Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Amores prohibidos (VIII)

Cinco lunas separaban esta noche de cielo estrellado al norte del mundo, del día en que Qublei Khan se hizo con la victoria total matando a Jerjegune.
La ambición expansionista del joven Khan hizo que sus mesnadas doblegasen a los rebeldes de Aolin, y así, controlar el territorio del reino del sur de Ilonia con puño férreo. Los Aolitas restantes no resistieron la autoridad y mandato del Khan con armas, más bien se diría que le acogieron con los brazos abiertos. Qublei Khan disfrutaba de su victoria, bebiendo el licor nómada blanco, y riendo con sus compañeros de armas. En cuanto salía pocas horas antes de la tienda que compartía con sus mujeres, pareció avistar una sombra que se alejaba en la noche.
Pero estaba tan borracho y cansado de fornicar que no le prestó atención, mientras su mente vagaba por el regocijo de una victoria y una venganza completas, e iba a sumarse con sus camaradas en la tienda de reuniones, después de vomitar más airak.
Kerish estaba en las arenas del coliseo, hecho con toscos muros de piedra sobre piedra, y empalizadas rectas y puntiagudas de madera. Como cada noche, el chico cortaba el aire, solos él y esa espada pesada para empuñar a dos manos. Era diferente a otra gran espada que tenía alas en la guarda y la cola en la guarnición, con una cabeza rapaz en el pomo. Esta hoja en particular consistía en la dorada cruceta que protegía las manos de Kerish, asemejándose a dos garras de ave, sujetando en ambos extremos de la guardia de la espada un cráneo. El mango estaba recubierto por unos cilindros de madera barnizada con un extraño engrudo negro, al mismo que el pomo era la cabeza del halcón que miraba hacia un lugar en la nada.
El esclavo llevaba muy poca ropa. Solamente un taparrabo blanco y un peto negro de cuero.
Le gustaba esa arma. Se sentía nacido para empuñar espadas, más que hocinos, manguales, tridentes y demás parafernalia de combate. Pero igualmente, sentía el deseo, la irrefrenable sensación que se apoderaba de su firme vientre y le subía hasta la garganta, y salía por la boca como un grito al saltar y enarbolar la espada para dejarla caer con una furia destructiva sobre el suelo de arena, levantando una polvareda. El Aliento del Dragón.
Había aprendido un estilo de dos armas llamado “Los dientes del Lobo” que quizá era semejante al que usaban en su tribu, en las lejanas estepas, sólo que se empleaban dos cuchillos u hojas cortas en vez de espadas propiamente dichas. Aun así, podía ser aplicable. También estaba “La Furia del Cielo” que empleaba hachas grandes a dos manos, pero entre los estilos de combate que pervivían entre sus olvidados paisanos no se contemplaba del todo el del espadón. Golpes como “La Bestia de las Sombras” eran comunes entre los guerreros salvajes de la tierra a la que había pertenecido su corazón, pero las enseñanzas de Torii eran algo nuevo. Existían técnicas comunes en otros reinos, pero poco más, ya que los movimientos que se empleaban con grandes sables sin duda eran los mismos adaptados de las peligrosas espadas de guerra que, vistas en una batalla, hacían temer a todos si el que las manejaba contaba con la ventaja de la experiencia. Aun así, las espadas de dimensiones tales no solían verse salvo raras ocasiones en duelos civilizados o en manos de mercenarios. Las hojas grandes eran para los reyes del pasado.
Sin embargo, en cada tajo de espada, en cada mandoble dado aprovechando el poder de su cuerpo, un espíritu deshacía las cadenas impuestas y se alzaba majestuoso hacia los cielos. Su maestro apreciaba esto, y en ocasiones, sentía aquello que el joven sentía. Quería ser libre desde el fondo de un corazón que había enterrado.
Mas, ¿qué sería de él sin la arena? ¿Qué sería de la arena sin él?
Siempre las mismas dudas, y nunca las mismas respuestas.
Cesó de cortar el aire y se dirigió hacia sus aposentos en el coliseo, dejando la espada clavada en el lugar de la pista donde se había puesto a entrenarse, siempre bajo la mirada de alguien a quien no podía ver. Contaba con el favor del Khan ahora más que nunca, ya que protegió a su hermana, al Khan mismo y al resto con un ataque rápido y decidido que acabó con dos enormes Aolitas.
Torii le espiaba en secreto. Y había decidido libertarlo a no ser que algo se pusiera en contra… de aquí a un tiempo, quizá, pero el esclavo era una mina de oro, uno de los dos campeones que rivalizaban en arte, matanza y carácter, y se le podía destinar a más usos de los que el bárbaro de 17 años ignoraba.
Algo que no tardaría demasiado en descubrir Kerish por sí mismo.

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2 comentarios

  1. duhradhafera

    Esa espada me suena…. al menos la empuñadura…
    Mhhhhh torso musculado, desnudo y sudadooooo (Eh tu! deja de babear!)
    Eh? Liberarlo? en serio?! Habrá sudor? musculitos? joooooo

    12 mayo, 2012 en 15:03

    • Bueno, la espada podría asemejarse a alguna que viera, pero no recuerdo haberla copiado. En cuanto a lo otro… bueno, por sudor y músculo que no falte, ¡todo el que los ejercita acaba sudando!
      Por lo demás, ya conocerás la respuesta 😉

      13 mayo, 2012 en 21:27

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