Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Acorralado (III)

Para mala suerte, parecían ir a intervenir más aún los guerreros del Khan, pero éste los detuvo.
Por su parte, Tuoya se levantó cogiendo la espada que una vez tuvo Kerish durante el duelo e intentó matarle allí donde se hallaba, pero el bárbaro se giró sobre sí mismo presintiendo sus pisadas, y la punta del arma se clavó en la tierra.
Falló, estaba condenada.
Llorando y jadeando casi sin aire, desesperada, soltó el arma y supo que sólo tenía una opción de salvar el pellejo.
Así fue como echando a correr hacia Qublei, Lobo Negro la decapitó desapasionadamente de un tajo limpio y cruzado de sus áureas espadas.
Eran de acero aunque tratadas con algún tinte dorado, y lucían gemas verdosas en sus guardas redondas, y contando esta muerte, ya estaban bañadas de suficiente sangre. Pero aún faltaba la de alguien más por derramar.
Kerish se encontraba mirando a Torii.
Todo quedó suspendido en el polvo del suelo que se levantaba mientras se incorporaba. Luego, notó que su visión enrojecía, y un calor tembloroso poseía su cuerpo.
Estaba acorralado, pero no vencido… ¡y mientras respirase, sus brazos serían devastación!
Hinchó el pecho y se impulsó como un tigre hacia Lobo Negro, dándole dos puñetazos en la cara que le crujieron la mandíbula y le hicieron dar con la espalda contra un árbol.
La máscara que le protegía voló por el aire abollada y con la marca de unos nudillos furiosos de metal, perdiéndose junto al río.
El guerrero gladiador de cabellos negros intentó usar sus dos espadas para cortar de un golpe dual la cabeza de Kerish, pero otras hojas afiladas se lo impedían.
Luego, el bárbaro deslizó las cuchillas de sus brazales por las muñecas de su contrario, cortándolas de un tajo, y éste soltó las espadas doradas que cayeron junto a la cabeza cercenada de Tuoya.
Kerish gritó como alguna bestia de parajes oscuros y remotos, y traspasó repetidamente el cuerpo de Lobo Negro bañándose de gotas escarlatas que salpicaban de cada herida… estaba poseído por la furia, una rabia negra que venía desde las profundidades más salvajes de su ser.
Su corazón clamaba por ello, y sus brazos ejecutaban una cruel tormenta de acero que relampagueaba desperdigando una lluvia de sangre.
Entre sus gritos y cuchilladas de venganza, sólo pudo entenderse una frase completa.
—¡¿Por qué has matado al maestro?! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!—.
Después, el cuerpo apuñalado incesantemente de Lobo Negro se resintió más aún, miró con sus ojos azules a Kerish, jadeando entre estertores, pero sin derrumbarse.
El bárbaro del cabello rojizo se giró sobre sí mismo balanceando las piernas una tras otra, elevando primero la rodilla zurda dando la espalda al vencido, al rotar hacia su izquierda, y volviendo a estar frente a Lobo Negro, le disparó una patada con la pierna derecha que le cortó el cuello.
El cuerpo muerto sangró una vez más con la horrible herida abierta, y tras un gorgoteo, cayó a un lado del árbol donde se apoyaba.
El bárbaro se tomó unos segundos para recobrar el aliento y saborear el frenético clímax de la lucha, lo llevaba en las venas y no podía evitar disfrutarlo. 
Se dirigió hacia su maestro al reparar en su cuerpo herido, acogiéndole en sus brazos ante la mirada expectante de los otros. Fue entonces cuando los guerreros Ilonios tensaron sus flechas y amenazaron la vida de Kerish.
Los detuvo una mano enrojecida en vital rojo que se alzó hacia ellos, y luego, las últimas palabras de un moribundo rompieron unas invisibles cadenas.
—Eres… un hombre libre. ¡Vete, no mueras! ¡Vuelve con tu familia!—.
Torii tiró con sus últimas fuerzas de una pequeña y gruesa argolla verde que pendía de un cordón negro en el cuello de Kerish, bajo el peto de cuero.
Se la puso hace varios años como un signo de servidumbre, de lealtad… de esclavitud.
Ahora se la había quitado.
Torii traía entre otras cosas, un pequeño mayal con clavos en la esfera, un cinturón, un mangual a dos manos con una bola lisa, y un escudo de borde aserrado en que estaban doblados bajo los asideros unos pantalones de piel clara.
Tenía el semblante sombrío de un hombre que la muerte se llevaba. Kerish derramó una lágrima, y su valor se desmoronó unos segundos, se desabrochó las cuchillas de greba y los brazales-cuchilla.
—¿Lo… ves? He… ¡Venido a morir por ti! Mi… hijo—jadeó el maestro, que descansaba al fin.
El general Baitao se acercó al joven bárbaro con su ancha cimitarra tratando de prenderle, pero Kerish se levantó con la velocidad del tigre, y movió la cabeza de una forma familiar.
Cuando vieron que su melena trenzada estaba cogida por la fuerte manaza izquierda de Baitao, todos suspiraron aliviados.
Pero algo goteaba al suelo, rojo, manchando la tierra, y el general no era lo único que permanecía estático.
Encorvado hacia delante, el bárbaro había clavado una pequeña hoja afilada (que casi siempre se amarraba al pelo) en la garganta del general, y éste cayó muerto pero sin soltarle la entretejida melena.
Todos gritaron y cerraron el círculo, dispuestos a estrecharle entre armas sedientas de vida y dispuestas a repartir muerte, pues él no dejaba de estar acorralado desde que empezó el combate, y a decir verdad, siempre lo había estado.
Primero las oscuras aventuras en su país de aterradoras leyendas, luego la cantera de Minas Chagör, y después, todas las arenas de gladiadores que afrontó con el aplomo y entusiasmo que muchos no tenían.
Todo llegaba a este momento, el momento de empuñar su última esperanza y romper ese círculo.

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3 comentarios

  1. …Como decía el maestro Hitchkock… Con la muerte en los talones…

    *Sonrie, levantando la mirada verdosa del texto un instante, y vuelve a la lectura*

    13 diciembre, 2011 en 7:57

  2. ¡Y a la muerte vuelve todo! Pero… ¿quedará tanta muerte en una nueva vida? 😉

    13 diciembre, 2011 en 19:24

  3. De toda muerte siempre surge una nueva vida. Esa es la filosofía de Morrigan, no lo olvides. Morir para renacer. 😉

    13 diciembre, 2011 en 19:44

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