Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Acorralado (IV)

El gladiador bárbaro tomó la espada del general y se cortó la trenza de un tajo, quedando libre, y rechazó espadas con una concentrada maestría nacida del adiestramiento más riguroso y la necesidad de sobrevivir.
Así lo hizo cortando una cara, una mano, y esquivando una patada, amputó la pierna que le atacaba por encima de la rodilla derecha a un soldado Ilonio que se lamentaría de por vida.
El Khan se metió por medio, con su ken ya en la mano, y todos se retiraron a un grito comprendiendo que el mismo Khan quería matar al traidor.
Kerish no se amedrentó, esto tardaba ya en suceder.
Tenía la melena suelta y empuñaba la curva espada con las dos manos, mirando a Qublei y a Bortochoou alternativamente, pues estaba seguro de que uno de los dos contaría con el apoyo del otro.
El Khan le lanzó un cuchillo de hoja ondulante, pero cuál fue su sorpresa al ver que el gladiador golpeaba con la cara plana de la espada el objeto y luego lo recogía del suelo, allí donde se había clavado por obra de un rebote.
—¡Tienes que morir, bárbaro!—le gritó el Khan, con la espada en una mano mientras con la otra le señalaba usando un dedo acusador.
—Ríndete, muchacho—apoyó el hermano de sangre, —¡Ya has jugado bastante con la muerte y es hora de pagar el precio!—.
Los ojos de Kerish apuntaron hacia los de Bortochoou, y éstos a su vez hacia el pozo que no estaba lejos, tras el cual se cubría Gemei, el de la flecha, que preparaba otro vástago rojo.
—¿Y si no me da la gana rendirme? ¿Me matará el arquero? ¡No desperdicies flechas e intenta matarme de una maldita vez con un arma en la mano, como hacen los hombres!—rugió el gladiador con voz grave, encorvándose de una manera casi exagerada hacia delante cual bestia acorralada y preparada para morir matando.
El Khan miraba con ira guerrera al esclavo luchador que tenía su puñal en la mano izquierda, y por primera vez apreció que poseía toda la estampa de un agresivo león encerrado en un cuerpo humano.
Puede que aquello que su hermano de pacto dijera sobre un tigre tuviera su fundamento…
Bortochoou miró a Kerish con los ojos brillantes.
Ser un esclavo liberado era un gran honor en tierras Ilonias, y significaba, según la ley, no estar sometido a nada ni nadie nunca más aunque fuera atrapado por otro Ilonio.
Kerish echó de su mente la imagen el cuerpo de Torii en el suelo mirando a Qublei Khan, a su hermano de pacto y al arquero Gemei, que bajaba su arco, destensándolo.
—¡Qublei, el bárbaro ya no es un esclavo! ¡Le han liberado del anillo de jade! ¡Si tratas de matarlo como a un perro, él puede luchar contigo en igualdad, y será nuestro Khan si vence! ¿Quieres perder ahora todo por lo que has luchado en tu vida?—susurró el hermano de sangre del señor guerrero.
—¿Así debe ser? ¡Bien, pues es esta mi sentencia! ¡Te casarás tú con Soryatani, y él se irá libre hacia las tierras baldías, bajo la promesa de no volver a ser visto por mis ojos en toda Ilonia! Te debo la vida por dos veces, Kerish, incluyendo la derrota del dragón del emperador… Pero llévate ese puñal que te he lanzado como promesa de que morirás por mi mano otro día si volvemos a encontrarnos, ¡porque yo mismo te lo clavaré en el pecho y me comeré tu corazón!—.
El puñal era una palabra de vida y una palabra de muerte. Con tan poco se podía decir tanto…

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2 comentarios

  1. *Deja ir un suspiro, pasando página*

    13 diciembre, 2011 en 7:59

  2. Yyy… !aquí llega el desenlace!

    13 diciembre, 2011 en 19:54

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