Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Interludio: El consejo de los espíritus animales

Entre los Árboles Muertos (en el Bosque Muerto de las Tierras de la Noche), aún latía la vida del bosque, frenética, con todos sus roedores de todos los tamaños formando filas grises y pardas por el suelo, los tejones de un lado a otro gruñendo, los cervatillos tratando de seguir torpemente el paso de sus madres, los machos ciervos siguiendo al astado líder de venerable barba y cornamenta.
Los lechones y los jabalís dibujaban en el terreno masas veloces, oscuras y graciosas en cierto modo, con sus ronquidos, espantando a algunos pajarillos de tupido plumaje que reposaban de su vuelo en el suelo.
Entonces, apareció un enorme oso gris, no tan inmenso como el que hubiera muerto mucho tiempo antes en los confines de las estepas del norte.
El oso tenía un enorme mazo sobre sus fuertes a la par que rechonchillas patas, estaba sentado, esperando al resto de convocados. Se escuchó un graznido, y llegó el cuervo con una pequeña bandada, saludando al oso con un asentimiento de la testa sobre la rama de uno de los árboles muertos.
Desde su derecha, se escuchó un aullido, y vinieron los lobos, una pequeña manada de pelajes mixtos, liderada por tres bestias; una era una un lobo rojo de ojos dorados, aquél que presenciara la muerte del oso negro, el otro era un lobo negro que caminaba sobre dos patas tanto como a cuatro, de ojos azules índigo y penetrantes, y a su derecha, en el medio, estaba la reina de los lobos.
Una loba blanca de aspecto delicado y fibroso, aunque de espaldas anchas y cuartos traseros potentes, que la dotaban de la zancada del impala.
Hizo su entrada una manada de hermosos caballos salvajes, liderados por un poderoso corcel negro de crin roja, y su cónyuge, una hermosa y ágil yegua dorada de crines oscuras.
Al fuego del consejo no faltó el halcón, al que seguía una manada de leopardos y tigres de las nieves. Enormes mamuts y otros seres, depredadores y no depredadores asistían al encuentro.
Los animales se miraron en respetuoso silencio, jadeando por el viaje, e invocaron juntos los poderes ancestrales.
Del norte, sopló el viento, y refrescó a los que habían hecho un largo camino, al igual que del sur sopló un monzón, y les dio charcos de lluvia para beber.
Del oeste, un susurro se asentó como una nube muy baja sobre el suelo muerto del bosque, dando tierra fértil y negra donde con el agua, brotarían en segundos las flores y las plantas más hermosas y saludables. Los árboles recuperaron su color y su vida, y sus frutos cayeron al suelo por obra de los vientos, dando de comer a los hambrientos, y crecieron el follaje de la tierra.
Y llegó por fin el fuego, desde las arenas del este, la tierra del calor, y se manifestó como una llama en medio de los presentes, para calentar tras el frío venir del viento del norte.
Los cielos se arremolinaron, el sol se vio un solo segundo, y el trueno bajó de las alturas, cerca de una montaña, iluminando a los cincuenta enormes toros que permanecían como una sola manada, en silencio.
—¡Hermanos!—empezó a decir el oso gris, tornándose en un hombretón de barbas y ojos grises, portando su martillo del poder, y las pieles que parecía llevar cuando era un oso, cayendo por sus hombros.
—Hermanos y hermanas, os he convocado al consejo de nuevo tras tanto tiempo porque los acontecimientos han obligado a que recorráis tan largo camino para decidir—.
El halcón y algunos halcones de las nieves saludaron a un águila que llegaba tarde.
El cuervo, el águila y el halcón de ojos dorados de plumaje marrón descendieron de los árboles, transmutándose el primero en un tipo enjuto de aspecto sombrío, con el cabello negro azulado y unas negras plumas cubriendo con una capa sus hombros y brazos.
El segundo, llevaba unos brazaletes a la altura de los antebrazos y por debajo de los hombros, con una capucha con la cabeza de un enorme águila parda, y entre los brazales, las plumas de sus enormes alas.
Era un hombre maduro y fuerte, de cabellos castaños.
El halcón se transformó en alguien de la misma condición que los otros dos, pero más joven, y con un rostro más pequeño y ojos frontales. Era un cazador más aún que el de su derecha.
De entre los halcones de las nieves, uno más pequeño y tímido bajó de la copa del árbol, sólo para, en su metamorfosis, mostrar también el mismo traje híbrido de plumas que le llegaba hasta por debajo de la cintura como un taparrabo.
Su melena blanca y larga con las puntas rojas se balanceaba suavemente con el frescor del viento.
—¿Sobre qué tenemos que decidir, hermano oso?—dijo el águila.
—Sobre el futuro de los humanos. Somos intermediarios entre los dioses y los hombres, y es nuestro deber debatir sobre ayudarles, o no—.
El lobo negro de forma humanoide se adelantó, con los gélidos ojos azules mirando hacia el hombre-oso, y gruñó: —¿Ayudarles? Nosotros les dimos el poder de la medicina, les enseñamos sobre las plantas, y nos lo pagaron cazándonos indiscriminadamente. Todos lo sabéis, el ciclo ya no se cumple—.
El barbudo hombre con la piel de oso gris miró el fuego, asintiendo con gesto apenado en su rostro.
—Sabemos que tienes razón, hermano, pero eso no te da derecho a darles caza por placer, como sueles. Después de todo, los humanos y nosotros tenemos parte en el cuerpo de la Madre y del Padre, somos todos parte de un todo que debemos proteger en la tierra y el cielo. Y ellos son también hijos del dios y la diosa—dijo el presidente de aquel consejo al Warch, el lobo negro de forma casi humana.
—¡Son hijos de sus madres!—replicó la loba blanca, al transformarse en una mujer de larga y lacia melena blanca, con los ojos grises como el hielo.
Estaba vestida con pieles inmaculadas, aunque por el escote en triángulo que mostraba la generosa redondez de sus senos casi se diría que era un vestido.
El lobo rojo a su lado negó, alzándose sobre sus cuartos traseros para tomar la forma de un guerrero, algo bajo de estatura, pero de miembros musculosos y piernas fibrosas, con los signos rituales Cymyr de la tribu del Lobo por el cuerpo.
Rojos brazaletes dentados en sus brazos y pinturas sobre su cabeza rapada y rostro. Eran las insignias del poder de Kroon, el chamán.
El que había sido un oso llevaba unas parecidas al mirarle más de cerca, de color azul. Eran las de la tribu del Oso.
—Los humanos y nosotros no nos perturbamos aquí. En el resto del mundo, se nos caza indiscriminadamente por nuestra piel. Ya no creen en los espíritus, y los Cymyr sí. Además, son valientes y no temen la guerra, entrenan a sus hijos desde muy jóvenes, y gozan los placeres desde muy jóvenes para morir sin pena ni arrepentimientos por una vida incompleta. Ellos nos veneran tanto como a Qidara, Choddan o Sar. Son nuestros hermanos—les interpeló Kroon.
Los caballos que estaban allí se transformaron en dos nómadas más de las estepas de Kymria, con el consabido taparrabo, los cabellos largos, tanto mujer y hombre, del mismo color que tenían las crines. Ambos llevaban un arco recurvado y una aljaba a la espalda, a parte de una espada curva de un filo en un talabarte.
—El chamán-lobo tiene razón. Los Cymyr nos respetan y nos veneran. Somos sagrados para ellos. Este juicio por parte de Nieve y Luto es injusto. Nosotros cabalgamos hacia la batalla con ellos, vivimos con ellos, y morimos con ellos. Siempre ha sido así, con respeto y amistad por encima de todo, y eso es algo que por mi parte no estoy dispuesto a cambiar—.
El hombre que había sido un caballo hablaba con una voz profunda. Era un guerrero, igual que su esposa, que asintió orgullosa por las honorables palabras de su marido.

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2 comentarios

  1. duhradhafera

    Bufff interesante este fragmento! Metáforas mezcladas con realidad. Esto hay que descifrarlo! Una cosa son las verdades, y otra… creo que me lo releeré a ver que más rasco… Aun así, me encanta esta parte. Tuviste que debanarte los sesos para ver como humanizar cada ser. No pillo todos los guiños, pero hay unos cuantos y lo poco que veo me encanta.

    12 mayo, 2012 en 10:16

    • En honor a la verdad, no tuve que complicarme nada la vida para ello, Duhr…
      Lo que sí que me fue difícil es el plasmar el detalle con el que imaginaba a cada uno de los espíritus, sabes, cuando tienes todo eso en la cabeza y no tienes ni idea de por dónde empezar. De cualquier modo, si rascas algo como tú dices, es posible que te sorprendas y veas ahí muchas cosas que a simple vista has entendido pero que no has tenido claras del todo porque igual imaginabas que eran una cosa, pero sin parte de otras, o que es algo que no se parece a una mezcla de lo que creías que era.
      Supongo que o me tiras un hacha o acabas por invitarme a una pizza ;P

      ¡Un saludo!

      13 mayo, 2012 en 18:29

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