Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Cap. 06 – El Nacimiento.

El Nacimiento (V)

Tan pronto se hallaba frente al público, el otro, un hombre negro del lejano sur con varias cicatrices por su cuerpo (ya fueran las cruces en la espalda o las líneas en sus piernas), agitaba su alabarda de derecha a izquierda, asestando una terrible batida hacia Khôr nada más pisó la arena.
Éste se retrasó esquivando el golpe, y flanqueó a su enemigo por la izquierda, mientras el hombre de oscura piel, de cuyo casco de bronce sobresalía su melena negra poblada y voluminosa, rugía descargando un golpe de incesante giro, emulando un tornado.
Al verle, Khôr no podía sino retroceder… el otro era muy ducho con la alabarda, y se diría que había dedicado su vida o parte, a luchar con ese tipo de arma.
Cuando la punta de lanza de la alabarda le dibujó un surco rojo sobre la zona frontal de las costillas, el joven lanzó varios ataques rabiosos y descontrolados hacia su oponente, que con una risa cavernosa y molesta, los esquivaba y fintaba con golpes de vara a la espalda, hombros, y el vientre del bárbaro.
Con cada golpe, el chico estaba más furioso, y se sentía más impotente.
Éste adversario era un guerrero increíble, y cuando apartó al joven con una calculada patada al pecho, pero aparatosa y sin elasticidad, se acercó desde su izquierda y le golpeó las costillas y el vientre con el mástil de la alabarda.
Dejándole dolorido y sobre una rodilla, fue a descargar sobre el caído el golpe final a distancia segura con la hoja de hacha de su arma.
El joven nómada supo en ese momento que moriría, el corte a la cabeza. Pero cuando la hoja se abatió sobre él, Khôr rodó sobre su cuerpo con una voltereta rápida como el trueno, esquivando el ataque que sólo encontró arena.
¡Ahora no importaba nada que hubiera sido esclavo, o hijo de sus padres, no importaba nada más! ¡Debía mantenerse vivo, y la única manera que tenía de hacerlo era luchando!
Así que al levantarse, usó sus extrañas armas para dar un tajo al hombre de piel negra con la mano derecha tras la rodilla izquierda.
El corte recorrió desde el flanco exterior de la rodilla y sajó el tendón de la pierna, dejando al dueño paralizado y tambaleándose por el dolor.
Luego, el negro alzó e hizo descender la media luna de acero contra la cabeza del muchacho, y éste la detuvo con sus cuchillas, rechazando el ataque enérgicamente, casi en cuclillas, agachado como un depredador, y clavó las puntas de sus armas el en hombro izquierdo que le mostraba su antagonista, desclavando con un sifoncillo de sangre.
—El tigre atrapa la luna—susurró un hombre con bigotes lacios al encapuchado maestro de los esclavos, que se sentaba a su lado.
El otro asintió con aprobación, disfrutando el combate.
—Haz una oferta. Te lo dejaré barato, Torii… aunque me ha costado tres guardianes inútiles—dijo Dkagn’kur con una risilla sardónica, acariciando a sus dos panteras, la negra y la blanca, que le flanqueaban en su asiento de piedra negra tallada.
En ese mismo instante, al derramamiento de sangre, los que veían la lucha alzaron el grito, un grito ensordecedor y aterrador que parecía hacer bullir su sangre y su estómago como si burbujease en su interior.
El gigante de piel oscura, no obstante, no se dio por vencido por el cruel ataque sufrido, y usando ambas manos, golpeó al joven con la alabarda.
Esta chocó contra las cuchillas de Khôr, que se había defendido de manera instintiva, pero elaborada, y con un terrible golpe desde abajo y arriba con sendas hojas en sus antebrazos, partió el palo del arma.
El gigante negro le lanzó un puñetazo hacia la cara con la mano izquierda, tirándose sobre Khôr con un impulso fútil usando su arma rota.
Y al esquivarlo echándose hacia la izquierda, las cuchillas del bárbaro se cruzaron juntas ante el cuello del hombre negro, deslizándose después los brazos hacia los lados con un enérgico y rabioso movimiento, seguido del ronco rugido de algo parecido a una pantera.
En el aleteo de una mosca, un gorgoteo nauseabundo y un surtidor rojo, y la cabeza del guerrero negro voló en lo que parecieron lentos segundos sobre la arena, hasta caer no demasiado lejos.
La sangre le manchó el rostro y todo el cuerpo al blanco, y al contemplar las entrañas del enemigo muerto, que aún intentaba sujetarse la cabeza, tumbó el cadáver desapasionadamente con una pierna.
El pequeño coliseo estalló en vítores y aplausos, y el chico bárbaro hizo sonar sus cuchillas de nuevo, al deslizarlas una contra otra, alzando los brazos con un grito de ira primitiva y atroz.
El sabor de la sangre en la boca, la saliva ácida y el amargo hedor de los adentros del muerto.
Y el clamor. Ese clamor espasmódico que le hacía estremecerse entre la locura y el placer, como un orgasmo y menos fugaz aún.
Era el sabor del triunfo.
—¡Ksssh… Ksssh!—gritaban unos y otros, imitando el sonido de las hojas cortas que estaban insertadas en esa especie de guanteletes.
Y continuaron gritando enfrenecidos: —¡Krissssh! ¡Krissssh!— hasta que el sonido se hizo claramente audible.
—¡Ke-Rish! ¡Ke-Rish! ¡Ke-Rish!—coreaban todos por último, alabando al campeón.
Torii le miraba desde un palco burdo y tallado en roca, al lado del Señor de Esclavos.
Al victorioso le hicieron llover chorros de licores, monedas y frenéticos alaridos para honrarle.
No tenía nombre humano que ellos pudieran saber, y de saberlo, les importaba menos que el hombretón decapitado que yacía aún sangrando y que había matado a veintisiete esclavos de los más dotados de físico sin sudar apenas.
Y el crío había sobrevivido, luchando de una manera tan despiadada como instintiva.
Los espíritus de los muertos estaban ahí para aclamarle mientras se iban a aullar al Abismo, tanto como aullaba la multitud.

Khôr murió aquel día…

Había nacido Kerish.

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El Nacimiento (IV)

Le llevaron a un pequeño vado en una carretilla con jaula de hierro, y a través de los barrotes, le amarraron el cuello, la cintura, los brazos y las piernas con correas de cuero marrón tachonado, y le inmovilizaron con bicheros, usando los garfios.
Los ojos le enrojecieron de rabia, sobre todo cuando abrieron la jaula, y dos esclavos humanos de cabellos negros igual que sus barbas, amarraron algo que se cerró con un sonido metálico en torno a sus muñecas y antebrazos, así como le ajustaban más correas provenientes de los nuevos grilletes.
Apenas podía mover los dedos de las manos.
—¡No! ¡Soltadme, cabrones! ¡Quitadme esto, quitádmelo!—gritó el joven estepario, revolviéndose dolorosamente en su jaula cuando notó que las pequeñas púas de los garfios se le clavaban y se sumaban a las heridas aún no del todo desaparecidas que le causó el oso.
Aunque las había cicatrizado, le dolían todavía.
Escuchó de nuevo ese clamor, ese jaleo aterrador, y empotraron la jaula abierta del carromato a un ventanuco en la pared de piedra negra y amoratada.
Retiraron los garfios, con hilillos de sangre en los pálidos brazos y muslos del joven.
Se miró lo que tenía en las manos, y lo movió dentro de la jaula. Notó un filo que no quería acercarse al cuerpo por nada del mundo, y luego, delante de sí, vio que abrían una trampilla en la piedra.
Los otros seres gigantes, desde fuera, le cabreaban como a una bestia enjaulada, golpeando los barrotes planos que formaban cuadrados vacíos, y le daban algún otro golpe en los costados y las piernas con las varas de sus bicheros.
Entonces, un silencio, luego un murmullo, y el animal rabioso con forma humana que estaba en la jaula, se decidió a salir por la extraña puerta.
Se encontró a unos rostros desconocidos tirados en el suelo arenoso por debajo de él, mientras caminaba atemorizado por una alta pasarela.
Los negros muros manchados de sangre, la gente agonizando debajo de él, con heridas de muerte en el pecho, o armas clavadas en la espalda, le trajeron una visión familiar que no conocía del todo.
Alrededor, en las gradas de piedra, protegidas por altas vallas de bronce y roca, cientos de hombres y otros seres que coreaban como el canto de la muerte al recién llegado.
El próximo en morir.
“Estoy perdido…”
.
Khôr miró en derredor, con el escaso vello de sus brazos poniéndose de punta, al igual que sus descubiertos pezones se erizaron, presa del pavor y la excitación. El esbelto muchacho tenía el pecho a punto de estallar, estaba asustado como un conejo rodeado por chacales de goteantes colmillos.
De otro puente similar, pero menos alto y en el extremo opuesto, un hombre se precipitó entre el enloquecedor clamor. Era Aqueecha.
Un guerrero allí abajo, con una especie de lanza-hacha manchada de sangre tanto como su brazal de escamas de metal, que le cubría el brazo derecho y el pectoral del mismo lado tan sólo, giraba el arma sobre su cabeza y la chocaba contra la espada larga de Aqueecha.
La gente aclamó entre los aplausos que surgían de las altas paredes, las cuales acababan en alargadas columnas curvas que parecían garras de piedra, así otras víctimas aguardaban entre barrotes de hueso.
Con una parada exitosa, el hombre saltó sobre el guerrero de la alabarda, con la piel oscura, y practicó una estocada hacia el centro de su pecho.
Fallida por la agilidad presente del hombretón musculoso, Aqueecha quedó indefenso cuando el otro se situó a su izquierda, y le golpeó las costillas y el vientre con la vara del arma… luego, dejó caer la hoja contra el cuerpo del representante esclavo, que se hallaba postrado sobre sus rodillas, y le decapitó de un tajo.
—¡Saborea las cenizas y el hierro en la Fosa de Hueso!—gritó el público, enfrenecido por la locura violenta ante la cual pedían más todavía.
Igualmente gritó el victorioso con voz ronca, y alzó  su terrible alabarda, retando en lengua de batalla al joven bárbaro.
Éste olvidó el miedo, la indecisión, y todo lo que había sucedido.
Se miró los antebrazos, protegidos por una suerte de grilletes o brazales de acero, sobre los que, en la zona alta del antebrazo, estaban incrustadas unas cuchillas parecidas a dos garras de dragón.
“¿Cómo puedo estar perdido, si no tengo adónde ir?”
.
Su mirada, al igual que su expresión facial, recrudeció con el fulgor de las almas de metal afilado que portaba.
Las hizo brillar y rechinar, deslizando una contra la otra, mostrando una feroz sonrisa a su adversario, y saltó a su encuentro, con las piernas flexionadas del todo.
No era un niño, ya no. Y jamás volvería a serlo.
Tomó suelo como un león tras un salto, dispuesto a destrozar, dispuesto a destripar… y moriría con honor rodeado por un paisaje de desolación, esclavitud y violenta tristeza con el coro de la masa que pedía por más aniquilación.
Allí, luchó… y eso marcaría su destino para siempre.


El Nacimiento (III)

Parecía amanecer, el cielo estaba teñido con una pincelada púrpura que se mezclaba con un fulgor lineal y recto de color anaranjado, mientras que las nubes, lejanas y tormentosas, llegaban hasta ellos suaves e inexorables, pero a la vez plomizas y entristecedoras sobre sus cabezas.
Todos dormían aún, sólo les despertaban cuando la capa purpúrea se deshacía como una bandada de estorninos, y dejaba sobre ellos un cielo grisáceo que al atardecer, y debido a alguna tormenta sobrenatural, enrojecía.
Un jaleo le despertó. Abrió sus ojos oscuros y se levantó incorporándose, con las manos por delante, con el tintineo de los eslabones de hierro viejo de sus cadenas.
En esa fracción de segundo recibió una patada en la espalda que le dejó sin respiración unos instantes, y cuando le tiraron del cabello, giró sobre sus greñas, aún con el culo en el suelo, y alzó las manos para dejarlas caer sobre la zona entre las piernas del gigante de piel violácea pálida con furia, usando sus grilletes y cadenas además.
El otro apenas tuvo tiempo de apartarle con el largo brazo, cuando acogió involuntariamente el golpe y se sujetó con ambas manos la entrepierna. Entonces el joven esclavo saltó sobre el pecho del gigante, usó de nuevo y de aquella manera los puños, dejándolos caer sobre la frente, los ojos, y la nariz del gigante.
En el momento en que brotó su sangre, roja pero oscura, el muchacho del cabello de fuego negro hinchó el pecho y gritó como una bestia triunfal que había acabado con su enemigo natural.
Luego de eso, se levantó, y cogió el bronce que llevaba el capataz esclavista. Pero no duró mucho su respiro, y llegaron dos capataces más.
Al ver la cara blanca y marmórea salpicada de sangre, al igual que las manos, apenas pudieron reprimir con vigor un espasmo. Y cuando Khôr se levantó empuñando la espada de bronce, con la parte inferior de la hoja dentada y la punta chata, como formando una línea inclinada, ellos no fueron menos rápidos en el desenvaine.
No hubo palabras ni réplica de ayuda.
El primero se adelantó hacia su enemigo, el hombre inferior, con un poderoso ataque doble de ida y revés, pero el muchacho de piel blanca se retrasó de un salto y luego se impulsó con sus talones como un proyectil hacia el enemigo que preparaba un golpe desde lo alto.
La espada bajó, dio con el plano pomo del arma en la espalda del Cymyr, que gruñó con el golpe y que luego, increíblemente, apartó al gigante con un empujón como el embiste de un furioso uro.
El más grande cayó junto al compañero, que azuzaba cobardemente su bronce en el aire, a distancia prudencial del combate, y llamaba a gritos a los demás.
Su compañero había recibido el bronce de Khôr en una cadera, y el joven había asido con tal fuerza la espada, que tirando de su cuerpo con un golpe de mandoble, le había destripado por el lado izquierdo que su armadura escamada no protegía.
Así fue a por el otro, y ya veía que venían más. Al menos, moriría como un guerrero.
El otro, viendo ayuda, al final se envalentonó, y sus cabellos largos se mecieron en el aire como una ventisca, cuando se precipitó sobre el humano con su enorme brazo blandiendo la espada.
En tan sólo un suspiro, el bronce había dado contra el bronce, ambas espadas se habían mellado, trabado, y cuando el muchacho bárbaro vio que el empuje contra esa bestia humanoide no iba a triunfar, soltó el arma. Así, el otro se desequilibró, con una espada anormalmente fusionada a la otra, y trastabilló hacia delante.
Al instante en que intentó recuperarse, notó que el aire le faltaba. En unos dos segundos más, cuando ya oía los pasos de sus compañeros, supo del crujido de su garganta en su propio cuerpo, el cartílago roto, órganos sangrando dentro de su garganta… y se ahogó con su sangre.
Las cadenas se rompieron en su unión por el eslabón desgastado, y el bárbaro dejó de estrangular con ellas al capataz.
Tomó luego la espada que este tenía, y la destrabó de la otra, armándose. Le rodearon muchos.
Demasiados para él.
Pero no adoptó pose de combate… el pulso aún le hacía temblar, estremecerse por dentro, como si un tambor enorme pulsara en su plexo solar.
—¡Condenación! ¡Esto no lo había previsto, el crío es una ganga! Desarmadle con el mínimo daño posible. ¡Ha asesinado a tres capataces y debe remunerarme su coste! ¡Si sobrevive como ha hecho, nuestro invitado me pagará por él la suma que quiera! Vamos, muchacho, no te resistas—.
Khôr vio por segunda vez en todo este tiempo al cabrón que le había destinado a la suerte de trabajar en las minas, y obviamente, prefería morir a seguir trabajando en la esclavitud.
Él era libre como el viento de la estepa, y moriría libre, como ahora, con las cadenas rotas.
Se le echaron encima todos, sus largos brazos, sus grandes manos, le impidieron blandir las espadas cortas de mango largo, como las que fabricaban antiguamente en su pueblo…  y luego, se lo llevaron con la precaución del que captura un animal rabioso.
—Saboreará las cenizas y el hierro en la Fosa de Hueso. Y si no, pues morirá—.
Dkagn’kur rió bajo su capucha. Y rió… y rió.


El Nacimiento (II)

No muy lejos, otros con muy mala suerte, y un futuro que era más una muerte en vida, soportaron la pavorosa presencia del monstruo al sentir el viento que levantaba.
—El dragón sobrevuela todas las noches este sitio. Está adiestrado para cazar a quien se encuentre en las inmediaciones del campamento y traerlo a su amo, como un perro de presa—dijo un hombre que los años en aquellas canteras diabólicas privaron de grasa saludable, y le proporcionaron en consecuencia la esbeltez de un adolescente, como el que estaba a su lado.
Otro recién llegado, hacía ya unos meses, y que cada noche seguía desgastando contra una piedra un eslabón de sus cadenas de hierro.
—Ese animal no tiene puntos débiles, ni siquiera sabes si el hierro negro Kentariano puede herir su carne. ¡Olvídalo, Aqeecha!—le reprendió un tipo que estaba por entrar en la cincuentena, como el que había hablado de la bestia negra, y se comunicaba en el mismo idioma, la lengua del norte.
Aunque éste hombre no parecía tan mayor como el otro, sólo podía advertirse en su mirada. Los dos con el cabello largo, oscuro y encrespado de años dejándoselo crecer sin peinárselo y con la barba hirsuta y crecida durante veinte años de presidio injusto, parecían náufragos. Incluso envejecidos antes de tiempo.
—La bestia que entrenó para cazarnos el Señor de Esclavos…—susurró el otro con odio y desesperanza, que no recordaba su propio nombre, —…Es un terrible monstruo que no heriríamos ni con nuestras lanzas, si aún las tuviéramos—.
Al lado de ambos, y de espaldas a ellos, el joven que había llegado nuevo hacía tiempo, aún desgastaba la anilla de sus cadenas que cada día cedía más a su insistencia.
—No te esfuerces, chico. No resolverá nada. Aun si consiguieras liberarte, no podrías luchar contra los monstruos de melena blanca—.
—Comen y beben. Cagan y mean. Y seguro que sangran como humanos—.
La voz del joven sonaba tenebrosa, profunda, y con todo, se asemejaba al susurro de una serpiente. Quizá la ronquera del día anterior le había hecho tener ese tono, cuando le hicieron enfrentarse a una pantera entre gritos, ambos sujetos como animales de compañía por unos collares y gruesas cadenas, dejando poco a poco acercarse a cada uno por un pedazo de carne poco hecha. La carne finalmente se la llevó la pantera negra, que a diferencia de la pantera Kentaria, que tenía el amo de los esclavos (se trataba de un felino blanco y esbelto con los ojos rojos y con la cola más corta), no se alimentaba cada día.
Volviendo del momento en que el joven recordaba competir con una bestia por la comida, se le dibujó una mueca siniestra en su rostro macilento y sombrío.
Había una fiesta en su tribu en la que un niño pequeño debía pelearse con un perro-lobo por un pedazo de carne. Si la ganaba, sus padres gozaban de un hijo con coraje. Pero divertir a aquél puerco que lo había reducido a la esclavitud pugnando contra sus bestias, le hacía sentir una rabia enfermiza. Los otros dos sabían que era Cymyr, y que los Cymyr eran animales encerrados en cuerpos de hombre, con un orgullo y energía que aventajaban a algunos seres vivos. Pero el muchacho estaba débil. Llevaba mucho tiempo comiendo poco, y mal.
Y en lugar de tomarse el agua por la noche, cuando podía absorberla mejor el cuerpo aprovechando el relente, se la tomaba cuando le venía en gana sin seguir en nada los consejos experimentados de sus forzosos compañeros.  Así, su cuerpo no se había desnutrido demasiado, seguía teniendo las piernas de un montañés, y la expresión orgullosa de un jinete de las estepas.
—¿Y qué, entonces?—le susurró Aqueecha, tras un largo silencio.
—Que si sangran, pueden morir… ¡si es que el bronce que llevan puede rajar sus pellejos, malditos sean!—gruñó el muchacho tras escupir con desdén, sin cesar de frotar la roca que tenía entre los dedos de la mano derecha contra las cadenas de hierro, produciendo de vez en cuando alguna chispa.
Pero terminó cansado, y se dejó caer en la pajiza sucia que tenían como cama en una especie de barracón, pero sin paredes. Sólo un techo y un tabique junto a la pared montañosa.
Entonces llegaron los nuevos, y los arrojaron con empujones hacia las yacijas de paja, entre gruñidos y siseos.
—Sois los nuevos, supongo. Yo soy Aqueecha, el… “representante” de los esclavos. Uníos a nosotros, amigos—les sonrió el que se presentaba así en lengua común.
Los recién llegados, asustados y desorientados, recibieron una explicación breve sobre el campamento y las duras jornadas que les esperaban.


El Nacimiento

Las minas de Chagör.
De los cientos y cientos de hombres que habitaban tan insana tierra, nadie allí recordaba ese nombre. El viento no traía olores conocidos ni recuerdos, tan sólo los lamentos de los moribundos que estaban en la otra parte del campamento de los esclavos.
Las rocas tenían el color oscuro con brillo amoratado de las profundidades de algún tipo de purgatorio. Los Kentarios compraban toda aquella materia para construir sus profanas torres que podían verse lejos, muy lejos, y a lo lejos. De estas canteras se extraía hierro negro, que sólo se conseguía en el campamento del Señor de Esclavos en el oeste, y en el Valle Muerto del septentrión de Kentara, hogar de los demonios.
Las cuevas del campamento de los esclavos, todos humanos, además contenían minerales y otras materias primas necesarias para la magia y la alquimia, y eran de gran calidad, pero difíciles de encontrar. Si el negrero que manejaba el cotarro no se había hecho allí mismo un castillo, era porque estaba tan absorto en sus negocios que no necesitaba pensar o hacer otra cosa.
Quienes trabajaban en los niveles inferiores sólo oían el martilleo de hierro contra piedra de picos y mazos, los que estaban en niveles superiores apenas escuchaban a sus hermanos en desgracia, y los que estaban en niveles mucho más inferiores nunca volvían a subir. Además, el viento de los glaciares al sur solamente venía cuando oscurecía, y casi siempre estaba oscuro el cielo. Apenas había calor en los cuerpos de estos hombres, todos varones, y dotados para el trabajo duro. Los que no eran tan duros, morían. Los que eran duros, aguantaban. Y algún día dejaban de aguantar.
Quienes vigilaban a las pobres almas condenadas tenían algo de humanos y algo de demonios, pues aunque también habían algunos pelirrojos Väenn, existía una raza alta de hombres enjutos de pieles como el mármol y cabellos blancos, bien con los ojos del color de las cerezas, de la miel o de claro violeta excepcionalmente. Aunque de espaldas estrechas, sus cuerpos casi se asemejaban a los de los titanes, ya que medían y no se pasaban ninguno de los tres metros. Con todo la raza había ido decayendo, y por medio de arcanos y sustancias, un remanente de aquel esplendor quedaba en estos días reducido por la endogamia a una mera subespecie de brutos. En algunas ocasiones, los rostros de aquéllos gigantes resultaban imposibles de escrutar. Los que poseían inteligencia y ciertas capacidades valiosas eran de rasgos puros, bellos y crueles, atemporales, y disfrutaban con cada latigazo y cada paliza que infligían a sus víctimas. Incluso demostraban refinamientos. Los demás, sólo sirvientes. Por supuesto, la raza más atractiva y dotada de razonamiento resultaba inferior a los tres metros de altura y eran más compensados de físico que sus parientes bobos aunque más utilizados para labores pesadas y la lucha. Por decirlo de algún modo, la decadencia en sí misma se demostraba por sí sola con lo que habían hecho a sus propios hermanos y descendientes.
El peor de todos ellos era su jefe, era el más despiadado de todos y por eso el más cobarde y cabrón. Se pasaba lo poco que había del día comiendo y bebiendo envidiablemente (pues por sus ganancias era hombre-demonio opulento) delante de sus moribundos esclavos, divirtiéndose con juegos perversos de tortura, vejación y muerte e infligiendo crueles bromas a sus forzosos trabajadores. Chagör era un abismo sobre el mundo, y Dkagn’kur era el demonio propietario de todas aquellas torturadas almas.
Nunca se dejaba ver demasiado. Siempre con ricos ropajes de azul amoratado con doradas incrustaciones y encajes, y un velo que por dos rendijas ovaladas, dejaba ver la forma de sus ojos, dos fríos y crueles tajos con dos rubíes como iris sanguinos. Y sus soldados, lejos de imitarle la vestimenta, siempre con túnicas de malla metálica sobre pieles negras y tiras de cuero negro cubriendo sus albinos cuerpos. Siempre mostrando la cara. Sus malvadas caras.
Algo rompió la monotonía lacerante de prisioneros y guardianes, de condenados y condenadores, pues llegaba al campamento un carruaje pequeño, aunque bien pertrechado para el camino. Del carromato descendió un hombre de ojos rasgados con los bigotes lacios cayéndole a ambos lados de la cara, de largos que por poco llegaban a la barbilla por sí solos. Vestía con pieles de zorro en las piernas y una camisa de abrigo azul con rebordes blancos de cuero, y a la espalda, cargaba un arco recurvado y una plana aljaba. El Señor de Esclavos, Dkagn’kur, le tendió una de sus enormes manos.
—Mi querido señor Torii, bienvenido a mi… pequeño negocio, una vez más. ¿Qué puedo ofrecerle además de mi familia, en las cadenas o al cargo? Toda alma tiene precio, y cada cosa que poseo puede ser pagada—pronunció lenta, sugerentemente el gigante, mientras el otro le estrechaba aún la mano.
—Ya sabes a lo que vengo, camarada. Quiero más—.
La voz del que conocía como Torii era serena y firme al mismo tiempo. El cabello negro, recogido en dos trenzas a los lados y una larga coleta que caía por su espalda, se mecía por el viento, que aunque llegaba la noche y era gélido, no soplaba por fuerza, pues la condición climatológica del lugar no salvaguardaba del frío, pero sí de la ventisca.
—Pasa a mi tienda—le sonrió su anfitrión bajo el velo, —Pasa, y comamos mientras hablamos de negocios. La noche se acerca, y pronto saldrá la bestia a hacer su parte—.
Más lejos de la vivienda de acampada, que por dentro no tenía nada que envidiar a un palacio, se detenía una caravana de esclavos recién llegados de varios rincones del mundo conocido, y puede que sin conocer.
El crepúsculo purpúreo y sanguino a la vez se veía manchado por una imagen que se recortaba en el cielo. Los atemorizados esclavos no se movieron, ya fuera porque sus captores se lo ordenaron, o porque algo les decía que correr sería peor que permanecer estáticos. Algo pasó con la panza sobre sus cabezas, a no más de dos metros de altura, revolvió sus cabellos, el olor les hizo marearse y temblar. Y después nada.
Esperaron un rato, y continuaron su avance hasta el campamento del Señor de Esclavos en columna. Uno de los enjutos gigantes de cabellos blancos y rostro hermoso se apuró revisando el género, eran todos hombres jóvenes o maduros, pero todos resistentes. Los débiles habían perecido por el camino. Entre sibilantes quejidos y gruñidos suaves, los esclavistas hablaron en una lengua nauseabunda que los recién llegados pronto aprenderían a odiar, si es que no la odiaban ya. El amo del campamento de Minas Chagör volvió a salir de su tienda, les reprendió, pero su invitado de párpados rasgados y bigotes largos y lacios echó un vistazo a la mercancía con los ojos de un ave rapaz.
—Son todos hombres de miembros fuertes, Dkagn’kur. ¿Acaban de llegar?—.
—Ahmmm, sí. Eso es querido amigo, más genero del que te tenía prometido, porque éstos muchachos me han llegado de una expedición de tres meses y claro, podría venderte la mitad… por un precio razonable, más lo que tú me compres—.
—¿Tres meses cazando hombres y tan sólo consiguen traer diez, y unas pocas carretas llenas de baratijas?—.
—Esto seguro, querido camarada, que son los más fuertes, los que han sobrevivido al camino. Irán bien para tu propósito. Espero que no te ofenda el que sólo esté dispuesto a venderte la mitad del nuevo género—.
Torii se acarició el mentón, con barba de dos días, y miró al gigante. Echó una media sonrisa y asintió.
Luego, aquella mancha alada e imperceptible ahora en las tinieblas pasó por encima de las cabezas de los esclavos y los capataces a una altura respetable, levantando polvo. Después de eso los negociantes de carne volvieron a la tienda, y los esclavistas dirigieron a las sombras sin rostro y sin nombre hacia las barracas de los esclavos.