Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Amores prohibidos (VI)

El rostro afilado del Khan se dirigía a los cinco tipos con los que vino su rival. Los conocía, unos mostrencos de cuerpo grueso y brazos fuertes eran los luchadores de élite del Aolita.
Cuando se sentaron, todos desarmados (dejaron sus armas junto a un guardia al lado de la entrada de la yurta), el joven con el pelo cobrizo largo y trenzado, vestido con un del negro y una falda corta de piel, fijaba sus ojos en los grandullones bigotudos y de pelo recogido en lo alto de la cabeza, en elegantes moños. Les chocó ver a alguien así pero, en cuanto al hecho de que estaba sentado al lado de Torii con un visible anillo de jade al cuello, supieron que era un esclavo.
En sus ojos advirtieron que, remotamente, compartía ancestros con los Ilonios pese a que el tiempo se había encargado de suavizar los rasgos. La velada no se tornaba en una pelea, aún. Intercambiaban elogios ambos khanes, mientras hablaban sobre Xihuan y su nuevo emperador, Zi Ying, un hombre respetable pero indeciso, y que podían sacar partido de la ausencia de tropas en la capital. Kerish comía con fingida educación los trozos de ternero con harina caliente, y no levantaba la vista hacia los khanes. Las mujeres entraron a servir más comida y bebida. Entonces, la mirada de Kerish se juntó con la de Soryatani. Él no sabía quién era ella. Pero el visible cuidado con el que la diosa entre mortales miraba al Khan y luego a él, le hacía sospechar de algo.
Por su lado, pasó Tuoya, hermosa con su inseparable vestido negro y el cabello recogido en un alto moño, con el rostro inmaculado resaltado por el khol que llevaba en los ojos, haciéndolos sombríos pero con finura y más rasgados, y el flequillo de su larga melena cayendo pulcramente a ambos lados de la cara.
Se rozó con él intencionadamente dándole un suave toque con una de sus piernas en la espalda, y el muchacho enrojeció.
Después de hablar sobre tácticas militares y proezas de ambos khanes, Qublei miró a Kerish, acariciándose el mentón. Jerjegune, que tenía unos 27 años (y en estos nunca había compartido comida o bebida con un extranjero), preguntaba al anfitrión sobre su extraño invitado.
El Khan sonrió volviendo a mirar al Aolita.
—Es un esclavo que me brinda unos espectáculos magníficos. Mi querido hermano Torii le ha traído para que amenice la velada, ya que a veces es su guardaespaldas y nos reconforta su presencia. En verdad nunca tiene nada que decir, pero le pediré que hable de sus orígenes. Un hombre destacado en la lucha es de bien merecida atención a los ojos de todo Khan—.
Soryatani miró a Kerish y luego sus ojos se encontraron con los fríos y detestables iris oscuros de Jerjegune, que la miraba a su vez con lascivia.
Ella volvió el rostro hacia su hermano, y éste asintió para tranquilizarla. Aunque en esos momentos, Qublei pensaba en lo difícil que sería prometerla. Kerish bebió airak de su cuenco, y limpiándose los labios con la lengua, clavó sus ojos negros en los de Qublei Khan. Éste le transmitió su deseo, y el esclavo extranjero no hizo esperar por más la deseada historia que el señor de la guerra vivió a través de sus palabras.

Ante todo mis respetos, honorable Qublei Khan. Me alegra y honra tu atención a mis habilidades y a las luchas en las que participo. Pero temo que mi relato sea corto e impreciso, pues no tengo muy claros mis años vividos anteriormente, ya que al servicio de mi mentor, he olvidado mis orígenes. Puedo decir que provengo de un humilde pueblo guerrero, como todos en Kymirnn, la también llamada Kymria, que en dos lenguas significa Tierras de la Noche. Es así como nos referimos siempre a ella. Apenas somos diferentes a vosotros. Hay muchas tribus y nuestro modo de vida es nómada, todos nos enorgullecemos y honramos a nuestros amigos y familia sentados alrededor del fuego en nuestras casas de madera, nuestras tiendas de piel, pues mi pueblo no ha aprendido a trabajar la piedra como en otras naciones. No me acuerdo de mucho más antes de partir, solamente que estaba luchando con las manos desnudas contra un oso negro. Luego desperté en una mazmorra de Minas Chagör, siendo esclavo de un tipo enfermizo y cobarde que me mandaba picar piedras. Maté a un par de sus capataces con un juramento en la mano y una espada en la otra. A otro lo estrangulé con las cadenas de mis grilletes hasta que su cuello crujió como la cáscara de un huevo al pisarlo. El Señor de los Esclavos me vendió a Torii, mi maestro, y él ha hecho de mí el gladiador que ahora soy”.

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2 comentarios

  1. duhradhafera

    Demonios barbarito… qué tramas?! aquí se va a desatar una buena!!! Aun así… todos tan jóvenes y gobernadores? Se me hace un poco raro… Esperaba que Jerjegune tuviera algo mas de edad. Bueno, sigamos leyendo…

    12 mayo, 2012 en 14:47

    • Bueno, teniendo en cuenta que la media de vida en una sociedad tribal y por tanto guerrera es rara vez más allá de los 60 años, y un anciano es venerado porque ha vivido para saber mucho más que los otros, un hombre joven de apenas 30 es capaz de llevar adelante un pueblo él solo y combatir. Hay algunos ejemplos en la historia antigua: Sin ir más lejos el de Aquiles, que contaba los 17 cuando se le dio el manto de líder de los Mirmidones una vez partió a Troya, según la leyenda. Otro griego, pero que no es menos ejemplo: Alejandro Magno no llegaba del todo a los 20 cuando imperaba por el mundo conocido con el título que se ganó, y a menudo un hombre de menos edad de la que se espera de un asentado jefe suele llevar las riendas en tierras civilizadas si lo gana por sí mismo, bien sea por la conspiración civilizada, la fuerza bárbara, o el elitismo de su génesis. Por mencionar a Conan de Cimeria, personaje literario, éste tenía 15 años en su primera batalla en la que destacó como un jefe (de hecho es el verdadero significado de su nombre: El Jefe, un jefe de hombres, un jefe guerrero), pero si quieres sobre más historia, está el mismísimo rey de los mongoles: Genghis Khan, que sin llegar a los 20 ya tenía todo un ejército y aplastaba a cualquier rival.
      Que Jerjegune esté cerca de los 30 no lo hace menos peligroso que un hombre de 50 que ya se las sabe todas, porque a los 30, puede saber incluso lo mismo si ha vivido de ello.
      La juventud nunca ha sido impedimento de gobierno, como tampoco lo ha sido para morir.
      De cualquier modo, vas a ver por ti misma la que se va a liar…

      13 mayo, 2012 en 19:29

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