su voluntad, aunque no vivía mal. Sólo moriría mal.
—Tu hermano ha luchado bien—susurró él, levantándose.
—Sí pero has ganado tú—.
—La primera sangre es suya—concluyó Kerish.
Estuvieron unos segundos mirándose, e Ispasia le estudió: ojos casi rasgados, rostro blanco, aniñado y anguloso (a ella le parecía casi andrógino), cejas no muy gruesas, y cabellos largos de color rojizo al sol, que no anaranjados y rubios; además tenía esa expresión altiva y un cuerpo que muchos considerarían un orgullo sólo por la fuerza con la que era capaz de usar con las armas, pero no el de un atleta de gimnasio.
Vestía con toscas botas de pieles sin afeitar, y llevaba una armadura de cuero con la forma de su torso, un ancho cinturón, y ceñidos pero cómodos pantalones de cuero.
Entre las mujeres del culto, se consideraba con cierta leyenda a los bárbaros de las tierras frías los seres más duros y bellos, y eso que apenas habían visto unos pocos.
Y desde luego, había una belleza salvaje e indomable en él pese a sus invisibles cadenas que hizo a la muchacha enamorarse. Él echó a andar hacia su maestro, que silbaba llamándole, ajeno a los súbitos sentimientos que salían por los ojos de la Eneda.
—Tengo que irme, mujer—.
—Espero que nos veamos pronto, extranjero—suspiró ella.
—No lo creo, soy un esclavo—replicó Kerish.
Mientras él se mostraba inmutable al irse, la hermosa joven que se había arreglado para dentro de un rato, cuando llegaran los amigos de su padre a la noche, permanecía viendo su cuerpo perderse lejos del jardín a medida que caminaba, sintiendo cierto ahogo.
Había dejado que él la viera antes que cualquiera, que su madre incluso, y el bárbaro sólo había intercambiado algunas palabras con ella.
Quizá fuera sólo un capricho, pero Ispasia se habría entregado a él si todo hubiera sido diferente. Sin embargo el gladiador no parecía ni sentir la menor emoción por lo que ella le había brindado.
Hombres y mujeres eran dos seres del género humano que hablaban la misma lengua sin entenderse, y seguían siendo muy diferentes, porque Ispasia y Kerish lo eran.
Sólo en esa diferencia radica la igualdad de hombres y mujeres…
Porque ella sí tenía la esperanza de que volvería a verle.


Los juegos de Enoda (VI)

La punta de la espada que llevaba el gladiador señalaba amenazadoramente la garganta de un Raquio jadeante, pero que disfrutaba la violenta emoción, sudando. Kerish permanecía quieto, frío como una admirable estatua sin embargo viviente, esperando una orden.
El muchacho bajo sus piernas le había conseguido engañar y por poco le atravesaba. Era un rival digno, y aunque accidentalmente, le había tocado con su arma. Gajes del oficio.
El general alucinaba con el combate pues su hijo había estado espléndido, pero el muchacho esclavo era mucho mejor además por ese desenvaine tan propicio contra el guardián, y esa extraña manera de combatir: blandiendo el arma con dos manos.
Torii dio una palmada y Kerish se separó de Raquio, no representando ya amenaza alguna, pero con la mirada ardiente por el combate.
—¡Primera sangre! ¡Raquio gana el asalto!—sonrió el maestro oriental, mientras Kerish observaba la espada, para saciar su curiosidad.
Creía haberse hecho un corte en los dedos al empuñar la hoja, pero descubrió que esta tenía o muy poco filo o bien ninguno.
El hierro era regularmente bueno, no lo bastante, pues no estaba tan bien tratado o es que era de mala calidad (quizá consideraba ambas cosas), y era un arma hecha para atacar de punta, dada la constitución de la espada.
La entregó al guardián desarmado y se pasó los dedos de una mano por la heridilla, un fino surco de un lado a otro que no se prolongaba mucho.
Eso sí, el joven que estaba en el suelo se levantaba, incrédulo por su victoria. Mas su padre sabía quién había ganado realmente. El lanista dio a Kerish la orden de alejarse y éste asintió, obedeciendo al retirarse.
—Tu chiquillo es buen luchador, Torii. ¿De dónde lo has sacado?—preguntó el general Eneda, intrigado.
—Lo compré en un lugar llamado Minas Chägor. Era un esclavo, no sé nada más de él, pero en realidad es muy especial—dijo el Ilonio, dándole las monedas de curso legal en esas tierras que le debía.
Le daba igual realmente, esta noche tendría más que eso y diez veces.
—Lo es, lo es. Mi hijo ha disfrutado como nunca, ¿eh, soldado?—sonrió el hombre civilizado, abarcando a Raquio con el brazo izquierdo, —Bien, me quedo a dos del grupo de allí y a otros dos del grupo de atrás para esta noche—.
Ispasia, que había estado viendo el combate, jadeó cuando vio al muchacho extranjero sobre su hermano con una espada. No entendía por qué los varones tenían que pasar por todas esas cosas de la lucha, la sangre y las espadas.
Bueno, en parte sólo sabía lo que su madre y su círculo de amigas le habían enseñado. La mujer, principalmente, daba hijos al hombre, y se tenía a las madres por algo sagrado.
Mantenía el hogar de puertas para adentro (con las ganancias del marido por supuesto), se ocupaba del cuidado de los niños, del hogar cuando no había sirvientas, y si podía, estudiaba para cultivar su mente, a la par que tenía que cultivar su cuerpo, únicamente el templo de su marido.
No se tenía por una sumisión (ya que la sumisión únicamente se da en los dominados por alguien que se sitúa por encima de su figura como un amo), pues un matrimonio era un acuerdo, un compromiso, entre dos amantes formales cuya relación va más allá de encontrarse y pasear de la mano haciendo público su amor fiel. Una promesa de formar familia y darse hijos a sí mismos tanto como al estado.
El hombre, por contra, se ocupaba rara vez de la educación de los hijos, pero sí se encargaba de suprimir sus debilidades y desarrollar sus habilidades con juegos, pruebas…
El intelecto que algunas mujeres inculcaban a sus hijos y la preocupación por su saber y sus estudios decidía de manera importante la posición social de la descendencia, su cultura, tanto como los hombres influían en los varones con un modelo a replicar, una imagen que ellos mismos habían tenido de sus padres y éstos a la vez de los propios.
Además, en este mundo, la figura del hombre era la del guerrero, pues era obligación defender los intereses de cada uno por medio de las campañas bélicas, y también, no sólo los intereses del estado, sino los hogares. La familia.
Los hombres endurecían a sus hijos enseñándoles las artes guerreras que conocían, y así, reforzaban su virilidad. La amistad que surgía más allá de esa “brutalidad” que algunas mujeres hembristas declaraban obscena o antinatural alegando que el dominio debería ser de la mujer, a otras o más bien a la mayoría, les gustaba.
Y si el mundo no era de las mujeres y como a ellas les gustaba, era simplemente porque no eran guerreras ni estaban dotadas para el combate y cambiarlo a golpe de espada, ya que como opinaban las mujeres que profesaban tal doctrina, para eso estaban los hombres.
Era pues un culto que quería imponer un matriarcado hipócrita.
Ellos defendían el hogar luchando, ellas criaban a los hijos y cuidaban la casa. A veces el intelecto podía resolver cuestiones que estaban condenadas al fracaso (o triunfo) por la fuerza, pero en Arryas, se vivían tiempos turbulentos de unas 20.000 batallas al día en todo el mundo, y la única figura que podía asegurar su supervivencia y plantar cara a la adversidad abriéndose paso en la vida era el hombre guerrero.
Así, las hembristas más radicales de las que le había hablado su madre querían su sitio en un mundo de hombres que no les pertenecía a ellos según ellas, pero que no podían tener sin ellos, a la vez que ellas querían estar por encima de ellos, y a su vez, que sólo ganaran ellas, pero con ellos.
Y desde luego, ellas no ganaban las guerras reales, y esperaban ansiosas a sus maridos en casa, pero que no volvieran como cadáveres pues sin ello, su orgullosa supervivencia se vería muy reducida.
¿Mandarían entonces las mujeres algún día “dominando” a los hombres, y luchando contra los hombres, o lo harían contra ellas mismas?
Si no habían ganado batallas, ¿el mundo era suyo pues y tenían el derecho de poseerlo, tratando a los hombres como bestias a las que follarse por placer, fines reproductivos, o acaso como carne de batalla?
No, eso no.
Hombres y mujeres tenían su medida, y sus funciones vitales. Las mujeres se convertían en mujeres cuando un hombre las hacía sentir así y sangrar con placer, era su rito a la madurez, pero los hombres no eran hombres si no obtenían sangre de una forma un tanto diferente y para nada placentera.
Muchas llamaban a cierta dominancia injusta “machismo”, pero fue un nombre despótico que ellas le dieron a una contracorriente contra la que se habían hecho un ideal.
Para ser buenas, había que tener un enemigo contra el que luchar, y algunas, desde que perdieron el poder del matriarcado en tiempos de sus tatarabuelas, pillaron una rabieta y ardieron en deseos de venganza contra la figura del varón.
Pero los hombres mandaban porque eran fuertes, capaces y dotados para ello. Pasaban su rito de hombría con un arma en la mano, y terminaba con sangre.
No en vano, en ciertas costumbres esotéricas, la espada o la daga simbolizaban un falo.


Los juegos de Enoda (V)

El joven bárbaro volvió la cabeza y descruzó los brazos, caminando hasta el grupo.
Miró fríamente al general y luego a su hijo, quien estaba entusiasmado con probar sus habilidades contra otro espadachín.
Frotándose las manos, el lanista medio sonrió e informó a su prometedor pupilo y campeón:
—A primera sangre, lo más superficial posible. Cesa cuando el oponente esté comprometido, que ya nos conocemos—.
Entendiendo las órdenes, el muchacho estaba dispuesto a pelear a corto sable tanto como el mimado hijo de Auntio.
Pero para sorpresa de éste, el general miró a uno de los dos guardianes, el que aún iba armado, y levantó la barbilla señalando con la cabeza y la mirada al púgil extranjero.
El general giró la espada que tenía en las manos; el pomo se presentaba cual cabeza de águila de latón macizo y oscurecido, y enfundándola en la vaina suelta del guardián se la pasó por el aire al gladiador, quien la tomó al vuelo con la diestra, sin inmutarse.
Se le puso de frente el tipo que estaba armado, con la mano derecha sobre el mango de su espada, bajo la cadera izquierda.
Kerish se atravesó la espada con la vaina por el cinturón, pero bajo la cadera derecha, y miró a su oponente, silencioso.
El joven Raquio no pudo evitar preguntarle a su padre, extrañado:
—¿No iba a luchar yo, papá?—.
—Sí—sonrió Auntio, —Pero primero quiero que hagas lo que te dije. Estudia a tu enemigo para poder vencerlo. En batalla, los hombres a tu mando serán un bien sacrificable para este fin—.
El retador ante Kerish desenfundó en un rápido movimiento y alzó su espada precipitándose por el joven estepario con un tajo desde lo alto, pero el gladiador bárbaro desenvainó desde la derecha con esa misma mano, teniendo el dorso hacia el costado al mismo que se echaba hacia la diestra del guardián.
Sorprendió al general, porque no conocía esa forma de desenvaine, y además, creyó que Kerish era zurdo al ponerse la espada al lado derecho.
El ataque del guardián chocó contra la defensa evasiva del gladiador, y éste aprovechó el rebote de armas para despejar hacia su derecha el espadazo del contrario, el hierro de ambos brilló cuando el guardián volvía con un tajo exterior desde la izquierda con el brazo derecho, pero Kerish se hizo un paso hacia la diestra anteponiendo la espada, y el tajo no le llegó a dar en el cuello.
Luego fue su turno.
El guardián apenas previó que el bárbaro lanzaría el mismo ataque dando un paso hacia donde antes, y el gladiador le golpeó bajo el hombro derecho con la punta de la espada, haciéndole un corte poco profundo que dolía más que sangraba.
No le había ni dado tiempo de recuperar el brazo cuando Kerish pivotó con un medio giro vertiginoso hacia su derecha sobre sí mismo, con un paso hacia la diestra del contrincante, cambiando el arma de mano en el aire.
La espada quedó con la punta y una cuarta del filo sobre la piel del cuello del robusto guardián, y éste, que tenía el brazo demasiado cerca del de Kerish y su espalda, estaba a su merced, pues con la mano armada de tan cerca no tenía maniobrabilidad.
El general, que los tenía a los dos dándole el pecho, asintió, y el guardia privado se alejó del gladiador, yendo a buscar algo con que vendar una herida a su orgullo más que su brazo.
—¿Lo has visto, hijo? Se mueve como un felino. Es rápido, pero que no te engañe… tu esgrima rivaliza con la suya. Ya sabes lo que hay que hacer—.
El general dio una palmada en la espalda a su primogénito, y éste desenvainó la espada, dejando la vaina en manos del otro guardián que restaba.
Caminó un par de pasos hacia Kerish, su delgado físico no le hacía temible a primera vista, pero la frente abultada y los ojos brillantes, y esa sonrisa contenida, daban muestra de que su adversario iba a ser muy técnico. Alguien que usaría la espada con inteligencia.
El joven tentó a su primer enemigo real con una falsa estocada, acosándole, y Kerish lanzó un tajo con la esbelta espada de izquierda a derecha, y luego de vuelta, pero con la punta.
Raquio se agachó y se retrasó un paso, volviendo a adelantarse con una larga estocada hacia el pecho del gladiador, que llevaba un peto de cuero que se ajustaba al molde de su cuerpo.
El joven bárbaro tomó la espada con ambas manos y se echó a la izquierda del civilizado, y antepuso el arma hacia la izquierda con la punta en transversal hacia abajo, protegiéndose de la puñalada.
Dio un paso hacia la derecha manteniendo estirada la pierna zurda, y quedó hacia el flanco izquierdo del ágil muchacho Eneda, descargando un mandoble hacia su cabeza.
Raquio le miró sorprendido a la par que aterrado, y en lentos segundos, giró su cuerpo hacia Kerish anteponiendo su espada, deteniendo su ataque.
El choque le conmocionó unos segundos, su contrario tenía fuerza, realmente, y trató un tajo elegante de abajo a arriba cuando las espadas rebotaron, hacia la alta diagonal derecha. Kerish se agachó echándose hacia su propia izquierda estirando la pierna contraria, y el silbido del metal azotando el aire pasó de largo.
Se echó contra él con una estocada, ayudando a su espada con la mano zurda para imprimir fuerzas al arma, pero el hijo del militar esquivó el ataque hacia su vientre aunque no pudo con el embiste del hombro derecho del bárbaro, que estaba por delante, y cayó al suelo.
El hijo del militar se levantó raudo y lanzó un tajo hacia la cabeza de Kerish, quien antepuso su arma en vertical para detener su filo, aunque Raquio, más inteligente en la esgrima, había mentido y redirigió su ataque hacia el costado izquierdo del bárbaro, ahora desprotegido.
El gladiador antepuso el arma hacia el lado izquierdo nuevamente, y la punta del arma y el filo pasaron junto a él con un chirrido de metal en fricción.
Interpuso después la mano izquierda contra el pecho de Raquio, barriéndole con el pie izquierdo tras el talón derecho, y cuando el hijo del general Auntio se desequilibró, el bárbaro le golpeó con el pomo de la espada en el pecho, tumbándolo en el acto.
Cayó al suelo como si todo se hubiera ralentizado para él, la arena de la palestra saltando en miles de incontables gránulos, y el extranjero bajó sobre él con la rodilla izquierda en tierra, a horcajadas sobre su cuerpo, y empuñó la espada hacia abajo, a la inversa, apoyando los dedos de la mano izquierda sobre la guarda y la guarnición; al mismo tiempo el extremo de la espada del muchacho de cabello claro le había hecho un corte sobre el tabique nasal al interponerse en defensa, pero fuera como fuere, el hijo del general estaba perdido.


Los juegos de Enoda (IV)

—¿Quieres decir que mi hermano puede ver cómo luchan y yo no?—.
—Así es, Ispasia. Él es el chico, y además el primogénito, tiene que aprender lo que tu padre le enseña igual que tú aprendes lo que yo te enseño—.
—Es cruel que los hombres se maten—.
—También es necesario muchas veces, si no, nosotras no estaríamos aquí. Pero es muy de hombres, pues para serlo, han de pasar un rito de sangre. Ya sabes lo que dicen en el culto: “Los hombres empuñan sus espadas igual que sus falos y pocos los manejan con igual entusiasmo”—.
—Mamá… ¿puedo ver esta vez cuando luchen?—.
La madre de Ispasia miró a su hija con desconcierto. Claro que podía verlo, pero a una mujer rara vez le gustaba ver estas cosas, que eran de hombres.
Además, la sangre y la muerte repugnaban a las mujeres, y por ello, no se solía ver demasiadas que gustaran de los combates de gladiadores.
Por si fuera poco, Aetia no glorificaba demasiado esas cosas, pero las entendía, y apoyaba a su marido.
Al menos bajo la apariencia de buena esposa. De cualquier forma, sólo habían combatido una vez a muerte delante suya, pues por lo demás, solía ser hasta que uno de los espadachines era vencido en técnica y se rendía, o a primera sangre.
—Se lo diré a tu padre, a ver qué opina. De todos modos, la función será esta noche cuando vengan los amigos de Auntio, pero tú ya estarás durmiendo, señorita. No obstante eso se puede pasar por alto si le convenzo—sonrió Aetia, acariciando con uno de sus finos dedos, el índice de la diestra, la naricilla chata y algo respingona a la vez de su hija.
Ispasia rió, y abrazó a su madre por el brazo izquierdo, besándole una mejilla.
—¡Gracias, mamá!—.
—¡Venga, ve a terminar tus tareas de la escuela!—la apremió su madre, acariciándole tras la oreja derecha.
La joven partió hacia la casa, y subió las escaleras de mármol blanco para llegar a su habitación y manchar la punta de una vara de madera que le hacía de lápiz, escribiendo en un cuaderno, y de vez en cuando, miraba por la ventana, que daba hacia el solar de arena frente al que se erigía un templete donde la servidumbre preparaba la fiesta de esta noche.
Desde allí arriba podía contemplar cómo los gladiadores se entrenaban, aunque más bien, se estaban vendiendo a su padre para que él eligiera a los más bravos para el combate.
Entre ellos, Ispasia se fijó en un joven pálido con una larga trenza, su cabello a la última luz del sol parecía rojo o ya lo era y su adorado astro sólo lo hacía iluminarse más sanguino y anaranjado, pues realmente, era un color que emergía de un castaño oscuro.
Estaba allí, cruzado de brazos, y permanecía al lado de Torii.
¿Su hijo? No, en absoluto.
Parecía uno de los norteños que su padre acostumbraba a describir, contra los que había luchado una vez, hacía mucho tiempo. Una expedición perdida que se los encontró en tierras donde la nieve lo convertía todo en blancura y gelidez, donde las bestias eran más terribles.
—¿Puede mi hijo probar su destreza con uno de tus hombres?—preguntó el general Auntio a Torii.
—Sería un honor, general, pero ellos son demasiado grandes para tu retoño. No dudo que le has enseñado bien, sino que quizá son demasiado brutos—le respondió Torii.
—¿Ah sí? Observa—susurró el general, haciendo una seña a otros dos guardianes que patrullaban por el interior, protegiendo un edificio más pequeño, donde el general guardaba documentos y objetos de valor personales.
Los dos guardianes de túnica marrón que acudieron saludaron con la cabeza, serviles y marciales.
Dirigiéndose a uno de ellos que debía medir lo que el resto, 1,74 como mucho, le pidió su arma y la balanceó con distracción. Era una espada genérica, como las que llevaba todo el mundo allí frecuentemente.
—Raquio luchará con el muchacho pelilargo, entonces. ¡Raquio, corre por tu espada!—resolvió el general.
—General, mejor lo dejamos, creo en vuestra pericia como señor de la guerra y que esa misma virtud corre por las venas de vuestro apuesto y vitaminoso hijo—le intentó convencer el oriental, pero la decisión estaba tomada y el cliente siempre tiene razón.
El muchacho del cabello castaño trigueño volvió con una espada envainada, parecía igual que las demás, sólo que tenía un pomo semicircular de latón cuya parte recta estaba hacia abajo, y de ella salía otro semicírculo más pequeño de rojo cristalino.
Podía ser una joya, o un vidrio decorativo, Torii no lo sabía.
La guarda era la típica que parcialmente estaba remachada y era una media luna poco pronunciada, el arma estaba envainada en madera recubierta de fino cuero teñido de rojo, y los extremos metálicos de la funda eran de bronce dorado y labrado con formas triangulares que se entremezclaban con ondas.
—Vamos, la fiesta es en honor de mi hijo, que pronto será un soldado, y qué mejor regalo de cumpleaños que un combate. Además, el muchacho parece de su edad—.
—Lo es—.
—Te apuesto cinco Solsils, a primera sangre—.
—Hum, siete…—.
—Seis, si pelea primero contra uno de mis guardianes—.
Torii entrecerró los ojos satisfecho por el trato y la suma, y llamó al joven estepario, sin volverse ni a mirarle.
—¡Kerish! Prepárate para un combate—.


Los juegos de Enoda (III)

Aquel país de los márgenes exteriores de Arryas era extraño, pero bello.
No lo había visto demasiado a través de las rejas, pero aun así, Kerish podía respirar su aire misterioso.
Las gentes iban de azul más oscuro o más claro, y solían llevar un disco dorado colgando sobre el pecho que encerraba otros dos labrados en él, el más concéntrico en relieve.
Las mujeres tenían el cabello negro o castaño, con los ojos marrones claros yendo hasta esa mezcla con el verde pardo, e incluso ambarinos. No solía hacer frío, y por ello si no calzaban sandalias de tela y esparto hombres y mujeres, las llevaban de dedos al aire ya fueran de cuero o no, altas o bajas, y livianas botas.
Gustaban del oro más que de la plata, y adoraban a sus dioses en hermosas capillas y les dejaban ofrendas y velas.
Eso sí, los hombres, según había observado el bárbaro, llevaban el pelo corto a la usanza militar, y los mancebos, como les placía, aunque estéticamente lo llevaban semilargo y rizado.
No eran frecuentes las barbas o patillas ni bigotes, pues consideraban dejarse el vello facial largo algo de bárbaros o de gente de muy baja condición.
El muchacho saboreaba un vaso de vino, que acabó vertiendo en un lado de la jaula con suelo de arena en unas dependencias especiales para esclavos, porque lo aguaban y gustaban de él así los de aquel país, alegando que era de bárbaros también beberse el vino sin aguar.
Por supuesto, se sentía discriminado por culpa de esta práctica a causa de unas nenazas que no soportaban unos pocos tragos de una bebida fuerte.
Antes de terminar la tarde, Torii llegó a aquellas mazmorras edificadas en una calle cualquiera y se llevó a sus esclavos, a algunos los hizo entrar en grandes villas en trozos no urbanizados de las tierras que visitaban, seguidos de un guardia o dos.
Luego, fue con los restantes hombres tras un rato repartiendo sus negocios, unos cinco, flanqueados por ocho guardianes que había alquilado en la ciudad al ejército, vestidos con sus túnicas azules de mangas cortas y sus corazas de cuero, llevando lanzas y unos escudos hexagonales alargados.
De madera, tenían el umbo de latón o bronce, no se sabía a ciencia cierta, y el cuero del que estaban recubiertos se había teñido con azul hasta quedar negro, con una luna blanca con los cuernos hacia abajo en lo alto del escudo, y otra a la inversa en la parte baja.
El pulido umbo redondo, bien fuera ya de latón o bronce, simbolizaba el sol que muchos llevaban en sus cinturones, grebas, antebrazales de cuero o colgando del cuello en medallas de todo tamaño.
A la cintura, espadas con el mango remachado a la hoja y de cruceta, recta y no demasiado larga, con la cabeza de un águila de bronce en el pomo.
No eran demasiado largas pero no eran espadas cortas tampoco, y por la estrechez que presentaban aun envainadas, podía apreciarse que si no eran espadas de paseo o auxiliares (como en los reinos centrales) bien quizá sólo fueran de un filo.
Torii detuvo un poco la marcha, y se adelantó hacia otro lugar, hablando con los guardianes privados que protegían otra villa de altos muros blancos, que como si una piel desgarrada fuera, dejaba ver los huesos de ladrillo rojizo que estaban bajo la capa de lo que podría ser cal.
Hizo una seña a sus guardianes alquilados y a los esclavos espadachines, y todos pasaron tras él bajo la adusta mirada de dos hombres de túnicas marrones sobre las que llevaban corazas anatómicas de bronce, y ceñían hachas cortas de hoja fina, y espadas en sus cinturones, además de llevar en las manos una vara de madera con remates de metal en sus extremos cada fornido hombre de cabellos cortos.
No podían creerlo, pero aún en el campo a cosa de dos kilómetros de la urbe, se podía vivir en palacios.
Por dentro, esta villa era uno, alguna fuente por la derecha, zarzales trepando desde el suelo por postes de madera, losas rojas bajo sus pies, pajarillos trinando en jaulas, y mesas para comer dispuestas en dos filas de tres.
La casa en el interior era de sencillo diseño, angular, y con portones.
Tras una valla de madera, un muchacho domando un hermoso corcel blanco de crin cana, y un hombre que admiraba sonriente, con una túnica simple del color de la tierra y con bordados amarillentos, cruzado de brazos.
—Torii, ¡cuánto tiempo!—dijo el hombre, dándose la vuelta.
Su cabello corto aún era castaño pese a casi llegar a los cuarenta años, corto, y su rostro estaba curtido por el sol pero en menor medida que el de un hombre que hubiera pasado toda la vida yendo a playas y lugares anegados por la claridad del astro que adoraban en la ciudad.
—¡General Auntio! ¡Un placer verle! ¿Ése es su hijo Raquio?—dijo el señor de gladiadores.
—Sí, está enseñando al caballo. Ya ha cumplido 18, y pronto seguirá mis pasos—.
—Vuestra mujer debe estar muy orgullosa, no tanto como vos, supongo—.
—Lo está. Lo está, amigo. Ambos ardemos de orgullo—asintió el hombre.
Una niña pequeña entró en escena, aunque sólo era pequeña a los ojos de su padre, pues ya contaba con quince hermosos años, y era esbelta pero no demasiado, llevaba una corta túnica blanca que dejaba ver sus bien torneadas piernas, como las de su madre, que por contra llevaba una túnica larga y negra de tirantes con escote cruzado a la espalda, y el cabello en rizos recogido en alto por cintas doradas.
La hija lucía el mismo peinado, y el muchacho que tenía el cabello algo más claro que su madre y su hermana se subió al caballo, a pelo.
—¡Papá, mira! ¡Helpa me ha dejado montarlo al fin!—.
El muchacho de la sencilla túnica beige rió y su padre aplaudió con entusiasmo.
—¡Bravo, hijo! Tori, mi señora Aetia, ya la conoces—dijo Auntio, cuya cintura ceñía un lazo de cuero.
—¿Ésta no es la pequeña Ispasia?—dijo Torii, asombrado.
La muchacha en breve sería una mujer.
—Sí, ya estamos buscándole marido—.
—Pero a la pobre no le convence ninguno—rió su madre, y su padre se carcajeó, mientras a la joven le crecía un rubor en el rostro y miraba hacia otra parte.
En ese momento, el general pasó la mano izquierda tras los hombros del Ilonio y ultimaron asuntos al hallarse caminando seguidos de los guardias y los gladiadores, y así estaban charlando, la hija hizo una pregunta a su madre.
—¿Quiénes son ésos extraños, mamá?—.
—Igual no te acuerdas, pero a tu padre le gustaba contratar a luchadores que combatían para él, bien hasta la muerte o no. Eras muy pequeña para acordarte, y siempre mandábamos a la criada que te llevara a otro lado—.
—¿Por qué?—preguntó Ispasia, intrigada. Su madre le dedicó una sonrisa encantadora y entrecerró los ojos, con sus finas cejas dibujando un afilado arco.
—La sangre en las espadas es para los hombres—.


Los juegos de Enoda (II)

La bestia, el Taourion, avanzaba lento hacia el bárbaro y con los peludos brazos girando el hacha, que debería de medir poco más de 6 pies, y lanzó un tajo hacia la cabeza de Kerish.
Éste aún pudo rodar por el suelo hacia la izquierda de su bestial contrincante, para lanzarle un tajo a la inversa rodilla del ser.
La sangre brotó tan rápido como un bufido animal.
Así mismo, el joven salvaje se puso de pie y se alejó de una coz de dolor del monstruo, cuyas mandíbulas cuadradas se separaban con un grito de guerra.
El hacha dibujaba un afilado arco hacia el brazo izquierdo del bárbaro, y éste, a tiempo, antepuso las dos hojas de cuchilla que portaba para defenderse del golpe. Su enemigo era lento, pero tres veces más fuerte.
Y así, a duras penas, se libraba de un empellón con el plano del hacha en el pecho, cubriéndose con los antebrazales-espada.
Cuando el filo del hacha del Taourion le hizo un burdo tajo en un costado, no clavándose del todo porque Kerish antepuso la hoja derecha al corte, el bárbaro le pateaba al monstruo la pierna herida desde el suelo, deshaciéndose de la hoja del hacha.
El joven se alzó dolorido por el escozor de la herida, y saltó hacia el cuello del mutante, subiéndose con los pies en una de sus robustas patas en una única oportunidad, y le clavó sendos instrumentos de muerte en las costillas, ascendiendo con los brazos para destriparlo.
La criatura de más de dos metros de altura cayó con él.
Tras la polvareda en la arena, el humano se separó de la bestia, ésta con estertores, y se inclinó sobre ella, quitándose las cuchillas de sus antebrazos.
A continuación tomó su pesada hacha, que alzó con un brazo ante los miles de espectadores, al mismo que todos gritaban por más brutalidad.
Dejó caer el arma, y le cortó la cabeza al Taourion.
Luego de eso, las masas aún querían más, así que levantó el arma con la cabeza del mutante empalada en la punta que tenía entre ambas hojas, haciendo una pose con una pierna estirada y la otra flexionada, hinchando su sudoroso y blanco torso, con la herida y las rojeces de los golpes, el largo cabello rojo al sol manchado de sangre.
Los hombres gritaron jubilosamente, y las mujeres alabaron su poderío, aunque la función no saliera tal como parecía prevista.
En aquel sitio, al que llamaban Enoda, de clima templado y agradables aires, se sentía extraño.
Tan extraño como representar juegos sobre dioses que a los Enedas ni les iban ni venían, pero por lo visto era una cultura que absorbía las ideas y mitos de otras, y consideraban bueno todo aquello que pudieran saber sobre política, religiones o costumbres de otras naciones.
A Kerish simplemente le parecía que por un lado estaban ansiosos de conocimiento y que por otro, no tenían personalidad como nación o raza; sólo un deseo de expansión.
La leyenda decía que el dramático desenlace entre el dios Murag, que adoptó forma de hombre-toro para luchar, fue que Tumnkai murió por el hacha de su enemigo, y que éste cayó de su morada en el segundo infierno hacia las angostas profundidades de la oscuridad por la fuerza de los dioses, entre los que se contaba Tangri, el cielo eterno, del que Tumnkai descendía.
Murag dio inicio a su brutal progenie mutante que fueron escalando las simas demoníacas hasta poblar una parte del mundo, y fueron a ser a día de hoy una especie casi extinta.
Obviamente, el final escrito por Kerish fue aclamado por la plebe y el emperador de aquél otro reino civilizado de levante que no conoció demasiado.
Pasando bajo las rejas hacia la sala, donde pocos gladiadores vivos llegaban para reunirse con sus semejantes y sus maestros, Torii asintió al bárbaro, y éste le devolvió una mirada sombría.
No hacía falta que él hablara, pues el lanista podía leerlo en sus ojos.
“Sí. Incluso en la muerte hay libertad y honor. El honor de vivir como un guerrero, y la libertad de afrontar así mi destino, de hacer de él lo que quiera. Este es mi verdadero poder… y cuanto más mato, más poderoso me hago”.