Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Amores prohibidos (IX)

 

—¡Puff!—exhaló el bárbaro, cansado.
Se dejó caer en el ancho camastro de su barracón particular. Era una pequeña obra que encargó a un tipo que trabajaba madera, ya que las camas Ilonias eran una especie de jergón blando sin patas que se echaba en el suelo.
Había estado despreocupado y cómodo en esa cama, hasta ahora, que iba notando de alguna manera una presencia que le intranquilizaba. Fue a levantarse para echar mano de una espada que escondía bajo su cama, con la hoja recta y afilada por ambos lados, y apretó las cejas. Lo que vio salir de las sombras no era otra cosa que una mujer con los ojos claros y el pelo negro, lacio y brillante.
Se asustó en un primer momento, nunca le había visitado ninguna mujer a excepción de la que tenía Torii, que le trenzaba el pelo. Por un momento, le tembló el cuerpo, pensando en que podía ser Tuoya. Los ojos del gladiador se entrecerraron, brillando en la tenue luz de la noche, clavándose en los verdes iris con fueguecillos rojos de la mujer que ahora tenía tan cerca. Se puso de espaldas contra la pared, en cuclillas sobre la cama, enfilando con la espada de guarda en una media luna chata a la mujer. Una amenaza. Doble amenaza. Jadeó, tembloroso, y el cabello suelto se desparramó sobre sus hombros y le ocultaba la mirada.
Sujetó el glande de acero cada vez más tembloroso, era incapaz de luchar con una espada contra aquello que había tenido que soportar. Ahora, estaba allí, asustado como un conejillo acorralado por un lobo, con el corazón a punto de salírsele del pecho.
Cuando las sombras se retiraron de ella, vio que el rostro no era el de la mujer que temía, y abrió mucho los ojos. La joven era hermosa sin duda pero nada de malevolencia en su gesto, pues tenía en los labios, los párpados y todo el semblante una expresión benigna y confiada que le hizo bajar la guardia como si se tratara además de algún embrujo. Era imposible, pero estaba ocurriendo. No podía procesar el hecho de que ella le apartara la espada a un lado sin temer ninguna acción en su contra, con la delicada mano izquierda sobre una de las planicies de metal que destellaba con la entrante luz de la luna y las estrellas. Pudo notar que su visitadora, o su intrusa, se quitó las vaporosas sedas de turquesa descubriendo sus tesoros íntimos cuando su zona pélvica se rozó con lentitud contra el pálido muslo del guerrero, sobre su rodilla, descendiendo como si buscara la pose más conveniente para posarse en su cuerpo y ello le hizo sentarse de nuevo, conteniendo un grito de temor a lo desconocido.
Sí, la temía y a la vez le fascinaba porque se encontraba suspendido entre la vergüenza y el instintivo deseo, porque sabía que era fuerte y al mismo las caricias de ella podían rendirlo. No lo pensaba, lo sentía. Todo sucedió tan rápido que apenas pudo darse cuenta de su situación cuando ya la tenía encima.
—¿Soryatani?—susurró Kerish, incrédulo, al reconocer sus rasgos porque de lejos la había osado mirar alguna vez y su pecho vibraba amenazando con colapsar al enfrentar sus ojos.
La mujer gimió en voz baja poniendo sus manos sobre los hombros del joven, besándole la boca con un ardiente y apasionado fuego que emergía de sus labios lentamente. Las pálidas mejillas del bárbaro enrojecieron aunque no pudieran verse en la penumbra y la difusa luz de la luna, y las pulsaciones de su corazón se tornaron frenéticas, del mismo modo que sus manos fueron solas tras la cintura de Soryatani apretando sus nalgas, tomando posesión de ellas al descender con una sensualidad temerosa. Su culo estaba frío y duro, y al sentir las manos de Kerish ella separó sus labios de los de él, dejando que una delgada cadena de saliva uniera ambas lenguas unos instantes como dos prisioneros.
—No podemos hacer esto. Debes irte… si nos ven…—le advirtió el esclavo, mirándola a su hermoso rostro.
—No me iré sin ti. Te amo, siempre lo he hecho. ¿Qué le queda a dos personas como nosotros si no es el amor, Kerish? ¿Dejarías que mi hermano me prometiese a otro?—.
—Soryatani… nunca… Nunca he…—empezó a decir él aunque a los oídos ajenos, sonaba como un balbuceo incoherente.
¿Qué podía decir? ¿Qué podía hacer?

Anuncios

2 comentarios

  1. duhradhafera

    Que?! otra mujer!? oh no!!!!! (mejor desconecto el pulsómetro que….)
    Oh pobre barbarito que tiene miedo de las mujeres… jajajajajajajaja

    Oh La Gran Promesa!!! la tan ansiada promesa!!! Ya no se ven muchas de esas….
    Aisssss (suspiro enamoradizo)

    12 mayo, 2012 en 15:05

    • Ay, sólo se tiene miedo ante lo que desconocemos, lo que odiamos, o ante aquello contra lo que nos es imposible de vencer. ¿Qué sucederá en este caso?

      13 mayo, 2012 en 21:29

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s