Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Archivo para agosto, 2010

La Fortaleza Negra (III)

Pasó un día y a la noche siguiente el joven bárbaro despertaba de su sueño.
Miraba en derredor con una mueca de intranquilidad. Sus heridas habían sido vendadas y el penetrante olor de un ungüento para heridas flotaba en el ambiente y se notaba aún viscoso en sus extremidades.
Recordó que le habían acercado algo para beber y se desmayó, sintiendo una punzada en su cabeza. En pequeños retazos de recuerdo, le vino la imagen de la bella Vivianne, y unos encendidos ojos purpúreos que le habían acosado durante el sueño.
¿Sería por las heridas que se había desmayado, tanta sangre había perdido?, se preguntaba. Estaba claro para él, había perdido el conocimiento quizá por el esfuerzo de estos días pasados. Qué lejos estaba de la verdad.
Se levantó sintiendo el ardor de las heridas más apaciguado, y sonriendo estudió la habitación sin más ventanas que una rendija estrecha, y de noche vio que seguía siendo, aunque con cierta dificultad. Una noche cerrada con la luna recién levantada de su cama de estrellas en el cielo fue lo que comprendía el estrecho paisaje, a través del orificio. O así lo presumía.
Era un mobiliario rústico el de esa habitación, le fascinaba un poco, había oído historias de los ajuares y demás elementos decorativos de los civilizados, pero no había oído que no pensaban en los gastos, sobretodo si aquél que se permitiese el decoro tan ostentoso y aquellos libros en la estantería del rincón era persona de mucho dinero.
Era acogedor. No obstante, la puerta parecía cerrada desde afuera, y fijándose bien, las paredes lucían envejecidas, abandonadas. Había algo en la piedra que le decía que nadie había habitado aquello.
Por un momento, sintió un escalofrío.
Sin mediar palabra de maldición contra sí mismo exploró más a fondo la habitación. Junto a la cama donde él estaba, pegada a la pared, había una mesita con un candelabro de tres largas y anchas velas, el cual parecía haber sido encendido y apagado muy pocas veces, y encendido de nuevo poco antes de su despertar.
¿Por quién? El sebo estaba tibio.
A la derecha de la puerta, un armario de madera oscura con tiradores dorados de sus dos puertas, y tres cajones en la parte baja.
Junto a este último, una mesa larga de escritorio con un cajón amplio, y útiles de escritura y libros cerca de otro candelabro, más pequeño esta vez y con una vela delgada.
La pared a su izquierda contenía más cosas que no comprendía… claro estaba, ¿de qué servía a un salvaje como él un tocador con maquillajes y papeles apilados en carpetas sobre el resto del mobiliario?
¿Para qué eran esos pequeños látigos de siete cortas colas con mango de forma tan familiar que estaban dispuestos en una estantería excavada en la pared?
No parecían hechos para las bestias.
¿Y qué hacía él en paños menores? El taparrabo de tela marrón que le cubría por lo menos no le había sido arrebatado.
Khôr se dio la vuelta para apartar la silla que complementaba el escritorio, una cómoda silla acolchada y de dura madera. Comprobó los murales, de grueso ladrillo negro recubierto con algún engrudo de masa de piedra que escondía el ladrillo de la vista bajo una capa de pintura que parecía de blanco hueso; el muchacho bárbaro sonrió dando un ligero toque con la puntera de una de sus sandalias que había recogido del suelo, desconchando el blanco del muro mientras entraba algo de claridad por la brecha de la pared. Nada más.
Encerrado.
Encontró en las brasas, extinguiéndose, un vestigio de calor. Sopló, agachándose, e interpuso entre dos carbones la mecha de la fina vela del escritorio. Se encendió en pocos segundos, crepitando suavemente, y fue encendiendo las demás velas.
Entonces, se dio cuenta de que en realidad, el mural estaba pintada de un verde claro.
Con la sandalia en la mano contraria a la de la vela, la izquierda, volvió a dar finos toques en la pared donde antes, al lado del estrecho ventanuco por el que sólo pasaría su mano, y fue descubriendo los huesos de la estancia. Dejó a la vista, en la parte inferior, parte de un ladrillo.
Lo notó terriblemente sólido.
Tras pasar la lengua por sus resecos labios e hidratarlos, ideó una manera de abrir la puerta, pero por desgracia, no sería tan fácil escapar de un confinamiento como el suyo echándola abajo, ya que era una puerta gruesa y con una cerradura ancha de hierro.
“¿Pero por qué me han encerrado?”, pensaba disgustado a la par que confuso. No sólo por el hecho de su confinamiento, sino porque no notaba las heridas en el cuerpo, y le tenían vendadas las zonas que le habían mordido los lobos que iban con el Warch (tal era el nombre de la especie del lobo-hombre de pelaje negro del que guardaba mal recuerdo).
Tocó bajo la cama algo con los dedos de los pies, sonaba a duro y a hueco. Al agacharse, destapó lo que pareciera una caja.
¿Pero una caja tan grande? ¡Si cabía él dentro, a juzgar por el tamaño!
Y se propuso extraerla.
Flexionó sus piernas de fuertes muslos y se puso en cuclillas, tratando de sacar ese extraño cofre, pero escuchó un sonido: pisadas contra las baldosas en el exterior de su habitación.
—Es hora de que despierte, espero que la solución no lo haya atontado tanto—escuchó a través de la gruesa puerta.
Apretó la frente y las cejas, casi juntándolas, y silenciosa como rápidamente Khôr se echó de nuevo en el camastro, cerrando sus ojos. Vivianne abría la puerta seguida de la callada sierva de lisa melena, que lucía un sedoso vestido lila pálido, con encajes en las acampanadas mangas y el faldón.
La rubia no había abandonado el cuero y el terciopelo de la noche anterior.
—Deja de mirarle con esos ojos golosos, tal vez la condesa nos deje darle algún chuponcito si aún le queda vida…—le susurró la rubia a la otra.
El joven bárbaro apenas entendía el idioma, pero fue suficiente saber que no era nada bueno lo que tramaban. Por extraño que pareciera, Khôr entendía muchas de las palabras que pudiera decir Vivianne.
Pena que, dado su bajo conocimiento, las más importantes las desconociese. Era un bárbaro de las colinas, un nómada, no un diplomado en idiomas mas tenía facilidad para ello, aunque supiera manejarse objetivamente en el idioma común, que era en el que le hablaba al potro que estaba entrenando.
Quería volver a casa cuanto antes y enseñar al caballo el arte de la guerra junto a otros jóvenes y no estar allí, en un sitio desconocido y tenebroso, donde las dos jóvenes mujeres le debían de estar mirando como si fuera un pedazo de carne en una mesa.
Le daba esa impresión.


La Fortaleza Negra (II)

“Ha funcionado”, se dijo la sierva para sus adentros.
Acarició con sus esbeltas manos el enmarañado cabello del Cymyr, húmedo y pegoteado por el sudor, la escarcha del interior de las montañas, y despeinado por el viento. Luego, con sonrisa triunfante, se largó de la habitación y volvía con dos hombres más, esbeltos, y de bocas sensuales, con ropajes negros y anchos, una especie de túnicas. Los cabellos largos de ambos no ocultaban una mirada casi voraz.
—Sangre joven y salvaje…—dijo uno de ellos, un tipo alto con melena castaña y los ojos verdes.
La rubia le dio un suave lametón a la herida en el brazo izquierdo del joven, destapando el tosco vendaje, y se repasó los labios mientras cerraba los ojos, y los abría de nuevo por completo, extasiada.
—Además virgen… ¡cómo me voy a poner!—suspiró Vivianne con cierto deje goloso.
—¡Vivianne, tenemos derecho a una parte! ¡Íbamos a salir por él en cuanto entrase al osario! Le vimos primero—replicó el otro muchacho también de piel pálida y cenicienta, más bajo que su compañero y con los ojos oscuros, al igual que su cabello rizado y largo.
—¡Yo lo traje adentro antes que vosotros, lelos! ¡Está bien, no me miréis así… os daré un poco solamente!—dijo resignada y señalándoles con la mano el pecho del muchacho nómada, el joven fláccido y sumido en un sueño inducido por una solución extraña cuyo halo le había embriagado.
Los tres abrieron sus bocas, con un susurrante jadeo, y los dientes caninos se les alargaron y afilaron. Arrancaron violentamente los vendajes de piel del bárbaro para darse el festín del que hablaban, pero en ese preciso instante, una muchacha de melena lisa castaña con los ojos marrones irrumpió en la habitación sosteniendo una palmatoria con una vela encendida.
Se les heló la sangre al ver que tras la silenciosa mujer joven, que podría tener unos 25 años fácilmente, entraba la señora del castillo.
Dejaron su presa sobre los blancos muslos y brazos, y se levantaron de sobre el muchacho, con las manos tras la cintura, en actitud servil.
—Hola, mis queridos siervos. ¿Visitas tras tanto tiempo?— dijo con su ronca voz de mujer, señalando con la mirada al joven que yacía en el camastro.
Sus ojos se encendieron en la oscuridad, enrojeciendo sobre su piel blanca y sedosa, más brillante que la de los presentes.
—Señora, sólo un huésped inesperado, lo guardaba para vos pues tiempo ha que no probáis un virgen…—.
La altiva mujer posó su mano sobre el cabello de Vivianne y lo acarició con cierta advertencia.
—Mi querida Vivianne, siempre pensando en los demás, hice mal desconfiando de ti cuando pasó por aquí uno de aquéllos bárbaros, y escapó sin probar nuestra hospitalidad. Entendía que el tatuaje en su brazo te cautivase. ¡Y aún espero que lo encontréis, o empezaré a pensar que fuiste como una loba tras su cuello sin dejarle nada a tu señora!—.
La mujer del cabello castaño que venía con la de los ojos brillantes lanzó una mirada severa a Vivianne mientras su señora levantaba a la rubia sirvienta con una mano, con la fuerza de más de tres hombres.
Pero las cosas cambiaron cuando Vivianne se inventó excusas astutas que susurró entre dientes a su señora.
De modo que el bárbaro de cabellos oscuros y ojos azules que había escapado del castillo no podría ser el vigoroso plato de su señora, pero a cambio tendría la sangre de un joven virgen.
Así, la condesa cesó la presa sobre su doncella y volvió a mirar al muchacho encamado. Arrugó la nariz bajo el velo oscuro que cubría su cabeza y su rostro al ver las dentelladas de animales en su piel, y puso la mano izquierda sobre su otra sirvienta, a su lado.
Con el cabello castaño, liso y largo, y la raya en medio, la belleza juvenil de la que portaba la palmatoria no se había embrutecido tanto como la de la rubia al mostrar los puntiagudos colmillos. Se arrodilló junto al visitante, y le lamió las heridas despacio.
Extrañamente, parecieron cerrarse. Aunque la muchacha del cabello lacio advirtiese que el durmiente tenía al menos 12 años, eso no iba a impedirle al resto devorarle.
Y dentro de su ser, sintió incluso lástima, pese a que la sangre de las heridas de él había causado una placentera sensación en su paladar.
El fuego por fin revelaba la cabellera brillante de la señora del castillo, entre cana y plateada, cuando se echaba el velo hacia atrás. Los mechones descubrían un rostro bello, de prominentes pómulos, y de finas cejas que no expresaban menos maldad que su sonrisa.
—Has vuelto a ganarte mi confianza, pequeña Vivianne. ¿Vienes conmigo?—susurró cariñosamente la mujer a la joven rubia.
Ésta abrió más los ojos, y le tomó la mano derecha, besándosela con adoración.
—Condesa Tarja… ¡siempre he sido vuestra humilde sierva!—.
La mujer del cabello brillante echó una mirada de soslayo al que dormía, mientras la otra sierva, de melena castaña, le quitaba los ropajes, y los otros dos sirvientes esperaban órdenes, silenciosos.
“Tengo que dejar madurar a nuestro querido invitado como se deja madurar el vino, pero eso no impide que le vaya dando unos pocos “besos”… diariamente”, se relamía pensando la condesa de maligna belleza y melena plateada.
Sin embargo, el hambre podía más, y sin soltar a su premiada sirviente, dirigía la boca hasta la yugular del extraviado nómada para saciarse con el ardiente y rojo vino vital. Khôr no podía defenderse, ni siquiera sabía si estaba durmiendo o soñando, pero la realidad ofuscada por sus cerrados párpados era aterradora.
La mujer noble apenas pudo clavar sus colmillos en el cuello del joven, y probar algo de su sangre. Cuando paladeó las pequeñas gotas, echó una mirada de sus encendidos ojos a la sierva que estaba destapando a Khôr para que cerrase también esa herida dando un lametón, con esa extraña habilidad.
—¡Se nos hizo el tiempo! Aún soy vulnerable al sol y debo dormir antes del alba en mi sarcófago, que ha recargado sus energías de la noche—dijo sonriente la señora del castillo a Vivianne, y salieron todos de la habitación, la cual cerraron.
Los otros dos siervos se quedaron mirando a su compañera, y ésta les pidió que trajeran ropas. Caminaron todos por los pasillos del castillo, y cada cual se metió en sus habitaciones. La condesa tomó de las manos a la joven de melena rizada y la miró intensamente a los ojos. Ya no relampagueaban en bermejo brillo, sino que parecían coger un color más apagado.
—Vivianne, esta noche te has enmendado, con la recompensa de mis disculpas. ¿Querrías hacerte de nuevo con mi favor?—.
La invitación se hizo justa para Vivianne, pues la joven sierva entró en la habitación con la condesa ante la furibunda mirada de la sierva que portaba la palmatoria y había salido del cuarto del huésped.
La puerta se cerró, y la silenciosa muchacha caminó cabizbaja hasta su antigua habitación, habiendo indicado en susurros a sus compañeros de que echasen la llave en la celda del invitado, y que estuvieran atentos a cualquier indicio de consciencia.


La Fortaleza Negra

La noche se le hacía demasiado larga, y pensaba pasarla caminando y descansar el día siguiente, hasta encontrarse en la zona límite de las estepas exteriores. No le quedaba mucho camino, pero las heridas le debilitaban un poco y le empezaban a doler de verdad desde hacía dos noches y dos días.
De todos modos el descanso era necesario, aunque él se negaba ante los deseos de su cuerpo. Necesitaba quedarse en algún sitio, y dormir ya.
Una vez más su cuerpo le insistía… y se apoyó contra un muro, mareado y falto de aliento. Los músculos de las piernas se le habían recalentado pese al frío externo, y algo de su sangre se le había escarchado al manar por las heridas de desgarros en los muslos.
“Espera… ¿un muro entero? ¿De dónde ha salido? ¡Pero si juraría que no lo había visto!”, se repitió dos veces para sí mismo.
Se alejó unos pasos para comprobar la estructura que se alzaba negra en la noche: era lo que había conocido como un castillo. Con dos torres y sus respectivos alféizares en los ventanales de arco, las almenas, y la gran luna detrás junto a un muerto astro flotando en la galaxia sobre su oscuro mundo.
Y con luces en las ventanas, aunque tan débiles, que sólo una criatura de la noche podía verlas.
¿Tal vez habría alguien viviendo allí?
¿Cerca de las estepas exteriores? ¡Qué locura, vivir en la tierra de los bárbaros, sabiendo que los clanes podrían derrumbar el castillo y matar a los ocupantes con un chasquido de dedos!
Bueno, era una posibilidad. Algún ermitaño, un puesto fronterizo, aunque quedaba lejos algo similar a esto último, y jamás los civilizados intentaron una otra incursión desde hace ciento cincuenta años al menos.
El vello de la nuca y los brazos se le ponía de punta, pues juraría que ese lugar jamás estuvo allí realmente, ya que fue imposible verlo entre la neblina a primera vista.
Pese a eso, de muy pequeño le habían contado sobre un castillo de piedra oscura que aparecía poblado por la noche entre la niebla, y que a la mañana estaba vacío y sin vida. Mas los incautos que se aventuraron tras sus muros jamás volvieron a sus aldeas.
Dejando de lado aquella leyenda que su abuelo paterno le había contado poco antes de ir al Gran Viaje, encontró varios huecos entre las juntas de los ladrillos, bien hechos por la erosión, o por algo desconocido aunque a propósito.
Podía escalar las piedras, pero, fracasó en su primer intento, nervioso por escuchar una especie de ronroneo gutural, y cayó raspando con el torso por el muro, cuando había escalado más de tres metros hasta casi llegar a un estrecho ventanal.
La noche se presentaba hostil, las nubes cubrían la luna, y el supersticioso joven temía que alguna bestia de la noche se acercase en sigilo y le matase para comérselo.
Por caminos secretos que no transitaban ni los demonios, había conseguido pasar del Páramo de las Bestias (un lugar plagado de animales antiguos, terribles y extraños) sin tener que cruzarlo, en casi una semana de camino.
Pero que no estuviera en el páramo y que ninguna de sus bestias le haya parecido seguir, no significaba que no se hubiera extraviado alguno de los animales al oler su rastro de sangre, impulsado por el hambre.
Entonces, profundizó en los muros del castillo por donde subió hasta el ventanuco cuadrado. Cuando fue a poner una mano, sobre una de las losas, descubrió una marca en la piedra. Encajaba un poco con cuatro dedos de su mano izquierda, aunque eran vestigios demasiado afilados como para hacerlos con unos dedos normales.
Aunque a la fuerza y desnudándose podía pasar por el agujero, algo le golpeó en la parte superior de su espalda, una sensación. Era un escalofrío que le dejaba tenso el cuerpo.
Descendió por la pared en la que se encontraba enganchado como un mono, pensándoselo de nuevo, con algo superior a él en su ser obligándole a no intentar internarse ni siquiera por el boquete cuadrado.
Escuchó el parlamentar de dos personas tras el muro de la entrada al castillo, pues aunque eran muros altos, el aire de la noche transmitía el sonido hasta sus oídos. Apenas podía entender del todo el lenguaje común, pero pensó en darse un voto de confianza a sí mismo. Era la voz de una mujer, luego, otra voz más ronca, también de fémina.
No podía ser nada malo lo que hubiera tras los muros.
Se acercó hasta el portalón de madera, y tocó fuertemente con sus puños, pues era una pieza ancha rematada en hierro negro de forja.
—¡Ah… del… castillo! ¡Ah del castillo!—.
Pasaron unos pocos segundos, y se acercó alguien a abrir la puerta de gruesos y oxidados goznes.
Khôr no se esperaba que le abriese alguien con mucha cordialidad, y tan extraño le resultaba el encontrar una construcción en las tierras bárbaras tanto como el que alguien viviera dentro. Seguía repitiéndose mentalmente, una vez y otra las leyendas del viejo de voz aguda al que hacía un año no veía.
Abrió una muchacha de cabellos rubios, con los brillantes y dorados bucles resaltando un óvalo suave y anguloso sobre el que dos ojos marrones claros brillaban a la luz de una vela que ella portaba encerrada dentro de una pequeña lámpara.
—¿En qué puedo ayudarle, joven señor?—.
La voz de la muchacha, suave y cristalina cautivó el corazón del joven bárbaro, y le provocó un rubor, aunque le llevó entender sus palabras un instante silencioso e incómodo.
—Soy… viajero extraviado. ¿Hablar con tú?—dijo él con su bárbaro acento, a los oídos de la joven sonaba gutural cada “R”, y siseante cada “S” que Khôr pronunciaba.
—Mi joven señor, debéis estar calado de frío y… ¡Oh! ¿Acaso os han atacado los lobos?—, preguntó ella, sobrecogida por los toscos vendajes de túnica de piel que el bárbaro llevaba alrededor de las piernas y el brazo izquierdo.
Ella, al no verle gesto de dolor alguno en el rostro, con la sangre que se había escarchado sobre sus piernas, se llevó una mano a la boca, asombrada y con preocupación a la vez.
Khôr se miró incluso heridas en las que no reparó en su momento, que consideraba leves y por eso no hizo más jirones de su ropa.
—Lobos, sí. Pero yo escapó—.
El joven se frotó el oscuro cabello que le llegaba hasta un poco más abajo de las cejas que un dedo, omitiendo cualquier detalle del terrorífico encuentro.
De todos modos, no encontraba palabras para explicarle nada a la preocupada muchacha que vestía de oscuro, con los blancos hombros escotados.
—¡Pasad, pasad! ¡Tenemos que curar esas heridas! ¡Se os pueden infectar, buen mozo!—le susurró la joven al inesperado invitado, como con tono ansioso por lo que debería urgir la curación de esos mordiscos de lobo.
La muchacha cogió de la mano a Khôr, y se lo llevaba a la puerta principal de la estructura, pasando un enorme patio terroso que, según el joven, parecía revuelto hacía poco.
Como él también trabajaba la tierra como podía, se esforzó por preguntarle mientras llegaban al amplio arco custodiado por gruesas columnas y más muros, que dejaban un espacio entre el muro exterior y la construcción en el que un afilado vallado dejaba un pasillo por el que circulaban silenciosas bestias en la oscuridad.
La respuesta que recibió de la joven de manos destempladas fue que la cosecha estaba siendo tan mala, que ni tan si quiera plantarían rosales de nuevo. Al llegar dentro del castillo, tras abrirse los portones que daban al interior de aquella residencia, Khôr admiró la magnificencia y elegancia de su interior.
Era un lugar gótico, oscuro, incluso triste si profundizaba en su poca iluminación y su mobiliario rústico y de madera tan oscura que parecía negra. El sebo ardía e inundaba con sus círculos luminosos las paredes y esquinas, pese a que contra los oscuros ladrillos, la amarilla luz no parecía rebotar lo suficiente.
La joven tomó en mano un candelabro con dos velas, y guió los pasos del muchacho hasta una habitación donde encendió teas que alumbraban por la estancia, el calor de entre los muros reconfortaba al extraño invitado.
La muchacha rubia conversaba con él, mirándole con sana curiosidad.
Le preguntaba si vivía cerca, si había algún pueblo de montaña cerca, si la población se había decidido a colonizar el exterior de las estepas, o si era cierto que había tribus de salvajes que luchaban a caballo y que disparaban en movimiento sobre uno sin errar una flecha sobre un enemigo.
La respuesta de él no fue menos que satisfactoria:
—No vive nadie extranjero. Yo vengo lejos, allá en tribu. Montañas Negras. No otros que vosotros aquí. Yo Cymyr, nosotros mejores en caballo. Nadie más fuerte con espada y martillo. Nadie dispara arco igual—le dijo él, lleno de orgullo.
La muchacha sonrió dibujando esa curva en sus rosados labios, suaves y para nada cuarteados que brillaban. Brillaban como los de Sunna… Khôr extrañó su aldea, y a su prima.
Pero si volvía con la piel del oso al que estaba buscando, sería un guerrero, un adulto, y viviría con honor. Sunna (si la encontraba yendo a su tribu, cosa a la que estaba dispuesto) sería su esposa. Le admiraría y él la amaría por siempre y le haría muchos hijos fuertes.
Entonces, cuando notó que la tibieza del calor en el hogar que la anfitriona encendía en la habitación le reblandecía la piel agradablemente y notaba el escozor de sus heridas, su mente se alejó de su propósito, y contempló maravillado el tejido con el que la rubia iba vestida.
Nunca había visto el terciopelo, como el traje de la muchacha, ni el brillante cuero, como el del chaleco que llevaba, dejando ver su apretado escote, que para la aparente corta edad de ella, ya era imponente.
—¿Cómo os llamáis, joven señor?—le preguntó ella, mientras acomodaba un jergón pegado a la pared.
—Khôr. ¿Tú nombre?—.
—Mi nombre es Vivianne—le respondió ella poniéndose una de sus esbeltas manos, la derecha, sobre la otra a la altura de la cintura.
Khôr la miraba con cierta confusión cuando ella estaba preparando algo de beber en un cuenco, tras la presentación, de mientras que él se sentaba en el camastro, más intrigado por su anfitriona. Pero ante todo quería saber que hacían tan lejos seres civilizados, pues no conocía bien su habla, y su acento se notaba más que el perfecto y fluido dialecto de la muchacha rubia.
—¿Preparas comida?—susurró él aunque audiblemente, inseguro.
—Sí, lo calentaré al fuego, y luego de tomarlo, te sentirás nuevo mientras curo tus heridas—.
—¿Tú una princesa?—.
Vivianne echó a reír, divertida, y se acercó a él, con las manos tras la cintura, escondiéndolas. Luego, se inclinó sobre Khôr y le acarició el rostro con ambas, besando su frente.
—Soy la humilde sierva de la señora Tarja. Ella sí que es una princesa…—.
El suspiro de Vivianne encendió en el joven un ansia incomprensible, pero avergonzado y a falta de contacto con las costumbres de los civilizados y algo de su idioma, no se atrevió a preguntarle algo que pensaba. Así que recalculó instantáneamente su posición, y escogió las palabras.
—Tú hermosa. Y buena conmigo, pero, ¿Tarja no regaña Vivianne? Yo extraño en yurta… de piedra—.
Echando a reír musicalmente de nuevo, la joven de rizados mechones dorados y ojos grandes de miel clara a la luz de las velas se volvió hacia el cuenco, y lo puso unos segundos en un infiernillo sobre el fuego. El inesperado huésped era un salvaje cuya gente aún vivía en tiendas.
—No, ella se alegrará de tener visita. Hace tanto que no viene nadie a visitarla… mi pobre señora se alegrará mucho de tener un invitado. Eres un joven muy guapo. ¿Qué edad tienes?—interrogó Vivianne, alejándose del fuego para desviar su brillante mirada hacia él.
El joven la miraba, casi atravesándola. No entendía la pregunta.
Ella obvió la incultura y la dificultad de entender y hablar idiomas del joven salvaje, y siguió vigilando el utensilio sobre el fuego.
En cuanto la escudilla humeaba, ella sirvió el contenido en un vaso de madera liso, y se lo acercó al invitado.
Él levantó las manos para cogerlo, y ella, torpemente, tropezó con algo y se echó encima del joven, que aspiró profundamente por instinto la vaporosa esencia que salía del vaso.
Se sintió con náuseas, un mareo terrible, y luego, sus ojos se volvieron hacia arriba y al notar que una mano invisible constreñía su garganta por dentro, perdió la consciencia sobre la cama.


El mundo exterior (II)

El lobo caído se crujió la cabeza y el cuello se le partió a al mismo tiempo contra el muro segundos antes de que el muchacho de cobrizo cabello lo usara como una porra, golpeando a sus hermanos lupinos al hacer gala de su brutalidad e inercia, además de estar poseído por la furia ancestral de su gente.
Al arrojar su improvisado armamento hacia lo lejos, los demás lobos se lanzaron por el cuerpo del caído para devorarlo como unos buitres muertos de hambre que al fin habían podido encontrar una carroña que disfrutar.
Khôr necesitaba escapar de allí. Nunca había visto comportarse así a estos animales, intentar atraparle, arrinconarle.
Y casi devorarle aunque no del todo, pues daba la impresión de que lo que querían era debilitarle y reducir sus opciones de escapar con vida, más que zampársele. Ya daba igual, eran segundos preciosos e iba a aprovecharlos, tenía una búsqueda de honor que cumplir.
Empero, el enorme lobo negro de inteligente brillo en los ojos caminaba entre sus demás congéneres, gruñó a los grises lupinos, y éstos se agacharon solemnemente en el suelo sobre sus patas y pechos, lloriqueando.
Había alguno que tiraba inofensivamente de la pelliza de otro animal, que retiraba de la lucha, herido con una mancha carmesí en el pecho, aquél infeliz que había recibido el golpe por aire del que había muerto contra la pared en ruinas.
El humano era un terrible adversario.
Khôr seguía apoyado contra el muro, y sus sangrantes heridas en los brazos y piernas le escocían más que dolerle, el frío había insensibilizado su carne, y el enorme lobo negro caminó con pasos ligeros hasta el chico de ojos oscuros y piel lechosa, aproximándose con curiosidad.
Cuando éste miró al silvestre cánido (de mayor tamaño que los otros con diferencia) y que tras un jadeo fue a pararse delante suya, apretó los puños alzándolos en defensa al apoyar la espalda en la pared.
—Nunca pensé acabar así mi vida, ¡pero sepas que no voy a costarte barato, bestia!—.
El lobo negro tenía la boca abierta y jadeaba con emoción, sacando la lengua fuera y enseñando sus largos colmillos de marfil. Entonces encaró al bárbaro fijamente, y cerrando la boca mientras clavaba en él sus ojos de brillante hielo, se irguió sobre sus patas traseras.
El enorme animal de ojos azules olisqueaba con su grueso morro peludo al Cymyr a distancia, dándole incluso amistosos frotes con el hocico, fugaces, pues en él olía sangre de lobos.
El olisqueo bajó de la cara al cuello, y después, al torso.
Aquél lobo volvió a abrir la boca, y torció la cabezota hacia un lado. Entonces, de más cerca, el humano pudo contemplar que el animal no era tan animal, pues poseía unas manos que no eran ni zarpas ni dedos, aunque algo palmeadas.
Si no había lanzado un ataque, fue porque el otro tampoco lo hizo. Eran como dos machos alfa que estaban tanteando el territorio.
Uno atacaba con la manada, el otro sobrevivía, y su duelo estaba entonces únicamente en los ojos de ambos. En cuanto pudo distinguir la forma humanoide del torso negro y velloso, la expresión inteligente de las cejas, e incluso cierta similitud en los brazos a los de un ser humano, la sangre se le congeló en las venas, y un fuerte latido le azotó el cuerpo con un escalofrío.
El muchacho no podía creérselo… las leyendas eran ciertas.
—No he venido a darte la muerte todavía, cachorro…—decía con ronca voz el lobo, —Porque eres un bravo y no representas desafío para mí. Los que son mis hermanos, al igual que tú, también son guerreros formidables, incluso por separado pueden llevarse a muchos humanos por el camino a la muerte. Ya hemos sufrido tres muertos, debería desgarrarte y clavar mis garras en tu pecho para comerme tu corazón… me harías muy fuerte—.
El lobo negro se relamía y Khôr miraba sus enormes patas delanteras, que asemejaban a dedos con garras.
—¡Vete! Te perdonamos la vida, valiente. Pero si algún día vuelves, sepas que no tendrás tanta suerte si te encuentras en mi camino—.
El enorme lobo se ponía a cuatro patas de nuevo y caminaba meneando la cola hacia los suyos, mientras Khôr avanzaba entre las ruinas al crepúsculo, sin mirar hacia atrás, con el corazón tamborileando a un ritmo frenético.
En cierto modo estaba muy indignado al oír decir al lobo-hombre que le perdonaba la vida, y que si de nuevo le veía, no tendría piedad.
“¡Por los dioses del Abismo! ¿Es que el mundo no es suficientemente grande para vivir todos sin tener que matarnos por él? ¡No merece la pena matarse por entrar en tierra ajena! ¿No vivimos todos en el mismo trozo del cuerpo de la Madre Tierra bajo el Padre Cielo?”, se repetía varias veces.
Pero ya se ocuparía más tarde del asunto de los lobos. En cierta medida, el lobo negro había visto algo en él. Parecía considerarlo otro de la manada, por el olisqueo sin malicia.
El joven de las estepas no era una persona como las demás, y llevaba la sangre de las manadas de lobos en sus venas, su pasión y su cambio de estado de miedo a furia le delataban las raíces bárbaras de las que era orgulloso poseedor.
Khôr era un salvaje, criado entre salvajes, hombres de instintos animales, que en un determinado momento lo mismo podrían lanzarse al cuello de un enemigo y arrancarle la carótida con rabia lupina, que coger una espada y clavarla en un corazón con la más depurada técnica de esgrima.
De repente le sobrevino una visión trágica al sentir las heridas en sus piernas y brazos a costa de las dentelladas…el mundo exterior debía de ser un lugar no tan hostil como su tierra, ya que esta guardaba aún sus peligros en las estepas exteriores.
En la conducta de los animales pudo descubrir que todos tenían su territorio, sí, pero nadie estaba a salvo de sus vecinos, ni siquiera tenían un privilegio o respeto de su espacio, y en cambio los civilizados deberían tenerlo, o eso creía él.
No obstante, la estepa era de todos. Y aquéllos lobos parecían malditos por alguna insana corrupción. Se lamentó, pues su tótem era el del Lobo.
Se acordó de las palabras de un enorme bárbaro llamado Oso Gris, un gran amigo de su padre:

“He estado en pueblos de la civilización, en muchos reinos durante mi juventud, y os puedo decir, que no se parece a nada que hayamos visto. A nosotros nos tachan de salvajes, que es lo que somos, pero ellos lo dicen como si quisieran llamarnos perros inconquistables. Nos miran con odio porque somos libres de sus estúpidas leyes y yugos, y no tenemos amos a los que servir como lacayos. Y sin embargo, éstos lacayos gozan de prestigio y riquezas, privilegios, y se quejan de no tener suficiente y matan a sus hermanos por dinero, títulos… ¡o mujeres! Que se vayan al Abismo…”.

Khôr sonrió, evocando también que se orinó encima de las ropas del hombretón siendo un bebé de dos años según le contó su madre, y que éste hombre le dio un azote en el trasero, ante lo que respondió con un ruidoso llanto, y mordió la mano del gigantón con un rugido rabioso.
Sonrió divertido, al menos tenía algo alegre en lo que pensar, a parte de en salvar su honor y resistir al gélido viento, que venía húmedo.
También vino a su mente, mientras caminaba en la noche como una sombra, los privilegios que los civilizados tenían: casas propias si pagabas impuestos, ejércitos protectores compuestos por déspotas para con la gente simple, incluso unos derechos que alguien defendía en algo llamado “Corte de Juicios”.
Como todos los pueblos, también debían de tener una ley, aunque no para los libres, y que favoreciera a los malhechores pensó, pues de otro modo, uno no podía explicarse tales incongruencias que los bárbaros simplemente calificaban como “Mentira” o “Patraña”.
El joven de las estepas caminaba contra el viento, escuchando los lejanos aullidos del lobo negro, y aceleró el paso.
La tierra tal y como la veía él no era lo que parecía después de todo, pues no era tan bueno vivir en las estepas, aunque era libre, y no era tan bueno vivir en la civilización bajo aquellas normas absurdas. Tenía todo un mundo que descubrir.
Y pronto, debería cumplir con su épica gesta donde un niño se convertiría en un hombre.
Pero poco imaginaba que más aventuras y terrores aguardaban en la tenebrosa noche.


El mundo exterior

Khôr avanzaba semidesnudo por la nieve, tan sólo vestido con un taparrabo, una túnica hecha con pieles de oso por su madre, y una capa de piel de diversos animales.
Sus botas de piel curtida cambió por unas sandalias de nieve con la puntera de bronce, y las delgadas espinilleras del mismo material. Pensó que le serían más útiles por si acaso caía por algún lado y se daba en un tobillo.
Toda precaución era poca en ese reino sin rey, de cielos grises, de nublados y escarpados montes, de terrores que los hombres de las tribus poblaban lejos de la seguridad de una aldea o una fogata.
La frágil nieve se hundía bajo el pisotón de cada una de sus piernas.
Era más difícil caminar así, los pies no se le habían helado aún porque llevaba puestos unos escarpes de piel de lobo negro, y unas pequeñas raquetas en las suelas de las botas estabilizaban su caminar.
La falda corta que llevaba bajo las pieles de oso, estaba hecha de duro cuero curtido, y apenas se movía a diferencia del taparrabo, cuando una helada brisa golpeaba sutilmente sus carnes.
Lejos, a su derecha, se encontraba uno de los dos montes sagrados, Arrián, llamada también la Montaña de los Espíritus, o de los Ancestros. Apenas pudo distinguirla cuando miró, porque una pared gris de bruma y frío tapaban su vista.
Había oído de las leyendas en la aldea de lobos de color gris que comían hombres de un bocado, y de uno enorme y negro que podría con una manada entera, con sus ojos azules y helados que acechaban en las sombras. También fue advertido de los demonios que al anochecer poblaban las antiguas tierras de las tribus.
Desde luego, no eran sus preferidas las últimas.
Él no temía al enemigo, los dioses tampoco le daban miedo, tan sólo se respetaba a Choddan, que es feroz y despiadado, y si rezas, envía calamidades en vez de bendición.
Pero Choddan vivía en la otra montaña, Cruagjän, y los dioses se quedaban en sus cielos y sus infiernos, alejados del neblinoso mundo bajo los pies de aquella deidad inmisericorde.
Khôr estaba más que seguro de que algún enemigo encontraría, ya fuese el enorme lobo negro de ojos azules, una manada de ellos, el oso negro, o incluso muertos vivientes.
Él aún recordaba el duelo con aquellos no-muertos.
La experiencia más aterradora de su corta vida.
Estuvo dos días racionando sus pocos víveres, que llevaba en telas dentro de su morral. Bebió un poco de vino, aquel líquido le empezaba a gustar, sentía calor donde el frío debería haberle dejado rígidos los músculos.
Y lo vio, una extensa y árida, aunque poco nevada estepa, un magnífico territorio casi apenas sin nieve, riachuelos de agua fresca entre zanjas naturales, limpia y salvaje.
“¡Qué hermoso!”, susurraba en soledad.
Anocheció, y se juntó de espaldas a un muro, un muro derruido. Tal vez hubiese sido parte de una vieja ciudadela Arryana. Cerró sus ojos, aunque estaba atento a cualquier movimiento alrededor suya con el oído.
Esos tres días ningún lobo le había perseguido. Qué extraño.
Escuchó un aullido que heló su sangre al momento y se levantó alarmado, mirando en derredor, al saber de un trote que pretendía ser sutil pero parecían las pesadas pisadas de un batallón de borrachos.
Una pequeña manada de lobos, unos tres o cinco al principio. Los vio correr entre los árboles del bosque que estaba ante sus narices.
Emergían desde la tiniebla con su brillante mirada y sus blancos y afilados colmillos mojados en la saliva que goteaba ardiente tras el halo, y entre ellos, un enorme lobo negro de ojos azules que observaba con expresión inteligente al temeroso muchacho.
Los silvestres cánidos se abalanzaron sin piedad a por él con dentelladas hacia sus brazos, y los que podían cazarle un mordisco tras la indecisión al ver que el humano se movía con velocidad nacida de la rabia, se arrojaban por sus piernas esperando un asalto más fructífero.
El muchacho se levantó con ferocidad con sólo sentir los mordiscos de uno que intentaba retenerle, tomando de detrás de la cintura un hacha de piedra que él mismo se había fabricado.
La bestia gris le medio giró hacia la derecha enganchando su muslo como si quisiera hacerle vulnerable ante el ataque de otro, y estrelló a uno de los lobos que se colgaba de su brazo izquierdo contra el muro, pateando en el aire a un par más con la pierna libre, haciéndoles graves daños en el hombro derecho a uno y en las costillas a otro.
Sus poderosos y fibrosos muslos daban fuerza al puntapié (que lanzaba tres veces por segundo), tanta, que reventó el hocico de uno de los grises devoradores de pelo encrespado, y fracturó algunas costillas de otro más al redirigir su ataque y bajar su hacha en la diestra, que carecía del filo necesario para un corte serio. Los demás lobos clavaban sus dientes en las piernas de Khôr hacia sus tibias, pero algunos mellaban sus mandíbulas con dolor y se retiraban, pues las espinilleras que incorporaban las sandalias servían de protección a la presa que se zafaba, pudiendo concentrar su ira en uno de los integrantes de aquella jauría enloquecida.
Mientras golpeaba sin piedad alguna al lobo gris que tenía colgado medio muerto de su brazo izquierdo, al que estrellaba contra el muro, Khôr echó un grito a los dioses de la muerte al aplastar el morro del que le mordía el muslo derecho en una explosión de llantos animales desenfrenados y sangre, deshaciéndose de la bestia que pretendía hacer de su presa con los dientes en la pierna del bárbaro una cena inmovilizada.
Fue una pena perder su hacha manchada de sangre lobuna cuando un suicida y desesperado cánido saltó a por él como un virote de ballesta, quitándole su única arma de un bocado, como una estrella fugaz.
Pero aun así, la cena era otro tipo de depredador, no contaba con las armas de las bestias, pero sí tenía a su favor la motivación personal, la furia que crecía alocada con cada golpe y cada instante de dolor, y el haber vivido rodeado de bestias de toda clase y aprender a enfrentárseles desde bien crío con armas o sin ellas, pues la familia de Khôr se había enfrentado a las hidras, a las sierpes de las montañas y a los huargos.
Ya con su corpulencia modesta pasaba por un hombre muy joven, pero era como otro más en un campo de batalla, y por eso, estampó de nuevo al lobo que colgaba de su antebrazo zurdo contra el ruinoso tabique, abriéndole una brecha en la cabeza al feroz animal que emitió un quejido por última vez.
Parte del mural se derribó hiriendo a los lobos, aunque más que algo serio, les alejó unos valiosos instantes para que el muchacho pudiera oxigenar sus músculos y deshacerse del lupino que tenía tan cerca.
Pensó en usarlo como arma, y así obró.


El lobezno (II)

Los días pasaban y Khôr los gastaba en lo mejor que consideró entonces: iba aprendiendo de Sunna y Rhys varios movimientos de combate, e iba creciendo una gran amistad entre el iniciado guerrero y él. Aunque en la tribu habían tres hermanas que representaban a la diosa de la guerra, Qidara, y enseñaban lucha a los jóvenes, el bárbaro prefería el estilo poco depurado y salvaje del que alguna vez hacían gala sus dos amigos. Sin embargo, lo cierto es que el entrenamiento por uno no suele ser tan extenso y la experiencia compartida beneficia. Ellos ya habían luchado con otros, aunque pocas veces a muerte. Se debía señalar que el chiquillo llevaba en la sangre la guerra y que como a todos los de su raza y condición, no se les enseñaba las armas igual que a un soldado. Eran guerreros por condición y pleno derecho. Tratándose del instinto, uno nace guerrero ya pero aún debe afirmarse y saber que lo es del todo igual que otros deben reconocerlo.
Pero también sucedían otras cosas. Al igual que un emotivo sentimiento en el muchacho cuando se encontraba con su prima de vez en cuando, se iba inflamando una llama en su interior de la que no comprendía el significado. Así fue como pasaron dos meses más entre ataques y paradas simulados, aprendiendo las armas de quien podía mostrarle un movimiento o una visión. Sobraba decir que, ante las maestras, el “lobezno” progresaba y con sus amigos pelear era divertido. Estaba floreciendo, era aún muy joven aunque por dentro se sentía mayor, y todo lo daba con pasión y sin pensarlo dos veces. Quería ser un guerrero, y lo sería.
La vida del joven bárbaro no era ni intensa ni monótona. Un día nublado como otro cualquiera, Rhys y Khôr quedaban tras la vista de las mujeres que se bañaban desnudas, y ambos reían como descosidos intentando que no se les escuchase, de nuevo ese extraño pasatiempo. El que contaba con casi 13 nevadas ya iba sintiendo ciertas cosas en sus carnes, y se decía a sí mismo que no se encontraba igual que cuando miraba a Sunna. Entendió que había llegado el momento que más ansiaba y que temía de la misma forma: se había enamorado.
Experimentaba una erección al ver los hermosos cuerpos desnudos de las muchachas de la tribu mientras se bañaban y veces había soñado que las raptaba al galope, sobre un hermoso y fuerte caballo (el potro que estaba domando ya más crecido), y poco después, amanecía con su rama dorada expulsando su savia, únicamente porque imaginaba el fibroso cuerpo de su prima sobre el suyo, viendo su cara en cada dueña de hermoso busto desnudo y par de piernas bien torneadas.
Rhys no tenía ese problema, pues ya contaba sus 22 años cumplidos y se veía con una muchacha de su edad, con los ojos de color del ámbar y una larga melena castaña clara, una joven absorbente que aplacaba sus ardores y alimentaba el fuego de sus pasiones.
La muchacha lo tenía encerrado en la yurta hasta bien pasada la noche y entrado el alba. Quizá eso explicase que ambos amigos se viesen cada vez menos.
Ésa mujer me lo está absorbiendo como una sanguijuela”, gruñía el joven bárbaro siempre que lo iba a buscar y Rhys estaba ocupado dando calor a su amante, como si el pobre Rhys tuviera la culpa de ser humano.
El gigante le palmeaba el hombro derecho de nuevo otro día que se reunieron para espiar a las incautas del río, intentaba sacarlo de sus cavilaciones, y entrecerraba los grandes ojos azules al separar su mano de la túnica de pieles marrones que Khôr siempre llevaba.
—Deberías prepararte compadre. Hoy es el día—.
—¿Me he saltado mi cumpleaños?—susurraba con preocupación el otro, temiendo que las mujeres que se bañaban en el Río Cálido le escuchasen.
—Serás bobo. ¡El día de tu iniciación!—.
—Pero… oye, dijimos que ya me iniciaría cuando tuviese la edad. Aún no me toca—replicó a Rhys.
—Tú mismo me dijiste que serías el primero en iniciarse a la edad de 12 en tu generación, que así te considerarían un adulto, y podrías casarte con…—.
Rhys no terminó la frase, porque Khôr le tapó la boca con la mano derecha.
—No la metas en esto. Podría estar cerca—susurró a Rhys, olfateando un olor dulce y muy próximo.
Sunna salió de entre los matorrales rígidos y nevados, mirando a los dos amigos enarcando una ceja. Tras un parpadeo curioso, sus ojos se dirigieron al fornido moreno: —¿Casarse con quién?—.
—¡Ah! ¡Hablábamos de que Khôr no podría casarse nunca si no encontraba la mujer adecuada! Pero para eso debe ganarse todavía el derecho del guerrero si su padre no lo promete antes. ¿Verdad, compadre?—respondió Rhys sonriendo, “tapando” a su compañero mientras le rodeaba el cuerpo con un brazo, y con el otro le frotaba la parte superior de la cabeza con los nudillos.
Los ojos azules de la bárbara de esbelto y fibroso físico rotaron hacia Khôr, restándole importancia al tema. Cosas de hombres.
—Chicos, ya encontraréis a la mujer que os hará felices y os dará hijos fuertes… un siglo de estos.
¿De verdad te vas a iniciar, Lobito?—.
Khôr se molestó por la risa entre dientes de Rhys. Sunna había nombrado el significado de su nombre, de manera infantil. El cachorro de Lobo, o El Lobezno. Para ella, El Lobito. Pero aún, había estado escuchando al menos la mitad importante del asunto y le horrorizaba la idea de que supiera el resto. Aun así él inspiró con entereza y trató de formular una respuesta.
—Bueno, eso de iniciarme… es que…—.
—¡Fantástico, si pasas la prueba serás considerado el más valiente de la tribu, serás un adulto y un guerrero, como yo!—.
De la emoción, Sunna no le había dejado ni terminar la frase. Él miró a Rhys de reojo, encogiéndose de hombros. Quería decírselo a Sunna, quería ser mayor y crecer pronto esos años que los diferenciaban para poder casarse con ella. Los amigos se despidieron y cada uno se fue a su respectiva casa. Antes de separarse Rhys fijó sus ojos azules como el cielo en su amigo, tomándole el antebrazo, como se saludaban los guerreros de la tribu.
—Espero que pronto te conviertas en un guerrero, Pequeño Lobo. ¡Ojalá nos encontremos en el campo de batalla disfrutando del triunfo!—.
Khôr asintió aunque algo confuso, y luego, su amigo se marchó.
Estuvo cavilando toda la tarde. Se decidió y fue directo a la choza del consejo, los representantes le miraron atónitos, porque no sabían qué era lo que él quería, un mozo de unos doce años ante el consejo como si tuviera que presentar una demanda, y desde luego, tenía cara para eso y más. Interpretaron que simplemente venía a quejarse de cualquier injusticia de las de verdad, pues por cualquier maltrato o acoso que presenciara, tenía el honor de denunciarlo y por ello ganado hallaba tanto el amor de algunos como el odio de otros.
—Khôr, ¿Qué has venido a buscar? ¿Se te perdió algún juguete o Begdard se metió contigo otra vez?—.
Los otros miembros de la mesa echaron una risa sin malicia, atentos al pequeño salvaje envuelto en pieles. Pese a ser tan joven, Khôr debía pesar 75 kilos y era alto para la media, contando con una estatura de casi 1’80 cm, aunque en su tribu, más de uno medía los dos metros antes de llegar a los 20 años. Algunos de aquellos hijos de las estepas eran precoces, y delante, tenían a ese uno de cada miles que daba la sorpresa en el momento menos esperado.
—Quiero ser un guerrero del consejo—afirmó el chiquillo solemnemente, —Y quiero iniciarme este año. Tengo 12 inviernos (creo) cumplidos, estoy muy seguro de que soy digno del honor de pasar la prueba y volver siendo un guerrero adulto—.
Las firmes palabras e intenciones resonaron en la amplia cabaña de madera, y los adultos decidieron lo que debía hacerse tras una deliberación. Podrían aprovechar el tirón porque ese mismo día era la iniciación para los que cumplían 18 años y darle una oportunidad. Pero con todo, Khôr no dejaba de ser un niño, y las maestras que enseñaban combate a los críos nunca le habían dado buenas referencias de él a los del consejo. Por otro lado, tendría derecho a una serie de privilegios si lograba pasar el rito. Todos sabían eso y varios de ellos se habían iniciado cada uno por su propia causa, antes de la edad de 18, además de tener en cuenta que el muchacho que tenían delante guerreó con bravura una vez contra los enemigos que venían con el estandarte del Innombrable.
Sharn Duhb fue el que habló.
—Vemos acero en tus palabras y fuego en tus ojos, pero aún no tienes la edad de un guerrero ni la de un adulto. Vas a dar un paso agigantado, tendrás que cambiar de niño a hombre tan rápido como aletea un pájaro. ¿Estás seguro de que es lo que quieres?—.
—Sí, Sharn Duhb, Águila de la Guerra…—respondió Khôr con determinación.
El nombrado del consejo asintió e indicó con un ademán al hijo de Takkan que podía irse y le informaron de que el rito de la iniciación se tomaría en el momento, pues a excepción de la inesperada visita, ya habían ultimado los detalles y decidido de las cosas grandes.
En el transcurso de lo que restaba para hallar su destino, el mayor de los Estrellasalvaje se mostraba a sí mismo con una inquietud inusitada por los eventos que aún debían llegar, y otros que ya habían tenido lugar. Pasaron dos horas desde aquella vista ante los mayores guerreros, y el chico estaba muy nervioso, sentado sobre una roca y aparentando la misma quietud. Por dentro, su ser se revolvía a causa de las típicas dudas de la niñez que quedaría atrás y de los ardores de juventud. Pero no era todo: Sunna se había ido a Mirryal y él, sin conocer el hecho de que partiría tan rápido, no la había encontrado a tiempo para despedirse. De Rhys no se sabía más que presentó su respeto y la decisión de marchar a sus padres, que durante años le criaron y vieron crecer como un poderoso luchador de la tribu, y que minutos después partió a buscar fortuna por el mundo. La madre de Rhys le dijo a Khôr que su compadre de ojos azules le mandaba un abrazo, y que pronto volverían a verse, quién sabe si en un campo de batalla. Tal como dijera Sunna, se trataba de una despedida esperanzadora pues para los bárbaros de estas tierras indómitas, la batalla era el encuentro y el fin de todos ellos.
Le parecía extremadamente raro que ambos se fueran sin decir nada. Que en un momento le animasen a ir en busca de su suerte confrontando el rito de iniciación, y al transcurrir de los minutos desaparecieran repentinamente de su vida. Estaba seguro de sí mismo sin caer en el exceso de confianza, pero no por ello le dolía menos que su prima no estuviera allí para verle empuñar el arma como un hombre, y que su amigo y también mentor como Sunna tampoco presenciara con orgullo y ánimos su ascenso a la clase guerrera. Descartó la idea de que estuviesen liados además de la idea de huir juntos, no tenían nada por lo que poner tierra por medio, y tampoco fue de su parecer que se hubieran escondido para gastarle una broma pesada. Podría ser que, de creer uno en el destino y sus fuerzas, esto tuviera que ser así. Que debiera llegar a donde fuera él solo tras haber sido preparado por todos los medios disponibles hasta este momento. Que no se trataba de celebrar en modo alguno, ni tampoco con los amigos. La felicidad era relativa entre los suyos. Tener una amada, alcanzar la cima de la lucha, vencer, sufrir y sobrevivir, hacer hijos y enseñarles lo que uno mejor sabe para que sean más diestros que él y la sangre se mantenga digna de sus antepasados. Morir sin llegar a viejo, o llegar a viejo viendo más batallas que nadie y partir a buscar el merecido fin si a uno no lo acababa encontrando la muerte con las armas en la mano.
¿Por qué, entonces, debían estar sus amigos allí y felicitarle? ¿No tendrían más cosas importantes por las que vivir que él? Sólo era un hombre en medio de otros hombres, o al menos él se dio cuenta de lo pequeño que era, de la insignificancia de uno solo en la vastedad compleja de lo que abarcan las personas más allá del propio ser. Sintió varias punzadas de tristeza cerrándose como mandíbulas sobre su corazón mientras bombeaba la sangre, y la pena por la circunstancia fluía diluyéndose con el paso de los segundos. Aceptar la soledad, abrazar quién era ahora mismo y no rendirse a la circunstancia fue su único pensamiento. Meditó sobre la roca haciendo un reflejo de su mente para proyectarse en su existencia y llegó a una conclusión muy clara: ya encontraría a sus amigos un día.
Todo lo que importaba pues era él y salir adelante. Avanzar. Crecer. Sí, eso era. Las palabras y los reencuentros podían esperar.
El joven salvaje sonrió. Los tambores resonaban al hacerse de noche, y un chamán y otro pintaban de las más diversas formas a los que iban a iniciarse, el fuego bailaba al son de las muchachas y no ellas al son del fuego. Se armaron todos con armas de hierro, acero y madera, divididos en dos filas, tras cuatro hogueras enormes, y en el centro del poblado, donde había un círculo de piedra que hacía las veces de anillo de lucha, tendría lugar un combate de uno contra uno.
El que quedase incapaz por malherido o derrotado por técnica o un buen golpetazo debía esperar al año siguiente para iniciarse, o según la vieja tradición, pelear con un oso a la mañana siguiente y ganarse así su honor.
Los turnos iban apareciendo, y la adrenalina iba subiendo por los cuerpos de los que iban a iniciarse, provocándoles descargas nerviosas que casi podían olerse. Pronto llegó el turno de Khôr, que no contempló ningún combate. Asustado o no, estaba decidido: se convertiría en un guerrero, y se casaría con Sunna, yendo por ella a Mirryal en un caballo hermoso y fuerte, y la haría sentir todo su ardiente amor. Antes de caminar hasta el círculo de lucha, Kroon puso una mano en el hombro del aspirante a guerrero.
—Hanta yo, Khôr. Despeja el camino…—.
Él no sabía a qué se refería el chamán, hasta que entendió que en el leguaje chamanístico, “Hanta yo” significaba “Vigila todo mientras caminas”, pero indicaba una intención firme de algún modo. También podía ser una frase que incitase a echar los miedos de su mente, para afrontar la vida.
Así es como se introdujo en el círculo, armado con una maza de madera y una espada ancha, dispuesto a darlo todo en una lucha sin igual. Khôr vio cómo una figura alta y fuerte, que portaba una espada ancha y un escudo de madera y metal por los bordes se acercaba entre el fuego.
—¡¡¡Khôr Estrellasalvaje contra Begdard Garradeoso!!!—gritó Sven el nórdico, que hizo golpear un gong a un bárbaro de piel morena y cabeza rapada, con un taparrabos azul y dibujos rojos a lo largo de su cuerpo; un chamán otrora conocido por partir cabezas con una maza de cráneo dorado arrebatada a un jefe de los Väenn.
Asombrado, Khôr vio a la enorme mole en la que Begdard se había convertido, y casi que sentía envidia y pavor. Su siempre acosador sonreía y apretaba sus puños con emoción, mirando al muchacho que osó desafiarle delante de todos los chavales de la tribu hace unos años, y cuyo encuentro le había dejado una cicatriz en un lado de la frente. Llevaba la mano con la espada a su coleta castaña y apretaba las quijadas. Esa cicatriz en el ojo derecho le había marcado como el deshonor.
—Esto me lo hiciste tú, me marcaste y ahora voy a aplastarte como a un insecto. Eres débil…—.
—Siento que no sea honorable para ti recibir un golpe, y que lo sí sea que me hayan sujetado tus cobardes chacales. ¿Tenías miedo de romperte las uñas?—.
—Es la última vez que echas veneno por la boca, gusano. Mamá y Papá no están ahora para ayudarte. Estás solo… y yo tengo el doble de fuerza que tú—gruñó el bárbaro más mayor, haciendo notar la musculatura de sus brazos con un gesto agresivo.
—¿Y de qué te vale si sigues teniendo esos pequeños cojones?—le dijo el muchacho entre dientes atrayendo la ira de Begdard a conciencia.
Este fue el que empezó el combate con un golpe de escudo dirigido al torso y cara del muchacho, que rechazó el ataque cubriéndose con ambas armas en sus brazos de forma horizontal, y empujó al gigante con una carga de hombro, desviando el arma de este último. El grandullón se sorprendió de que su táctica de bravucón fuera fallida por el arremeter de aquél muchacho, tras el cual surgían los aplausos. Khôr giraba sus armas en las manos poniendo expresión absorta, como si no pensase en nada, girando la maza con su derecha y la espada con la izquierda en unos molinetes cada vez más rápidos, al mismo que trataba de rodear al musculoso joven con unos andares furtivos y felinos.
El Garradeoso no se dejó amedrentar y corrió por el chiquillo desafiante, alzando su espada y dejándola caer brutalmente sobre él.
El Lobezno usó su espada ancha como un arma de parada, y bloqueando el furioso envite del enorme muchacho de las estepas, le golpeó en el estómago con una patada usando la pierna derecha. Begdard se apartó con un sobresalto al intuir la fallida estocada hacia su pecho que precedía, y Khôr se alejó de él mientras que su oponente realizaba varios cortes descontrolados en amplio arco, enfurecido a la par que sorprendido de que el joven le hiciera frente. Los dos ponían todo su empeño, el de negras hebras parecía un experto pero el de melena oscura aunque rojiza a la luz contra el fuego le parecía su igual pese a las notables diferencias. El último, pálido como la nieve pura, se coló en la guardia abierta de Begdard cuando éste se recuperaba de un tajo de revés, y tras golpearle astutamente con la maza la mano derecha, la espada del otro cayó al suelo. Desarmado, el robusto iniciado, antítesis de su esbelto y odiado rival, dio un grito de ira y el “Pequeño Lobo” saltó alzando la pierna izquierda y luego la derecha, dándole una patada en la barbilla con la puntera de su bota de piel y suela de cuero. Su objetivo casi cayó de culo por el choque, ya que para su 1’85 de estatura Begdard no parecía tener mucho apoyo en sus piernas.
El primogénito del clan Estrellasalvaje le atacó de nuevo con la maza dirigiendo el impacto que terminó en un muslo con éxito, y al inclinarse el enorme bárbaro por el dolor, el más pequeño con pinturas rojas en su piel le propinó un golpe con el puño de la espada en medio de la nuca y Begdard mordió el polvo. No se movía, pero podía maldecir al borde de la inconsciencia, hasta tuvo tiempo de recuperar el sentido antes de ver que Khôr alzaba sus armas en señal de victoria definitiva y amagó un último golpe contra la cabeza de Begdard con la maza. Había ganado al aspirante a guerrero más temido de la tribu.
Recibió aplausos, halagos y palabrotas dichas con buena intención, ante lo que sonrió, borracho de triunfo, y se retiró del anillo de piedra. Lo había conseguido, ¡al fin! ¡Ya era un guerrero y en esos momentos todo el mundo estaba al alcance de sus dedos!
Entonces, actuó el sino. Al darse la vuelta, escuchó un furibundo grito que le azotó los sentidos con un escalofrío. El mediano de la familia Garradeoso se había levantado, no satisfecho con el resultado del combate, e iba a lanzar un golpe contra la espalda de Khôr con la espada… ¿cómo saldría de esta?
El vencedor por corazón y alma evitó el golpe mortal poniéndose de lado frente a Begdard, cuya espada le pasó junto al estómago. Por su parte, el derrotado y rabioso que se deshonraba en el ritual soltó el escudo pequeño que llevaba, hubo un entrechoque en que los dedos que aferraban el mango quedaron doloridos y la espada, dando vueltas como un aspa, dio con la punta en el suelo dando un par de rebotes y un quiebro. En esas, reaccionando por instinto a lo que vendría, el Garradeoso saltó hacia atrás dando varias volteretas antes que la maza de su oponente le machacara el pecho. El arma de madera le pasó por el robusto vientre y el ancho pecho como un ave sobre las aguas, fue una esquiva impresionante y que causó una ovación por ello. Finalmente, tras hacer gala de una habilidad gimnástica muy entrenada durante meses, ejecutó una voltereta sin manos y pudo posarse en postura de combate, a unos metros del otro. Khôr dejó sus armas a los pies y contempló cómo el adiestrado cuerpo de Begdard se aprestaba a reaccionar ágil, felino, a punto de saltar sobre él con la misma velocidad con que le hubiera burlado su remate machacador.
¿Era posible que alguien que pesaba más de 80 kilos de músculo pudiera moverse así?
Se trataba de un guerrero formidable, y lo más peligroso, un guerrero salvaje, como su padre le había dicho a cerca de los de su raza. Los mejores guerreros, los que nacen siéndolo, los que lo son después de la muerte. El joven de castaños mechones puso una mano cerrada bajo su mentón y la otra igual, como soltando el puño hacia su rival, cuyo torso hinchado de músculos, sudoroso, relucía por la luz del fuego. Alrededor de ambos, el ambiente creció, y los del consejo se miraban unos a otros, interesados en el combate, aunque deberían haberlo frenado. El más corpulento hacía que sus piernas se doblasen ligeramente, reposando sobre ellas pocos segundos, y las manos abiertas, como zarpas de oso, listas para dar un golpe.
Khôr se esperaba un ataque repentino, y así pues, el fuerte y enorme Begdard lanzó varios puñetazos, demasiado rápidos para sus enormes brazos, a buscar la cara y cuerpo que el niño, o no tan niño si el destino así lo dijera, protegía anteponiendo los antebrazos y el dorso de las manos. Tras unos inquietantes y dolorosos segundos, esquivó un derechazo, retrocediendo al son de unos enloquecidos tambores que tocaban una rápida marcha.
—¡Luchad, luchad!—gritaban los del corro.
El fuego delimitaba la línea del círculo que ahora era la arena donde dos fuerzas se debatían entre la gloria o la deshonra. Supuestamente, el precoz iniciado ya había ganado, y los jueces así lo vieron, pero Sharn Duhb sabía el por qué el Lobezno quería seguir el combate y no reclamaba al consejo. Quería demostrar que podría ser un guerrero, fuese como fuese, con armas o sin ellas. Begdard le dio una patada con la pierna izquierda, dirigida a su rodilla derecha, y en respuesta, Khôr levantó la pierna y detuvo el golpe con la suela de la bota, lanzando dos puñetazos circulares con la diestra hacia la cara de su oponente insatisfecho, pero tuvo que alzar los brazos algo más de la cuenta, puesto que su oponente se alzaba unos centímetros más hacia arriba, y ya era alguien alto. Difícil darle en la cara si se apartaba retirando el rostro, mas alcanzó la barbilla de su rival más voluminoso dos veces con los puñetazos, y aprovechando la confusión de éste, dirigió los nudillos en un movimiento cruzado a su cara en pleno avance. En la misma fracción de tiempo, el gigante antepuso ambas extremidades para frenarle por el antebrazo, pero Khôr había transformado el ataque en un improvisado codazo, dándole en el ojo expuesto a Begdard. Sonó un crujido, y al segundo después el fortachón se estaba retorciendo por el suelo. Era en el mismo sitio donde el joven lobo le hizo la cicatriz con la botella rota.
El mayor del clan de los Estrellasalvaje iba a acercarse mientras los aplausos sorprendidos le vitoreaban de nuevo, mas el hijo de los Garradeoso le arreó un puñetazo en la nariz que le hizo sangrar y marearse por el violento impacto. Begdard, derrotado de nuevo por aquél debilucho, aquél que no era tan alto y tan fuerte como él.
Sangraba por la boca, habiéndose mordido hasta la lengua de los golpes que había recibido, y ciego de ira, lanzó a su valeroso retador tierra en los ojos. Éste saltaba hacia atrás, cegado por los gránulos que nublaban su vista, que le picaban y no le permitían ver. El robusto chico, rabioso pero vencido nuevamente, le sacudió aprovechando el momento un codazo en la espalda, y Khôr cayó al suelo. Escuchó cómo Begdard recogía algo metálico de allí mismo.
¡La espada, y con ella le mataría! ¡Todo se habría acabado entonces!
—¡Voy a matarte, hijo de perra!—gritaba su enemigo, cegado por la furia.
Soltó una terrible patada al otro, que intentaba levantarse, en el pecho, dándole la vuelta y dejándole allí de espaldas en el suelo otra vez. Fue a ejecutar un letal corte en el cuello para separar la cabeza de su cuerpo cuando Sven le detuvo, sujetando con su fuerte mano la de Begdard, que se autoproclamaba el vencedor. Estaba claro que los miembros del consejo no pensaban igual.
El Garradeoso salió de escena empujando a quien se ponía en su camino, amigo, pariente o no. Orgulloso aunque espeso de reflejos, el chiquillo pálido se levantaba con un gruñido lastimero más dolido por la injusta derrota que por los golpes de su antagonista. Ganó a los ojos del consejo y la tribu demostrando un valor digno de un campeón, pero para sí mismo estaba derrotado de manera inexcusable e imperdonable. Su antagonista le miraba una vez más lleno de rabia, y Khôr le dirigió sus pupilas oscuras tanto como los discos de sus iris, dedicándole una frase lapidaria de esas que caen sobre uno por una vida entera con todo su peso.
—Ahora que has perdido un ojo, puede que aprendas a ver—.
Llevándose una mano a su ojo dañado, Begdard caminó entre las pocas chozas y las yurtas gimiendo de cólera, gruñendo insultos y maldiciones agraviado por el suceso. Khôr miró al consejo, considerándose responsable de una gran falta aunque la voz de uno le expuso su victoria ante todos:
—Eres el vencedor, pero a tu espalda… a tu espalda sucederán cosas en el campo de batalla. Nunca debes darla a nadie. La piedad no es para los nuestros—.
—Lo sé, he vencido y he perdido. Debería haber ganado sin dar la espalda a un enemigo, pero no fue así, y dudo que Choddan y Qidara estuvieran satisfechos con la pelea. Dejad que os diga: no siento un triunfo por esto y estoy seguro de que para mis ancestros no he sido digno. Pero salvaré mi nombre. Mañana, obtendré al fin mi honor tras haber luchado contra el Oso Negro, y traer pruebas no de un enfrentamiento, sino de su muerte. Volveré con su piel o cargándolo a rastras, o heridas de garra en el pecho—decía con voz de resignación, aunque apasionada pues con el orgullo ultrajado todo lo que quería era reponerlo.
Poco sabría, aún, de que demasiado orgullo conduce a la perdición y que la falta del mismo, sea real o imaginaria, lleva al mismo camino.
Los demás le trataron de hacer entrar en razón, pero no pudieron. La suerte estaba echada: Begdard ganó con trampas, pero ganó. Así lo veía y no cambiaría de parecer. Nadie le dice qué debería hacer al que escoge su senda si está determinado a ver sólo lo que quiere ver. Pudiera ser que la realidad le devolviera al suelo firme.
De todos modos, según la tradición, lo que estaba aconteciendo no presentaba irregularidad. Si un guerrero se iniciaba como adulto antes de la edad, el primero de su generación, y era derrotado, para limpiar su nombre ante los dioses de la guerra debía compensar su fracaso con una victoria superior. Y cuando se miraron todos los del consejo de la tribu, supieron de la suerte que esperaba al joven. Morir en la estepa a manos de un oso negro, un animal terrible del que se contaban leyendas, como que nadie había conseguido matarlo, que su piel era dura y con escamas de piedra, sus ojos, encendidos por la luz del fuego infernal que ardía en ellos.
Pero, para volver con la cabeza alta, debía de cumplir con la tradición, aquella era la vieja costumbre.
“Vuelve con la muerte o la piel del oso, o con alguna herida suya, y limpiarás tu honor demostrando que con las manos desnudas pudiste derrotarlo mejor que a un hombre con armas”.
También había una máxima mucho más sabia de la que Khôr se acordaba, yendo hacia su hogar mientras seguía el camino acompañado de su hermano pequeño, que había visto el combate.
“Si te enfrentas a la bestia con sus mismas armas, perderás…”.


El lobezno

Año 996, 6ª era Arryana. Invierno.

Pasaron un par de meses, o eso se estimaba, desde que Khôr tuviera su primera experiencia en el combate. Todavía era un niño, pero eso no le impidió en modo alguno el impulso de unirse al ataque en el que una horda de invasores fue rechazada con fuerza.
Y el pequeño muchacho de melena en corte cuadrado, de tono oscuro, recordando este valor no al alcance de todos, se sentaba escondido entre las piedras sagradas cercanas a los bordes del bosque, viendo a algunas mujeres de la tribu bañándose en un río ancho y tibio, en vez de frío.
Se rumoreaba que bajo la gélida tierra, ardía la sangre de las montañas, y por eso quizá el río era una fuente termal.
Sonreía feliz viendo a las mujeres reírse y jugar con el agua, mientras él se comía un pedazo de carne seca, en su escondrijo.
Recolectaba fragmentos de piedra y los ponía al alcance de sus manos, y de vez en cuando lanzaba las pequeñas piedras al agua y se agazapaba como había visto hacer a un león de las nieves, de modo que las mujeres no veían qué o quién las molestaba.
Khôr se hartaba de reír, pues esta estrategia le servía para hacer que ellas saliesen del río, y podía verlas desnudas de nuevo y al natural, hacerlas volverse para mirar sus pechos, y un sinfín de diabluras. Debía estar con los demás chiquillos, jugando a matar enemigos, practicando lucha con las maestras de su tribu, o partiendo leña, pero no, él ya se divertía a su manera. Y siempre, al atardecer, volvía a casa.
Así pasaban los días, y al hacer el cuarto mes desde que bajó al Llano de los Muertos, un valle con una planicie húmeda donde el chamán de su tribu le inició en un ritual privado con hongos alucinógenos (el joven creyó luchar contra guerreros esqueleto, o bien fueran resucitados mediante nigromancia), Khôr salió de la choza junto a su hermana Midden, que hacía una pequeña estatua o muñeca con tiras de cáñamo, palitos de madera y barro arcilloso.
Olía el aroma de la tarde, frío y pesado, y su padre ultimaba unos asuntos con los demás hombres del consejo del pueblo, en la gran cabaña de madera justo en el centro del lugar.
Vio también cómo se formaba un corro alrededor de algunos de su tribu que venían heridos, con la cabeza rapada y el cuerpo pintado, el cabello en crestas o coletas. Eran los iniciados ese año.
Algunos volvieron heridos, otros medio muertos, algunos muertos del todo y otros que ni volvieron tras una contienda en los límites de las tierras del Cuervo.
Los que habían sobrevivido a la iniciación eran tratados ya como adultos, pues tenían 18 años y habían pasado una prueba de valor, honor y fuerza.
Ya eran guerreros y formaban parte del consejo de la tribu.
Incluso habían chicas, entre ellas una en especial que atrajo la atención del pequeño Cymyr: era una muchacha de unos 16 años, con los ojos azules y el cabello castaño.
Iba pintada con runas de color negro en la bronceada piel y caminaba portando una espada de un filo, totalmente tatuada con una especie de serpientes en la hoja.
Takkan, el padre de Khôr, iba hacia la joven, que le abrazaba al mismo tiempo.
La miró con orgullo.
—Qué grande estás, Sunna. ¡Te has puesto tan preciosa como tu madre, y miras con los ojos de tu padre! ¡Qué gran mujer intentarán ganar en todas las aldeas!—.
—Gracias, tío Takkan… ¡Pero creo que exageras!—respondió ella con una sonrisa deslumbrante.
Sunna, que así se llamaba, clavaba su espada en el suelo y le daba dos besos a su tío.
Khôr casi olvidaba que debía ir a labrar el campo (o lo que quedaba tras un terrible vendaval), así que desapareció de escena. Takkan entraba a Sunna a su cabaña, presentándola a K’niri con un gesto afable, y fue recibida con respeto y adusto cariño. Tras dos besos de bienvenida, la muchacha vestida con pieles oscuras que tapaban lo justo de su torso y bajo vientre miraba curiosa a Aïki, que comía algunos frutos secos. ¿No tenían uno más crecido?
—Sunna, quiero presentarte a nuestros hijos. Éste es Aïki y cumplirá pronto nueve inviernos—.
Ella besó en las mejillas al pequeño Aïki, y Midden entraba en la choza con la muñeca que había hecho por sí misma. La joven Sunna, de rostro broncíneo y redondo, se agachaba para besar también la frente de ella.
—Es Midden, la mediana. Ya tiene diez años. El mayor… ¿dónde?—inquirió Takkan mientras miraba a K’niri, y ésta le respondía casi interrumpiéndole: —Khôr ha ido al campo. Parece poco entusiasmado últimamente, cree que el cuerpo de la Madre se ha vuelto infértil tras el tornado, y que no nos dará fruto alguno—.
—¿Un primo campesino? ¡Eso nunca se ha visto!—medio sonrió la muchacha guerrera.
—En realidad le obligamos o para él no habrá carne. El labrar, aunque no valga para nada al final, templará su espíritu. Khôr nos da muchos problemas a veces, y hemos de encontrar el modo de forjarle, o cuando crezca será un manojo de gruñidos y con un humor horrible. ¡No podremos casarlo, y ya he recibido dos ofertas!—confesó el hombretón, al que criar al mayor le resultaba conflictivo dado el carácter del niño.
Los Cymyr rara vez trabajaban la tierra según la vieja tradición, y eran nómadas hacía varias eras. Extinguían los recursos y volvían a otras tierras o se establecían en algunas deshabitadas, normalmente, si tenían posibilidades de subsistir allí y poder quedarse.
Sunna sabía por dónde quedaban los campos de la tribu del Lobo, pues ella había vivido de muy pequeña con ellos hasta que sus padres se unieron a la del Halcón de las Nieves, que eran los más poderosos, y vivían cerca de Mirryal, una tierra que sólo habían visto unos pocos.
Sin embargo, la influencia de tal tribu, aunque presente en varios sitios, mermaba considerablemente al paso de los años en comparación con el respeto que las demás le tenían a los Lobos.
Mirryal, según decían, sería la capital de Kymirnn, lo más avanzado que habría en tierras bárbaras, y su Kahn, Jhaan-II el Cruel, ejercía su dominio sobre el resto de las tribus con mano de hierro.
En cierto sentido no era un rey de sangre real, aunque entre bárbaros la hubiese de alguna forma… Pero era el más terrible guerrero según el código de las tribus, el que las manda en la batalla.
Por tanto, exigía que le llamasen rey, mas no lo era. Podían rebelarse entre todos, pues uno solo no tenía derecho al vasallaje de otros.
Simplemente, trataban de olvidar el tema, y le presentaban sus respetos.
“Un caudillo con aires de grandeza sería lo más parecido”, pensaba Sunna, que muchas veces se cuestionaba la manera en que las cosas estaban hechas en su salvaje país.
Para el atardecer, Khôr araba la tierra junto con algunos muchachos más, entre ellos uno bastante alto y fuerte, con unos 21 años cumplidos y un tatuaje en el brazo derecho en forma de espinas saliendo de una especie de “M”.
El chico se acercó al más pequeño, a quien que se le había interpuesto un buen pedrusco ante su herramienta, atascada bajo la enorme roca semienterrada.
El fuerte muchacho de cabello negro y ojos azules ayudó a Khôr con el arado y lo desatascó del lugar.
—No sé cómo…—.
—No me lo agradezcas, hijo de Takkan. Sé quién eres, tu padre habló hoy de ti en el consejo—le sonrió el otro nómada.
—Vaya, seguro que no fue bueno lo que dijo. Nunca he podido hacer que esté orgulloso de mí, cree que soy un animal en lugar de un niño—gruñó Khôr entre dientes, mirando de abajo a arriba al muchacho que tenía delante.
—No fue malo ni bueno. Dijo que querías ser un guerrero y que no ibas a ser iniciado hasta… dentro varios años más adelante, como mínimo, aunque tú querías hacerlo con mucho dentro de dos. Hoy ha sido el final de mi prueba, ¿sabes? Y la he pasado con honor. ¡Más vale tarde que nunca! Ahora debería estar en el consejo o entrenándome levantando más piedras, pero me gusta el campo. Sí, los hombres pueden vivir sin tener que matarse, y si esta tierra florece algún día, aprenderemos a amarla mejor que regándola con sangre en cada migración—.
Los ojos de azul hielo del alto joven brillaron con algo que el pequeño Cymyr no sabría comprender, y la sonrisa que le dedicó el otro muchacho no era menos que amistosa.
Quedaron muy entretenidos y hablando de sus cosas mientras araban la tierra, sobre sus sueños, las armas… ¡Las mujeres!
Sunna había llegado al lugar, muy sonriente, poco después del encuentro. Y no tardó en llamar al bárbaro de menor edad.
—¡Khôr!—.
Él se dio la vuelta y advirtió a la muchacha de ojos azules que estuvo mirando mientras los iniciados venían. Sus ojos de oscuro color castaño se entrecerraron, quedando más rasgados que de costumbre. Era tan bella… y con esa espada a la espalda, y la alta cola de pelo en su cabeza daba el aspecto de una reina guerrera.
Le parecía la enviada de un dios para llevarle a su paraíso. Dejó de boquear como un bobo cuando ella estuvo más cerca, y desvió la mirada de los senos de suave curvatura que se mostraban en el escote de pieles que ella vestía.
—Yo soy Khôr, ¿qué quieres de mí?—.
—Soy tu prima Sunna, la hija de Gunan, hermano de tu padre. ¿Quieres venir a la fiesta para recibir a los iniciados? Empieza en un rato y me gustaría conocerte. Hasta hoy nunca nos hemos visto. ¡Tu padre dice que eres un trasto, pero que sueñas con ser un gran guerrero! ¡Quizá aprendas algo de los que ya lo son!—sonrió ella.
De nuevo le deslumbraba el encanto que ella rezumaba por todos los poros de su piel, el brillo de sus ojos, el dorado trigo de su cabellera y su sonrisa blanca y sincera.
—Ah, claro—sonreía Khôr tímidamente, —Ven con nosotros, er…—.
El joven bárbaro de pelo cobrizo miró al otro, la breve pausa pedía el nombre del alto muchacho de cabello largo y negro.
—Rhys— dijo al fin.
Khôr asintió a la cabeza. Los tres caminaron hasta llegar al límite de los campos, entrando en el recinto del pueblo, con sus chozas de madera, si bien algunos aún vivían en yurtas.
Cada palabra de Sunna, pronunciada con ese tono suave y a la vez casi ronco (como es normal en las chicas que van desarrollándose), hacía que Khôr se sintiese como borracho. Se preguntaba una vez y otra, qué demonios le ocurría.
Sin más, se sentaron alrededor de la masiva fogata que brillaba bajo las pléyades, y tras una enorme mesa de tosca madera al frente de la hoguera, vieron a todos los iniciados y no iniciados.
En la enorme mesa, los personajes más representativos de la tribu: Sharn Duhb, el líder, llamado “el Águila”, con su melena canosa y sus músculos prietos en sus brazos. Kroon el chamán-lobo, llamado “el Rojo”, con sus pinturas rojas en la cabeza y la trenza de cabello castaño en lo alto, pues lo demás lo tenía afeitado.
Chruag ‘ Mornann, el chamán señor de los osos, tan alto y fuerte como uno.
Takkan, “el de hierro”, y finalmente Sven el nórdico llamado así en boca de sus enemigos, por provenir de una tierra llamada Aerd aunque se le discutía mestizaje. De ojos azules, con el liso y largo cabello tintado rubio en tiempos que presentía una batalla cercana, su barba presentaba largas trenzas que le caían por el pecho, y había sido aceptado por la tribu cuando era un crío. Sabía muchas historias de héroes y de magia e ingenio, y los niños y los mayores por igual siempre se sentaban a escucharlo.
Los iniciados iban avanzando hacia el fuego, y eran declarados guerreros.
Qué sorpresa para Khôr cuando vio a su prima siendo nombrada guerrera a los 16 años.
Los representantes de la aldea y la tribu dieron un breve discurso a los que serían iniciados dentro de un año, y dicho esto, se celebró una gran fiesta bárbara, tanto para jóvenes como para no tan jóvenes.
Los iniciados eran premiados con collares hechos con dientes, y augurios tan buenos como amargos al haber la lectura en las runas que aprendices de chamán interpretaban.
El joven “lobezno”, cuya melena le caía larga por detrás y a los lados, y su flequillo quedaba recto a un dedo de las cejas, quedó dormido en los brazos de su prima, harto de fuerte aguamiel. Junto a tan valerosa y tierna mujer, siempre que la mirara o desde que la conociese por vez primera, tuvo un certero presentimiento que provocaba un embriagador latido frenético en su pecho. Se veía mayor y poderoso, con la melena bien crecida y el cuerpo de un hombre de espada y martillo.
Porque en ese sueño, aquella noche, se vio a sí mismo en un charco del suelo y tras él rompía una lluvia inclemente entre llamas de fuego: se reuniría la tormenta de acero y formaría parte de ella.