Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Amores prohibidos (V)

Soryatani se puso en pie mientras la tarde se mostraba nubosa.
Dejó a sus pies un cuenco que horas antes contenía agua y que, ahora, sólo rebosaba vapor casi extinto del todo. La Ilonia asumió cuanto hubiese visto en las profundidades de una ensoñación inducida en trance como si todas esas imágenes sin hilar en la coherencia llegaran de golpe y formaran una figura desmembrada en su mente. Aun así le fue fácil unir los pedazos poco a poco, estremeciéndose. Había peligro, muchos peligros. Entre ellos, advirtió que su propio corazón sufriría y el destino de su pequeño mundo sangriento estaba en la cuerda floja.
Cubrió su cuerpo con una capa de lana blanca, pues tenía los senos al aire y la temperatura afuera había menguado considerablemente. A sus 22 años era una mujer poco culta sobre el mundo que les rodeaba, pero eso no dejaba duda alguna sobre su habilidad mágica como primeriza en las dotes de la videncia y oráculo. La madre de Qublei la aceptó como hija aunque naciese de la favorita rival del padre del Khan, y la mandó a aprender con un chamán las fuerzas de la tierra. Los perros grises y delgados en su puerta ladraron un par de veces y luego lloriquearon. Por eso supo que su hermano iba a llegar, y entró pocos segundos más tarde en la tienda. Qublei fijó su mirada en la de su hermana, los ojos de jade de ella eran todo un regalo a la vista ya que pequeños brillos, de un color de metal oxidado y vivo, marcaban las líneas más finas de sus iris verdosos.
—Soryatani. Disculpa que irrumpa así pero un asunto importante ha surgido y hay poco tiempo. Tenemos que hablar—.
La voz seria de Qublei significaba problemas. El Khan se sentó a su lado, rodeando sus esbeltos hombros con uno de sus hábiles brazos. Le besó las mejillas y le acarició la larga melena oscura, brillante en azul como el zafiro, a la luz de la fogata, aunque sin llamas cada hebra se mostraba negra y pura a la vez rebosando su propio brillo.
—¿Qué puedo hacer por ti, hermano?—suspiró ella sabiendo que las cosas que había visto escrutando en sus ratos de soledad estaban por venir.
—La alianza. El futuro… Te prometeré a Jerjegune, y sobre tus hombros caerá el peso y el honor de unir nuestras tribus. ¿Estás de acuerdo?—.
Soryatani se arrebujó en su capa de lana y puso su cabeza contra el pecho de Qublei. Estaba llorando. Su hermano la abrazó, besándole la frente al separarla de él con delicadeza mas la joven le miró con los ojos ardiendo de pena, y furia femenina como si contra ella se cometiera el mayor de los ultrajes.
—¡Antes que ése cerdo Aolita me pidiese en matrimonio, por la falsa paz que promete, preferiría la muerte!—.
El Khan se sintió algo mal. Había considerado la propuesta un mes antes, todo para unir las dos mitades de su tierra. O eso, o la guerra. Y ninguno quería hacer la guerra por una mujer. Desde sus 17 años más o menos no existía momento en el que no se hallara combatiendo sin pausa.
Pese a ser pendenciero, ansiaba algo de tranquilidad, y más que eso, la paz. La batalla le tenía demasiado quemado el espíritu. Si entregando a su hermana todo eso convertía a Ilonia en una gran potencia unida que acaudillar en una rebelión conquistadora, ¿qué no sacrificaría? Pero su hermana… Uno de sus pilares en la vida…
¿Estaba tan dispuesto a entregarla sin más?
—Bueno, ya veremos eso de la boda con Jerjegune. Yo lo mataría antes de prometerte a él. Pero deberías mirar por tu pueblo, haz un esfuerzo, Soryatani. Con su ejército y el mío, seremos invencibles y Xihuan será nuestro. ¿Fallarás a tu Khan?—le insistió, mientras ella consentía sumisamente a la desagradable idea del matrimonio negando con la cabeza, —Entonces, piénsalo. Otro te entregaría lo quisieras o no pero pienso que si el eterno cielo dispusiera de mí ese mismo final, desearía con todas mis fuerzas que tú me dieras una opción. Cásate con mi enemigo y lo convertiremos en amigo. Tu gente siempre te amará por ese sacrificio. Y yo pondré de rodillas ante ti a nuestros opresores y te entregaré grandes provincias y un poder que ninguna mujer tendrá salvo tú. El festín tendrá lugar, gánate su afecto y muéstrale lo hermosa que eres de alma. Incluso la loba más delicada puede cambiar el temperamento del lobo más fiero—.
Entonces, él le besó la frente, y salió de la tienda, sin lindezas, dejando que llegara el tiempo de la decisión.
El sol estaba en medio del cielo aunque no se veía mucho, y algunos charquillos de barro estaban siendo pisoteados por los cascos de la guardia de Qublei Khan.
Escoltaban a seis hombres. Al contrario que el “del” azul, la armadura Ilonia roja, y el cinturón blanco que llevaban los hombres del ejército del Khan, los cinco soldados de Jerjegune el tuerto iban con armadura negra y ropas de color  turquesa apagado, con el cinturón rojo. El que iba en cabeza, con la armadura marrón, el cinturón también rojo y las ropas turquesa, tenía unas grandes entradas sobre la frente, y una rebelde melena negra peinada hacia atrás. Las patillas le llegaban hasta casi la parte inferior de la mandíbula, y tenía oculto un ojo tuerto bajo un parche de cuero remachado con puntas de hierro.
A su espalda, un hacha a dos manos de hierro oxidado. Su dueño no cuidaba su arma o no tenía interés en ello. Entre los hombres del Khan Aolita, se cuenta que era el hacha de su padre, con el que mató al padre de Qublei.
En memoria de ese día, la pesada arma bebería la sangre de sus enemigos hasta acabar encontrando el cuello del Khan advenedizo. Así, enterraría el hacha, ensangrentado con la roja vital de tantos enemigos, en lo alto del monte donde Qublei le cortó la garganta a su padre, Agadei el Aolita.
La escolta cesó la cabalgata, y Jerjegune desmontó con su mirada arrogante hacia todos lados. No era muy querido por la gente de Qublei Khan, pero eso no le impedía regocijarse en que si había pelea, no iba a ser uno solo contra todos. Por algo, le conocían también como el Desmembrador.
Dos sirvientas, vestidas con largos del de color blanco y rojo, hicieron pasar al encarnizado rival a la gran tienda de fieltro del anfitrión.
Una vez dentro, Jerjegune miró con su ojo sano, el derecho, a la gente congregada a sus flancos. Estaban todos allí. Qublei, Bortochoou, Gemei, y los otros hermanastros del Khan, incluso ése que quedó viudo y entrenaba gladiadores. El de su izquierda, con expresión triste y mirada en el suelo, era un cautivo sin duda, y se notaba que era extranjero. Quizá un rehén aunque al verlo junto al conocido tratante adivinó la naturaleza de este invitado.
Qué raro, un esclavo de Torii compartiendo airak con el Khan y sus hombres”.
—Te doy la bienvenida, Jerjegune. Siéntate con nosotros y hablemos… Nos espera el futuro con manjares más deliciosos de los que probarás hoy en mi mesa—apremió Qublei en tono conciliador.

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2 comentarios

  1. duhradhafera

    Comprometer a Soryatani con Jergegune? Tu tramas algo!!!! Pero cómo puedes hacer eso a la pobre Soryatani? (Mierda… otra vez las pulsaciones! GRRRRRR)

    12 mayo, 2012 en 12:25

    • Eh, eh… yo no tramo nada, ¡va a suceder algo! 😛

      13 mayo, 2012 en 19:23

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