Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Cap. 10 – El espectáculo debe continuar.

El espectáculo debe continuar (VI)

Con la noche, las conspiraciones se respiran en cada esquina y son de naturales como el aire mismo. La intrigante e insatisfecha esposa del Khan no se había dado por vencida. Tenía cada trama, cada urdimbre por llevar a cabo, que parecía que sus planes y manipulaciones iban solas. Aun así no todo salía como ella quisiera y tenía que vengarse de todo y de todos, tenía que hacerlo y ya. Estaba desesperada. Ni los guardias, ni los mercaderes, ni nadie cercano ni lejano. Su corazón colapsaba de pena y odio cerril ahogándose en su propia y miserable vida. Estaba sola y no tenía nadie que la ayudara.
Pero supo a quién recurrir.
Escogió el momento de desaparecer del aíl y llegó hasta el Kuoulún, donde se encontraba la solitaria silueta del guerrero de pieles negras con el cabello oscuro, observando la luna como un lobo, aullando suavemente, para que su voz hiciera eco hasta las otras gargantas lupinas que le respondían desde los bosques.
—Hola, guerrero. Es una hermosa noche para… aullar a la luna—sonrió Tuoya.
—En una noche como esta, cuando me fui de casa, no tenía otra compañía que los aullidos del lobo. Me siento muy ligado a ese animal—susurró Lobo Negro.
Tuoya se le acercó más, con las manos en el talle, y prudentemente, le miró a los ojos. Eran fríos, glaciares, sabía que podía contar con él.
Eran los ojos de un asesino sin escrúpulos.
—¿Sabes? Me he dado cuenta de que tú y tu hermano os respetáis mucho—.
—Él no es mi hermano, si te refieres a Kerish. Sólo le respeto, por no cortarle la garganta—bufó Lobo Negro, cruzándose de brazos con gesto ofendido.
Sus brazos voluminosos al apretarse en el gesto, por fuera de la túnica de pieles, eran fuertes y más definidos que los de su antagonista.
Tuoya se precipitó sobre él, poniéndole sus esbeltas y blancas manos en los hombros, apretándoselos con una de sus ardientes miradas hacia la claridad azul de los ojos del joven.
—Claro, ¿cómo podía ser hermano tuyo, si tus brazos son más grandes que los de él? Tu pecho más fuerte. Tus espadas más rápidas. Tus ojos, preciosos…—susurraba ella, elogiando sus atributos.
Estaba enamorado de Tuoya, no era sólo pasión o ganas de separar sus piernas. Era una belleza que le encandilaba, tenía esa expresión de águila despiadada, y luego estaban sus labios, sus deliciosos labios.
Acercó su rostro al de ella, y la abrazó, estrechándola suavemente, mientras Tuoya le miraba con desconcierto.
—¿Qué haces? ¿Sabes que puedo decírselo al Khan y él te descuartizaría a seis caballos?—.
—Hace un momento susurrabas como una amante y ahora lo haces como una serpiente. Pero me vuelves tan loco que me importa un bledo tu veneno—jadeó él.
—¡Ya veo que estás loco! ¡Quítame tus zarpas de oso de encima o morirás!—gritó Tuoya, forcejeando contra el abrazo de Lobo Negro.
—¡Que me mate! ¡Pero antes, te tendré gimiendo como una perra debajo de mí!—pronunció con pasión el gladiador, y le mordió el labio inferior, tirando de él para luego engullirlo con lascivia.
Luego, ella cesó de luchar y se rindió a su beso… su deseo casi liberado del todo le arrebataba por poco la voluntad a la esposa del Khan, y más aún, estar segura de que contaba con una buena ventaja para lo que planeaba.
Se separaron un poco, y le acarició entre los pectorales por encima de la túnica con un dedo.
—Quiero tenerte ahora, Tuoya. Y lo haré a cualquier precio, aunque sea la muerte—le reveló el joven, cerca de su oído derecho.
—Me tendrás a ese precio, entonces. Quita del medio a tu querido hermano, y seré sólo tuya—sonrió la joven mujer de ojos dorados.
—No mataría a alguien por capricho de una mujer. Ofréceme dinero, o mejor, ¡ofréceme el trono del Khan!—sonrió Lobo Negro, apartando un poco a Tuoya para mirarla a los ojos.
Ella apretaba la frente, gruñendo con una mueca que afeaba su rostro y lo transformaba en el de una perra rabiosa.
—¡Pues si no matas a Kerish delante de mis ojos, jamás seré tuya! ¿Quieres ser el nuevo señor? ¡Lo serás, mátalos a los dos! ¿O te falta valor para tomar lo que quieres, esclavo de mierda? ¿Es eso? ¿Por quién me tomas? ¡No estaré con otro sino con el que se haga Khan por sí mismo!—gritó ella, apartando a Lobo Negro con un empujón.
Y cuando él la asió por un brazo, ella le soltó un guantazo con la mano del brazo libre, el derecho, cosa que a él le divirtió. Le ardía la mejilla, pero tal gesto le hizo elevar las comisuras de la boca.
—Cálmate… Lo haré, pero tienes que prometerme que serás mi puta—rió él, mientras tiraba de Tuoya, y luego la dejaba caer tras hacerle una zancadilla.
Ella se recuperó de la caída lentamente, y herida en su orgullo y maquinando grandes planes, le miró fijamente relamiéndose el labio inferior, pensándoselo. Le daba igual. Quería a Kerish muerto por despecho, y quizá pudiera utilizar a Lobo Negro para asesinar al Khan y vengarse por partida doble, serían dos pájaros de un tiro. ¿Por qué no? Después de todo, el joven gladiador de ojos azules también quería deshacerse del otro muchacho, que le había eclipsado a ojos de su maestro incluso para morir con honor delante del dragón del emperador. Sería recordado por todos mientras que él tendría un tiempo de vida como nuevo entrenador y señor de gladiadores. Moriría sin más en un lecho, ¿qué otra cosa le esperaba si no conquistaba ahora su destino?
Ella aprovechó esa rivalidad animal.
—Seré tu puta—.
Las palabras de Tuoya confirmaban que el sueño de Lobo Negro iba a cumplirse, y todo lo que tenía que hacer era matar a su hermano de espada. Las mujeres de aquel mundo no siempre tenían igualdad de condiciones frente a un varón, pero su idea de la igualdad era que los hombres podían ser manipulados para algo provechoso y que a ellas les beneficiara.
Las féminas no tenían la fuerza física de un hombre, pero tenían otras tretas, y a pesar de que algunos varones habían asesinado a sus mujeres por celos o cualquier otro motivo perturbado, las mujeres también eran asesinas implacables. Sólo ocurría que las leyes de las tierras civilizadas así como las morales penaban más a los hombres agresivos que a las mujeres agresivas, trastornadas en su personalidad. Se tomaba al sexo femenino por débil erróneamente, sólo porque no estaban dotadas de la naturaleza fuerte que, en general, solía tener un macho, y la explicación que daba la ley y la corte de juicios era que si una mujer amenazaba de muerte o mutilaba a un varón, sólo estaba muy dolida mentalmente y que el dolor la hacía enloquecer involuntariamente. A ojos de todos, las mujeres no violaban ni asesinaban a sangre fría, ni se aprovechaban de otros hombres para cometer homicidios, pero lo hacían. Tras el telón, claro que lo hacían, siempre lo habían hecho.
Los cultos hembristas habían erosionado por tan dentro la férrea ley, que el concepto de una mujer en la civilización de puertas para afuera presentaba la imagen de la sagrada maternidad que protegía a sus hijos de un malvado varón, el cual los educaba en una “horrible costumbre machista”, como si el gobierno de tipo patriarcal oprimiera a la mujer cuando en realidad, no otorgaba responsabilidades al cabeza de familia que era de quien se esperaba guiar a la misma en la prosperidad y la salud. Proteger a la mujer y los hijos, proteger a la familia, estaba en el hombre. Y las aborrecibles y torcidas hembras que existían, distorsionaban este hecho a conveniencia de sus fines.
Pero en las tierras salvajes no había tanta hipocresía y era una realidad tan cierta como la erección de Lobo Negro ante la promesa de abrir las piernas de Tuoya, que le había encargado un cruel homicidio contra alguien de quien se había aprovechado sexualmente con un obligado consentimiento debido a su posición de poder, empleando el chantaje, la extorsión y todo por mero y vil deseo de cumplir sus perturbados fines. Las mujeres también confabulaban, violaban y asesinaban, y disfrutaban con ello tanto como los hombres que lo hacían, fuesen de la civilización o no… había hombres malos tanto como mujeres malas.
Desde luego, Tuoya aprovechaba su condición de mujer “desvalida” para ello como tantas otras que recurrían a sus estratagemas para conseguir lo que deseaban en cualquier parte del mundo.
Tal era el paisaje de las pasiones desbordantes y traicioneras, mas a Lobo Negro le daba igual.
Él podría vengarse, hacerse con la mujer que quería, y de paso, ostentar el rango de Khan aunque el poder tras el trono fuera la mujer de ojos de miel. Pero debía apresurarse.
Mañana, llegaría la Hora del Dragón.

Anuncios

El espectáculo debe continuar (V)

En el interior, de detrás de unos baúles, salió la fuerte figura de Bortochoou, con su gorro de cuero forrado de lana de oveja y un del azul. Se sentó junto a Qublei y le pasó el pellejo de licor Ilonio.
—Ya no podía esperar más—sonrió el mejor hombre y hermano de sangre del Khan, ahora un triste viudo.
—Ni yo, amigo mío—.
—Lo que te ha contado es cierto, y asumo la responsabilidad. Ella me dijo lo enamorada que estaba del gladiador… intenté aconsejarla lo mejor que pude, es como mi hermana. Siguió su corazón con toda la certeza pero su mente no es tan consciente del suelo como lo es del cielo—.
—¿Sabes qué aprecio de ti, Bortochoou? Tu lealtad y el honor de afrontar las cosas. Nunca me mentirías ni para salvar tu pellejo—sonrió el Khan al dar un sorbo al airak, en tanto que el otro guerrero de las estepas le arrebataba con una risilla maliciosa la bebida para darle un largo trago.
—Te lo digo en serio, Qublei. ¡Si el precio es la ejecución, que me lo pague tu espada en mi cuello! No daría la vida más que por mi hermano y lo haré con orgullo—.
—Es mi orgullo, herido y henchido, el que te considera tal como eres el mejor y el de mi sangre. Háblame de ése chico…—.
—No hay nada que ya no sepas. Y mañana, quién sabe si morirá. El destino no está claro, sólo veo el camino desde el origen. Conozco al joven hombre desde que Torii lo trajo a su pequeño campamento, y podría ser tu cuñado, un gran cuñado. Pero es un esclavo, y se le ha marcado para la muerte—aseveró Bortochoou, encogiéndose de hombros mientras le pasaba el pellejo de airak al Khan.
—No pienso liberarlo para formar familia. Los hijos de mi hermana no vendrán de un esclavo, ¡y menos de uno que la ha profanado! ¿Debería perdonar a mi hermana, amigo?—.
—Deberías abrazarla y demostrarle que ella no es un objeto con el que comerciar. Ella te quiere y te respeta, pero teme por sí misma en tus manos. Es sangre de tu sangre, más que yo. ¿Merecería el desprecio o el látigo por escuchar su corazón como tú lo hiciste? Nuestra cultura protege a los nuestros, y entiendo que Kerish no lo sea. Aunque si quisieses, eso podría cambiar—.
—Pues no quiero. Y como has dicho antes, ya se ha decidido el destino del muchacho. Que ella lo llore, tendrá derecho, pero el hilo de sus vidas será cortado por mi mano y no volveré atrás. Hay mucho en juego y ya hemos movido las piezas. Sí, la perdonaré. La perdonaré, ¡pero no sin reprocharle su error!—.
—Te pagaría un valle entero de caballos si lo tuviera para casarme con la dulce Soryatani y darte sobrinos locos y guapos. Pero ella ama a otro hombre de vida corta, y ni tú ni yo podemos quitarle el derecho de amar a quien desee. Sólo vivimos una vez—.
—Ojalá todo fuese tan sencillo. Somos de distinta madre, y quizá eso me hace sentir menos aprecio del que debo por ella, pero por otro lado, no dejaría que ningún hombre indigno la manchase. Debería matarlos a los dos como castigo, son una mujer y un perro esclavo. Los castigaría a ambos y punto. ¿Realmente haré bien pasando por alto su indiscreción? ¿Por qué siento apego y asco a la vez que deseo impartir justicia con mi sedienta espada? ¿Me equivoco o soy justo? ¡Ser el señor de mi pueblo es una gran carga! ¡La cabeza tengo llena de aullidos que no me permiten conciliar el buen sueño!—gruñó el líder de las tribus, a todos los efectos un rey y como tal, aquejado por las presiones del liderazgo.
—Tú eres el Khan. Yo invité al esclavo a comer con nosotros por requerimiento de tu hermana, con tu mandato, pero supe que ella quería tenerlo delante como a una persona corriente. El amor es puro, amigo mío, y tu hermana sigue siendo pura—.
—Hablas con el mismo amor que yo hablaría, amigo, aunque en estos momentos me arde el estómago. Tendré que perdonarla. A él no… ¿Y si lo entregamos como tributo? Es fuerte y seguro que nos daría suerte el sacrificio. Otro nombre en la muralla roja—.
—Tomes la decisión que tomes, castígame a mí, pero no a ella. La quiero tanto que me quitaría la vida si la viera marchitarse triste como una flor sin tallo. Tampoco tienes por qué castigar a Kerish, nos ha servido bien. ¡Envía un prisionero Aolita! Seguro que las mandíbulas de la bestia no notan la diferencia—.
—Sincero como siempre, hermano. No seré demasiado duro con ella, pero a ése cachorro inmundo y miserable le espera lo que debe esperarle. Hice un pacto con el Padre Cielo, amigo. Jamás deshonraría a los dioses, y de todos modos, es tarde para cambiar de opinión. ¡Los demás me verían débil si le perdonara! No podemos dejar que eso ocurra, no ahora que estamos tan cerca. Además, él no es de los nuestros, es un esclavo porque es débil y nosotros fuertes—.
—Qublei…—le interrumpió su hermano de sangre.
—¿Qué más tienes que decir?—.
Tras un silencio, Bortochoou le recordó un proverbio ancestral, volviendo a hablar poco más tarde de destensar el cuerpo, nervudo, por nombrar sobre los dioses y sus pactos con los hombres.
—No menosprecies a un cachorro débil, pues podría convertirse en un tigre feroz—.
El Khan se acarició la perilla que se estaba dejando y los bigotes, y miró hacia el fuego. Sus ojos brillaron sobre las llamas, y luego se giraron hacia su hermano de sangre y alma. Continuaron después, cortando la anterior conversación al tratar sobre un plan de ataque a la capital del imperio.
Luego de acordar los pormenores, el Khan puso una mano sobre uno de los robustos hombros de Bortochoou. Él había consentido a su hermana, así que tanto su hermano de sangre como Soryatani y él eran culpables de lo mismo. Igual se salvaría Torii y todo quedaría en una reprimenda para la princesa, pero si quería ser el nuevo emperador, si quería que su campaña empezase bien desde el principio, debía jugar bien la partida con la sabiduría del Lobo Azul.
Pero, ¿cómo hacer lo que era correcto para el corazón de la joven y cómo hacer lo correcto para el Khan y su familia? ¿Cómo podía afectar positivamente todo para su plan de conquista?
Sí. Qublei ya estaba pensando en otra cosa más.
—Sabes, Bortochoou… no te va a hacer falta ese valle de caballos—.
Contrariada y sin saber apenas sobre el sacrificio ni dragón alguno, consideró que era suficiente y se marchó.
En el exterior de la tienda, Tuoya lo había escuchado a la perfección. Obviamente, ella tuvo otras intenciones y lo último que quería era que su trabajo para fastidiarlo todo se quedase en una sonrisa, una boda y todo perdonado.

 


El espectáculo debe continuar (IV)

Semana y media más tarde, el señor de las hordas regresó y fue recibido en una fiesta de bienvenida y de despedida: por el triunfo en Xihuan.
Todo estaba dispuesto para liberar a sus lobos y luchar a todo o nada en un único combate. Qublei no se había hartado de tanta leche fermentada de yegua como acostumbraba, y por ello su mente funcionaba con más claridad. Se encontraba con poco apetito, sentado y meditando, allí en su tienda. El emperador de Xihuan había exigido el tributo acostumbrado de cada año, el mejor guerrero de las hordas. Antiguamente era uno cada diez años, pero él no arriesgaría a nadie. La última vez, Bortochoou se quedó sin hermano. Un honor religioso y una honra ancestral en morir a manos del dragón del emperador se consideraban tales, que los nombres de los ofrendados ocupaban un lugar importante en una losa roja que había como monumento en memoria de los sacrificios por el poder y la gloria del reino. De todo el imperio Xin.
Pero el Khan no lo veía así… un dragón, desde tiempos ancestrales, era para él una criatura maligna que trataba a los humanos como si fueran ovejas a las que sacrificar para saciar su voraz apetito. No sólo eso, sino que había dragones que no eran meras bestias. Según el vulgo, algunos podían tomar forma humana, o incluso hacer magia. Empero pocos dragones debieron existir (o seguían existiendo) así, pues era una patraña que un reptil acaparase el saber arcano tan exagerado que se le atribuía en las leyendas, y las leyendas solían exagerar las verdades. Por supuesto, no todas las leyendas eran mitos sin verdad…
Su ancestro Khromme fue un Akei de pura raza. El Khan lo sabía.
Y algunos de los suyos también lo sabían, pero se callaban. Esperaban el momento de sublevarse contra el emperador, reuniendo todas las fuerzas posibles y vengar la milenaria afrenta. De ahí que quisiera, preferiblemente, un pacto con los Aolitas.
Ahora, los tenía bajo su férreo puño, a ellos y a muchos más, pero la ciudad imperial estaba fortificada. Xihuan poseía soldados entrenados en distintas artes marciales y que utilizaban los puños y los pies con una destreza increíble, tan letales como las espadas y las lanzas.
Era un mundo por conquistar que el Khan jamás tendría en sus manos, pero él tenía la sangre de los Akei, aunque corrupta, corriendo por sus venas. Todo se lo debía a aquél reyezuelo loco, que exterminó a su gente hacía generaciones, emergiendo de señor de la guerra hasta el salón imperial.
Llegaría el momento en que Qublei se echaría como un lobo salvaje sobre el pomposo hijo de puta que sentaba su trasero en un trono que no merecía, y entonces… entonces sería el rey del mundo. Sólo necesitaba unirse más a sus gentes, unir a más pueblos, y el poder vendría de su cimitarra Ilonia como un rayo libertador, así como la muerte vendría de su espada ken.
Alguien entró en la tienda, con la mirada sumisa y hacia el suelo de un esclavo triste, pero que ardía con un interno fuego dorado y vengativo en los ojos de Tuoya.
—¿Qué quieres?—le interrogó el joven Khan, sin dirigirle la mirada a la mujer.
—Sólo estar contigo, mi señor—suspiró ella, de tal forma que ni siquiera se notó el sarcasmo y el ardor con el que escupía las dos últimas palabras.
—¿Tú? ¿La que menos gime de mis mujeres?—sonrió Qublei, —Ahora dímelo en serio. Quieres algo, ¿verdad?—.
Tuoya se reprendió a sí misma mentalmente, mientras se arrodillaba delante del Khan, mirándole suplicante, lo más suplicante que pudo fingir.
—Algo difícil tengo que contarte. Pero antes, te ruego que no me cortes el cuello, oh gran Khan, pues mis palabras podrían profanar tu orgullo y cegarían tu corazón de tal forma que desearías matarme. Tengo una gran culpa que confesar—.
Qublei entrecerró los ojos, y cruzando y descruzando entre sí las piernas, apoyó el codo derecho en la rodilla derecha, y la barbilla en la mano diestra, con la contraria sobre el costado izquierdo.
—Habla—replicó secamente.
—Se trata de tu hermana Soryatani, tiene un amante. Sabiendo que querrías que ella fuera tu unión con la sangre imperial tras la conquista a su dinastía que tantos años has planeado, creí que era mi obligación como esposa decírtelo. Prevenir tu deshonra, gran señor—.
Tuoya bajó la cabeza de nuevo, y Qublei permaneció quieto, impasible, pero con el rostro enrojecido de ira. ¡Su hermana, su bien más preciado al igual que su caballo, Espada Que Baila!
—Si es verdad lo que dices, ¿cómo te has enterado?—susurró con suspicacia el Khan.
Ella no se demoró en explicarse. La técnica del doble rasero, siempre tan apta si se podía manejar bien.
—Una noche he seguido a tu hermana, simplemente por mera casualidad porque algunas veces paseo sola, y me quedo a ver el reflejo de las estrellas que flotan en el río Kuoulún. La vi yendo hacia el coliseo que había montado tu abuelo, a imagen de los de esos pueblos de “ojos redondos” del sur, ¡y la encontré juntando su tripa a la del esclavo pálido! ¿Qué clase de mujer te desobedece, quizá creyendo que no temerá tu ira por este ultraje a tu voluntad, mi señor? Si todos se enteraran… ¡Él le metió esa gorda tranca hasta el fondo, una vez y otra, tomando lo que no le pertenecía! ¡Debe ser castigada!—.
Quizás Tuoya hubiera querido decir “Me robó la gorda tranca que yo quería meterme hasta el fondo una vez y otra”, pero de haber expresado que lo que sentía eran unos horribles celos y que se tiraba sin penetración a aquél chico de 17 años para el que tenía planes sexuales de lo más turbios, lo cierto es que la que hubiera estado en peligro hubiera sido sin duda ella misma.
Quería a Kerish, quería a Soryatani lejos de él y que fuera castigada por tocar lo que le pertenecía por derecho, uno que ella misma se había atribuido. Qublei miró iracundo su espada ejecutora. Una mujer Ilonia no era de otro hombre hasta que le daba un hijo, su primer pensamiento fue matarle a él y casarla precipitadamente con algún jefezuelo de tribu con el que pudiera vivir con relativo lujo. Pero por otro lado, estaba demasiado abatido pensando en su gran plan de conquista, y en entregar el sacrificio al dragón del emperador. Costumbre impuesta antaño, aún en rigor para glorificar más al emperador de Xihuan y que no descargue la cólera de su mítica bestia. Algunas leyendas de boca en boca entre los Ilonios hablaban de un temible monstruo que destruía a los hombres en batalla, y que por eso se sacrificaban siempre a los buenos guerreros, para mantener saciado a este ser y que, acompañado de un tributo al emperador, significaba paz para todos con la sangre de sólo uno.
Así asintió:
—Ella nunca ha sido de ningún hombre, puedo comprenderlo, pero ese asunto ya lo discutiré—.
—¡Mi señor, si ella no teme tu represalia es porque eres demasiado misericordioso! ¿No sería mejor mostrarle que debe respeto y obediencia al hombre que la debería haber casado con un rico general, al hombre que pronto va a conquistar todo este país, este Imperio de los Dragones?—le insistió Tuoya, pero Qublei tenía una paciencia infinita.
—Dime, fiel esposa: ¿has nombrado antes el hecho de pasear sola?—.
—Sí, mi señor—.
—¿Por qué paseas sola?—.
—Porque así la mente se libera de las presiones del día y tú entiendes mejor que nadie esa carga sobre la frente—.
—¿Y tú no tenías unas guardianas? ¿Tus dos guerreras que podían tumbar a varios hombres? ¿Ellas iban contigo en esos paseos o ibas sola del todo?—.
Ahí el señor de la guerra se fijó en la reacción del rostro de la mujer, aunque no acertó nada más que a discernir con un breve silencio antes de mover los labios que ella permanecía tensa. Provocaba ese efecto en la gente, no le dio mucha importancia pero le preocupaba su seguridad.
—Claro que venían conmigo, mi gran esposo. Siempre—.
—Diles a las dos que vengan y que den prueba como testigos—.
—Mi Khan, ¡ya lo hice! Pero temían tanto tu cólera que se negaron y prefirieron quitarse la vida luchando entre sí antes que desairarte. Ha sido un horror pero prefirieron darte sus vidas en prenda. Yo misma pensé en ello, pero dejé caer la daga antes… antes que poder decirte con la boca lo que no podría con mi fantasma. ¡Te temo y venero, marido, como todos te temen y veneran! Pues tienes mucho poder en ti y más ahora que vas a ser por completo el amo del imperio de Xihuan—.
—¿Dices que se mataron antes que confirmar tus palabras? Aunque es cierto que soy tan temido como querido, no imaginaba ese rasgo en aquéllas dos guerreras entrenadas para ti y que eran como hermanas o incluso hijas: temerme más que a su ama. Todos los que venimos del Lobo Azul como hijos suyos inspiramos eso. ¡Basta entonces de este asunto! Quiero tu palabra de honor. ¿Me la das de que cuanto has dicho es verdad?—.
Ahí no hubo de pensarlo mucho porque conteniendo una sonrisa y empleando los espasmos de los músculos de su rostro, la Ilonia pareció en cambio demostrarse sobrecogida y dos lágrimas descendieron desde los párpados inferiores hasta las comisuras de la boca.
—¡No hay mayor castigo que una deshonra para mi señor! ¡Digo la verdad! ¿Iba a llorar entonces si no lo fuese? ¡No puedes dejar la traición impune y que las dos almas de mis guardianas hayan partido en vano al eterno cielo azul!—.
—¿Es entonces el castigo lo que quieres para mi hermana?—.
—Es justicia lo que quiero para mi Khan—jadeó sumisa, cerrando los ojos, con cara de ir a llorar de nuevo a lágrima suelta a la par que encogía los hombros.
Qublei abandonó su pose y la abrazó, mientras ella ponía la cabeza en el hombro izquierdo de él.
—Tuoya, has obrado bien. Te quiero, y te agradezco que me lo hayas contado. Me encargaré de ello mañana—sentenció el Khan, mientras su esposa le miraba con ojos vidriosos, excusándose, y se retiraba de la tienda de Qublei.

 

 

 


El espectáculo debe continuar (III)

Lo que se apreciaba en la visión de Soryatani desde las dos semanas anteriores al terminar el mes pasado, justo el tiempo que habían estado viéndose ella y Kerish a escondidas desde que él volvió de las tierras extranjeras, no era nada bueno.
Un dragón y una mancha de sangre. Almas en pena estirando sus brazos cadavéricos hacia la insignia. La misma que había visto en el joven al que amaba. Tenía que ir a verle con urgencia, y así hizo. Se puso un del verdoso y se lo ciñó al cuerpo mediante un cinturón blanco de algodón que ajustó tras su cintura, y partió al encuentro con su amado. Debía prevenirle del peligro.
Veía también en sus ensoñaciones místicas una serpiente de ojos dorados y escamas negras que mordía su mano, y nada de esto era bueno. Había llegado el momento. Volvió a la yurta de Torii en el campamento y se presentó a solas ante él. La noche era tan propicia para ello que él asintió con tan sólo verla entrar, y se apresuró a salir con ella. Cuando estaban en el pequeño cobertizo dentro del coliseo, aquello a lo que Kerish llamaba casa, ella extrajo de su cinturón un ching de oro. Torii lo rechazó.
—No lo quiero. No hace falta ya—suspiró él.
—Este es el precio por tu silencio, por tu permiso y por el amor de Kerish, pero esta noche es algo más que eso—.
—Te dejaré pasar sin tarifas, ya no quiero tu dinero. No puedo interponerme entre vosotros dos y menos aún ahora…—.
—¿Qué está pasando, Torii? Algo no va bien, ¿verdad? ¡Dímelo!—inquirió ella cogiéndole las manos, suplicante cuando podía exigirle cada palabra que tuviera que decir.
—Lo siento…—jadeó Torii con pesar, y se alejó.
Ella penetró en la estancia, la luna estaba más que alta, y algunos dormían. Kerish estaba allí, solo, echado sobre su cama. Soryatani se inclinó sobre él para besarle la frente, pero una mano se cerró en torno a su cuello. El apretón no resultó letal, pero la hizo daño y ahogó su grito. Entonces, los ojos de él se estremecieron al verla, y la soltó.
—Sorya—.
—¡Mi amor!—susurró ella, acariciándose la zona afectada por el breve estrangulamiento cuando él se disculpaba con la mirada.
Con todo, aquel apretón casi dominante la había excitado.
—No te esperaba esta noche. Creí que no podrías esquivar a los guardias esta vez—.
—Si no puedo verme contigo mientras estás junto al Kuoulún es porque por el día hago las tareas de una mujer o estudio. En todo este tiempo apenas te he visitado porque los ojos están puestos en mí, pues mi hermano planea su siguiente movimiento de conquista tras la lucha contra otras ciudades que se han opuesto y me busca pretendientes cada vez menos de mi gusto. La única ocasión de verme contigo es por las noches, pagando a Torii para que nos deje estar jun…—.
—¿Pero qué dices? ¡Ahora entiendo, le pagas por mis “servicios”!—rugió él, levantándose con un gran cabreo.
Ella le puso una mano en un hombro, pero él la despreció.
—Déjame en paz. ¡Se acabó, no soy una puta!—le susurró Kerish, entrecerrando los ojos con furia. No era la primera vez que violaban su honor.
—No lo comprendes. No te digo esto sin venir a qué…, no me era posible verte de otra forma y Torii puso un precio por ello, pero ya no. Desde la muerte de una de mis hermanas durante la traición de los Aolitas en el banquete, desde que salvaste mi vida, he sido tuya y sólo tuya. Te debo mi vida y mi corazón y ningún precio podría ser más caro que los segundos que pasan sin ti—jadeó ella, abrazándose a su cintura; —¡Te amo, mi esclavo, mi señor entre los muslos!—.
Kerish volvió a sentir esa debilidad intensa y extraña. Supo que el nombre de aquello estaba más claro que nunca: cariño. Amor incluso, estaba empezando a sentirlo. Le gustaba y le disgustaba. De cualquier modo era un esclavo y su maestro tenía derechos sobre su persona por más que le enfadara, y si debía cobrar a una mujer por él, que ya no según su amada, de todas formas tenía todo el poder de hacerlo.
Se volvió hacia la bella Ilonia, con el ardor de sus ojos y su ánimo sofocados por la certeza de cada frase anterior, de cada expreso sentimiento, y le dedicó palabras amables.
—Oye, lamento lo de tu hermana, la que estaba con Bortochoou. No quise hacerte sentir mal. Todo esto es tan nuevo para mí que no sé qué hacer, y es complicado. Más de lo que crees. Es sólo que yo no soy libre como tú y no tengo derecho—.
—Lo tendrás. Te compraré si hace falta… —sonrió la princesa tribal, acariciándole los labios con las yemas de los dedos, y volvieron los pensamientos sobre su hermana, —Al menos ella está en un lugar mejor, y aunque la extraño a veces, Welún es uno con los vientos del cielo y puedo escuchar la canción que siempre le gustaba cantar. Bortochoou se casó con ella obligado por mi hermano, pero aun así, siempre la trató con respeto y amor sólo por ser mi hermana. Es el único hombre en quien confío porque su amor lejano nunca me ha traicionado—.
—El hermano de pacto de sangre del Khan. Un gran hombre—asintió Kerish.
—Tú eres el mío—.
Ella le quería de verdad, y él estaba queriéndola tras cada encuentro más y más. Se giró y la cogió por los delicados brazos, mirándola ardientemente a sus ojos de jade con vetas rojas y besó sus labios.
Como la otra vez, Tuoya estaba espiándoles, oculta como estaba entre las sombras a la entrada de aquél sitio donde nadie molestaba al esclavo extranjero de piel nívea, e igual que hizo en la anterior ocasión, llevó los dedos de su mano derecha a su propia brecha de hembra y se frotó con rabia. Lo vio todo. Él echó a su amante sobre la cama, y le levantó la ropa con cierta violencia mientras situaba la cara entre sus piernas, y le brindaba el placer que Tuoya le había enseñado a dar. Pero esta vez lo disfrutó dándolo como nunca, y Soryatani más que él sintiéndose plena y amada hasta el infinito. Cuando ella se incorporó un poco, pasado un rato, y sus efluvios manchaban la cara y la boca del bárbaro, le acarició el cabello al mismo que él se alzaba un poco para besarla en la boca, y volvía a lamerla entre los labios que acogían sus ingles, susurrando…
—Te amo—.
Siempre la había visto tan lejana, tan hermosa, tan inalcanzable… y llevaban tiempo siendo un amor prohibido, apasionado, sin desconfianza. Verdadero.
Pero empezó todo con tal explosión, que él nunca se atrevería a admitir que la iniciativa de su relación la tomó una mujer. De todas formas, él no había estado nunca con una, y en su tierra se las había considerado como algo más que la mitad del hombre. Algunas eran maestras guerreras, otras chamanas, y además recibían la educación de sus madres necesaria para iniciar a un hombre y convertirlo en más que su amada pareja, en un amante que conocía lo que le gustaba a las féminas.
Allí era diferente. Pero en cierto modo, sabía complacerla de sobras.
Además de eso, debía agradecerle la instrucción a Tuoya, pero el mérito que mostraba ahora, echando de lado a la joven para penetrar en su cavidad más íntima y carnosa, se lo debía al corazón gentil de Soryatani. Él la hizo el amor sin prisa, con una ardiente pasión que la inundaba como una terrible ola de placer que crepitaba húmedamente cada vez que la parte trasera de los muslos y de las nalgas de la joven princesa encontraban su antagonista con el bajo vientre y las piernas de Kerish. La intrusa les envidiaba, les odiaba, y se masturbó enloquecida varias veces por ello hasta quedar rendida con la espalda contra la pared y sentada con las piernas abiertas. Lloró. Porque más de lo que deseaba admitir, quería a ése maldito esclavo para ella cuando sus planes se hubieran cumplido y gozarlo. Ver que la princesa le disfrutaba así la hería de rencor, así que tan silenciosa y esquiva como llegara, se fue dejando media alma en el camino. En cuanto a los amantes, se dieron un largo tiempo acoplándose, acariciándose, y a la mitad que quedaba de noche, dormían abrazados. Ella se levantó y se vistió, silenciosa, pero él la hizo girarse y la abrazó con fuerza.
—No te vayas—.
Los ojos de Soryatani se abrieron humedecidos por lágrimas de emoción, de cariño y de pena. Cuando una cálida lágrima cayó por su mejilla izquierda, y otra por la derecha, Kerish se las retiró con los pulgares de sus manos, sosteniendo la cabeza de la joven con ellas.
—Te amo, Kerish. No puedo estar sin ti. Eres todo lo que me saca de este paisaje deprimente, de lo que me rodea y oprime. ¿Qué más puede decirte esta mujer desde su corazón? No seré princesa si debo ser como tú para estar contigo—.
—No tengo derecho a pedir, soy un esclavo y sólo anhelo la muerte libre de un guerrero. Pero mientras viva te amaré sólo a ti—.
—Pues no deseo estupideces heroicas. Deseo un hombre que me ame, aunque sé que un día morirás, pero he pensado en escapar de aquí… de esto, contigo. Tú eres mi hombre, y un oscuro futuro nos espera si no nos alejamos de esta tierra. Podemos ir donde quieras, puedes hacer conmigo lo que desees porque soy tuya. Pero hemos de irnos—.
El joven nómada sonrió con tristeza, una de las pocas emociones que podía mostrar con una sonrisa en la cara, igual que el desafío a la muerte. Empezó a separarla despacio de su abrazo.
—No escaparé contigo—.
—¿Por qué, Kerish? Nos dejaron en este mundo el uno para el otro—preguntó Soryatani, rodeando el blanco y fuerte cuello con sus brazos, mirándole con ojos vidriosos y brillantes, sin dejarse alejar.
—Pero no puedo escapar del destino. He luchado tanto…—.
Y sin hablar más de ello, los dos se abandonaron a una tierna lujuria, primero bebiéndose mutuamente con un beso lento que les inundó por igual de calidez, y entonces, sólo entonces, ella abrió su cueva del placer para cobijarle de la fría soledad cuanto él quisiera. Al fin y la cabo, era la última vez.


El espectáculo debe continuar (II)

Acto seguido, Torii señaló a dos de sus guardaespaldas, los cuales hicieron a Kerish ponerse en pie sujetándole por las axilas. La cosa pintaba fea.
—Hace años te marcamos con un símbolo, ¿sabes por qué?—le preguntó Torii.
—¡No, dímelo maestro! ¿Qué significa esto?—gruñó Kerish, mirándole como un lobo enfurecido.
—Eres un gran luchador. Nadie ha conseguido darte muerte, y el dragón de los antiguos es un signo de la eternidad y la fuerza—.
A Kerish le resultaban conocidas esas palabras, ya que en su cultura, los dragones eran bestias que simbolizaban el poder.
Todo gran guerrero que había derrotado a otro, o a un dragón, llevaba esa enseña en sus ropas o en su cuerpo para distinguirse del resto. Llegaba a ser algo hasta religioso portar la marca. Entre los que eran como Torii, el dragón presentaba un signo tan bueno como malo, sí, pero también significaba otra cosa que los desaparecidos Akei legaron al mundo… la marca de la muerte.
—No entiendo por qué aquél chamán quiso que te tatuásemos el dragón Akei. El caso es que te inducimos un trance para encontrar en ti lo que el chamán presentía… una fuerza extraña que según él podía ser beneficiosa, o una amenaza. No le cuestionamos cuando, en ese trance, sacó de ti que luchabas contra un dragón y lo vencías. Dijo que era la señal de tu poder y que debías llevarla en la carne para afrontar tu destino, así que lo hicimos. Y ahora el emperador ha pedido en persona que luches contra su campeón. Todo empieza a tener sentido…—.
—¿Sentido de qué? Torii, déjame ir y suéltame. ¡Lucharé con quien sea!—.
—Sé que lo harás. Pero debes luchar… contra un dragón—.
El bárbaro dejó de resistirse y Lobo Negro le miró, perplejo. El campeón del emperador era una bestia legendaria.
—Mejor tú que yo—susurró lleno de alivio.
Kerish le miró, sin comprender, y luego asimiló. Sus ojos fueron hacia su maestro y cerró la boca al procesar todo esto, asintiendo.
—Lucharé con el dragón y le daré muerte o moriré como un guerrero. Sólo tenías que pedírmelo. De todos modos, es mi destino morir mañana o algún otro día—.
La respuesta hizo sentir emoción a Torii, y Lobo Negro, viendo que su maestro apreciaba el ofrecimiento de su discípulo (que no dejaba de ser esclavo), sintió más envidia. Aunque era la muerte, eso hacía grande a Kerish a ojos del maestro.
—Te juro que querría que no murieras, pero el dragón exige sacrificios a cambio de darle poder al emperador, y siempre exige lo mismo: al mejor guerrero. Tu marca quizá está relacionada con ello, y el Rey Dragón, el emperador, fue quizás también el hombre que ordenó al chamán venir por su visión para que te tatuaran la marca, pues se dice que soñó con un dragón que destruía al otro, y eso sería el inicio de una edad de caos. Sólo Sar sabe el significado de esto, y resta decir que preferiría ir yo en tu lugar. Si es deseo del emperador, que ha pedido expresamente tu vida por tu nombre, su voluntad debe acatarse. No podemos más que afrontar nuestro destino como hombres, y tú eres el mejor que he criado y conocido…—le espetó su señor, abrazándole.
Los grandullones le soltaron y Kerish recordó algo: los brazos de un hombre fuerte que no había vuelto a sentir con una paternidad tranquilizadora, y esa sensación débil que no comprendía, tan intensa, aunque no soportaba que le tocasen.
—…Hijo mío—susurró Torii, conteniendo apenas las lágrimas.
No le parecía justo, pero se consideraba un honor morir en las fauces del dragón del emperador.
El joven bárbaro guardó silencio mientras Lobo Negro comprendía qué era lo que no tenía y por qué. De todos modos, él jamás comprendería el honor, pero se sentía ajeno al abrazo del hombre que había tratado a ambos como a unos hijos… dentro de lo que se refiere a mantenerles con vida tras cada combate y ocuparse de su educación.
El muchacho de las Tierras de la Noche tensó su cuerpo y pronunció una palabra maldita para él.
—Me enseñaste que el destino…—.
—El destino es lo que tú haces de él—susurró Torii, que iba con su del azul y un fajín rojo, poniendo las manos sobre los hombros del bárbaro, —Eres y serás siempre mi mejor hombre de la espada. ¡Tienes el corazón, tienes el hierro, tienes el deseo y el espíritu! Recuerda todo lo que te enseñé. Cuando luches con el dragón, alcanzarás la inmortalidad. Dicen los míos, antes de partir a la batalla: Vuelve por tus pies al fuego junto a nosotros, vuelve al cielo con el viento y los caballos—.
Kerish separó a su maestro y le miró en silencio. Como siempre, lo decía todo con los ojos. Después de ello, aunque Torii nunca hubiera imaginado que el gladiador aceptaría el sacrificio (al menos el joven tenía la absurda idea de ganar la mano al dragón), le acarició la rosca verdosa que le hacía llevar siempre, traspasada por un cordel en el agujero central.
Fue el precio al que le había comprado, con monedas de jade. Según el tamaño del aro, había una medida asociada a un precio. Kerish costaba 36 de jade, toda una fortuna, y ahora valía el doble. Mas en estos momentos en que quería libertarle, debía ofrecerlo a la muerte. Supo que el Padre Cielo había dispuesto la suerte de cada mortal desde su nacimiento por cómo se sucedía todo en el destino, y el perder a otro hijo, aunque no fuera de sangre, le rompía el corazón.
—Ahora ve a ese, tu pequeño castillo de madera y descansa. Tienes un mes hasta la hora del dragón. Entrena duro para que la última lucha sea grande y el final más grande aún. Y tú, Lobo Negro, conservarás la vida a mi lado y serás maestro también. Todavía debes traer grandes triunfos a mi casa—.
El gladiador asintió y el maestro gladiador le despidió con un asentimiento de cabeza. Lobo Negro fue también despedido del mismo modo. Ignoraba por qué había sido llamado también, pero quizá lo comprendía. Por una parte, que Torii le consideraba su hijo también. Y por otra, aunque enfrentase a Kerish a la muerte, seguía prefiriéndole y le restregaba que era mejor que él.
¡Mejor que él! ¡Que Lobo Negro, el asesino sin remordimientos!
Esto tenía que acabarse.
La gloria de Kerish no sería muriendo contra el dragón del emperador, él ya se encargaría de eso.


El espectáculo debe continuar

Una vez estuvieron en la tierra natal de Torii, Lobo Negro y Kerish se presentaron ante su maestro tras los entrenamientos. El Ilonio les sonrió mientras les ofrecía un tazón de té caliente a cada uno, de rodillas sobre la estera en su yurta.
—Los dos habéis culminado años de entrenamiento alcanzando casi la perfección, en tan poco tiempo. Aun así el destino os depara otra senda—.
—¿No soy perfecto matando, maestro?—inquirió Lobo Negro.
—Lo eres más que otros—respondió el maestro de gladiadores, —También lo es Kerish—.
Les miró fijamente a ambos unos instantes, habían sido como hijos para sí mismo, sus alumnos más jóvenes. Más o menos les conocía a cada uno su parte; el del cabello negro no era un misterio para él…
Se trataba del hijo de un norteño que había pasado la vida en los bosques, en una cabaña, y que se casó con una salvaje que había salvado de una cuadrilla de esclavistas, aplastando los cráneos de todos ellos a golpe de mazo.
No había tenido más en su vida de su padre, desde que su madre enfermó terriblemente y permanecía en la cama con horribles dolores en el pecho. Su progenitor se hizo soldado en algún reino del sur y había vuelto derrotado y sin blanca, y vender pieles de lo poco que cazaba no ayudaba a mantener a su mujer y a su hijo. Una noche, en la pequeña cabañita del bosque, el joven estaba entrenando como un día cualquiera, a los doce, con dos espadas cortas que le cogía a su padre a escondidas. Había observado los movimientos del hombretón de barba corta y cabellos largos durante meses y los imitaba con fanatismo. Sólo eso de admirarle de lejos y crear un vínculo con esas armas había conseguido suplir la falta de afecto que su padre le había causado. Su madre ya ni hablaba, y aquella noche fue a verla, por última vez. Seguía estática en esa solitaria y fría habitación, con sus ojos azules puestos en el techo, apenas parpadeaba, pero respiraba. El dolor se había extendido como una ponzoña hasta su centro neural, y ya no tenía salvación.
Se meaba encima, se cagaba, no comía ni bebía, y la muerte no venía a librarla del calvario. Un calvario que ya no sentía en su piel, porque por fuera, ya estaba casi muerta. Lobo Negro se tragó sus lágrimas y le clavó al unísono las espadas de su padre entre los pechos, destrozando su corazón.
Los gélidos iris azules empequeñecían mientras las pupilas, aliviadas, aumentaban de radio. Abrazó a su madre, ante la mirada furiosa de su padre, que le dio una paliza que podía haber sido terminal.
El joven explotó entonces desde dentro, mirando con sus frías pupilas a su padre, y le cortó los brazos por la zona en que se unían al torso, fortalecido por el dolor y la rabia.
Cuando su padre cayó al suelo, entre estertores y chorros generosos de sangre, el joven Lobo Negro le dio una muerte demasiado piadosa  con una estocada en la nuca. Con el cuerpo dolorido, se sentó tranquilamente en la mesa donde compartían tantas veces la comida, y sin arrepentimiento, engulló el plato de lentejas con carne de ternera que su padre había dejado humeante en el salón. Desde entonces, su trato hacia todo el mundo había sido así de frío, cruel si podía, y dañino.
Eso hizo que Torii se fijara en él cuando lo capturó a costa de las vidas de seis hombres.
Se ganó su nombre por llevar siempre una pelliza negra de lobo y comportarse despiadadamente. Era el asesino perfecto. En cambio, el otro tenía muchas cosas en contra.
Todo su ser en contra.
Pero le agradaba matar, disfrutaba con la sangre, aunque no con la crueldad, y lo único que sabía era que fue un joven con un nombre desconocido que pertenecía a una tribu de más allá de los páramos y los glaciares, que había luchado contra un oso mítico, y cuyo corazón ardiente no soportaba la opresión de la esclavitud.
Con todo, era adaptable e inteligente alguna vez que otra. Pero casi nunca hablaba de sí mismo. Le bastaba con tener un arma en las manos para bañar la tierra de sangre y nada más le importaría.
Mas, apreciaba el honor por encima de todo. Lobo Negro jamás lo comprendería, y por eso, no era el favorito.
En el fondo, ello llenaba de ira al joven de cabellos negros, pero era una furia que el maestro sabía que tarde o temprano, en el momento adecuado, descargaría sobre su hermano de espada.
—Por ello, he decidido entre los dos, y ha sido muy difícil. Los ancestros Akei han hablado a los chamanes, y uno de los dos está destinado a la gloria. Pero la gloria también le llevará a la muerte…—.