Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

– El Éxodo.

Prólogo II

El pensamiento de las madres está puesto en sus hijos. El de los hijos, está en las montañas.

-Proverbio Mongol

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Éxodo hacia Arryas

Hace miles de años, en una fecha sin registrar.

La tormenta era poderosa en donde aquel pecio de metal y luces casi incandescentes, que iluminaba con resplandor azulado la nieve, se había estrellado.
El viento soplaba inclemente, la escarcha hería las pieles no acostumbradas a este temporal, y aún podía escucharse una voz entre el incesante e hiriente susurro del viento.
Aquel vehículo en el que habían llegado se estrelló con tal fuerza que desplazó en su aterrizaje de emergencia la negra sierra de unas montañas.
La voz volvió a gritar algo, ante aquellos expectantes pares de ojos que se arrebujaban bajo sus ponchos y capas, sujetando sofisticadas y futuristas armas, y llevaban también armaduras y espadas a la espalda.
—¡No ha habido supervivientes!—.
—¿Quieres decir que toda nuestra flota ha sido aniquilada?—.
—¡Sí! ¡Coged lo indispensable, estableceremos un campamento provisional! ¡Si sucede algo, vendremos a refugiarnos en la nave! ¡Ya ha sido una suerte que estas montañas oscuras no nos destrozasen!—.
La procesión de hombres y mujeres con uniformes grisáceos se tornó blanca.
Tuvieron suerte de tener ropas miméticas de abrigo. No tardaron en encontrar un valle que la nieve había sepultado, como si fuera la ola de un gigantesco mar blanco que se hubiera congelado.
Transportaron la tecnología que pudieron utilizar para los quehaceres comunes.
Niños, hombres y mujeres habían pasado de un hogar tibio, hermoso y verde, a un terrible abismo gris de duras condiciones climatológicas que jamás habían sufrido en su mundo.
La guerra contra unos seres semimágicos y casi autómatas les había dejado a muchos sin hogar, sin familia, sin vidas que llevar. Los nativos del planeta del que los refugiados escaparon ya habían sido hechos prisioneros.
En su mayoría, los malvados conquistadores a los que se habían enfrentado explotaban los recursos naturales de cada planeta que encontraban, aniquilaban razas o las cruzaban para obtener fieles y poderosos esclavos, y con la tecnología y el afán industrializador acabaron extinguiendo mundos y mundos.
El primero invadido y el último en ser conquistado, fue Askaya, la tierra de los Askkan, que además de guerreros en tiempo de necesidad eran amantes de la vida.
Habían escapado del imperio enemigo y se encontraban en un paraje desolador, frío, pero al menos sabían domesticar caballos, cocinar la carne de los animales que mataban, y se acostumbraron pronto al nomadismo.
Aquella tierra tenebrosa e ingrata no daba demasiados frutos aunque su suelo fuera negro y fértil.
Pero aunque en principio los Askkan eran una raza débil, dependiente de la tecnología de sus conquistadores, pronto comenzaron a olvidarla para recordar a sus ancestros, sus tatuajes tribales, y conocían la forja de metales, que eran ricos y empezaban a encontrar en excavaciones para fabricar lanzas, hachas y espadas.
Pronto, surgió un gran imperio en el que se alzaron con sus nuevas armas, un imperio de torres negras que conquistó el antiguo mundo, primitivo y desfasado que habían encontrado.
El primero de ellos y el más fuerte fue Bhandirla, llamado El Aniquilador.
Cuando llegaron a construir las primeras ciudades en ese lugar alejado en las galaxias, lo encontraron apenas poblado por otros humanos (probablemente otros grupos migrados de la primera generación), y muy poblado por demonios con grandes poderes, que ellos mismos derrotaron y expulsaron a un plano al que simplemente llamaron, tanto ellos como sus enemigos, Abismo.
Los Askkan se convirtieron en un pueblo próspero, poderoso, y su sangre que era longeva les dotaba de poderosa constitución, aunque habían dejado atrás la posibilidad de una vida casi eterna en su mundo de origen (las aguas y plantas de Askaya dotaban de una casi ilimitada vida en años de duración, además de transformar sus cuerpos en máquinas perfectas), que olvidaron al igual que su nombre y sus costumbres.
Los dioses les habían abandonado allí, y ahora, ellos eran los dioses de su mundo.
La nueva vida que habían empezado les resultó cómoda, se entregaron a la pasión, al conocimiento, y a la guerra, con la que consiguieron frutos benéficos para su estabilidad en varias generaciones.
Pero al final, únicamente cuando vino una hecatombe y un gélido maremoto amenazó los grises cielos, los Askkan se juzgaron a sí mismos.
La nieve, el viento, las praderas, el sol, la luna, el agua… todo ello juzgó con justicia sus corrompidos corazones, de los que se arrepintieron tener, y se los arrancaron ellos mismos, maldiciéndose con un antiguo temor de su pueblo, la muerte en vida de sus almas, que vagarían en pena y envenenadas durante milenios sin posible redención.
Lucharon antaño contra hermanos, hijos, amigos, padres…, y cuando bajo el hielo se hundió el imperio de las Torres de la Oscuridad, únicamente quedó un vestigio que a todos no les dio ganas de sumergir con ellos en el olvido:
En un altar, una hermosa espada de guardas doradas y de hoja ancha.
El sable de un rey, acero endurecido con hierro dulce en la aleación con fragmentos minerales de un aerolito que cayó varios cientos de años antes en los glaciares.
Sobre las cenizas de una estrella, en el fuego negro de Sar, fue forjada. Enfriada después en la sangre del rey de las bestias: el león de las nieves.
Endurecida por su constitución especial, bautizada por los Altos Reyes, se trataba de un arma poderosa cuando la empuñaba un guerrero con fuerzas para blandirla.
Era el último resto de ellos que querían ver sumergido.
Su orgullo no pertenecía sino a la gran espada que había conquistado el nuevo y antiguo mundo en el que habían llegado desde las estrellas.
Los pocos supervivientes de la brutal y precipitada glaciación que consiguieron salvar su vida se dirigieron al nordeste, más allá de la gélida y terrible cordillera de hielo que nadie podría cruzar. La llamaron El Muro de Hielo o Muro de los Antiguos.
Otros, se dirigieron hacia unos montes poderosos y negros que los contemplaban bajo el perpetuo invierno sin sol como dioses inmisericordes. Ambas razas que eran una sola, cambiaron, y no volvieron a llamarse Akei (la Tribu del Dragón).
Todo ello yace ya en los murales bajo el hielo que los moribundos tallaron ante las tumbas de sus reyes, y las brumas de las eras han ofuscado la historia terrible, negra y triste de la ira y pena de un pueblo que vino desde el negro cielo para continuar luchando y olvidar sus orígenes por el bien de su mundo.
Nadie volvió a recordar esa espada, salvo en una olvidada y añeja leyenda sobre el guerrero prometido, el que salvaría el mundo, y podría volver a conquistarlo otra vez según una profecía… O podría destruirlo.
El prometido de un cuerpo y dos almas.
Ambas de acero.