Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Cap. 03 – La Fortaleza Negra.

La Fortaleza Negra (VII)

Tarja, que observaba estremecida por ver el cuerpo sangrante del joven, se abanicaba, mirándole. Sus ansias de sangre humana habían crecido más que el rubor de una virgen al contemplar por primera vez la rama dorada de su amante, y el abanico de color oscuro que movía dándose frescor brillaba, quizá por el reflejo de la misma luz fantasmagórica que se reflejaba por todas las facetas vidriosas provenientes del enorme ataúd de cristal.
Era como la luz del sol sobre el hielo azulado.
—Has aprendido bien nuestra lengua en muy poco de tiempo, bárbaro… eres un salvaje excepcional. ¿Considerarías quedarte conmigo y ser mi mano derecha? ¡Dominaríamos en pocas décadas estos territorios olvidados! ¡Serías mi amante y mi rey, príncipe Khôr!—.
El joven muchacho no entendía del todo a la vampiresa, pero estaba decidido a matarla.
Era un ser oscuro, y aunque él no era de la pureza del bien, tampoco se decantaba por el mal. No podía olvidar el llanto silencioso y las cálidas lágrimas de la joven muerta a sus manos. Era algo que debería hacer pagar a la condesa.
Su honor lo exigía así.
—Tú bromeas. ¿Príncipe de los muertos?—gruñó él con sarcasmo.
Pensó protestar con un enrojecimiento que crecía en la zona de sus mejillas y pómulos por la obscena idea de ser el amante de una mujer vampiro. No le daría tiempo ni a crecer porque sabía que ella mentía… o no. De todos modos, estaba planeado que él muriera esta noche, y se convirtiera en otro condenado más.
Se mordió el labio inferior y se encorvó hacia delante al mismo que la vampiresa seguía abanicándose despacio. Algo mareado por el esfuerzo de antes, y puede que por eso que respiraba también, tenía los brazos algo débiles. Ella no cesó en sus intentos.
—Has matado a mis siervos. Siervos con sangre poderosa en sus venas. Ahora son polvo. ¿No te das cuenta de dónde viene tu poder? ¿Cuál es tu verdadera sangre, príncipe?—.
Él negó con la cabeza. Y el que ella le llamase “príncipe” le hacía sentirse como un muñeco con el que jugar, como si le estuviera apodando “mascota”, por venir de quien venía la palabra. De todas maneras no vio nada más allá de palabras que medio entendía, y se armó de valor nuevamente.
Notó que el sangrar de su pecho y hombro se había detenido, y que no había ya marca alguna de garras. Rió, creyendo que se había vuelto loco, o que todo fue una ilusión.
La daga ahora brillaba roja intensamente, en el capullo de rosa al final de la empuñadura.
El joven salvaje corrió hacia la vampiresa con la espada en la mano izquierda y la daga en la otra, y lanzó un corte descendente hacia la cabeza de la mujer del cabello gris.
Los ojos violáceos de ella brillaron como un fuego alimentado por el infernal ardor de una llama mágica, y antepuso con la mano derecha su abanico a la hoja sin filo de aquella espada vieja.
La detuvo con el útil de airearse, y giró el brazo y la muñeca hacia el interior, tirando al suelo al nómada norteño y desproveyéndole de la espada, que salió volando por los aires. Aún era un insecto que aplastar.
Sangre que beber. Sería un desperdicio matar al futuro hombre con el que podría dominar Arryas. Un desperdicio sabroso. Por eso, alzó el abanico, del que asomaron las afiladas y finas puntas que brillaban en la tenebrosa claridad del averno personal de Tarja, y las hundió despacio en la carne del cuello del joven, haciendo brotar el rojo néctar de la vida mientras él trataba de recuperarse del terrible golpe contra el suelo.
Entonces, una explosión luminosa llenó el lugar, una claridad azul de núcleo blanco tan fría como a la vez ardiente. Esparciendo los rayos por toda la estancia, una sombra se alzaba con las alas abiertas, como un ángel oscuro en medio de una luz celestial. Su voz tronó en todo el lugar como un eco desde algún punto de las galaxias más oscuras.
—¿Quién ha osado profanar el santuario de la rosa? ¿Quién ha despertado sin permiso a su guardián y maestro?—exclamaba la voz de aquél.
—¡He sido yo, mi señor de la noche y el caos! ¡Yo os he despertado, tras lustros y siglos de verter sangre por este santuario de cristal y rosas, para que tuvieseis la fuerza de escapar y devolver la oscuridad al mundo!—.
Tarja dejó de hundir las delgadas cuchillas en el cuello de su presa, y quedó como en un extraño trance unos segundos, los suficientes como para que el humano de corta edad se alejase de ella, repuesto, y quedara en pie con la daga en la diestra.
—¡Mentís, pues sois la hechicera que engaña los corazones con una caricia para luego arrancarlos! ¡Queréis mi poder, mas yo os expulsaré de mi santa tierra!—.
Los ojos azules del recién despertado ser, aquella entidad cuasi divina, miraron a Khôr, que con desconcierto y un espasmo de temor supersticioso, alzó la daga de la rosa, manteniendo la distancia entre la vampira y el humanoide alado, en esencia, un dios.
—¡Tú traerás el caos al mundo y no yo… pero también podrás… Sí, ¡eres tú quien sólo puedes!—.
El guardián, con esa voz que no era de nadie y como de todos penetró en la mente de Tarja y en la del humano, y les mostró lo mismo: una visión extraña aunque luminosa y que en ningún momento pudieron asimilar como nada.
La luz se expandió en oleadas y tentáculos azules sobre todo el lugar, mientras Khôr corría subiendo las macabras escaleras libre de toda visión, y el suelo temblaba. Los muertos que sobresalían del suelo empezaron a chillar, a moverse, y poco a poco, escapaban de sus nichos en la tierra oscura e infértil que escupía las heces del mundo.
La terrible vibración, un terremoto, hizo que la sangre del santuario se precipitase como una ola, con el húmedo crujido del mar contra las rocas, llegando al techo y empañando de rojo las estalactitas y en el suelo las estalagmitas, que dispersas y aleatorias, se alzaban como los dientes de un dragón, amenazantes y afiladas en todas partes.
Corrió el pesado cerrojo accionándolo por la palanca que le daba una forma a la pieza en  “L”, y cerró la puerta pero sin llaves, y en la carrera derribó las armaduras sobre el camino para retrasar a los vampiros que venían por él al otro lado del corredor. Si les vio fue porque sus ojos brillaban en la oscuridad, a su izquierda.
Vivianne saltó sobre él antes de alcanzar la puerta de la salida, bajo una balconada doble, al final de muchas columnas que se resquebrajaban mientras la antinatural vibración en los cimientos del castillo balanceaba terriblemente la estructura.
La vampira del cabello rizado se clavó en la piel de él con sus uñas, y lanzaba dentelladas al cuello del joven con dificultad, sólo porque Khôr no paraba de moverse, tratando de sacudirse a la fatal fémina.
Con tal violencia la asió del corpiño, echando la mano izquierda por encima del hombro derecho, que el cuero de la prenda de Vivianne reventó y dejó sus suaves pechos al aire, rematados en sus respectivas aureolas por pezones de un color rosado con la hinchazón de excitación.
La vampira de rizado cabello trató de morder al joven bárbaro nuevamente, arrojándose por él esos momentos que el castillo temblaba como la gelatina, y Khôr, sintiendo en su piel por primera vez unos pechos de mujer, gritó en un nuevo intento de quitársela de encima.
Se sintió rabioso y contrariado, violento, al tener que clavar la daga entre aquellos dos senos, y sangrar a la preciosa joven vampira, que gritaba de horrible dolor cayendo al suelo, mostrando una inhumana mueca, con el rostro deformado en una máscara bestial y retorcida.
—¡Qué desperdicio!—gruñó él abriendo las puertas y saliendo por el patio de tierra, tan dura como la misma que había bajo el castillo, en las entrañas de ese lugar maldito por tres veces.
De aquella tierra emergían cuerpos… de personas ya muertas, como las otras que vio entre el terremoto de las catacumbas, poco visibles, pero Khôr no necesitaba mirarles para saber que el brillo de la vida abandonó sus ojos, y ahora eran muertos que vivían para alimentarse de los vivos. Las arenas del tiempo habían cesado para ellos, eran muertos vivientes… otros, vampiros.
El bárbaro salía del portón a trompicones violentos. Una figura le agarró del hombro derecho, rasgando este con las uñas, y el indomable joven guerrero le lanzó un codazo de media vuelta con el brazo izquierdo, acertando en el pómulo bajo el ojo izquierdo de la figura que le amenazaba, y al azotar su vientre con un puntapié circular, lanzó al vampiro de larga cabellera negra a varios pasos de distancia.
Khôr arrojó la daga al monstruo, que entre los muertos vivientes, no parecía distinguirse demasiado, salvo por su velocidad y fuerza.
La daga atravesó el espacio entre los contendientes con un silbido. Si esta se clavara o no lo mismo le daba al joven bárbaro. El aullido de dolor que lanzaría la criatura de la noche, décimas de segundo tras darse la vuelta el joven y correr hacia el camino que debió haber seguido  hace dos noches, le erizó el escaso vello de los brazos. Hasta ese momento, no le había afectado nada tanto, pues supo que durmió dos días casi en esa residencia de espectros bebedores de vida.
La luz azulada envolvía el lugar y salía de las estrechas ventanas y juntas de los negros ladrillos de piedra del castillo de Tarja. Una explosión de luz azul devastó el lugar, dejando sin sentido al bárbaro, y lo lanzó por el aire igual que si pesara lo mismo que una ardilla.
Despertó del golpe, aturdido, tras un largo tiempo que él no podría precisar. Por suerte los lobos no se lo habían comido, y ningún ser se estaba disputando sus tripas.
Se levantó asustado en parte, y miró la colina por la cual había caído volando la noche anterior… y sólo había ruinas en su cima. Otro día entero durmiendo.
¿Cuatro o cinco piedras podrían llamarse ruinas? ¿Qué le importaba al Cymyr las ruinas apenas del castillo, si el sol había salido con más fuerza que habitualmente esa mañana, y ya estaba listo para otra increíble aventura?
Se desperezó, tratando de olvidar lo sucedido en aquella terrible noche, y la plateada perla, casi imperceptible en el horizonte plomizo, se hallaba aún baja, mientras que la luna, seguida de una segunda menos perceptible, iba a reposar en la parte contraria del horizonte.
El bárbaro echó a andar, intuyendo la dirección que le estaba llevando cada vez más lejos de sus estepas llenas de demonios. Lo dejó todo atrás. Muy atrás.
Sunna le estaba esperando…
Tan sólo las estrellas recordarían el encuentro de esta noche.
En horas, la oscuridad volvía a cubrir con el manto las perlas celestes que brillaban en la negrura, mostrando el camino al caminante, la luna a los lobos que aullaban, y a una figura femenina de plateado cabello un nuevo comienzo para su no-vida.
“Allá donde estés, nos encontraremos. Esperaré a que crezcas y te hagas un poco más fuerte.  Entonces nos volveremos a ver…”.
Una carcajada se elevó en la distancia sobre las ruinas que tan lejos había dejado un criajo salvaje el día anterior.
Ella reía con voz cristalina y diabólica al mismo tiempo, como toda vampira escondida en la carcasa de la dulce humanidad.

“Sí, Khôr. Nos encontraremos pronto… ¡Y no te será tan fácil huir de mí!”.

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La Fortaleza Negra (VI)

Después de haberse sentido abatido, se recuperó, enfureciéndose por lo que se había visto obligado a hacer. Los de su pueblo hablaban de una morada en el reino de los muertos: una tiniebla en la que jamás hallarían la luz.
Sin esperanza en la otra vida, los Cymyr aún enterraban a sus muertos, pero se estaban acostumbrando a las piras, pues los chamanes consideraban que el cuerpo contenía energías aún, e incluso el alma, la cual había que liberar del reino mortal para que encontrase morada en los vientos de las negras montañas.
También se evitaban que volvieran a la vida como muertos vivientes, o vampiros.
No pudo evitar que le invadiese un vacío perturbador y que la fuerza de la furia se amilanase ante el dolor de la pérdida.
La primera mujer que tuvo en sus brazos se había convertido en ceniza.
Alejándose del triste momento, el salvaje abrió la puerta, sin prestar atención al pinchazo de antes, pues con las llaves que quedaron bajo las cenizas, se le ocurrió que podía ir saliendo a recorrer el interior del castillo, daga en mano.
Por extraño que le pareciese, el capullo plateado de rosa que hacía de pomo se había enrojecido levemente.
“Qué extraño”, pensó.
Caminaba por un pasadizo ancho, repleto de armaduras de caballeros con espadas largas de mango para una mano, y al fondo, una estancia cerrada por un enorme portón de hierro y madera. Lo abrió probando con las llaves, y dando con la adecuada, giró la cerradura en su momento, y entró.
Había aprendido de los cerrojos únicamente porque había visto la manera de accionarlos mediante llaves observando los arcones de los mercaderes que pasaban por las estepas para comerciar con su gente.
Lo que vio tras la puerta no era para los ojos de un hombre, y dejó caer la daga con súbito pavor. Una escalera tallada en la roca, rodeada de cadáveres en los huesos, sangrados hasta exagerar, y una cascada roja que caía a los lados de las escalinatas de antigua piedra que bajaban al foso burbujeaba en una especie de canales.
En el techo unas estalactitas de cristal brillante, tan brillante pero tenebroso como la cueva en la que había posado la mirada hace unos segundos. El lugar llevaba a un nivel bajo tierra.
Se giró hacia las armaduras y tomó una de las espadas.
No estaba demasiado afilada, y era ligera. Podría partir unos cuantos huesos con ella, y deshaciendo un cinturón de una de las armaduras, se puso la espada atravesada por el tahalí de cuero marrón claro, bajo la cadera izquierda.
Era un arma de hoja fina, y guarda cruciforme, en color metálico y envejecido. Decorativa, más que un arma, y de mala calidad, no se asemejaba a las espadas bárbaras de su pueblo en nada, pero podía servirle. De momento no había aparecido con quién usarla.
Y la daga que empuñaba en la diestra, le volvía a dar el pinchazo al retomarla del suelo. Esta vez, no pasó nada en concreto, así que abrió la mano, pero no encontró ninguna aguja.
Apenas dos minutos, el tiempo que le llevó hacer todo lo anterior, fue lo que se quedó antes de escuchar un lejano taconeo.
Lo había oído antes: Vivianne.
Cerró la puerta tras de sí al internarse en la cueva, por suerte las bisagras estaban bien engrasadas. Corrió un grueso pestillo de hierro, y se maldijo en silencio cuando el taconeo estaba más cerca aún que antes. Si hubiera empuñado la daga en lugar de dejarla caer…
De espaldas, bajó en silencio algunos peldaños, mirando hacia la puerta. No escuchó ruido alguno, pero Vivianne parecía alejarse.
Eso le dejó respirar un instante, el suficiente como para aspirar algo abominable bajo sus pies. Los escalones que estaba pisoteando eran lápidas, arrancadas de alguna suerte de cementerio, y entendió que los cadáveres a ambos lados, adornando la bajada, podían haber sido los muertos bajo las losas. Al bajar y bajar, el aroma de la carne muerta y descompuesta le iba mareando, y al final, desembocó en el terrible y onírico camino oscuro.
Habían negras ruinas y capillas destruidas, seguramente profanadas. Observó cómo de las paredes de cristal azul celeste y de las picas que emergían estáticas del suelo de tierra seca y dura, brotaban ramificaciones verdosas, que terminaban en rosas rojas, tan rojas como la sangre. La oscuridad a lo lejos solamente delataba un eco.
El del río de sangre que lo recorría por los lados y se perdía bajo tierra, para subir de nuevo en otro canal y llenar una urna de cristal celeste invertida, que contenía algo.
¿Qué imaginación retorcida había podido albergar un lugar así y llevarlo a cabo?
Tomó la daga con recelo, esta vez más del normal, mirando a todos lados y girando en todo momento sobre sí mismo. El diente enorme de cristal, al cual se acercó, no era una urna en cierto modo, pero tenía a alguien dentro. Era un ataúd.
La risa de Tarja resonó detrás suya y se volvió con los ojos abiertos como platos. Sus dos ayudantes saltaron sobre el joven bárbaro y éste se echó a un lado, era como luchar con lobos, esquivar sus continuas acometidas y soltar el golpe cuando el ataque hubiera finalizado al segundo de reponerse para la siguiente embestida.
Khôr era también un lobo. Un lobo asesino y cruel en lo mas profundo de su corazón, pues así esquivó una patada a la descubierta zona pectoral, echándose atrás, y saltó sobre el vampiro colgándose de su cuello con las manos, sujetándose con las piernas rodeándole el torso.
Mientras su atacante estaba sacudiéndole como a un estorbo, el joven bárbaro le golpeó en la nariz con la cabeza, una vez y otra, haciendo brotar el rojo líquido.
Los golpes furiosos atontaban al vampiro hasta hacerlo caer pero no le mataban, y el otro, indeciso, no sabía si lanzarse, temiendo por dañar a su compañero.
Tarde.
El bárbaro le clavó la daga plateada al aturdido chupasangre en la cabeza, haciendo fuerza abrió su cráneo en dos mitades empapándose de sangre y viendo unos sesos viscosos que por poco le hicieron arrojar lo que había comido.
Los ojos del muchacho bárbaro ya no eran los mismos tras un momento tenso, brutal, lleno de materia gris y sangre chapoteando bajo el peso de sus botas. Se apoderó de él una extraña locura de la que apenas era consciente, y la niebla roja veló su vista unos instantes, por arriba y por abajo.
Le gustaba la sangre que se iba derramando.
Y mientras el vampiro se agachaba y flexionaba las piernas, la daga del bárbaro refulgía roja, y el capullo de rosa en la empuñadura se iba llenando de un brillo más intenso. El vampiro y el bárbaro se lanzaron el uno por el otro con decisión.
El primero brincó asestando una patada en el pecho de Khôr, que se levantó lo más rápido que pudo, dolido sólo en su orgullo, y corrió a por el vampiro de nuevo, que se lanzaba contra él como un enorme felino.
Agachándose en el momento oportuno, derrapó a través del cuerpo del vampiro a la carrera, pasando por debajo de él. Desprotegido ante tal maniobra, el bebedor de sangre que al caer al suelo gimoteaba de dolor, se echaba las manos hacia el pectoral derecho y el costillar.
Se acercó al lecho de uno de los ríos de sangre, y empezó a beber… aunque su regeneración fue casi instantánea, Khôr no le dejó respiro alguno, y clavó la espada que portaba en medio de la espalda, partiendo su corazón, y fijándole al suelo como si fuera un tablón claveteado por un carpintero.
Mientras el muchacho se reponía del duelo, recibió un garrazo que le llegó desde el hombro derecho hasta el tórax, sin saber cómo.
Su dolor desorientó un poco su instinto, pero se agachó y rodó por el suelo cuando notó una pequeña corriente de aire sobre su cabeza. Así, vio al vampiro que no detectó en ningún momento, en el techo, y que se había posado en el suelo para luchar contra él.
Cuando uno de los brazos del cortesano oscuro se abalanzó con celeridad contra el cuerpo del joven, éste paró la garra del vampiro, haciéndole cortarse los dedos de la diestra. Un terrible grito, y el joven desatrancaba la espada del vampiro clavado al suelo, cuyo cuerpo se había resecado como el de uno de aquéllos cadáveres en la subida por las escalinatas, y se empezaba a convertir en polvo, igual  que el del cráneo abierto.
El de los dedos cortados saltaba hacia el muchacho, que con la velocidad del puma salvaje que en ocasiones se veía cazando una presa en la estepa, arrojó la daga de la rosa contra el torso del vampiro.
Se le abrió una herida cuando el arma enterró su hoja en su pecho, pero aunque no parecía sangrar, un brillo rojizo envolvió al ser nocturno. Se quedó de rodillas…
Sangraba agonizante hasta convertirse en polvo en cuestión de casi un minuto. Y la daga quedó sobre un montoncillo ceniciento, del que fue recogida por el salvaje. Empuñando sus herramientas de muerte, el joven esperó más atacantes, pero no encontró ninguno en la lejanía neblinosa de aquel submundo.
—Estúpidos…—jadeó en su lengua, escupiendo luego al suelo—…Me gustaría ver lo que hubieran hecho con una espada en la mano—.


La Fortaleza Negra (V)

El criado de pelo castaño corto asintió, agachando el rostro de afilados rasgos atractivos pero ausentes, y la criada rubia de brillantes rizos aparecía por otro flanco de la estancia, llevando a Khôr hasta su aposento, candelabro en mano.
Entonces, ésta encargó a la joven de cabellos castaños conducir al huésped a la dependencia donde le alojaron, y el muchacho siguió el paso de ella. Notaba algo en su ser, un hálito de ofuscada felicidad y profunda tristeza. Su mutismo sólo hacía pensar más aún a Khôr en donde se había metido. No había averiguado nada.
La muchacha rompió el silencio, una vez cerrada la puerta del cuarto.
—Joven señor, debéis iros. Corréis peligro de muerte en este castillo abandonado en las tierras de vuestra gente. Si la condesa no os mata hoy, os hará un esclavo por la eternidad, como yo.  Abandonad ya este lugar de locos y sanguinarios demonios, no es lugar para vos, un joven aún por vivir… Ruego a la tempestad y al benevolente Solus para que os protejan de los vampiros que quieren vuestra sangre—.
Khôr pareció entender esas palabras hasta con su alma, sobrecogido por la revelación…y vio cómo la muchacha de lisos cabellos lloraba sus marrones ojos, dejándose caer en el suelo, aferrada a la pierna izquierda del bárbaro, intentando que éste abandonase el lugar con más explicaciones siniestras que él apenas comprendió, pero con lo dicho antes, que sí asimiló con sus conocimientos, eran suficiente.
En vez de huir (aunque su conocimiento del idioma era limitado, no lo era su valor) dejó a la muchacha en un lado de la estancia, apartándola de su pierna, sosteniéndola por los hombros con ambas manos, mirándola fijamente. Repasó sus cejas, un poco gruesas, y contempló asombrado cómo sus iris azuleaban solos, extrañamente, y las lágrimas que brotaban parecían las que humedecían un puñal asesino al sacarlo de un corazón, aunque no fueran rojas.
Acercó la nariz al cabello de la joven, y olfateó su aroma, también el de su piel, y ella le abrazó, sobrecogida por la tristeza. Aquél joven se parecía… quizá no su cuerpo ni su rostro, pero había algo que le recordaba endiabladamente a…
—Julyann, mi pobre Julyann—susurró ella notando que su cuerpo femenino y hermoso temblaba, aferrándose al cuerpo del muchacho una vez más, deslizando unas manos amantes por la espalda de él, al tiempo que Khôr la abrazaba.
Sabía que no era Julyann. Pero necesitaba hacerlo.
Sin Julyann, había enloquecido, y esperaba el ocaso que la llevara al sepulcro, recoger de entre sus propias costillas lo que latía y ardía, y entregarlo a su amor en la tumba.
Él no hablaba. Tomó el rostro de ella entre las manos, encarando sus hermosas facciones, aunque como ausentes y tristes, y se empapó con el arroyo tibio de sus labios, bajo la maraña de su cabello, reteniéndola contra la pared.
No invadió su boca. Sólo los sedosos pétalos.
Ella le miró, sus ojos oscurecían otra vez, y le apartó suavemente. Caminó hasta la cama donde Khôr había estado, y se agachó.
—Si ellos… son… gente malvada, demonios que beben sangre, tú y yo escapamos de esto—le susurró Khôr poniéndose a su lado, sintiendo que un halo embriagador le poseía, quería volver a tener sus labios, el olor a flores suaves de su piel, la fragancia afrutada de su melena…
Pero ella le parecía ignorar por el momento, y él no sabía del aciago pasado que revivía, pues una nube de recuerdos hermosos que se tornaban siniestros y terribles cruzó por el pensamiento de la esbelta fémina.
De cómo fue con su amante por las calles de su ciudad natal, y Julyann, joven y hermoso, de cabellera oscura, había escapado del monasterio blanco de los clérigos una noche de verano, no demasiado calurosa, y de cielo despejado y con cientos de miles de cuentas alrededor de la luna.
Retozaron por los exteriores del monasterio y se amaron apasionadamente, Julyann había guardado su virgo para ella, que por amor había hecho lo mismo y no se había entregado a nadie.
“¿Cuánto me amas?” preguntó él a la muchacha de cabellos castaños, besando su frente, situándose sobre ella. La joven le acarició el rostro con el dorso de una mano, y le dejó un susurro en los labios.
“Más que al sol. ¿Y tú, Julyann?”.
Ahítos de placer y abrazados bajo la claridad lechosa, sobre la corta hierba, escucharon los gritos. Los clérigos y los monjes gritaban aterradoramente, y cuando fueron a ver qué sucedía, por mera curiosidad humana, o por querer ayudar… ella ya estaba allí.
Casi desnuda, hermosa y ultraterrena, la mujer a la que servía la joven, pero varios años atrás, casi una vida.
En el momento de verse, ella avanzó hacia la pareja aterrorizada, e inmóvil por el pavor.
Tarja la besó. Luego, besó al amante de ella, y al toque de los oscuros labios, siguió un crujido astillado.
Cuando la muchacha de ojos marrones miró, recobrando su ser, saliendo del terrible trance, vio que la condesa había partido el cuello a su amante con las manos después de beber su sangre. Iba con un taparrabo y una capa, y unas botas altas hasta casi las ingles. El cabello encrespado, y sus hermosos ojos brillando en púrpura encendido. La muchacha no pudo resistir el abrazo entre sus senos blancos y grandes, de cimas erectas y aureolas redondas, perfectas, y brillantes por la sangre que se había derramado sobre ellas.
Volviendo en sí misma, se detuvo a mirar al joven varón que tenía delante. Parecía que los ojos de ella no expresaban más que el terrible abandono no del placer; de la tristeza.
El llanto que había acallado monótonamente todos estos años, iba a terminar por escapar de su garganta, mas no salió. El guerrero autóctono se mordió la lengua, como yendo a decir algo que no podía o no sabía expresar por mucho que lo deseara.
Pero supo pronunciar con valor y determinación una palabra que sí conocía en lenguaje común. Y esa era…
—Arma—.
Algo brilló en los ojos castaños de la mujer joven. Se inclinó sobre una rodilla junto a la cama, sabiendo que en el cuarto donde Vivianne alojó a Khôr, había un artículo que podía servirle de algo, y que quizá estuviera guardado en cierto lugar.
Sacó el cajón de madera de debajo de la cama, para encontrar algún tipo de arma.
Lo que extrajo fue un ataúd. Khôr apartó a la sirvienta suavemente, y lo abrió, quedándose extrañado de su tétrica forma y diseño interior rojo, como acolchado. Era un féretro del tamaño de Vivianne.
En alguna ocasión, el bárbaro había oído hablar de estas cajas para los muertos. No le prestó más atención, no había nada interesante dentro.
Contemplando a la muchacha otra vez, se juró llevársela consigo, y librarla del mal que la aquejaba, fuera como fuese. Ella le había avisado del peligro, pese a que todo había sido demasiado rápido, y el muchacho guerrero, que no crédulo, sabía de manera inconsciente que la joven tenía razón y no mentía.
—Puedes… venir conmigo—le susurró a ella.
—¿Yo? No puedo, mi joven señor, no podría vivir con vos pues me han convertido en una condenada por la eternidad, para cumplir los deseos de Tarja, la vampira—.
Khôr había mejorado su lenguaje, pero al oír tan claro la palabra vampiro, su cuerpo fue recorrido por el frío y ancestral temor a las tinieblas que poblaban el mundo. Él había escuchado hablar de los vampiros en brazos de su madre, el pavor supersticioso de aquella tierra se centraba en leyendas oscuras.
Todas las que nacen con la noche, y se alejan en la mañana cuando los niños despiertan sin sombras que los amenacen frente a sus camas.
—Mi señor, debéis matarla, y a todos los demás también. Si no, toda esta tierra de la que venís, se convertirá en un bastión de la oscuridad, los incautos como vos y vuestra gente que vengan aquí estarán malditos por el oscuro don de la no-muerte y la sed de sangre de Tarja. Ella está en el santuario para el que necesitáis mis llaves, es una puerta grande y rematada en hierro, en el fondo de un pasillo custodiado por armaduras. Yo no os pido que me llevéis con vos, ni lo anhelo, pero una se ha hartado de tanto vivir en las tinieblas…quisiera descansar. Descansar de todo y reunirme con él—.
El bárbaro sintió ahora una punzada en su pecho. Comprendió por qué la muchacha no deseaba vivir más, por cual razón le pedía la muerte.
—Os lo ruego, joven amigo. ¡Arrebatadme con misericordia la no-muerte que me llena el alma de pena, y dejad que me reúna con mi amado!—.
Aunque Khôr no entendía algunas palabras, sabía de sobras lo que sucedía. Comprendía la palabra Muerte.
—Te prometo que te daré lo que pides—añadió decisivamente, aunque con hablar pausado.
Ella finalmente encontró debajo de la tela roja del ataúd una afilada daga, con la empuñadura muy parecida a un tallo de flor, y el pomo un capullo de rosa.
Sabía que era un “recuerdo” que Vivianne escondía de su visita a cierta parte bajo el castillo. La encontró clavada en una especie de cristal, y le llevó una mañana entera en la oscuridad bajo el feudo de Tarja extraer la daga.
La tendió al Cymyr con profunda aflicción en sus lágrimas y alegría en sus ojos, él tomó el presente con algo de indecisión, pero ya no podía echarse atrás.
La empuñó con fuerza mientras, impaciente, la muchacha saltaba sobre él, con los colmillos tan desarrollados como los de un lobo, y el bárbaro nacido en las faldas de Arrián le clavó por instinto la daga en el corazón.
Los ojos de la joven cesaron de llorar para ignorar una mueca de dolor, y finalmente, sonreír a la llamada de la muerte y entrar en su reino oscuro.
El bárbaro sabía que no estaría sola si su amado y ella se reunían y todo aquello que se decía del otro mundo era cierto. El semblante de la doncella se relajó al caer en los brazos de Khôr, que cerró sus ojos suavemente y la dejó reposar en el suelo.
Se levantó, quitándose sus ropajes nuevos y sustituyendo estos por los viejos, pero se dejó las botas de cuero y ajustó las espinilleras de las sandalias a las botas con las correas. Miró donde la muchacha estaría tendida muerta… y sólo había un puñado de tristeza gris junto a un aro de hierro y en él llaves atravesadas por sus ojales.
Al empuñar el arma, con más fuerza, notó un pequeño pinchazo, no demasiado doloroso, y se encontró con fuerzas renovadas. Agarró la materia en que la chica se había convertido, y la sopló por el estrecho ventanal.
El espíritu de la joven de los ojos tristes ahora volaba libre y desaparecía en la noche como el polen con la ventisca.


La Fortaleza Negra (IV)

La mano de Vivianne se posó en su pecho pálido, y le dio pequeñas y suaves palmadas.
—Señor, joven señor… despertad, os habéis quedado dormido—susurraba con un dulce y tranquilizador tono.
El Cymyr entendió sus palabras, abrió los ojos y más le valía andarse con pies de plomo pues como decía una rima-proverbio de su tierra aludiendo a los ogros y otras compañías que abusaban de los humanos:
“No te fíes de amistades que encierran, que si no es por precaución, es que tú serás la cena”.
Miró a ambas muchachas, no eran ogros, sino Vivianne con su piel lechosa, su cabello dorado y rizado como el vientre de un tornado, y otra joven de rostro triste y cabellera castaña, de belleza silenciosa.
Sin embargo, parecía por su mirada, más viva que la de la joven de mechones blondos.
—¿Me… dormí?—dijo él con su acento bárbaro.
Las dos sonreían encantadoramente. Le ayudaron a levantarse, y una vez de pie, con el taparrabos balanceándose suavemente, la rubia desvió la mirada hacia alguien que esperaba fuera. Estiró un brazo, y traía algo en sus manos.
Ropa extraña que Khôr no había visto nunca.
“Cuantas atenciones”, pensó él con asombro.
Lo que le ponían delante era un pantalón negro de piel cromada (esto sí lo conocía), unos escarpines blancos y una camisa blanca muy sedosa, de puños de encaje. También unas botas negras para calzarse.
Le llevaron a los baños, donde el Cymyr se maravilló entre espumas de colores y aromas que no había experimentado en su vida.
Y, pobre inculto, creía que había un río termal cerca con lo que calentaban el agua. Le gustaban las burbujas que salían, las hacía salir del agua a soplidos, era algo fascinante para él, y aunque su cometido estaba en convertirse en un guerrero, no podía negar que aún era un niño.
Tras terminar el baño, se dirigió a las dos mujeres que sostenían una toga larga y negra.
Las muchachas que, viéronle vestirse tras un biombo, suspiraban sonrojadas… querrían haberse metido en el baño con él en una secreta y morbosa fantasía.
Si él hubiera tenido un par de años más, claro, pues el joven era aún un púber, pero había alcanzado una etapa de su desarrollo que quizá le hacía aparentar más edad y ambas damas no lo sabían.
Tanto tiempo ellas sin un hombre en condiciones… ¡Se había desnudado y vestido delante de ellas sin pudor alguno! ¡Qué desvergüenza!
Aunque el espectáculo fuera recibido de buena gana, una distracción exótica que no venía nada mal.
A sus casi 13 años Khôr aparentaba unos 20, y sobre todo Vivianne se pensó el pasar un rato con él, le había gustado aunque no tanto como el fortachón de ojos azules que perdiera tiempo antes.
Mas la señora esperaba, y su cólera sería aterradora si llegan a hacerle algo o se demoraban un momento más.
La llamaban Condesa porque había ganado ese título en la jerarquía dura y traicionera de los nobles de su casta, pero aburrida de ello, se retiró con sus siervos a estas tierras umbrías y gélidas, donde al menos, no tenía que servir a nadie sino a sí misma.
La joven silenciosa del cabello castaño sentía también cierto ardor, apenas conteniendo su suspiro. Las dos muchachas cogieron un peine entre risas y le aplicaron un extraño líquido en la cabeza a su invitado que echaba un olor extraño… ¿lo llaman colonia?
“¿Pero qué es esto? ¡Me perfuman como a una bailarina!”, refunfuñaba el joven en su lengua, con resignación.
Si quería llegar al fondo del asunto (del extraño comportarse de sus anfitriones), debía “infiltrarse” y demás, pero lo del líquido perfumado que le habían echado le hacía sentirse como un afeminado, y por eso le costaba contener un gruñido violento que hizo reír a ambas féminas.
Una vez que el muchacho pareció un civilizado vestido con las ropas y estuvo presentable fue conducido por el corredor iluminado por teas; hasta una suntuosa sala con una lámpara de araña encima en que las velas encendidas aunque daban poca luz.
Le sentaron en una larga mesa, junto a él un asiento vacío. Sirvieron dos platos, con carnes que reconoció de jabato y frutas. Miró la botella frente a sí, un líquido rojizo y oscuro.
—¡Vino!—musitó, y en el enorme salón rodeado por una alfombra roja y dorada en su suelo, y arcos de acceso como góticos, escuchó a un hombre anunciar algo.
Quizá estaba hablando sobre él con alguien, y esto atrajo su atención. En realidad podía ser cualquier cosa.
Khôr apenas le entendía, pero estaba hambriento y prestaba la atención debida. Entró una hermosa mujer con un vestido de color violeta muy claro, con un encaje negro en su generosa zona escotada, resaltado por un corsé rojo.
¿Era violeta claro, o era la luz de la noche que apenas alumbraba la estancia?
No, el rojo se notaba, mas el vestido era dorado en vez de violeta… el joven se quedó impresionado ante la belleza resaltada de la pálida faz de la condesa, por los estrechos ventanales entraba la claridad azulada de la luna, dotando de una hermosura atemporal y algo tenebrosa a la mujer, y un contraste onírico a la obra de arte que era su atavío.
Ella se sentó al otro extremo de la mesa, en principio. Uno de los sirvientes, vestido con ropas civilizadas semejantes a las del joven salvaje, trajo vivamente un copón a la mujer, y ella le despidió con un gesto altivo.
Bebió, y ronroneó de placer. Pero el muchacho ignoró que el cambio de color de antes no se debía a la luz de la luna, sino a que las velas sobre ellos en la lámpara que colgaba del techo, habían cambiado a un poco corriente azul amoratado.
Khôr, boquiabierto, observaba los rojos labios de la dama, rojos como la sangre, pronunciar palabras en ese idioma que a medias conocía.
Y le asombraba el gris cabello que caía en cascada sobre los hombros de la condesa, reflejando el lejano y dorado haz de las velas, un sol débil, platino y moribundo en esa tierra de tinieblas, oscuridad y noche que era su hogar.
Continuó devorando la comida sin piedad, vestido con esa ropa que le incomodaba, pero le daba un porte distinguido e incluso arrebatador para su corta edad.
Su cabello casi rapado por los lados, con una cola atrás, le daba un aire extraño, al igual que su pálido rostro y tristes ojos oscuros a tan poca luz. Un corto flequillo tenía sobre su frente, algo ancha.
La condesa Tarja sonreía viendo al Cymyr comer con tantas ansias los platos de frutas exóticas, delicioso manjar de nobles, pues habían sido traídas de las regiones del sur.
O eso le hizo creer al muchacho, ya que esas frutas realmente habían sido creadas mediante un conjuro que ella misma conocía. Khôr terminó la comida y acabó la botella de vino, que lejos de ser el buen vino de mesa, era un vinazo joven que calentaba hasta los huesos en aquel gélido ambiente.
La condesa le miraba con unos fuegos fatuos en los ojos, no había llama alguna y sin embargo el bárbaro podía verlos encendidos.
Tarja se levantó de la mesa y caminaba, riendo por lo bajo hasta situarse junto al bárbaro, que la vio sentarse en la silla a su lado. Ella le miraba y le decía palabras que no entendía muy bien. Aún así las escuchaba y las trataba de asimilar.
—¿Desde dónde has venido, salvaje? ¿No te sientes raro en un sitio como este… ni con estas ropas? ¿Aún no entiendes por qué estás aquí? ¿Lo que te ha atraído?—.
Khôr se esforzaba por entender, y al final algo pudo articular con su bárbaro acento.
—No comprendo. Yo vengo desde… mucho lejos. No muy cómodo—.
—Ah, que vienes desde muy lejos. ¿Cuánto de lejos, para no hablar mi lengua? Aunque apenas pareces un chiquillo por tu rostro, eres alguien muy fuerte. Tienes algo de guerrero. Porque eres un guerrero, ¿verdad?—le susurró ella con cierto tono cómplice, como alabando su físico y esa extraña mirada oscura.
Él no se sentía menos interesado y atraído por el generoso escote de la mujer de cabellos argénteos, realmente parecía una princesa.
—Yo es guerrero… guerrero de mi tribu. ¡tribu lobo!—.
El joven alzaba un puño, orgulloso y lo ponía contra su pecho. Era primitivo y hosco, tanto que la condesa tuvo que reprimir una violenta risa, aunque con éxito.
—Ya entiendo, dime qué es lo que hace un guerrero de la tribu del lobo en este lugar. Si no, tendré que jugar a un juego contigo. ¿No eres un espía? ¿No has venido por mi tesoro?—.
—¿Qué es juego?—dijo sin entender del todo la palabra, que para el fluido hablar de la mujer, le sonaba distante y sin significado, como todo lo demás que había dicho.
Tarja sonreía, sus ojos grises refulgían como estrellas nacientes, y posó su mano en el muslo encuerado de Khôr. Se le quedó mirando largo rato, en silencio.
Y él sintió como si estuviera desnudo y un viento escalofriante violase su piel, sus músculos y huesos, y penetrase en su espíritu sin permiso alguno.
Luego, esa sensación terrible amainó. Pero se mordió la lengua por dentro de la boca, rezando mentalmente a los dioses para que ella no moviera la mano más allá y notase su apretada erección en los pantalones.
Levantándose y dirigiéndose hacia uno de sus criados, la condesa sonrió con tierna malicia, dándose cuenta pero sin demostrarlo, y habló con uno de los criados que flanqueaban el umbral por donde ella había aparecido.
—Cuando haya hecho la digestión… llevádmelo. Deseo su sangre, ha durado demasiado en este castillo, y puede traernos problemas cuando sepa…—empezó a susurrar ella.
Tarja suspiró y le miró nuevamente, algo la hacía arder de sed.
Él era un chiquillo, pero una presa viva al fin y al cabo.
—No, digo más. Démosle… media hora. No podré soportar por mucho el olor de su piel, el correr de la sangre en sus venas. Estoy harta de los llorones de la mazmorra—concluyó.


La Fortaleza Negra (III)

Pasó un día y a la noche siguiente el joven bárbaro despertaba de su sueño.
Miraba en derredor con una mueca de intranquilidad. Sus heridas habían sido vendadas y el penetrante olor de un ungüento para heridas flotaba en el ambiente y se notaba aún viscoso en sus extremidades.
Recordó que le habían acercado algo para beber y se desmayó, sintiendo una punzada en su cabeza. En pequeños retazos de recuerdo, le vino la imagen de la bella Vivianne, y unos encendidos ojos purpúreos que le habían acosado durante el sueño.
¿Sería por las heridas que se había desmayado, tanta sangre había perdido?, se preguntaba. Estaba claro para él, había perdido el conocimiento quizá por el esfuerzo de estos días pasados. Qué lejos estaba de la verdad.
Se levantó sintiendo el ardor de las heridas más apaciguado, y sonriendo estudió la habitación sin más ventanas que una rendija estrecha, y de noche vio que seguía siendo, aunque con cierta dificultad. Una noche cerrada con la luna recién levantada de su cama de estrellas en el cielo fue lo que comprendía el estrecho paisaje, a través del orificio. O así lo presumía.
Era un mobiliario rústico el de esa habitación, le fascinaba un poco, había oído historias de los ajuares y demás elementos decorativos de los civilizados, pero no había oído que no pensaban en los gastos, sobretodo si aquél que se permitiese el decoro tan ostentoso y aquellos libros en la estantería del rincón era persona de mucho dinero.
Era acogedor. No obstante, la puerta parecía cerrada desde afuera, y fijándose bien, las paredes lucían envejecidas, abandonadas. Había algo en la piedra que le decía que nadie había habitado aquello.
Por un momento, sintió un escalofrío.
Sin mediar palabra de maldición contra sí mismo exploró más a fondo la habitación. Junto a la cama donde él estaba, pegada a la pared, había una mesita con un candelabro de tres largas y anchas velas, el cual parecía haber sido encendido y apagado muy pocas veces, y encendido de nuevo poco antes de su despertar.
¿Por quién? El sebo estaba tibio.
A la derecha de la puerta, un armario de madera oscura con tiradores dorados de sus dos puertas, y tres cajones en la parte baja.
Junto a este último, una mesa larga de escritorio con un cajón amplio, y útiles de escritura y libros cerca de otro candelabro, más pequeño esta vez y con una vela delgada.
La pared a su izquierda contenía más cosas que no comprendía… claro estaba, ¿de qué servía a un salvaje como él un tocador con maquillajes y papeles apilados en carpetas sobre el resto del mobiliario?
¿Para qué eran esos pequeños látigos de siete cortas colas con mango de forma tan familiar que estaban dispuestos en una estantería excavada en la pared?
No parecían hechos para las bestias.
¿Y qué hacía él en paños menores? El taparrabo de tela marrón que le cubría por lo menos no le había sido arrebatado.
Khôr se dio la vuelta para apartar la silla que complementaba el escritorio, una cómoda silla acolchada y de dura madera. Comprobó los murales, de grueso ladrillo negro recubierto con algún engrudo de masa de piedra que escondía el ladrillo de la vista bajo una capa de pintura que parecía de blanco hueso; el muchacho bárbaro sonrió dando un ligero toque con la puntera de una de sus sandalias que había recogido del suelo, desconchando el blanco del muro mientras entraba algo de claridad por la brecha de la pared. Nada más.
Encerrado.
Encontró en las brasas, extinguiéndose, un vestigio de calor. Sopló, agachándose, e interpuso entre dos carbones la mecha de la fina vela del escritorio. Se encendió en pocos segundos, crepitando suavemente, y fue encendiendo las demás velas.
Entonces, se dio cuenta de que en realidad, el mural estaba pintada de un verde claro.
Con la sandalia en la mano contraria a la de la vela, la izquierda, volvió a dar finos toques en la pared donde antes, al lado del estrecho ventanuco por el que sólo pasaría su mano, y fue descubriendo los huesos de la estancia. Dejó a la vista, en la parte inferior, parte de un ladrillo.
Lo notó terriblemente sólido.
Tras pasar la lengua por sus resecos labios e hidratarlos, ideó una manera de abrir la puerta, pero por desgracia, no sería tan fácil escapar de un confinamiento como el suyo echándola abajo, ya que era una puerta gruesa y con una cerradura ancha de hierro.
“¿Pero por qué me han encerrado?”, pensaba disgustado a la par que confuso. No sólo por el hecho de su confinamiento, sino porque no notaba las heridas en el cuerpo, y le tenían vendadas las zonas que le habían mordido los lobos que iban con el Warch (tal era el nombre de la especie del lobo-hombre de pelaje negro del que guardaba mal recuerdo).
Tocó bajo la cama algo con los dedos de los pies, sonaba a duro y a hueco. Al agacharse, destapó lo que pareciera una caja.
¿Pero una caja tan grande? ¡Si cabía él dentro, a juzgar por el tamaño!
Y se propuso extraerla.
Flexionó sus piernas de fuertes muslos y se puso en cuclillas, tratando de sacar ese extraño cofre, pero escuchó un sonido: pisadas contra las baldosas en el exterior de su habitación.
—Es hora de que despierte, espero que la solución no lo haya atontado tanto—escuchó a través de la gruesa puerta.
Apretó la frente y las cejas, casi juntándolas, y silenciosa como rápidamente Khôr se echó de nuevo en el camastro, cerrando sus ojos. Vivianne abría la puerta seguida de la callada sierva de lisa melena, que lucía un sedoso vestido lila pálido, con encajes en las acampanadas mangas y el faldón.
La rubia no había abandonado el cuero y el terciopelo de la noche anterior.
—Deja de mirarle con esos ojos golosos, tal vez la condesa nos deje darle algún chuponcito si aún le queda vida…—le susurró la rubia a la otra.
El joven bárbaro apenas entendía el idioma, pero fue suficiente saber que no era nada bueno lo que tramaban. Por extraño que pareciera, Khôr entendía muchas de las palabras que pudiera decir Vivianne.
Pena que, dado su bajo conocimiento, las más importantes las desconociese. Era un bárbaro de las colinas, un nómada, no un diplomado en idiomas mas tenía facilidad para ello, aunque supiera manejarse objetivamente en el idioma común, que era en el que le hablaba al potro que estaba entrenando.
Quería volver a casa cuanto antes y enseñar al caballo el arte de la guerra junto a otros jóvenes y no estar allí, en un sitio desconocido y tenebroso, donde las dos jóvenes mujeres le debían de estar mirando como si fuera un pedazo de carne en una mesa.
Le daba esa impresión.


La Fortaleza Negra (II)

“Ha funcionado”, se dijo la sierva para sus adentros.
Acarició con sus esbeltas manos el enmarañado cabello del Cymyr, húmedo y pegoteado por el sudor, la escarcha del interior de las montañas, y despeinado por el viento. Luego, con sonrisa triunfante, se largó de la habitación y volvía con dos hombres más, esbeltos, y de bocas sensuales, con ropajes negros y anchos, una especie de túnicas. Los cabellos largos de ambos no ocultaban una mirada casi voraz.
—Sangre joven y salvaje…—dijo uno de ellos, un tipo alto con melena castaña y los ojos verdes.
La rubia le dio un suave lametón a la herida en el brazo izquierdo del joven, destapando el tosco vendaje, y se repasó los labios mientras cerraba los ojos, y los abría de nuevo por completo, extasiada.
—Además virgen… ¡cómo me voy a poner!—suspiró Vivianne con cierto deje goloso.
—¡Vivianne, tenemos derecho a una parte! ¡Íbamos a salir por él en cuanto entrase al osario! Le vimos primero—replicó el otro muchacho también de piel pálida y cenicienta, más bajo que su compañero y con los ojos oscuros, al igual que su cabello rizado y largo.
—¡Yo lo traje adentro antes que vosotros, lelos! ¡Está bien, no me miréis así… os daré un poco solamente!—dijo resignada y señalándoles con la mano el pecho del muchacho nómada, el joven fláccido y sumido en un sueño inducido por una solución extraña cuyo halo le había embriagado.
Los tres abrieron sus bocas, con un susurrante jadeo, y los dientes caninos se les alargaron y afilaron. Arrancaron violentamente los vendajes de piel del bárbaro para darse el festín del que hablaban, pero en ese preciso instante, una muchacha de melena lisa castaña con los ojos marrones irrumpió en la habitación sosteniendo una palmatoria con una vela encendida.
Se les heló la sangre al ver que tras la silenciosa mujer joven, que podría tener unos 25 años fácilmente, entraba la señora del castillo.
Dejaron su presa sobre los blancos muslos y brazos, y se levantaron de sobre el muchacho, con las manos tras la cintura, en actitud servil.
—Hola, mis queridos siervos. ¿Visitas tras tanto tiempo?— dijo con su ronca voz de mujer, señalando con la mirada al joven que yacía en el camastro.
Sus ojos se encendieron en la oscuridad, enrojeciendo sobre su piel blanca y sedosa, más brillante que la de los presentes.
—Señora, sólo un huésped inesperado, lo guardaba para vos pues tiempo ha que no probáis un virgen…—.
La altiva mujer posó su mano sobre el cabello de Vivianne y lo acarició con cierta advertencia.
—Mi querida Vivianne, siempre pensando en los demás, hice mal desconfiando de ti cuando pasó por aquí uno de aquéllos bárbaros, y escapó sin probar nuestra hospitalidad. Entendía que el tatuaje en su brazo te cautivase. ¡Y aún espero que lo encontréis, o empezaré a pensar que fuiste como una loba tras su cuello sin dejarle nada a tu señora!—.
La mujer del cabello castaño que venía con la de los ojos brillantes lanzó una mirada severa a Vivianne mientras su señora levantaba a la rubia sirvienta con una mano, con la fuerza de más de tres hombres.
Pero las cosas cambiaron cuando Vivianne se inventó excusas astutas que susurró entre dientes a su señora.
De modo que el bárbaro de cabellos oscuros y ojos azules que había escapado del castillo no podría ser el vigoroso plato de su señora, pero a cambio tendría la sangre de un joven virgen.
Así, la condesa cesó la presa sobre su doncella y volvió a mirar al muchacho encamado. Arrugó la nariz bajo el velo oscuro que cubría su cabeza y su rostro al ver las dentelladas de animales en su piel, y puso la mano izquierda sobre su otra sirvienta, a su lado.
Con el cabello castaño, liso y largo, y la raya en medio, la belleza juvenil de la que portaba la palmatoria no se había embrutecido tanto como la de la rubia al mostrar los puntiagudos colmillos. Se arrodilló junto al visitante, y le lamió las heridas despacio.
Extrañamente, parecieron cerrarse. Aunque la muchacha del cabello lacio advirtiese que el durmiente tenía al menos 12 años, eso no iba a impedirle al resto devorarle.
Y dentro de su ser, sintió incluso lástima, pese a que la sangre de las heridas de él había causado una placentera sensación en su paladar.
El fuego por fin revelaba la cabellera brillante de la señora del castillo, entre cana y plateada, cuando se echaba el velo hacia atrás. Los mechones descubrían un rostro bello, de prominentes pómulos, y de finas cejas que no expresaban menos maldad que su sonrisa.
—Has vuelto a ganarte mi confianza, pequeña Vivianne. ¿Vienes conmigo?—susurró cariñosamente la mujer a la joven rubia.
Ésta abrió más los ojos, y le tomó la mano derecha, besándosela con adoración.
—Condesa Tarja… ¡siempre he sido vuestra humilde sierva!—.
La mujer del cabello brillante echó una mirada de soslayo al que dormía, mientras la otra sierva, de melena castaña, le quitaba los ropajes, y los otros dos sirvientes esperaban órdenes, silenciosos.
“Tengo que dejar madurar a nuestro querido invitado como se deja madurar el vino, pero eso no impide que le vaya dando unos pocos “besos”… diariamente”, se relamía pensando la condesa de maligna belleza y melena plateada.
Sin embargo, el hambre podía más, y sin soltar a su premiada sirviente, dirigía la boca hasta la yugular del extraviado nómada para saciarse con el ardiente y rojo vino vital. Khôr no podía defenderse, ni siquiera sabía si estaba durmiendo o soñando, pero la realidad ofuscada por sus cerrados párpados era aterradora.
La mujer noble apenas pudo clavar sus colmillos en el cuello del joven, y probar algo de su sangre. Cuando paladeó las pequeñas gotas, echó una mirada de sus encendidos ojos a la sierva que estaba destapando a Khôr para que cerrase también esa herida dando un lametón, con esa extraña habilidad.
—¡Se nos hizo el tiempo! Aún soy vulnerable al sol y debo dormir antes del alba en mi sarcófago, que ha recargado sus energías de la noche—dijo sonriente la señora del castillo a Vivianne, y salieron todos de la habitación, la cual cerraron.
Los otros dos siervos se quedaron mirando a su compañera, y ésta les pidió que trajeran ropas. Caminaron todos por los pasillos del castillo, y cada cual se metió en sus habitaciones. La condesa tomó de las manos a la joven de melena rizada y la miró intensamente a los ojos. Ya no relampagueaban en bermejo brillo, sino que parecían coger un color más apagado.
—Vivianne, esta noche te has enmendado, con la recompensa de mis disculpas. ¿Querrías hacerte de nuevo con mi favor?—.
La invitación se hizo justa para Vivianne, pues la joven sierva entró en la habitación con la condesa ante la furibunda mirada de la sierva que portaba la palmatoria y había salido del cuarto del huésped.
La puerta se cerró, y la silenciosa muchacha caminó cabizbaja hasta su antigua habitación, habiendo indicado en susurros a sus compañeros de que echasen la llave en la celda del invitado, y que estuvieran atentos a cualquier indicio de consciencia.


La Fortaleza Negra

La noche se le hacía demasiado larga, y pensaba pasarla caminando y descansar el día siguiente, hasta encontrarse en la zona límite de las estepas exteriores. No le quedaba mucho camino, pero las heridas le debilitaban un poco y le empezaban a doler de verdad desde hacía dos noches y dos días.
De todos modos el descanso era necesario, aunque él se negaba ante los deseos de su cuerpo. Necesitaba quedarse en algún sitio, y dormir ya.
Una vez más su cuerpo le insistía… y se apoyó contra un muro, mareado y falto de aliento. Los músculos de las piernas se le habían recalentado pese al frío externo, y algo de su sangre se le había escarchado al manar por las heridas de desgarros en los muslos.
“Espera… ¿un muro entero? ¿De dónde ha salido? ¡Pero si juraría que no lo había visto!”, se repitió dos veces para sí mismo.
Se alejó unos pasos para comprobar la estructura que se alzaba negra en la noche: era lo que había conocido como un castillo. Con dos torres y sus respectivos alféizares en los ventanales de arco, las almenas, y la gran luna detrás junto a un muerto astro flotando en la galaxia sobre su oscuro mundo.
Y con luces en las ventanas, aunque tan débiles, que sólo una criatura de la noche podía verlas.
¿Tal vez habría alguien viviendo allí?
¿Cerca de las estepas exteriores? ¡Qué locura, vivir en la tierra de los bárbaros, sabiendo que los clanes podrían derrumbar el castillo y matar a los ocupantes con un chasquido de dedos!
Bueno, era una posibilidad. Algún ermitaño, un puesto fronterizo, aunque quedaba lejos algo similar a esto último, y jamás los civilizados intentaron una otra incursión desde hace ciento cincuenta años al menos.
El vello de la nuca y los brazos se le ponía de punta, pues juraría que ese lugar jamás estuvo allí realmente, ya que fue imposible verlo entre la neblina a primera vista.
Pese a eso, de muy pequeño le habían contado sobre un castillo de piedra oscura que aparecía poblado por la noche entre la niebla, y que a la mañana estaba vacío y sin vida. Mas los incautos que se aventuraron tras sus muros jamás volvieron a sus aldeas.
Dejando de lado aquella leyenda que su abuelo paterno le había contado poco antes de ir al Gran Viaje, encontró varios huecos entre las juntas de los ladrillos, bien hechos por la erosión, o por algo desconocido aunque a propósito.
Podía escalar las piedras, pero, fracasó en su primer intento, nervioso por escuchar una especie de ronroneo gutural, y cayó raspando con el torso por el muro, cuando había escalado más de tres metros hasta casi llegar a un estrecho ventanal.
La noche se presentaba hostil, las nubes cubrían la luna, y el supersticioso joven temía que alguna bestia de la noche se acercase en sigilo y le matase para comérselo.
Por caminos secretos que no transitaban ni los demonios, había conseguido pasar del Páramo de las Bestias (un lugar plagado de animales antiguos, terribles y extraños) sin tener que cruzarlo, en casi una semana de camino.
Pero que no estuviera en el páramo y que ninguna de sus bestias le haya parecido seguir, no significaba que no se hubiera extraviado alguno de los animales al oler su rastro de sangre, impulsado por el hambre.
Entonces, profundizó en los muros del castillo por donde subió hasta el ventanuco cuadrado. Cuando fue a poner una mano, sobre una de las losas, descubrió una marca en la piedra. Encajaba un poco con cuatro dedos de su mano izquierda, aunque eran vestigios demasiado afilados como para hacerlos con unos dedos normales.
Aunque a la fuerza y desnudándose podía pasar por el agujero, algo le golpeó en la parte superior de su espalda, una sensación. Era un escalofrío que le dejaba tenso el cuerpo.
Descendió por la pared en la que se encontraba enganchado como un mono, pensándoselo de nuevo, con algo superior a él en su ser obligándole a no intentar internarse ni siquiera por el boquete cuadrado.
Escuchó el parlamentar de dos personas tras el muro de la entrada al castillo, pues aunque eran muros altos, el aire de la noche transmitía el sonido hasta sus oídos. Apenas podía entender del todo el lenguaje común, pero pensó en darse un voto de confianza a sí mismo. Era la voz de una mujer, luego, otra voz más ronca, también de fémina.
No podía ser nada malo lo que hubiera tras los muros.
Se acercó hasta el portalón de madera, y tocó fuertemente con sus puños, pues era una pieza ancha rematada en hierro negro de forja.
—¡Ah… del… castillo! ¡Ah del castillo!—.
Pasaron unos pocos segundos, y se acercó alguien a abrir la puerta de gruesos y oxidados goznes.
Khôr no se esperaba que le abriese alguien con mucha cordialidad, y tan extraño le resultaba el encontrar una construcción en las tierras bárbaras tanto como el que alguien viviera dentro. Seguía repitiéndose mentalmente, una vez y otra las leyendas del viejo de voz aguda al que hacía un año no veía.
Abrió una muchacha de cabellos rubios, con los brillantes y dorados bucles resaltando un óvalo suave y anguloso sobre el que dos ojos marrones claros brillaban a la luz de una vela que ella portaba encerrada dentro de una pequeña lámpara.
—¿En qué puedo ayudarle, joven señor?—.
La voz de la muchacha, suave y cristalina cautivó el corazón del joven bárbaro, y le provocó un rubor, aunque le llevó entender sus palabras un instante silencioso e incómodo.
—Soy… viajero extraviado. ¿Hablar con tú?—dijo él con su bárbaro acento, a los oídos de la joven sonaba gutural cada “R”, y siseante cada “S” que Khôr pronunciaba.
—Mi joven señor, debéis estar calado de frío y… ¡Oh! ¿Acaso os han atacado los lobos?—, preguntó ella, sobrecogida por los toscos vendajes de túnica de piel que el bárbaro llevaba alrededor de las piernas y el brazo izquierdo.
Ella, al no verle gesto de dolor alguno en el rostro, con la sangre que se había escarchado sobre sus piernas, se llevó una mano a la boca, asombrada y con preocupación a la vez.
Khôr se miró incluso heridas en las que no reparó en su momento, que consideraba leves y por eso no hizo más jirones de su ropa.
—Lobos, sí. Pero yo escapó—.
El joven se frotó el oscuro cabello que le llegaba hasta un poco más abajo de las cejas que un dedo, omitiendo cualquier detalle del terrorífico encuentro.
De todos modos, no encontraba palabras para explicarle nada a la preocupada muchacha que vestía de oscuro, con los blancos hombros escotados.
—¡Pasad, pasad! ¡Tenemos que curar esas heridas! ¡Se os pueden infectar, buen mozo!—le susurró la joven al inesperado invitado, como con tono ansioso por lo que debería urgir la curación de esos mordiscos de lobo.
La muchacha cogió de la mano a Khôr, y se lo llevaba a la puerta principal de la estructura, pasando un enorme patio terroso que, según el joven, parecía revuelto hacía poco.
Como él también trabajaba la tierra como podía, se esforzó por preguntarle mientras llegaban al amplio arco custodiado por gruesas columnas y más muros, que dejaban un espacio entre el muro exterior y la construcción en el que un afilado vallado dejaba un pasillo por el que circulaban silenciosas bestias en la oscuridad.
La respuesta que recibió de la joven de manos destempladas fue que la cosecha estaba siendo tan mala, que ni tan si quiera plantarían rosales de nuevo. Al llegar dentro del castillo, tras abrirse los portones que daban al interior de aquella residencia, Khôr admiró la magnificencia y elegancia de su interior.
Era un lugar gótico, oscuro, incluso triste si profundizaba en su poca iluminación y su mobiliario rústico y de madera tan oscura que parecía negra. El sebo ardía e inundaba con sus círculos luminosos las paredes y esquinas, pese a que contra los oscuros ladrillos, la amarilla luz no parecía rebotar lo suficiente.
La joven tomó en mano un candelabro con dos velas, y guió los pasos del muchacho hasta una habitación donde encendió teas que alumbraban por la estancia, el calor de entre los muros reconfortaba al extraño invitado.
La muchacha rubia conversaba con él, mirándole con sana curiosidad.
Le preguntaba si vivía cerca, si había algún pueblo de montaña cerca, si la población se había decidido a colonizar el exterior de las estepas, o si era cierto que había tribus de salvajes que luchaban a caballo y que disparaban en movimiento sobre uno sin errar una flecha sobre un enemigo.
La respuesta de él no fue menos que satisfactoria:
—No vive nadie extranjero. Yo vengo lejos, allá en tribu. Montañas Negras. No otros que vosotros aquí. Yo Cymyr, nosotros mejores en caballo. Nadie más fuerte con espada y martillo. Nadie dispara arco igual—le dijo él, lleno de orgullo.
La muchacha sonrió dibujando esa curva en sus rosados labios, suaves y para nada cuarteados que brillaban. Brillaban como los de Sunna… Khôr extrañó su aldea, y a su prima.
Pero si volvía con la piel del oso al que estaba buscando, sería un guerrero, un adulto, y viviría con honor. Sunna (si la encontraba yendo a su tribu, cosa a la que estaba dispuesto) sería su esposa. Le admiraría y él la amaría por siempre y le haría muchos hijos fuertes.
Entonces, cuando notó que la tibieza del calor en el hogar que la anfitriona encendía en la habitación le reblandecía la piel agradablemente y notaba el escozor de sus heridas, su mente se alejó de su propósito, y contempló maravillado el tejido con el que la rubia iba vestida.
Nunca había visto el terciopelo, como el traje de la muchacha, ni el brillante cuero, como el del chaleco que llevaba, dejando ver su apretado escote, que para la aparente corta edad de ella, ya era imponente.
—¿Cómo os llamáis, joven señor?—le preguntó ella, mientras acomodaba un jergón pegado a la pared.
—Khôr. ¿Tú nombre?—.
—Mi nombre es Vivianne—le respondió ella poniéndose una de sus esbeltas manos, la derecha, sobre la otra a la altura de la cintura.
Khôr la miraba con cierta confusión cuando ella estaba preparando algo de beber en un cuenco, tras la presentación, de mientras que él se sentaba en el camastro, más intrigado por su anfitriona. Pero ante todo quería saber que hacían tan lejos seres civilizados, pues no conocía bien su habla, y su acento se notaba más que el perfecto y fluido dialecto de la muchacha rubia.
—¿Preparas comida?—susurró él aunque audiblemente, inseguro.
—Sí, lo calentaré al fuego, y luego de tomarlo, te sentirás nuevo mientras curo tus heridas—.
—¿Tú una princesa?—.
Vivianne echó a reír, divertida, y se acercó a él, con las manos tras la cintura, escondiéndolas. Luego, se inclinó sobre Khôr y le acarició el rostro con ambas, besando su frente.
—Soy la humilde sierva de la señora Tarja. Ella sí que es una princesa…—.
El suspiro de Vivianne encendió en el joven un ansia incomprensible, pero avergonzado y a falta de contacto con las costumbres de los civilizados y algo de su idioma, no se atrevió a preguntarle algo que pensaba. Así que recalculó instantáneamente su posición, y escogió las palabras.
—Tú hermosa. Y buena conmigo, pero, ¿Tarja no regaña Vivianne? Yo extraño en yurta… de piedra—.
Echando a reír musicalmente de nuevo, la joven de rizados mechones dorados y ojos grandes de miel clara a la luz de las velas se volvió hacia el cuenco, y lo puso unos segundos en un infiernillo sobre el fuego. El inesperado huésped era un salvaje cuya gente aún vivía en tiendas.
—No, ella se alegrará de tener visita. Hace tanto que no viene nadie a visitarla… mi pobre señora se alegrará mucho de tener un invitado. Eres un joven muy guapo. ¿Qué edad tienes?—interrogó Vivianne, alejándose del fuego para desviar su brillante mirada hacia él.
El joven la miraba, casi atravesándola. No entendía la pregunta.
Ella obvió la incultura y la dificultad de entender y hablar idiomas del joven salvaje, y siguió vigilando el utensilio sobre el fuego.
En cuanto la escudilla humeaba, ella sirvió el contenido en un vaso de madera liso, y se lo acercó al invitado.
Él levantó las manos para cogerlo, y ella, torpemente, tropezó con algo y se echó encima del joven, que aspiró profundamente por instinto la vaporosa esencia que salía del vaso.
Se sintió con náuseas, un mareo terrible, y luego, sus ojos se volvieron hacia arriba y al notar que una mano invisible constreñía su garganta por dentro, perdió la consciencia sobre la cama.