Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Amores prohibidos

Abandonando el recuerdo, Kerish despertó.
Se hallaba en una ancha cuba donde se bañaba con cierta frecuencia. El agua caliente le era algo desconocido de no ser por el estanque de aguas termales en su patria que apenas recordaba.
Era un placer al que se había acostumbrado.
Pronto le vino a los oídos la voz del tratante de gladiadores. Un Ilonio de 32 años o pocos más, al que llamaban Torii, el maestro de los gladiadores. Mentor, amo y mercader.
—Hola, chico. ¡Has estado fabuloso, el Khan se ha divertido como nunca antes!—.
—Torii, mi mentor. Si no te conociera, diría que vienes a proponerme algo, con esa sonrisa tan complaciente—.
El gladiador no andaba desencaminado.
—Así es. Qublei Khan quiere conocerte en persona. Mañana nos ha invitado a comer a su yurta, por lo visto le intriga alguien de piel blanca en estos lugares. Es joven y su sed de conocimiento es mucha, igual que la tuya… pese a que te resistes a aprender a leer—.
El muchacho gruñó, tomando de una mesita de al lado una bota de airak, dando un sorbo. Consideraba que leer era para las mujeres, y estaba el hecho de que su propia caligrafía era más bien decepcionante. Se ponía nervioso y no tenía paciencia.
—Por lo que me has enseñado de tu gente, la hospitalidad no se rechaza sin ir al menos, bien vestido. Así que iremos con esas galas que me regalaste—.
Kerish, apesadumbrado, sonreía.
No le gustaba ir muy vestido. Y los hombres de Ilonia acostumbraban a ir con una especie de cómodas camisas-abrigo llamadas “del”.
Torii no paraba de reírse, y se sentó junto a su joven alumno. La relación entre ambos había sido más que buena estos años, Torii le otorgaba honores y confianza, como el no ser escoltado como un esclavo, y Kerish le procuraba combates inolvidables.
—Quién sabe. Lo mismo encuentras por fin a una mujer para ti… alguna esclava hermosa. Igual el Khan te cede a alguna de las suyas, que llama esposas pero no lo son. Ya sabes que son botín de guerra de enemigos vencidos—.
Los nervios de acero de Kerish se crisparon.
—¿Mujeres? Esclavas del Khan—marmulló el gladiador.
—¡Sí! Una de las… hembras del Khan está loca por ti. ¡Podría proponer una oferta—le dijo Torii, dándole un suave codazo en el hombro izquierdo.
—¡Estás loco! ¡Ni hablar, maestro!—replicó Kerish.
—¡Jajajajajaja, tú te lo pierdes! Pero si un día te lo ordeno habrás de acatar mi voluntad. Da gracias de que para mí eres como de la familia—.
Torii tenía un trato condescendiente con él, era como un hijo. Su mujer murió muy joven en un parto, y el bebé nació muerto, no se había tomado afecto alguno con nadie, pero el chico de más allá de las fronteras heladas subió peldaños por mérito propio.
Kerish era lo más parecido a un hijo que el hombre tenía, y lo adiestraba en matar y tratarlo como carne en un puesto de venta, exhibiéndolo en letales luchas que tarde o temprano, acabarían con su vida.
El hombre quería liberarlo. Ya era suficientemente rico. Pero por otro lado, ¿qué vida quedaba fuera de la arena para Kerish? ¡El Ilonio no sabía ni si Kerish tenía madre!
¡Además, el joven bárbaro se sentía tan vivo luchando, saboreando la gloria y las ovaciones, con los muertos apilados bajo sus rodillas…! ¡Era como haber nacido para esto!
El joven extranjero se lo guardaba todo para adentro, no afloraba de él otra emoción que no fuera o furia o alegría, Torii jamás le había visto ni triste ni llorando.
Cuando lo compró a precio de ganga a aquél esclavista, no sabía bien la inversión que había hecho, pero por otra parte, había algo en los ojos negros de Kerish que le turbaba. Era una tristeza insólita, y una rabia salvaje que ardía en el interior, miedo a desatar la muerte que era necesaria. Miedo a hacer daño a la gente. Pero no se le daba nada mal matar.
Y estaba obligado a ello. Por otra parte, era cierto que matar era algo que le gustaba a Kerish, pese a contradecirse para con sus sentimientos. Era alguien que padecía una lucha dentro de sí mismo, pero no la exteriorizaba.
—Deja para el Khan lo que es del Khan. He oído que Jerjegune el Aolita ansía a una de las mujeres de Qublei. Ni idea de cuál, pero no quisiera meterte en problemas con tu hermanastro, vaya a ser que nos quedemos con la misma hembra y tengamos que partirnos los cuernos como ciervos en celo—rió el gladiador entre dientes.
El salvaje salía de su baño, y una mujer Ilonia, que estaba al servicio de Torii (cualquiera que se le exigiera) y compartía su lecho, le trenzó el pelo, dejándolo recogido en una larga cola en la cual Kerish siempre llevaba algo de adorno.
Una rara manía…

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2 comentarios

  1. Duhr

    Tengo que decir, que el libro ha sido mi salvación en estas 16 horas de hospitalización. Me han servido para salir del estancamiento, y para poder leer con mas tranquilidad.

    Ese joven es muy prudente pese a su corta edad, y disfruta mucho matando, no le gusta la ropa formal… sigo diciéndolo, “a quien me recuerda?” . Aunque lo que si me parece curioso es el adorno del pelo…. se sabe como es? me pica la curiosidad. Es un bonito detalle que …. lo humaniza? lo feminiza? sensibiliza? cuenta, cuenta…

    Un besazo compañero de hospitales! (y también buenos ratos al sol tomando un zumo de tomate, eh… ) 😛

    Nota: Sigo hospitalizada… pero en casa!

    10 mayo, 2012 en 19:01

  2. Hombre, me alegra que te acompañe en momentos difíciles, y a ver si te repones pronto.
    En cuanto a lo demás, ese adorno del pelo tiene algunas variantes, pero intentaré ilustrarlo como pueda. Lo dicho, tú ponte buena y no te fuerces, ¡recupérate muy pronto!
    Obtendrás más respuestas cuando llegue el momento…

    Un mordisco.

    11 mayo, 2012 en 7:12

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