Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Archivo para septiembre, 2010

Vivir por matar (II)

—¡Ke-Rish, Ke-Rish!—vitoreaban los guerreros y mercaderes Ilonios así como los de otras naciones allí presentes, que a parte de monedas, incluso echaban pellejos de airak al campeón de los brutales juegos.
Éste, brindándoles la victoria, emitió un gutural aullido que más bien parecía un desgarrador rugido, una manera bestial de celebrar el triunfo, de llamar la atención a los primales y violentos dioses guerreros.
El lugar estaba lleno de muertos. Sólo había un tipo en pie.
Y era el de la máscara de lobo, con esa mezcla de hacha, lanza y guadaña.
Qublei Khan rió de nuevo cuando Bortochoou, su segundo al mando y amigo de confianza, le tendía un pergamino.
El joven Khan, de la misma edad que su mejor amigo, leyó el idioma, que distante de serlo, era un dialecto escrito tal cual sonaba, traducido del Xin y que sonaba parecido.
Se levantó, y le siguieron su hombre de confianza, luego un arquero de blanco cabello, con un arco largo y rojo a su espalda que vestía armadura ligera Ilonia de color semejante, y tres muchachos jóvenes con el pelo corto y castaño, todos con unas espadas muy curvas y esbeltas, escoltando a sus siete esposas.
Los guardianes de sus mujeres no eran Ilonios, pero le habían prestado su lealtad como embajadores de otro país, no tan lejano, al norte de Xihuan. Irónicamente, compartían su sangre.
El Khan, con el pelo largo por detrás y corto por delante, tenía el flequillo en corte recto, a un dedo de las cejas.
Los tres muchachos de negro con el pelo corto, eran sus hermanos, aunque no hijos de su padre. Su hombre de confianza, con quien hizo pacto de sangre, era el único del que podía llamarse hermano.
Los tres Ilonios como él, eran hijos de un general, que se los llevó a todos y cada uno a vivir al país del norte del que apenas sabían nada, a estudiar la guerra, la poesía y los idiomas, para que a la hora de que los Ilonios eligieran un Khan que fuera vasallo de Xihuan, éste elegido fuera hombre de cultura y batalla.
El arquero era un viejo recluta de ropajes blancos. Un soldado fiel y sincero. Y el mejor arquero de toda la nación Ilonia.
Él sabía la historia del segundo padre del joven Khan:
Cuando su padre verdadero murió en un combate con un hermanastro en una disputa por unas tierras fértiles y una manada de caballos, el hermano de pacto de sangre de su padre, un general respetado, se encargó del joven mientras aún no podía mandar en el aíl, e hizo tres hijos a la madre del muchacho.
Con lo anterior ya presente, se dio cuenta el viejo arquero de que con todo, la única familia verdadera que siempre había estado al lado del joven Khan eran Bortochoou y su hermana. La joven de blanco y rojo que dirigía su tímida y hermosa mirada, confusa bajo las largas y hermosas pestañas, hacia la arena.
La única chica de la familia, la más mimada y la más sobreprotegida.
Fue el anciano quien miró al joven gladiador al notar que la muchacha lo hacía, sintiendo curiosidad por aquél de la máscara de metal.
Este último entraba por un portalón y era flanqueado por varios hombres, y unos esclavos fueron puestos por el maestro gladiador a recoger los regalos e irse por una puerta, tras la cual se cerraba el consabido rastrillo.
El arquero se quedó perplejo.
¿No era también un esclavo aquél muchacho que debía pasar bajo el rastrillo? ¿Por qué salía como un hombre libre por el portalón?
Los trabajadores del pequeño coliseo, encargándose de los muertos, los despojaban de armas y armaduras.
El arquero no era un tipo rudo, pero respetaba el combate, y si el combate en la arena era tan brutal, no debía de preocuparse de que en los campos de batalla no hubieran gladiadores.
Así estaba mejor todo, además, él era Gemei, el de la flecha.
Su ataque era a distancia, y en el cuerpo a cuerpo no era tan bueno como los guerreros de Qublei, el Khan. Mataba Khanes de otras tribus desde casi dos kilómetros, de pie y a la pata coja sobre la rama de un árbol.
No había hueco de armadura que se le pasase inadvertido. Por eso era el mejor.
Con la espada no era tan bueno aunque sí elegante, pero no podía compararse a un guerrero como el de la trenza rojiza.
La humanidad no paría tales máquinas de guerra, pero sí las creaba.
Y absorber de los países de los “ojos redondos” el hacer y ver estos espectáculos sangrientos repugnaba al viejo soldado.

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Vivir por matar

—¡Ja jaaa!—.
La risa, loca y gorgoteante, provenía de una garganta llena de airak, una bebida corriente en las tierras de Ilonia.
Los Ilonios, hombres de ojos rasgados y cabello negro, se estiraban de los lacios bigotes, o se acariciaban sus caras afeitadas y llenas de cicatrices de guerra, apostando los chings (moneda de curso legal de Ilonia) a los luchadores en aquel ruedo mortal que estaban presenciando.
Las monedas de colores, a las cuales pasaban por el diminuto hueco en el centro de cada una un cordel de cuero (las había según su valor por colores dorados, verdes y rojizos, fueran de oro, jade, o de otros materiales), circulaban de un lado a otro, y se ponían en alambres dispuestos para contar las cantidades.
El Khan era el hombre de estridente risa.
A sus 21 años, el Khan era un joven de larga melena oscura, de azul brillo, y entre carcajadas ahogadas en leche que, tras un periodo de fermentación, servía como licor, se deleitaba con el brutal espectáculo.
Apostaba más monedas verdes, riendo y golpeando con el puño los reposabrazos de su tosca silla de madera, cubierta de pieles y con cráneos de enemigos destacados sobre la cabecera de la silla y los brazos. Con el físico esbelto y los ojos de águila humanizada, los otros hombres le respetaban pues aquello era nacer bajo la protección de los cielos según sus mitos.
El pellejo de airak volaba de un lado a otro nuevamente entre los guerreros del Khan, y un recién cortado brazo voló hacia el público, ávido de sangre.
Los asiáticos bárbaros rieron de nuevo, mirando las bajas empalizadas, en la arena, cómo un joven armado con un tridente, intentaba clavar en las costillas de otro su arma. El muchacho que estaba esquivándole, había cortado el brazo a una mujer de pelo negro y ojos rasgados que blandía una lanza de doble hoja, similares ambos filos a los de las cimitarras.
El joven saltaba hacia el del tridente por un lateral, cortándole por la zona occipital del cráneo a su contrincante con un hacha que por el extremo opuesto, era una lanza.
Fue una maniobra rápida, brutal, y que había dejado congelado de miedo ante una muerte tan cercana a su rival un segundo antes.
Con los sesos desparramados por la arena, la gente que se divertía viendo el terrible juego de muerte aplaudía y loaba al vencedor, rindiendo honores al vencido con una canción que el guerrero gladiador que estaba en el centro de la pista no alcanzaba a comprender.
Ello no le importó…
Miró hacia su derecha una última vez.
La mujer en el suelo había muerto segundos antes por el shock, y el triunfante, que tenía la trenzada melena oscura pero rojiza, hizo rotar sus ojos hasta otro gladiador que había matado, alguien que no tuvo oportunidad, y cuya masa cerebral también estaba esparcida por el suelo.
Entre las cientos de miríadas que estaban pendientes de cada balanceo de su exótica hacha-lanza, unos ojos le observaban tras el Khan y sus varias esposas.
Los de una mujer de lisos cabellos azabache cuya belleza la camuflaba una mirada tímida, casi fija en el suelo.
Las pupilas negras del Khan fueron hacia la mujer, hermosa como pocas en sus tierras, y cuyo atavío era una túnica ancha de mangas largas de color blanco.
El reborde rojo en el cuello y mangas tenía estampados de flores, semejantes al enorme loto rojo que ella llevaba en la espalda, bordado ricamente con filigranas de oro y con el rojo brillante de la sangre.
Luego, la sombría mirada tornó al victorioso en la arena, el del cabello rojizo, cuando la luz iluminaba la oscura trenza, que le caía por la espalda.
Su taparrabo era blanco, aunque no como sus toscas botas, de pieles de oso. La cara del joven estaba cubierta por una máscara metálica, que asemejaba al rostro de un lobo.
Los Ilonios se alzaron, arrojando monedas rojas y doradas a sus pies, mientras que la pose triunfal del gladiador les arrancaba un grito comunitario y apasionado una vez más. Eran como niños que disfrutaban con un juguete que jugaba para ellos.
El gladiador clavaba su arma en el suelo, con la hoja del hacha hacia arriba, e inclinó una pierna, dejando la otra estirada, como si estuviese corriendo e imitase exageradamente la estatua de un atleta, de la misma forma que mantenía recto el torso, y dejaba caer un brazo tras su cadera izquierda.
La sangre en su arma brillaba con bermejo fulgor al elevarla hacia el sol de aquella tierra, que siempre se sumergía en las hermosas praderas que sus ojos nunca llegaban a ver.


Gladiador

“¡Atento! ¡Los dioses te miran!
Son duros y despiadados,
Gozan con tu sangre
Y de la de cuantos has matado.
Pero sus rostros desde el cielo
Sonreirán al victorioso.
¡Lucha con bravura y la gloria será tuya!
¡Gánate su favor, guerrero sin legión!
Muerte al señor de los demonios,
Muerte a los señores de los ángeles,
¡Y una muerte gloriosa para mí!
”.

 

-La Canción del Gladiador-.


El Nacimiento (V)

Tan pronto se hallaba frente al público, el otro, un hombre negro del lejano sur con varias cicatrices por su cuerpo (ya fueran las cruces en la espalda o las líneas en sus piernas), agitaba su alabarda de derecha a izquierda, asestando una terrible batida hacia Khôr nada más pisó la arena.
Éste se retrasó esquivando el golpe, y flanqueó a su enemigo por la izquierda, mientras el hombre de oscura piel, de cuyo casco de bronce sobresalía su melena negra poblada y voluminosa, rugía descargando un golpe de incesante giro, emulando un tornado.
Al verle, Khôr no podía sino retroceder… el otro era muy ducho con la alabarda, y se diría que había dedicado su vida o parte, a luchar con ese tipo de arma.
Cuando la punta de lanza de la alabarda le dibujó un surco rojo sobre la zona frontal de las costillas, el joven lanzó varios ataques rabiosos y descontrolados hacia su oponente, que con una risa cavernosa y molesta, los esquivaba y fintaba con golpes de vara a la espalda, hombros, y el vientre del bárbaro.
Con cada golpe, el chico estaba más furioso, y se sentía más impotente.
Éste adversario era un guerrero increíble, y cuando apartó al joven con una calculada patada al pecho, pero aparatosa y sin elasticidad, se acercó desde su izquierda y le golpeó las costillas y el vientre con el mástil de la alabarda.
Dejándole dolorido y sobre una rodilla, fue a descargar sobre el caído el golpe final a distancia segura con la hoja de hacha de su arma.
El joven nómada supo en ese momento que moriría, el corte a la cabeza. Pero cuando la hoja se abatió sobre él, Khôr rodó sobre su cuerpo con una voltereta rápida como el trueno, esquivando el ataque que sólo encontró arena.
¡Ahora no importaba nada que hubiera sido esclavo, o hijo de sus padres, no importaba nada más! ¡Debía mantenerse vivo, y la única manera que tenía de hacerlo era luchando!
Así que al levantarse, usó sus extrañas armas para dar un tajo al hombre de piel negra con la mano derecha tras la rodilla izquierda.
El corte recorrió desde el flanco exterior de la rodilla y sajó el tendón de la pierna, dejando al dueño paralizado y tambaleándose por el dolor.
Luego, el negro alzó e hizo descender la media luna de acero contra la cabeza del muchacho, y éste la detuvo con sus cuchillas, rechazando el ataque enérgicamente, casi en cuclillas, agachado como un depredador, y clavó las puntas de sus armas el en hombro izquierdo que le mostraba su antagonista, desclavando con un sifoncillo de sangre.
—El tigre atrapa la luna—susurró un hombre con bigotes lacios al encapuchado maestro de los esclavos, que se sentaba a su lado.
El otro asintió con aprobación, disfrutando el combate.
—Haz una oferta. Te lo dejaré barato, Torii… aunque me ha costado tres guardianes inútiles—dijo Dkagn’kur con una risilla sardónica, acariciando a sus dos panteras, la negra y la blanca, que le flanqueaban en su asiento de piedra negra tallada.
En ese mismo instante, al derramamiento de sangre, los que veían la lucha alzaron el grito, un grito ensordecedor y aterrador que parecía hacer bullir su sangre y su estómago como si burbujease en su interior.
El gigante de piel oscura, no obstante, no se dio por vencido por el cruel ataque sufrido, y usando ambas manos, golpeó al joven con la alabarda.
Esta chocó contra las cuchillas de Khôr, que se había defendido de manera instintiva, pero elaborada, y con un terrible golpe desde abajo y arriba con sendas hojas en sus antebrazos, partió el palo del arma.
El gigante negro le lanzó un puñetazo hacia la cara con la mano izquierda, tirándose sobre Khôr con un impulso fútil usando su arma rota.
Y al esquivarlo echándose hacia la izquierda, las cuchillas del bárbaro se cruzaron juntas ante el cuello del hombre negro, deslizándose después los brazos hacia los lados con un enérgico y rabioso movimiento, seguido del ronco rugido de algo parecido a una pantera.
En el aleteo de una mosca, un gorgoteo nauseabundo y un surtidor rojo, y la cabeza del guerrero negro voló en lo que parecieron lentos segundos sobre la arena, hasta caer no demasiado lejos.
La sangre le manchó el rostro y todo el cuerpo al blanco, y al contemplar las entrañas del enemigo muerto, que aún intentaba sujetarse la cabeza, tumbó el cadáver desapasionadamente con una pierna.
El pequeño coliseo estalló en vítores y aplausos, y el chico bárbaro hizo sonar sus cuchillas de nuevo, al deslizarlas una contra otra, alzando los brazos con un grito de ira primitiva y atroz.
El sabor de la sangre en la boca, la saliva ácida y el amargo hedor de los adentros del muerto.
Y el clamor. Ese clamor espasmódico que le hacía estremecerse entre la locura y el placer, como un orgasmo y menos fugaz aún.
Era el sabor del triunfo.
—¡Ksssh… Ksssh!—gritaban unos y otros, imitando el sonido de las hojas cortas que estaban insertadas en esa especie de guanteletes.
Y continuaron gritando enfrenecidos: —¡Krissssh! ¡Krissssh!— hasta que el sonido se hizo claramente audible.
—¡Ke-Rish! ¡Ke-Rish! ¡Ke-Rish!—coreaban todos por último, alabando al campeón.
Torii le miraba desde un palco burdo y tallado en roca, al lado del Señor de Esclavos.
Al victorioso le hicieron llover chorros de licores, monedas y frenéticos alaridos para honrarle.
No tenía nombre humano que ellos pudieran saber, y de saberlo, les importaba menos que el hombretón decapitado que yacía aún sangrando y que había matado a veintisiete esclavos de los más dotados de físico sin sudar apenas.
Y el crío había sobrevivido, luchando de una manera tan despiadada como instintiva.
Los espíritus de los muertos estaban ahí para aclamarle mientras se iban a aullar al Abismo, tanto como aullaba la multitud.

Khôr murió aquel día…

Había nacido Kerish.


El Nacimiento (IV)

Le llevaron a un pequeño vado en una carretilla con jaula de hierro, y a través de los barrotes, le amarraron el cuello, la cintura, los brazos y las piernas con correas de cuero marrón tachonado, y le inmovilizaron con bicheros, usando los garfios.
Los ojos le enrojecieron de rabia, sobre todo cuando abrieron la jaula, y dos esclavos humanos de cabellos negros igual que sus barbas, amarraron algo que se cerró con un sonido metálico en torno a sus muñecas y antebrazos, así como le ajustaban más correas provenientes de los nuevos grilletes.
Apenas podía mover los dedos de las manos.
—¡No! ¡Soltadme, cabrones! ¡Quitadme esto, quitádmelo!—gritó el joven estepario, revolviéndose dolorosamente en su jaula cuando notó que las pequeñas púas de los garfios se le clavaban y se sumaban a las heridas aún no del todo desaparecidas que le causó el oso.
Aunque las había cicatrizado, le dolían todavía.
Escuchó de nuevo ese clamor, ese jaleo aterrador, y empotraron la jaula abierta del carromato a un ventanuco en la pared de piedra negra y amoratada.
Retiraron los garfios, con hilillos de sangre en los pálidos brazos y muslos del joven.
Se miró lo que tenía en las manos, y lo movió dentro de la jaula. Notó un filo que no quería acercarse al cuerpo por nada del mundo, y luego, delante de sí, vio que abrían una trampilla en la piedra.
Los otros seres gigantes, desde fuera, le cabreaban como a una bestia enjaulada, golpeando los barrotes planos que formaban cuadrados vacíos, y le daban algún otro golpe en los costados y las piernas con las varas de sus bicheros.
Entonces, un silencio, luego un murmullo, y el animal rabioso con forma humana que estaba en la jaula, se decidió a salir por la extraña puerta.
Se encontró a unos rostros desconocidos tirados en el suelo arenoso por debajo de él, mientras caminaba atemorizado por una alta pasarela.
Los negros muros manchados de sangre, la gente agonizando debajo de él, con heridas de muerte en el pecho, o armas clavadas en la espalda, le trajeron una visión familiar que no conocía del todo.
Alrededor, en las gradas de piedra, protegidas por altas vallas de bronce y roca, cientos de hombres y otros seres que coreaban como el canto de la muerte al recién llegado.
El próximo en morir.
“Estoy perdido…”
.
Khôr miró en derredor, con el escaso vello de sus brazos poniéndose de punta, al igual que sus descubiertos pezones se erizaron, presa del pavor y la excitación. El esbelto muchacho tenía el pecho a punto de estallar, estaba asustado como un conejo rodeado por chacales de goteantes colmillos.
De otro puente similar, pero menos alto y en el extremo opuesto, un hombre se precipitó entre el enloquecedor clamor. Era Aqueecha.
Un guerrero allí abajo, con una especie de lanza-hacha manchada de sangre tanto como su brazal de escamas de metal, que le cubría el brazo derecho y el pectoral del mismo lado tan sólo, giraba el arma sobre su cabeza y la chocaba contra la espada larga de Aqueecha.
La gente aclamó entre los aplausos que surgían de las altas paredes, las cuales acababan en alargadas columnas curvas que parecían garras de piedra, así otras víctimas aguardaban entre barrotes de hueso.
Con una parada exitosa, el hombre saltó sobre el guerrero de la alabarda, con la piel oscura, y practicó una estocada hacia el centro de su pecho.
Fallida por la agilidad presente del hombretón musculoso, Aqueecha quedó indefenso cuando el otro se situó a su izquierda, y le golpeó las costillas y el vientre con la vara del arma… luego, dejó caer la hoja contra el cuerpo del representante esclavo, que se hallaba postrado sobre sus rodillas, y le decapitó de un tajo.
—¡Saborea las cenizas y el hierro en la Fosa de Hueso!—gritó el público, enfrenecido por la locura violenta ante la cual pedían más todavía.
Igualmente gritó el victorioso con voz ronca, y alzó  su terrible alabarda, retando en lengua de batalla al joven bárbaro.
Éste olvidó el miedo, la indecisión, y todo lo que había sucedido.
Se miró los antebrazos, protegidos por una suerte de grilletes o brazales de acero, sobre los que, en la zona alta del antebrazo, estaban incrustadas unas cuchillas parecidas a dos garras de dragón.
“¿Cómo puedo estar perdido, si no tengo adónde ir?”
.
Su mirada, al igual que su expresión facial, recrudeció con el fulgor de las almas de metal afilado que portaba.
Las hizo brillar y rechinar, deslizando una contra la otra, mostrando una feroz sonrisa a su adversario, y saltó a su encuentro, con las piernas flexionadas del todo.
No era un niño, ya no. Y jamás volvería a serlo.
Tomó suelo como un león tras un salto, dispuesto a destrozar, dispuesto a destripar… y moriría con honor rodeado por un paisaje de desolación, esclavitud y violenta tristeza con el coro de la masa que pedía por más aniquilación.
Allí, luchó… y eso marcaría su destino para siempre.


El Nacimiento (III)

Parecía amanecer, el cielo estaba teñido con una pincelada púrpura que se mezclaba con un fulgor lineal y recto de color anaranjado, mientras que las nubes, lejanas y tormentosas, llegaban hasta ellos suaves e inexorables, pero a la vez plomizas y entristecedoras sobre sus cabezas.
Todos dormían aún, sólo les despertaban cuando la capa purpúrea se deshacía como una bandada de estorninos, y dejaba sobre ellos un cielo grisáceo que al atardecer, y debido a alguna tormenta sobrenatural, enrojecía.
Un jaleo le despertó. Abrió sus ojos oscuros y se levantó incorporándose, con las manos por delante, con el tintineo de los eslabones de hierro viejo de sus cadenas.
En esa fracción de segundo recibió una patada en la espalda que le dejó sin respiración unos instantes, y cuando le tiraron del cabello, giró sobre sus greñas, aún con el culo en el suelo, y alzó las manos para dejarlas caer sobre la zona entre las piernas del gigante de piel violácea pálida con furia, usando sus grilletes y cadenas además.
El otro apenas tuvo tiempo de apartarle con el largo brazo, cuando acogió involuntariamente el golpe y se sujetó con ambas manos la entrepierna. Entonces el joven esclavo saltó sobre el pecho del gigante, usó de nuevo y de aquella manera los puños, dejándolos caer sobre la frente, los ojos, y la nariz del gigante.
En el momento en que brotó su sangre, roja pero oscura, el muchacho del cabello de fuego negro hinchó el pecho y gritó como una bestia triunfal que había acabado con su enemigo natural.
Luego de eso, se levantó, y cogió el bronce que llevaba el capataz esclavista. Pero no duró mucho su respiro, y llegaron dos capataces más.
Al ver la cara blanca y marmórea salpicada de sangre, al igual que las manos, apenas pudieron reprimir con vigor un espasmo. Y cuando Khôr se levantó empuñando la espada de bronce, con la parte inferior de la hoja dentada y la punta chata, como formando una línea inclinada, ellos no fueron menos rápidos en el desenvaine.
No hubo palabras ni réplica de ayuda.
El primero se adelantó hacia su enemigo, el hombre inferior, con un poderoso ataque doble de ida y revés, pero el muchacho de piel blanca se retrasó de un salto y luego se impulsó con sus talones como un proyectil hacia el enemigo que preparaba un golpe desde lo alto.
La espada bajó, dio con el plano pomo del arma en la espalda del Cymyr, que gruñó con el golpe y que luego, increíblemente, apartó al gigante con un empujón como el embiste de un furioso uro.
El más grande cayó junto al compañero, que azuzaba cobardemente su bronce en el aire, a distancia prudencial del combate, y llamaba a gritos a los demás.
Su compañero había recibido el bronce de Khôr en una cadera, y el joven había asido con tal fuerza la espada, que tirando de su cuerpo con un golpe de mandoble, le había destripado por el lado izquierdo que su armadura escamada no protegía.
Así fue a por el otro, y ya veía que venían más. Al menos, moriría como un guerrero.
El otro, viendo ayuda, al final se envalentonó, y sus cabellos largos se mecieron en el aire como una ventisca, cuando se precipitó sobre el humano con su enorme brazo blandiendo la espada.
En tan sólo un suspiro, el bronce había dado contra el bronce, ambas espadas se habían mellado, trabado, y cuando el muchacho bárbaro vio que el empuje contra esa bestia humanoide no iba a triunfar, soltó el arma. Así, el otro se desequilibró, con una espada anormalmente fusionada a la otra, y trastabilló hacia delante.
Al instante en que intentó recuperarse, notó que el aire le faltaba. En unos dos segundos más, cuando ya oía los pasos de sus compañeros, supo del crujido de su garganta en su propio cuerpo, el cartílago roto, órganos sangrando dentro de su garganta… y se ahogó con su sangre.
Las cadenas se rompieron en su unión por el eslabón desgastado, y el bárbaro dejó de estrangular con ellas al capataz.
Tomó luego la espada que este tenía, y la destrabó de la otra, armándose. Le rodearon muchos.
Demasiados para él.
Pero no adoptó pose de combate… el pulso aún le hacía temblar, estremecerse por dentro, como si un tambor enorme pulsara en su plexo solar.
—¡Condenación! ¡Esto no lo había previsto, el crío es una ganga! Desarmadle con el mínimo daño posible. ¡Ha asesinado a tres capataces y debe remunerarme su coste! ¡Si sobrevive como ha hecho, nuestro invitado me pagará por él la suma que quiera! Vamos, muchacho, no te resistas—.
Khôr vio por segunda vez en todo este tiempo al cabrón que le había destinado a la suerte de trabajar en las minas, y obviamente, prefería morir a seguir trabajando en la esclavitud.
Él era libre como el viento de la estepa, y moriría libre, como ahora, con las cadenas rotas.
Se le echaron encima todos, sus largos brazos, sus grandes manos, le impidieron blandir las espadas cortas de mango largo, como las que fabricaban antiguamente en su pueblo…  y luego, se lo llevaron con la precaución del que captura un animal rabioso.
—Saboreará las cenizas y el hierro en la Fosa de Hueso. Y si no, pues morirá—.
Dkagn’kur rió bajo su capucha. Y rió… y rió.


El Nacimiento (II)

No muy lejos, otros con muy mala suerte, y un futuro que era más una muerte en vida, soportaron la pavorosa presencia del monstruo al sentir el viento que levantaba.
—El dragón sobrevuela todas las noches este sitio. Está adiestrado para cazar a quien se encuentre en las inmediaciones del campamento y traerlo a su amo, como un perro de presa—dijo un hombre que los años en aquellas canteras diabólicas privaron de grasa saludable, y le proporcionaron en consecuencia la esbeltez de un adolescente, como el que estaba a su lado.
Otro recién llegado, hacía ya unos meses, y que cada noche seguía desgastando contra una piedra un eslabón de sus cadenas de hierro.
—Ese animal no tiene puntos débiles, ni siquiera sabes si el hierro negro Kentariano puede herir su carne. ¡Olvídalo, Aqeecha!—le reprendió un tipo que estaba por entrar en la cincuentena, como el que había hablado de la bestia negra, y se comunicaba en el mismo idioma, la lengua del norte.
Aunque éste hombre no parecía tan mayor como el otro, sólo podía advertirse en su mirada. Los dos con el cabello largo, oscuro y encrespado de años dejándoselo crecer sin peinárselo y con la barba hirsuta y crecida durante veinte años de presidio injusto, parecían náufragos. Incluso envejecidos antes de tiempo.
—La bestia que entrenó para cazarnos el Señor de Esclavos…—susurró el otro con odio y desesperanza, que no recordaba su propio nombre, —…Es un terrible monstruo que no heriríamos ni con nuestras lanzas, si aún las tuviéramos—.
Al lado de ambos, y de espaldas a ellos, el joven que había llegado nuevo hacía tiempo, aún desgastaba la anilla de sus cadenas que cada día cedía más a su insistencia.
—No te esfuerces, chico. No resolverá nada. Aun si consiguieras liberarte, no podrías luchar contra los monstruos de melena blanca—.
—Comen y beben. Cagan y mean. Y seguro que sangran como humanos—.
La voz del joven sonaba tenebrosa, profunda, y con todo, se asemejaba al susurro de una serpiente. Quizá la ronquera del día anterior le había hecho tener ese tono, cuando le hicieron enfrentarse a una pantera entre gritos, ambos sujetos como animales de compañía por unos collares y gruesas cadenas, dejando poco a poco acercarse a cada uno por un pedazo de carne poco hecha. La carne finalmente se la llevó la pantera negra, que a diferencia de la pantera Kentaria, que tenía el amo de los esclavos (se trataba de un felino blanco y esbelto con los ojos rojos y con la cola más corta), no se alimentaba cada día.
Volviendo del momento en que el joven recordaba competir con una bestia por la comida, se le dibujó una mueca siniestra en su rostro macilento y sombrío.
Había una fiesta en su tribu en la que un niño pequeño debía pelearse con un perro-lobo por un pedazo de carne. Si la ganaba, sus padres gozaban de un hijo con coraje. Pero divertir a aquél puerco que lo había reducido a la esclavitud pugnando contra sus bestias, le hacía sentir una rabia enfermiza. Los otros dos sabían que era Cymyr, y que los Cymyr eran animales encerrados en cuerpos de hombre, con un orgullo y energía que aventajaban a algunos seres vivos. Pero el muchacho estaba débil. Llevaba mucho tiempo comiendo poco, y mal.
Y en lugar de tomarse el agua por la noche, cuando podía absorberla mejor el cuerpo aprovechando el relente, se la tomaba cuando le venía en gana sin seguir en nada los consejos experimentados de sus forzosos compañeros.  Así, su cuerpo no se había desnutrido demasiado, seguía teniendo las piernas de un montañés, y la expresión orgullosa de un jinete de las estepas.
—¿Y qué, entonces?—le susurró Aqueecha, tras un largo silencio.
—Que si sangran, pueden morir… ¡si es que el bronce que llevan puede rajar sus pellejos, malditos sean!—gruñó el muchacho tras escupir con desdén, sin cesar de frotar la roca que tenía entre los dedos de la mano derecha contra las cadenas de hierro, produciendo de vez en cuando alguna chispa.
Pero terminó cansado, y se dejó caer en la pajiza sucia que tenían como cama en una especie de barracón, pero sin paredes. Sólo un techo y un tabique junto a la pared montañosa.
Entonces llegaron los nuevos, y los arrojaron con empujones hacia las yacijas de paja, entre gruñidos y siseos.
—Sois los nuevos, supongo. Yo soy Aqueecha, el… “representante” de los esclavos. Uníos a nosotros, amigos—les sonrió el que se presentaba así en lengua común.
Los recién llegados, asustados y desorientados, recibieron una explicación breve sobre el campamento y las duras jornadas que les esperaban.