Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Acorralado (II)

Lobo Negro se giró hacia Kerish blandiendo sus dos espadas cortas e intentó enterrarlas en su pecho, pero el joven gladiador las esquivó echándose a un par de metros hacia atrás de un salto ágil, mientras su enemigo se recuperaba para tratar de engañarle con un tajo desde la alta izquierda, y giró en el aire tratando de estocar el vientre de su antagonista.
El movimiento fue rápido, elegante, letal, de una perfección increíble, pero la hoja de Kerish paró el primer ataque, y fue no menos rápida en anteponer el plano a la punta del segundo embiste.
—¡Éramos hermanos!—.
El grito del bárbaro de 17 años encontró réplica muda, quizá una sonrisa bajo la cara de lobo de acero oscuro, y el ronroneo molesto de una carcajada apagada.
Ambos se miraron un único segundo a los ojos, y el resto fue automático.
Lucharon, saltaron uno contra otro, y ni siquiera se cortaron pues uno era tan bueno con la espada como el otro con dos, pero el de la larga trenza tenía una desventaja: su contrario ansiaba apasionadamente su muerte y a Kerish ya le daba igual matarle.
Para el de los ojos azules, la muerte de su “hermano pequeño” era el principio de su reino, de su gloria, de su bienestar, y estaba poniendo toda la carne en el asador.
Desde luego, Kerish no podía atacarle demasiado pues el otro llevaba la iniciativa del combate y el bárbaro podría defenderse durante poco tiempo más antes de sufrir una herida, que probablemente le causaría la muerte.
Realmente, no podía igualar a Lobo Negro con tan sólo una espada y a tan corta distancia.
El resto de los compañeros y guardaespaldas de Qublei encontraron las flechas de Bortochoou mientras los dos gladiadores se batían haciendo lo que mejor sabían hacer: aniquilar.
Kerish esquivaba una hoja, impedía a la otra matarle, Lobo Negro le golpeaba con el codo del brazo derecho, que de tan cerca que lo tenía del torso del otro, no podía blandir el arma.
El bárbaro se retrasó por el golpe con un quejido, Lobo Negro amagó un ataque giratorio con ambas espadas y sorprendió a Kerish con una patada lateral con la pierna izquierda que le dio en el pecho, y que le derribó.
El joven pálido, nada más caer al suelo, pateó de lado con la derecha los genitales de Lobo Negro, y cuando éste se arqueó hacia delante, queriendo usar sus espadas a pesar del dolor, una bota bárbara le dio un talonazo en la nariz que le hizo sentar de culo golpeando su hueso y cartílago a través de la máscara negra.
Furioso, el gladiador oscuro volvió a la carga blandiendo las hojas a doble mano en un torbellino volador que terminó con él agachado sobre la rodilla derecha, el arma en la diestra alzada en defensa y la contraria buscando entrañas por las que abrirse paso.
Para entonces, su hermano le había rodeado por el flanco siniestro con una zancada, pues, ¿cuántas veces pudo haber contemplado El Ciclón de la Miseria que tantas almas hubo arrastrado?
¡Y así lanzó a morder el hierro con una mano sobre la otra en un terrible mandoble, uno contra la clavícula expuesta de Lobo Negro, a quien buscaba sajarle hasta el cuello!
Ágil, el pelioscuro utilizó el arma en la derecha hacia su frente al anteponerla en diagonal inclinada, y el filo chocó contra su máscara apoyando una defensa improvisada pero económica en un tañido agudo de metal contra metal en pleno chispeo.
Al mismo, su corto glande de doble filo en el brazo extendido perpetró una segada baja y sucia contra las rodillas del otro gladiador, que sin embargo levantó la pierna izquierda y la hoja de la greba rechazó la cuchillada de la que buscaba carne que sajar.
Al notar el rebote, Kerish tomó suelo con este pie y levantó el derecho, golpeando la cabeza de su rival y otrora compañero, que rodó por la tierra rugiendo de rabia ante lo difícil de matar que era el muchacho más que por el dolor que sentía.
Con un arco de metal cortador en avance a la altura del rostro, el pálido esclavo de las grebas con afiladas hojas descargó un ataque de vuelta a la altura del costillar de Lobo Negro que éste detuvo tanto como el primero, anteponiendo una espada y luego la otra, mas no pudo evitar una patada desde su siniestra que el otro le propinó con la pierna diestra y le cortó media mejilla izquierda bajo la máscara.
Chocaron las armas otra vez, las tres en perpetuo contacto, y la prueba de fuerza fue difícil de resolver entre los dos, así que, como gladiadores bien entrenados, sabían que la mejor opción era retirarse preventivamente el uno del otro y reponer el aliento para el siguiente ataque.
Entre el polvo, el sudor y la sangre, Tuoya seguía animando el dramático evento hasta que los guerreros del Khan salieron de su escondrijo, allí entre los hierbajos frente al bosque.
Una flecha con vástago rojo saltó la espada de las manos de Kerish mientras éste y Lobo Negro se miraban, ajenos al pequeño ejército que les rodeaba.
Entonces se dieron cuenta, y se detuvieron.
Tuoya miró a su forzoso marido y negó con la cabeza:
—¡Puedo explicarlo, ellos me forzaron! ¡Soy inocente, mi Khan! ¡El de la pelliza oscura quiere tu trono!—gimió ella, postrándose con un llanto.
Lobo Negro le dedicó una mueca de desprecio mostrándole los dientes y alzando de forma característica el labio superior, como un lobo.
De alguna parte, apareció Torii, corriendo que se las pelaba, y arrojó hacia Kerish unos objetos brillantes.
Cuando cayeron al suelo, con un cliqueo metálico, el gladiador saltó lejos de la espada y las cogió: eran las cuchillas que había llevado varias veces y con las que había causado las mayores carnicerías.
Lobo Negro negó con la cabeza, y arrojó una de sus espadas a Torii, clavándosela en el pectoral izquierdo, un poco hacia el hombro, y luego corrió a por él mientras dos o tres flechas erraban su blanco. Kerish dio con el pecho en el suelo, cubriéndose la cabeza con las manos.
Al desincrustar su arma del cuerpo de su maestro, Lobo Negro le miró también con el mismo desprecio con que había mirado a Tuoya. Era débil, ¡todos débiles!
Torii se desvaneció con la mirada perdida, y la sangre brotando de su pecho y su boca.

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3 comentarios

  1. …Cómo no, la primera muerte del gran punto y aparte, es la sangre más o menos inocente que el Destino elige. Ahora bien… No creas que hoy me quedaré con las ganas. ¡Tengo hambre!

    Besos de vainilla y almendra :*********

    13 diciembre, 2011 en 7:53

  2. Y esa sangre encenderá lo que el bárbaro intenta no dejar salir casi siempre… pero con el tiempo, ¡verás que es más bien imposible no sucumbir a la furia de los bárbaros ni dejarse arrastrar por su poderoso frenesí!
    Torii muere, pero no muere aquello que, hablando de Destino, aún ha de vivir.

    13 diciembre, 2011 en 19:17

  3. A veces una muerte desencadena hechos e historias inimaginables. Y me parece que este es uno de esos puntos de inflexión importantes en la vida de una persona.

    Lástima que a veces, para ser uno mismo, haya que perder tanto.

    Besos de vainilla y almendras :*******

    13 diciembre, 2011 en 19:21

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