Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

La Hora del Dragón (V)

Torii miró a su alumno, metido en una jaula como un animal.
Bueno, poco más era para muchos, y no obstante el dragón del emperador había sido derrotado por él, un “simple” gladiador.
Un tipo al que el esclavo no había visto nunca, un perro de guerra de los de manual, fue quien se había encargado de transportarlo maniatado.
Supo por boca del mismo, el tal Baitao, que Bortochoou aprovechó la oportunidad para neutralizar al bárbaro extranjero sin llegar al combate armado, y así había terminado Kerish con el culo en donde lo tenía sentado.
Lo podrían haber matado allí mismo, pero una extraña decisión de Khan de Ilonia y en nada Emperador prevenía tal acto. Si era cierto que derrotó al dragón y que los cielos unían el increíble destino que habían enfrentado cada uno por su parte, seguramente Qublei no quería arriesgar de momento su gran victoria.
Ya lo ejecutarían después por algún rito, o incluso en la arena… aunque no se podía plantar fácilmente cara a un gladiador como él, que resultaba campeón entre las vidas que poseía el maestro, hablando del cual, se enfadó por lo que había hecho aunque el bárbaro de piel blanca no lo sabía con certeza.
Con todo, el Cymyr pareció leerle la mente:
—Déjame adivinar: Estás enfadado. He sido un niño malo, ¿no es así? He salido vivo—.
—Kerish… tengo que preguntarte eso a ti. Dime qué es lo que has hecho para que el Khan mande un juicio de muerte y sangre contra mi alumno. Mi ahijado—.
Su vista se desvió hacia la arena donde dos luchadores practicaban con largos palos, y bajo el cielo, que estaba engrisecido pero que por algún motivo se puso dorado al medio día, todo parecía estar sumido en la mayor de las calmas a excepción de los gladiadores.
Sus ojos volvieron hacia el bárbaro occidental y se relamió los labios, que se le habían secado, esperando sus palabras.
El muchacho del cabello castaño rojizo se acarició el mentón.
No tenía más de 17 años, adelantando su próximo cumpleaños, y estaba siendo tratado como un hombre que había infringido la ley de las tribus Ilonias. La había infringido en nombre del amor, o más bien, alguien lo hizo por él.
Torii se hacía el ignorante, pero Kerish ya sabía que Soryatani le pagaba por sus servicios, de modo que cuando escuchó la palabra juicio, se echó a reír.
Lo Ilonios tenían leyes muy particulares. Y ninguna favorable para el que perdiera la partida.
—Es sencillo, ¿recuerdas la chica que te pagaba? ¡Tú sabías que todo esto sucedería desde el principio, por eso me propusiste como ofrenda al dragón!—rugió el bárbaro, con una sonrisa feroz.
—¡No sabía lo primero ni tuve elección en lo segundo, habría preferido entregar a otro antes que a ti! ¡Yo habría dado mi vida, pero exigieron la tuya! Ya da igual, te has acostado con la hermana del Khan y él se ha enterado. No eres nadie para él… sólo un esclavo, y has profanado a su hermana—.
La parte extraoficial era que la hermana se había profanado lascivamente con el joven esclavo durante algún tiempo, y sus visitas nocturnas no cesaron por ello.
Kerish aún tenía mente de niño, y si estaba enamorado o sólo la deseaba, no lo sabía, pero quería estar con ella pasara lo que pasara, y las cosas se habían puesto muy feas para ellos.
Pero su corazón le hacía decir con la boca que amaba a Soryatani, y si él lo decía, no podía mentir.
—No morirías por mí. Eres un hijo de puta falso que vendería su alma por un buen precio si algún demonio le hiciera una oferta. Lo peor que podía haberme pasado era morir, pero creo que hay razones más importantes por las que vivir que tener que rajarse la barriga por deshonor o vender a un esclavo con el que has ganado una gran suma—.
—Te he dado cuanto cariño pude. Eras un niño cuando llegaste, muchacho, ¡hasta llegué a considerarte mi hijo! ¿Cómo te atreves a dudar de mí?—replicó Torii, dolido.
—¿Cariño? ¡Venderme aliviaría más tu culpa que decir eso! Ese es el único cariño que tendrás por nadie en tu vida, maestro. El amor que siento por Soryatani es de verdad, y no es el precio del dinero que le pediste por mi virgo—le dijo el bárbaro, enrojecido de ira contenida.
Torii le tuvo miedo cuando le vio agarrarse con tal ferocidad a los barrotes de hierro de su jaula, que el metal chirrió contra la madera y el oriental estuvo a punto de coger una espada, creyendo que se enfrentaba a un león de verdad.
Suspiró, y reconoció su parte de culpa. En esos momentos de silencio, odió el dinero.
Luego, le dejó un peto de cuero y una falda masculina del mismo material  para que tuviera algo puesto encima, pasándoselo por las rejas, y bajó la mirada, triste. Se fue, dejó a Kerish solo.
Y no miró atrás.
Estaba sentenciado. Los guardianes del Khan llevaron al bárbaro en la carreta a una parte alejada del aíl de Qublei para que el Khan le impartiese su justicia.
Mientras Kerish se ponía el peto de cuero y la falda, vio algo envuelto en pieles dentro de la muda que le había traído el maestro. Lo desenvolvió con cuidado, y se sorprendió al ver unas nudilleras de metal, al igual que las cuchillas de greba para los pies, como cuando fue traído y le enseñaron a luchar con los puños y las piernas.
Se sobresaltó por un sonido familiar: escuchó el ruido del acero incrustándose sobre el hueso, y se puso sus muñequeras, tirando con los dientes de los cordones que las ajustaban.
No llegó a embrazarse todavía las cuchillas cuando una sombra se acercó a él.
Vio su rostro sonriente y su mirada fría, no podía creérselo.
—Hola… hermano—.

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2 comentarios

  1. …Y parecía que no podía ir peor cuando…

    Jajajajajajajajajajjajajajajajajajajaja, he terminado el episodio, ¡pero tengo que seguir leyendo! ¿Te parece bonito?

    Besos de vainilla y almendra :********** (Te los estás ganando todos, que lo sepas)

    13 diciembre, 2011 en 7:35

  2. ¡Es uno de esos episodios que te dejan “pitoso”, lo reconzco! Pero si con ello te sientes enganchada a la historia y todo te está gustando, me parece bien que me des tanto beso de vainilla y almendra… ¡ñam, ñam!

    13 diciembre, 2011 en 19:06

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