Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Amores prohibidos (IV)

Tuoya le vio entrar allí, y no fue a reunirse con el resto del harén de Qublei.
Las odiaba. A todas, en especial a una mujer del Khan que no era su esposa. A sus 24 años, Tuoya era una joven aunque parecía haber envejecido mal hasta la treintena o algo más, lo cual ni le arrugaba el rostro, pues era bien bella, pese a que sus facciones rebosaban amargura y frialdad.
De caderas algo anchas y manos hermosas, poseía unos ojos del color de la miel que apenas expresaban el deseo que sentía. El de rajarle el cuello al Khan y cumplir su sueño, limpiar la mancha de un honor ultrajado.
Se alejó, solitaria, entre las demás tiendas del campamento, con ese vestido negro que parecía una mortaja, aunque lujosa, con filigranas de oro remarcando el volumen de sus pechos y la sensual corpulencia de sus muslos cada vez que caminaba.
Su marido había clavado la rodilla cuando el Khan le derrotó, y ahora era su lacayo, un sirviente en algún pueblo del oeste, cerca de las Montañas Azules. Un lugar que con el amanecer, y debido quizá a la niebla, hacía que de lejos se viera azul la roca como un hermoso espejismo.
Ella lo había visto una vez. A su marido no volvió a verle. La casaron a la fuerza hacía años, cuando era una muchacha de 15, y le había amado. Pero el dejar que el Khan se la llevase como si fuera un trofeo sin que su marido siquiera opusiera resistencia, había herido el corazón de Tuoya.
Y su orgullo.
Un arma de doble filo. Pasando una pequeña colina, estaba el Kuoulún, un río que a trechos era profundo, donde iba siempre él: el joven de la trenza. Sabía que el hermanastro de Qublei le daba ciertas licencias, como las de salir del foso para tomar el aire.
No era el único. El otro de los mejores discípulos del maestro gladiador estaba sentado junto a él. No se molestaban en susurrar.
—Ha estado bien. Mañana, me tocará combatir contra un ogro—.
—¿Un ogro?—.
—Ahá. Son seres mucho más altos que un humano corriente, las armas que utilizamos con dos manos ellos las usan con tan sólo una—.
—Sé lo que son los ogros. Ese gigante será difícil de abatir, entonces. ¿Tienes idea de qué armas llevará?—.
—Es posible que un mazo o algo parecido, sólo son brutos. Pero lo más probable es que utilice una espada de ogro, como esa con la que estás tan familiarizado, Kerish—.
El joven del cabello negro pero menos largo que el del otro, que también parecía moreno en la relativa oscuridad bajo la luna, era casi de su misma edad. Los dos eran los mejores, aunque también eran rivales fuera de la arena.
Y con todo, siempre se habían respetado de una manera hierática, como dos hermanos desapasionados.
—El maestro nunca me ha dejado luchar con ella. ¿Has hablado ya con él sobre “El Juego”, Lobo Negro?—le preguntó Kerish al otro.
—Puedo escoger, y será lo de siempre. Con mis dos espadas cortas puedo igualar las más largas. Ya me has visto luchar—sonrió orgulloso su interlocutor.
Se hizo un silencio, y ambos miraron el río, sereno, con las estrellas y el lechoso espectro de la luna reflejándose en la superficie de las dulces aguas. Lobo Negro, haciendo honor a su nombre al llevar pieles oscuras de lobo, se levantó del suelo donde él y Kerish estaban sentados.
Tenía ganas de retirarse, y de descansar para la lucha de mañana. El otro, el joven bárbaro, le miró sentado de perfil como estaba, con las rodillas contra el pecho y abrazándose las tibias.
Suspiró pausadamente, y cuando el de ojos azules llevaba ya un par de pasos, le dijo algo.
—Lobo Negro—.
—¿Qué?—preguntó, mirándole por encima del hombro derecho.
—Dale una paliza a ese ogro para que sigamos entrenando juntos—.
—Lo haré. Todavía tenemos que resolver quién es el mejor, tú o yo. No voy a cederte el título de campeón por las buenas… hermanito—.
Lobo Negro sonrió a Kerish y siguió caminando, con los tensos brazos blancos al aire, ya que la túnica de pieles no los cubría.
Tuoya esperó a salir de su escondite unos minutos, y sucedió algo inesperado. Kerish se puso en pie y se deshizo del ancho cinturón de cuero y de la dastâna romboide que llevaba protegiendo el centro de su pecho.
El taparrabo de lengüetas de cuero cayó sobre sus pies, resbalando por sus gemelos. Y se quedó desnudo, con el aire libre acariciando su cuerpo.
Luego fueron las botas lo último de lo que se deshizo, y los aros que lucía bajo los hombros, sobre los bíceps, brillaban tanto como el que tenía por encima del gemelo de su pierna derecha.
Su esbeltez de adolescente empezaba a desaparecer para mostrar poco a poco las caderas fuertes de un hombre, su espalda comenzaba a ensancharse, y el volumen de sus fibrosos brazos a crecer. Aún conservaba unas piernas fuertes de los días de subir montes con su tribu.
Se soltó la trenza, dejando caer un adorno metálico que tenía sujeto en el extremo, y la mujer que le observaba notaba que el mar entre sus piernas empezaba su oleaje cálido y húmedo.
Kerish se introdujo en la orilla, y después por completo, sumergiéndose lentamente.
Después de eso emergió, sacudiendo la cabeza, despeinándose de como el agua le había compactado el cabello con su humedad, y se entretuvo nadando en la fría corriente unos minutos.
Él no sabía nadar, hasta que le había enseñado Torii, y podía ser necesario para algún espectáculo de batallas navales como las que ya había protagonizado con algunos compañeros. Emergió nuevamente, con una mancha oscura sobre la cadera izquierda, que descendía hasta su ingle.
A saber qué significaba aquel tatuaje que le habían hecho hacía años, la vez que tomáronle esclavo le arrojaron a la arena con unos trece años para ganarse la vida como hasta ahora.
Cuando salió del agua y se ponía de nuevo el taparrabo, se encontró con Tuoya, que venía de frente. En ese momento no supo si salir corriendo o quedarse ahí.
Era una de las mujeres del Khan y podía acusarlo fácilmente de algo deshonesto, por lo que el joven moriría de una forma atroz. Y podría caerle una buena a Torii por dejar tal libertad a un esclavo peligroso.
Ella lo sabía. Y por eso estaba segura que él no abriría la boca, y se dejaría hacer mansamente. La lengua se le derretía al sumarse a su cuerpo, lamiéndole el rostro con pasión, y luego, bajó hasta su pezón izquierdo, aún sin vello.
Se lo mordió suavemente, y le abrazó, acariciando con una de sus piernas las de él por detrás, enroscándose a su cuerpo como una serpiente. Recorrió la pequeña areola hasta que el botoncillo de él quedó tieso, y soltó un pequeño gemido. La Ilonia murmuró algo que Kerish no entendió, porque no lo dijo en idioma común.
Con el botón que coronaba su pectoral izquierdo brillando por la saliva de Tuoya y por el agua dulce del río, notó que la piel de su cuerpo reaccionaba con esas familiares y microscópicas protuberancias.
—Hazlo. Hazlo ahora…—.
Ella se refería a lo que venían haciendo desde hace una semana. Siempre del mismo modo.
Él se situaba tras ella, con el trasero en el suelo, y la mujer iba bajando poco a poco sobre su rostro, separando sus piernas para que él estimulase con la lengua su bajo vientre, partido en dos de un carnoso tajo.
Sus efluvios mancharon el rostro del bárbaro y gotearon transparentes como lágrimas por sus mejillas, sus pómulos, hasta que el palpitante y rabioso éxtasis la hizo aullar, y desplomarse sobre los brazos de él. La abrazó, sin cariño ni demasiada ansia.
No le gustaba hacer aquello, pero empezaba a resultarle agradable el sabor de Tuoya.
La Ilonia le abrazó, notando contra uno de sus muslos la dureza que sobresalía por un lado de la prenda menor del joven norteño.
Pero no le daría ese placer aún, pese a que en lo más profundo de su corazón deseaba que la destrozara con él y la llenara con su jalea.
Primero, debería dejar de ser la mujer del Khan… y eso estaba a punto de suceder. Ella se volvió a bajar el vestido negro y le dejó allí sentado, le acarició el cabello mojado, despeinándoselo, y luego dirigió el ruborizado rostro hacia su erección.
Él la miraba con agitación a sus ojos de oro oscuro, y la esposa del Khan se limitó a sonreír y a irse por donde había venido. Su silueta se perdió en la noche hacia las luces del campamento que siempre evitaba.
El salvaje se sintió tan sucio que sumergió el rostro en el agua, abrió la boca, y se puso a escupir bajo la corriente del río. Luego, cuando se quedó sin aire, volvió a respirar en la superficie, y se vistió rápidamente.
Se alejó también, hacia la pequeña fortificación que le aislaba del pequeño mundo que conocía, se echó en su jergón, y cerró los ojos, intentando relajarse.
Una vez hubo amanecido, su palpitante rama había expulsado su savia contra su vientre y le había dejado la zona brillante como por obra de un barniz.

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2 comentarios

  1. duhradhafera

    Pero tu…! Tu quieres que me tengan que pinchar un calmante?! Qué parte de NO ME GUSTAN LAS AGUJAS es la que no has entendido?! Que tengo puesto un pulsómetro todo el rato menos para ir al baño!!!! Que como me pase de ciertas pulsaciones, van a venir a ver que me pasa y a ver como explico yo que es por lo que estoy leyendo! Es mas… y si me lo quitan?! JAMAS!!!!!! Me armaré con la botella del antibiótico y se la tiraré a la cabeza si hace falta!!!!

    Te aviso! no me juegues estas malas pasadas!!! Menos mal que te creía buen compañero de hospitales… En menudos líos me metes!!!

    Ten cuidado, barbarito… mucho cuidado…….. ¬¬

    12 mayo, 2012 en 9:46

  2. Fue sin querer, lo prometo… creo… o no. En cualquier caso, intento no meterme en líos, ¡pero es que a veces ellos son los que me meten en el asunto! ^_^U

    12 mayo, 2012 en 20:08

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