Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Archivo para diciembre, 2010

El final de un sueño, el origen de un destino

El lugar estaba rodeado de soldados de roja armadura y el pasillo que formaban indicaba el camino por el que el Cymyr debería ir para salir del campamento.
En ese momento miró a Soryatani, ella lloraba unas lágrimas que resbalaban ante las espadas con indiferencia hacia la muerte que podían ofrecer, y posó una mano sobre la frente del joven, acariciándosela y despejándola de cabello.
Sus ojos y los de la muchacha se fundieron en una sola mirada, la de la hermosa bárbara era un río de tibio y brillante jade, sereno y amante como una caricia de las suyas. La de él reflejaba la dureza de las montañas, la pureza del cielo y el helor de la nieve.
La princesa de la tribu entreabrió los labios carnosos y brillantes, pero aunque sus palabras fueron un susurro entrecortado de pena y llanto, sonaron más decididas que nunca. 
—El mundo es un reino que espera ser conquistado. Tómalo y conviértete en alguien muy fuerte, mi amor. Y cuando lo consigas, ¡vuelve y hazme tuya para siempre!—.
Soryatani se separó del gladiador liberto con el corazón ardiendo y empequeñecido por el dolor de la tristeza, y varios hombres del Khan la hicieron retirarse forzosamente, pese a que no opuso resistencia.
Kerish recogió todo lo que había al lado del cuerpo de su maestro muerto, jadeando, y soltó la espada del general Baitao.
Así siguió su camino, yéndose sin mirar atrás y con lo puesto entre un poderoso ejército, jurando en silencio por las últimas palabras que oiría de su amada y mirando la lejanía tenebrosa en la que deberá adentrarse.
—¡No podemos dejarle ir, Qublei! ¡Vamos a por él!—interpuso uno de los hermanos del Khan, aún espada en mano.
—¡Pues yo me voy!—protestó el liberto gladiador, —¡Si alguien quiere detenerme, que se cruce en mi camino!—.
—¡Te cogeremos!—.
—El que crea que tendré piedad, que venga a intentarlo—.
El joven bárbaro susurró su sentencia, pero de manera audible, mas nadie salió a su paso al ir por el camino bajo sus pies, saliendo finalmente del campamento tras una ida que no hicieron por detener.
Ya en las afueras de Ilonia, habiendo cruzado tierra que antes fue Aolita, Kerish se asomó por uno de los pequeños barrancos del paisaje, viendo fluir las aguas.
Pensaba en todo lo que había acontecido, y algo en su interior pareció liberarse de algún tipo de ataduras invisibles, como si su verdadero “Yo” despertase de un sueño.
—Vuelvo con mi familia—se dijo a sí mismo en voz alta.
Continuó su travesía por tierra, buscando un atajo alternativo para volver a los indómitos y tenebrosos yermos que llamaba hogar en el menor tiempo posible.
Recordó la primera noche que había pasado con Soryatani.
Ella le había desvirgado, y le había hecho sentir como un hombre de verdad. Lo que un hombre siente cuando está tan cerca de una mujer y descubre parte de un mundo antes cerrado a sus ojos y demás sentidos.
Quizá encuentre a otra como ella alguna vez, o nunca encuentre a nadie para él, pero se consolaba con que, al menos, el buen Bortochoou la trataría bien y siempre estaría allí para quererla y darle protección.
Y en el futuro, el bárbaro evitará volver a Ilonia tanto como le sea posible.
Ahora, Qublei Khan era el amo de Xihuan, la ciudad imperial y de las tierras salvajes de las tribus bajo su puño. No tardaría en hacerse con todo lo demás, tanto como en comprender que, en verdad, su espíritu estaba abandonado a la soledad del trono.
Durante los años que siguieron, Qublei Khan pensó en aquél joven bárbaro, su odio no había desaparecido del todo, pero sintió que tanto el esclavo como él mismo, ahora emperador, compartían mucho más de lo que parecía.
En el fondo se arrepintió de su cólera, pues de pequeño Qublei fue prisionero y esclavo de un clan rival hasta que pudo huir, y vivió lo mismo que el extranjero para luego volver con una espada y un ejército para triunfar.
Forjó en su mente una máxima que nunca abandonaría: Cualquier acción movida por el odio está condenada al fracaso.
En su fuero interior, pidió al Tangri que el guerrero del otro lado del mundo, de las estepas sombrías de las Tierras de la Noche, nunca conociera ese error por el que la bella hermana del Khan sufrió por siempre.
Lo que nunca sabrá Kerish es que Soryatani trenzó los mechones de su melena que cayeron al suelo y que los guardó en una caja de caoba, los humedeció con un aceite que olía a almendras, y allí permanecieron durante muchos años.
El dragón del emperador no le dijo qué significaba esa marca en su cuerpo, ni obtendría pistas por boca de su maestro sobre quién se la hizo y por qué, pero al menos, el destino se hallaba en sus manos.
¿Tendría algo que ver el tatuaje?
Sonrió a medias, y mientras caminaba cual sombra solitaria hacia los salvajes páramos donde nadie se atrevía a internarse, le vinieron inevitablemente esas palabras a la cabeza.

El destino es lo que tú haces de él…”.


Acorralado (IV)

El gladiador bárbaro tomó la espada del general y se cortó la trenza de un tajo, quedando libre, y rechazó espadas con una concentrada maestría nacida del adiestramiento más riguroso y la necesidad de sobrevivir.
Así lo hizo cortando una cara, una mano, y esquivando una patada, amputó la pierna que le atacaba por encima de la rodilla derecha a un soldado Ilonio que se lamentaría de por vida.
El Khan se metió por medio, con su ken ya en la mano, y todos se retiraron a un grito comprendiendo que el mismo Khan quería matar al traidor.
Kerish no se amedrentó, esto tardaba ya en suceder.
Tenía la melena suelta y empuñaba la curva espada con las dos manos, mirando a Qublei y a Bortochoou alternativamente, pues estaba seguro de que uno de los dos contaría con el apoyo del otro.
El Khan le lanzó un cuchillo de hoja ondulante, pero cuál fue su sorpresa al ver que el gladiador golpeaba con la cara plana de la espada el objeto y luego lo recogía del suelo, allí donde se había clavado por obra de un rebote.
—¡Tienes que morir, bárbaro!—le gritó el Khan, con la espada en una mano mientras con la otra le señalaba usando un dedo acusador.
—Ríndete, muchacho—apoyó el hermano de sangre, —¡Ya has jugado bastante con la muerte y es hora de pagar el precio!—.
Los ojos de Kerish apuntaron hacia los de Bortochoou, y éstos a su vez hacia el pozo que no estaba lejos, tras el cual se cubría Gemei, el de la flecha, que preparaba otro vástago rojo.
—¿Y si no me da la gana rendirme? ¿Me matará el arquero? ¡No desperdicies flechas e intenta matarme de una maldita vez con un arma en la mano, como hacen los hombres!—rugió el gladiador con voz grave, encorvándose de una manera casi exagerada hacia delante cual bestia acorralada y preparada para morir matando.
El Khan miraba con ira guerrera al esclavo luchador que tenía su puñal en la mano izquierda, y por primera vez apreció que poseía toda la estampa de un agresivo león encerrado en un cuerpo humano.
Puede que aquello que su hermano de pacto dijera sobre un tigre tuviera su fundamento…
Bortochoou miró a Kerish con los ojos brillantes.
Ser un esclavo liberado era un gran honor en tierras Ilonias, y significaba, según la ley, no estar sometido a nada ni nadie nunca más aunque fuera atrapado por otro Ilonio.
Kerish echó de su mente la imagen el cuerpo de Torii en el suelo mirando a Qublei Khan, a su hermano de pacto y al arquero Gemei, que bajaba su arco, destensándolo.
—¡Qublei, el bárbaro ya no es un esclavo! ¡Le han liberado del anillo de jade! ¡Si tratas de matarlo como a un perro, él puede luchar contigo en igualdad, y será nuestro Khan si vence! ¿Quieres perder ahora todo por lo que has luchado en tu vida?—susurró el hermano de sangre del señor guerrero.
—¿Así debe ser? ¡Bien, pues es esta mi sentencia! ¡Te casarás tú con Soryatani, y él se irá libre hacia las tierras baldías, bajo la promesa de no volver a ser visto por mis ojos en toda Ilonia! Te debo la vida por dos veces, Kerish, incluyendo la derrota del dragón del emperador… Pero llévate ese puñal que te he lanzado como promesa de que morirás por mi mano otro día si volvemos a encontrarnos, ¡porque yo mismo te lo clavaré en el pecho y me comeré tu corazón!—.
El puñal era una palabra de vida y una palabra de muerte. Con tan poco se podía decir tanto…


Acorralado (III)

Para mala suerte, parecían ir a intervenir más aún los guerreros del Khan, pero éste los detuvo.
Por su parte, Tuoya se levantó cogiendo la espada que una vez tuvo Kerish durante el duelo e intentó matarle allí donde se hallaba, pero el bárbaro se giró sobre sí mismo presintiendo sus pisadas, y la punta del arma se clavó en la tierra.
Falló, estaba condenada.
Llorando y jadeando casi sin aire, desesperada, soltó el arma y supo que sólo tenía una opción de salvar el pellejo.
Así fue como echando a correr hacia Qublei, Lobo Negro la decapitó desapasionadamente de un tajo limpio y cruzado de sus áureas espadas.
Eran de acero aunque tratadas con algún tinte dorado, y lucían gemas verdosas en sus guardas redondas, y contando esta muerte, ya estaban bañadas de suficiente sangre. Pero aún faltaba la de alguien más por derramar.
Kerish se encontraba mirando a Torii.
Todo quedó suspendido en el polvo del suelo que se levantaba mientras se incorporaba. Luego, notó que su visión enrojecía, y un calor tembloroso poseía su cuerpo.
Estaba acorralado, pero no vencido… ¡y mientras respirase, sus brazos serían devastación!
Hinchó el pecho y se impulsó como un tigre hacia Lobo Negro, dándole dos puñetazos en la cara que le crujieron la mandíbula y le hicieron dar con la espalda contra un árbol.
La máscara que le protegía voló por el aire abollada y con la marca de unos nudillos furiosos de metal, perdiéndose junto al río.
El guerrero gladiador de cabellos negros intentó usar sus dos espadas para cortar de un golpe dual la cabeza de Kerish, pero otras hojas afiladas se lo impedían.
Luego, el bárbaro deslizó las cuchillas de sus brazales por las muñecas de su contrario, cortándolas de un tajo, y éste soltó las espadas doradas que cayeron junto a la cabeza cercenada de Tuoya.
Kerish gritó como alguna bestia de parajes oscuros y remotos, y traspasó repetidamente el cuerpo de Lobo Negro bañándose de gotas escarlatas que salpicaban de cada herida… estaba poseído por la furia, una rabia negra que venía desde las profundidades más salvajes de su ser.
Su corazón clamaba por ello, y sus brazos ejecutaban una cruel tormenta de acero que relampagueaba desperdigando una lluvia de sangre.
Entre sus gritos y cuchilladas de venganza, sólo pudo entenderse una frase completa.
—¡¿Por qué has matado al maestro?! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!—.
Después, el cuerpo apuñalado incesantemente de Lobo Negro se resintió más aún, miró con sus ojos azules a Kerish, jadeando entre estertores, pero sin derrumbarse.
El bárbaro del cabello rojizo se giró sobre sí mismo balanceando las piernas una tras otra, elevando primero la rodilla zurda dando la espalda al vencido, al rotar hacia su izquierda, y volviendo a estar frente a Lobo Negro, le disparó una patada con la pierna derecha que le cortó el cuello.
El cuerpo muerto sangró una vez más con la horrible herida abierta, y tras un gorgoteo, cayó a un lado del árbol donde se apoyaba.
El bárbaro se tomó unos segundos para recobrar el aliento y saborear el frenético clímax de la lucha, lo llevaba en las venas y no podía evitar disfrutarlo. 
Se dirigió hacia su maestro al reparar en su cuerpo herido, acogiéndole en sus brazos ante la mirada expectante de los otros. Fue entonces cuando los guerreros Ilonios tensaron sus flechas y amenazaron la vida de Kerish.
Los detuvo una mano enrojecida en vital rojo que se alzó hacia ellos, y luego, las últimas palabras de un moribundo rompieron unas invisibles cadenas.
—Eres… un hombre libre. ¡Vete, no mueras! ¡Vuelve con tu familia!—.
Torii tiró con sus últimas fuerzas de una pequeña y gruesa argolla verde que pendía de un cordón negro en el cuello de Kerish, bajo el peto de cuero.
Se la puso hace varios años como un signo de servidumbre, de lealtad… de esclavitud.
Ahora se la había quitado.
Torii traía entre otras cosas, un pequeño mayal con clavos en la esfera, un cinturón, un mangual a dos manos con una bola lisa, y un escudo de borde aserrado en que estaban doblados bajo los asideros unos pantalones de piel clara.
Tenía el semblante sombrío de un hombre que la muerte se llevaba. Kerish derramó una lágrima, y su valor se desmoronó unos segundos, se desabrochó las cuchillas de greba y los brazales-cuchilla.
—¿Lo… ves? He… ¡Venido a morir por ti! Mi… hijo—jadeó el maestro, que descansaba al fin.
El general Baitao se acercó al joven bárbaro con su ancha cimitarra tratando de prenderle, pero Kerish se levantó con la velocidad del tigre, y movió la cabeza de una forma familiar.
Cuando vieron que su melena trenzada estaba cogida por la fuerte manaza izquierda de Baitao, todos suspiraron aliviados.
Pero algo goteaba al suelo, rojo, manchando la tierra, y el general no era lo único que permanecía estático.
Encorvado hacia delante, el bárbaro había clavado una pequeña hoja afilada (que casi siempre se amarraba al pelo) en la garganta del general, y éste cayó muerto pero sin soltarle la entretejida melena.
Todos gritaron y cerraron el círculo, dispuestos a estrecharle entre armas sedientas de vida y dispuestas a repartir muerte, pues él no dejaba de estar acorralado desde que empezó el combate, y a decir verdad, siempre lo había estado.
Primero las oscuras aventuras en su país de aterradoras leyendas, luego la cantera de Minas Chagör, y después, todas las arenas de gladiadores que afrontó con el aplomo y entusiasmo que muchos no tenían.
Todo llegaba a este momento, el momento de empuñar su última esperanza y romper ese círculo.


Acorralado (II)

Lobo Negro se giró hacia Kerish blandiendo sus dos espadas cortas e intentó enterrarlas en su pecho, pero el joven gladiador las esquivó echándose a un par de metros hacia atrás de un salto ágil, mientras su enemigo se recuperaba para tratar de engañarle con un tajo desde la alta izquierda, y giró en el aire tratando de estocar el vientre de su antagonista.
El movimiento fue rápido, elegante, letal, de una perfección increíble, pero la hoja de Kerish paró el primer ataque, y fue no menos rápida en anteponer el plano a la punta del segundo embiste.
—¡Éramos hermanos!—.
El grito del bárbaro de 17 años encontró réplica muda, quizá una sonrisa bajo la cara de lobo de acero oscuro, y el ronroneo molesto de una carcajada apagada.
Ambos se miraron un único segundo a los ojos, y el resto fue automático.
Lucharon, saltaron uno contra otro, y ni siquiera se cortaron pues uno era tan bueno con la espada como el otro con dos, pero el de la larga trenza tenía una desventaja: su contrario ansiaba apasionadamente su muerte y a Kerish ya le daba igual matarle.
Para el de los ojos azules, la muerte de su “hermano pequeño” era el principio de su reino, de su gloria, de su bienestar, y estaba poniendo toda la carne en el asador.
Desde luego, Kerish no podía atacarle demasiado pues el otro llevaba la iniciativa del combate y el bárbaro podría defenderse durante poco tiempo más antes de sufrir una herida, que probablemente le causaría la muerte.
Realmente, no podía igualar a Lobo Negro con tan sólo una espada y a tan corta distancia.
El resto de los compañeros y guardaespaldas de Qublei encontraron las flechas de Bortochoou mientras los dos gladiadores se batían haciendo lo que mejor sabían hacer: aniquilar.
Kerish esquivaba una hoja, impedía a la otra matarle, Lobo Negro le golpeaba con el codo del brazo derecho, que de tan cerca que lo tenía del torso del otro, no podía blandir el arma.
El bárbaro se retrasó por el golpe con un quejido, Lobo Negro amagó un ataque giratorio con ambas espadas y sorprendió a Kerish con una patada lateral con la pierna izquierda que le dio en el pecho, y que le derribó.
El joven pálido, nada más caer al suelo, pateó de lado con la derecha los genitales de Lobo Negro, y cuando éste se arqueó hacia delante, queriendo usar sus espadas a pesar del dolor, una bota bárbara le dio un talonazo en la nariz que le hizo sentar de culo golpeando su hueso y cartílago a través de la máscara negra.
Furioso, el gladiador oscuro volvió a la carga blandiendo las hojas a doble mano en un torbellino volador que terminó con él agachado sobre la rodilla derecha, el arma en la diestra alzada en defensa y la contraria buscando entrañas por las que abrirse paso.
Para entonces, su hermano le había rodeado por el flanco siniestro con una zancada, pues, ¿cuántas veces pudo haber contemplado El Ciclón de la Miseria que tantas almas hubo arrastrado?
¡Y así lanzó a morder el hierro con una mano sobre la otra en un terrible mandoble, uno contra la clavícula expuesta de Lobo Negro, a quien buscaba sajarle hasta el cuello!
Ágil, el pelioscuro utilizó el arma en la derecha hacia su frente al anteponerla en diagonal inclinada, y el filo chocó contra su máscara apoyando una defensa improvisada pero económica en un tañido agudo de metal contra metal en pleno chispeo.
Al mismo, su corto glande de doble filo en el brazo extendido perpetró una segada baja y sucia contra las rodillas del otro gladiador, que sin embargo levantó la pierna izquierda y la hoja de la greba rechazó la cuchillada de la que buscaba carne que sajar.
Al notar el rebote, Kerish tomó suelo con este pie y levantó el derecho, golpeando la cabeza de su rival y otrora compañero, que rodó por la tierra rugiendo de rabia ante lo difícil de matar que era el muchacho más que por el dolor que sentía.
Con un arco de metal cortador en avance a la altura del rostro, el pálido esclavo de las grebas con afiladas hojas descargó un ataque de vuelta a la altura del costillar de Lobo Negro que éste detuvo tanto como el primero, anteponiendo una espada y luego la otra, mas no pudo evitar una patada desde su siniestra que el otro le propinó con la pierna diestra y le cortó media mejilla izquierda bajo la máscara.
Chocaron las armas otra vez, las tres en perpetuo contacto, y la prueba de fuerza fue difícil de resolver entre los dos, así que, como gladiadores bien entrenados, sabían que la mejor opción era retirarse preventivamente el uno del otro y reponer el aliento para el siguiente ataque.
Entre el polvo, el sudor y la sangre, Tuoya seguía animando el dramático evento hasta que los guerreros del Khan salieron de su escondrijo, allí entre los hierbajos frente al bosque.
Una flecha con vástago rojo saltó la espada de las manos de Kerish mientras éste y Lobo Negro se miraban, ajenos al pequeño ejército que les rodeaba.
Entonces se dieron cuenta, y se detuvieron.
Tuoya miró a su forzoso marido y negó con la cabeza:
—¡Puedo explicarlo, ellos me forzaron! ¡Soy inocente, mi Khan! ¡El de la pelliza oscura quiere tu trono!—gimió ella, postrándose con un llanto.
Lobo Negro le dedicó una mueca de desprecio mostrándole los dientes y alzando de forma característica el labio superior, como un lobo.
De alguna parte, apareció Torii, corriendo que se las pelaba, y arrojó hacia Kerish unos objetos brillantes.
Cuando cayeron al suelo, con un cliqueo metálico, el gladiador saltó lejos de la espada y las cogió: eran las cuchillas que había llevado varias veces y con las que había causado las mayores carnicerías.
Lobo Negro negó con la cabeza, y arrojó una de sus espadas a Torii, clavándosela en el pectoral izquierdo, un poco hacia el hombro, y luego corrió a por él mientras dos o tres flechas erraban su blanco. Kerish dio con el pecho en el suelo, cubriéndose la cabeza con las manos.
Al desincrustar su arma del cuerpo de su maestro, Lobo Negro le miró también con el mismo desprecio con que había mirado a Tuoya. Era débil, ¡todos débiles!
Torii se desvaneció con la mirada perdida, y la sangre brotando de su pecho y su boca.


Acorralado

 —¡Qublei, esto es una locura!—.
—¡A callar! ¡Todo ha sido culpa tuya, te has portado como una perra en celo! ¿Cómo se te ocurre fornicar con ése ser inferior sabiendo que es un esclavo, tú que eres la hermana del Khan? ¡Está muerto, va contra nuestra ley! ¡Y a ti te confinaré en una de las estancias reales hasta que te eches un marido, aunque puede que no tarde mucho en darse el caso!—.
—¡Hermano! ¡Es voluntad del Cielo!—jadeó Soryatani, cogiéndole con fuerza de un brazo y mirándole con súplica, —¡Él nos protegió el día que Jerjegune quiso tu cabeza! ¡Según tus oficiales y el enemigo, el bárbaro extranjero ha derrotado al dragón del emperador y lleva en la piel la marca de los Akei! ¡He visto en mi mente que te ha abierto las puertas al imperio! ¡Mis visiones hablan de él, no puedes sentenciarle a muerte!—.
—¡Yo soy el único hijo del Cielo!—gritó Qublei, mirando a varios hombres a los que señalaba en dirección a su hermana, —¡Quitadla de mi vista!—.
Sus soldados se llevaron a la joven a su tienda. Aunque a partir de ahora, viviría en un lujoso palacio…
—¡Los signos nunca nos han mentido! ¡Un dragón matará a otro y los hijos del Lobo Azul conquistarán la tierra de los dragones! ¡Atraerás la cólera del Cielo!—gritó ella, mientras la retiraban por la fuerza del lado de su hermano, ahora el nuevo emperador.
El Khan estaba enfurecido.
Su más bella posesión, su hermana, reservada virgen para algún poderoso Khan o Rey con el que pactar una alianza, había sido desvirgada por un extranjero esclavo. Bueno, en verdad ella había dado el paso. Kerish sólo puso su instinto.
Pese a que el Khan era menor que su hermana, poseía sobre ella un derecho que los demás hombres en Ilonia podían poseer sobre hermanas o hijas, si lo deseaban: el derecho de casarlas con quien ellos eligieran. Y ellas obedecían.
La morena Ilonia lloraba. El joven esclavo sería descuartizado vivo a cuatro caballos, o a seis… y luego le cagarían en la boca o algo por el estilo.
Qublei Khan quería prometer su hermana a alguno de sus generales, pero finalmente dudaba sobre su decisión final.
Las súplicas y los llantos no le sirvieron de nada a Soryatani por liberar a Kerish. Era un esclavo que había profanado una de las mujeres de la familia del Khan, y merecía morir.
Su amigo entró en la tienda, y asintió mirando al señor de las tribus.
Qublei salió con paso precipitado, y fue  Bortochoou quien miró a Soryatani, que tenía los hermosos ojos verdes vidriosos y enrojecidos. Ella iba a perder a su amor.
Ambos hermanos de pacto se encaminaron hacia la jaula al aire libre sólo para toparse con un guardia muerto que tenía la pierna izquierda partida y el cuello cortado de un tajo, igual que el otro que no estaba muy lejos.
Su arma había desaparecido, al contrario que la del tipo con la pierna rota.
En silencio, ambos hombres tomaron sus sables y se dirigieron a un pequeño escondrijo, tras unas barricadas de madera que guardaban de las afueras del extenso aíl. Como dos pacientes lobos cazadores, Qublei y su amigo esperaron, y vieron que tras el gladiador de cabello y ropas oscuras, Lobo Negro, caminaba el odiado Kerish.
El Khan quiso ir a por él, pero su compadre fue prudente, y con una señal silenciosa, le envió a buscar la ayuda de alguien.
En susurros, Bortochoou juró que los seguiría y marcaría el camino con una flecha de su aljaba para que pudieran sorprenderlos, que no actuaría sin estar el nuevo emperador presente.
El seguimiento llevó al hermano de sangre del Khan hasta el Kuoulún, cerca del campamento y el coso de altas empalizadas donde tenía otro de los hermanastros de Qublei a sus gladiadores.
Vio que el esclavo de la larga trenza seguía prudencialmente al otro, que llevaba dos espadas manchadas de sangre.
La hoja Ilonia de Kerish aún brillaba pero estaba seca, al contrario que las de Lobo Negro.
Eso lo explicaba todo, había sido liberado… ¿por orden de Torii? ¿Y exponerse a la ira del Khan?
Había que estar loco para haber hecho eso. Pero la razón fue más que esa mera y poco probable cavilación de Bortochoou.
De alguna parte, apareció Tuoya, que iba vestida como siempre, de negro, y gritó algo.
—¡Ahora, que sus ojos contemplen por última vez mi rostro! ¡Córtale la cabeza!—.
—¿¡Tuoya!? ¿Qué significa esto?—jadeó Kerish sin comprender lo que sucedía.
Lobo Negro le miró con sus fríos ojos azules y sonrió cabeceando con la melena negra brillando bajo el sol, que se filtraba entre las doradas nubes.
—Hemos hecho un trato. Será mi zorra de lujo si te mato delante de ella por eso de haberte ido con otra. Sinceramente, ignoro quién es y por qué. Pero tú siempre fuiste el favorito del maestro en la arena, me has dejado en vergüenza, y si no te arranco la vida con mis espadas no tendré lo que quiero. No te lo tomes como algo personal… pronto seré Khan y te daré un funeral digno—rió el gladiador del cabello oscuro y ojos brillantes.
Poniéndose una máscara metálica que imitaba la cara de un lobo, como la que alguna vez llevaba su contrario pero en negra, se preparó para lo que pretendía que no fuera un combate, sino una ejecución.
El chico pálido de cabello oscuro y reflejo rojizo tensó los músculos de su cuerpo esbelto, con los hombros echados hacia atrás y la cabeza adelantada en un gesto de depredador agresivo y dispuesto a matar.
Sin más sentimiento en él ahora que la pulsante sangre llamando a la sangre, el tembloroso deseo de fría devastación, le espetó a su rival de ojos azules:
—Has elegido este lugar para luchar… ¡y yo te enterraré en él!—.


La Hora del Dragón (V)

Torii miró a su alumno, metido en una jaula como un animal.
Bueno, poco más era para muchos, y no obstante el dragón del emperador había sido derrotado por él, un “simple” gladiador.
Un tipo al que el esclavo no había visto nunca, un perro de guerra de los de manual, fue quien se había encargado de transportarlo maniatado.
Supo por boca del mismo, el tal Baitao, que Bortochoou aprovechó la oportunidad para neutralizar al bárbaro extranjero sin llegar al combate armado, y así había terminado Kerish con el culo en donde lo tenía sentado.
Lo podrían haber matado allí mismo, pero una extraña decisión de Khan de Ilonia y en nada Emperador prevenía tal acto. Si era cierto que derrotó al dragón y que los cielos unían el increíble destino que habían enfrentado cada uno por su parte, seguramente Qublei no quería arriesgar de momento su gran victoria.
Ya lo ejecutarían después por algún rito, o incluso en la arena… aunque no se podía plantar fácilmente cara a un gladiador como él, que resultaba campeón entre las vidas que poseía el maestro, hablando del cual, se enfadó por lo que había hecho aunque el bárbaro de piel blanca no lo sabía con certeza.
Con todo, el Cymyr pareció leerle la mente:
—Déjame adivinar: Estás enfadado. He sido un niño malo, ¿no es así? He salido vivo—.
—Kerish… tengo que preguntarte eso a ti. Dime qué es lo que has hecho para que el Khan mande un juicio de muerte y sangre contra mi alumno. Mi ahijado—.
Su vista se desvió hacia la arena donde dos luchadores practicaban con largos palos, y bajo el cielo, que estaba engrisecido pero que por algún motivo se puso dorado al medio día, todo parecía estar sumido en la mayor de las calmas a excepción de los gladiadores.
Sus ojos volvieron hacia el bárbaro occidental y se relamió los labios, que se le habían secado, esperando sus palabras.
El muchacho del cabello castaño rojizo se acarició el mentón.
No tenía más de 17 años, adelantando su próximo cumpleaños, y estaba siendo tratado como un hombre que había infringido la ley de las tribus Ilonias. La había infringido en nombre del amor, o más bien, alguien lo hizo por él.
Torii se hacía el ignorante, pero Kerish ya sabía que Soryatani le pagaba por sus servicios, de modo que cuando escuchó la palabra juicio, se echó a reír.
Lo Ilonios tenían leyes muy particulares. Y ninguna favorable para el que perdiera la partida.
—Es sencillo, ¿recuerdas la chica que te pagaba? ¡Tú sabías que todo esto sucedería desde el principio, por eso me propusiste como ofrenda al dragón!—rugió el bárbaro, con una sonrisa feroz.
—¡No sabía lo primero ni tuve elección en lo segundo, habría preferido entregar a otro antes que a ti! ¡Yo habría dado mi vida, pero exigieron la tuya! Ya da igual, te has acostado con la hermana del Khan y él se ha enterado. No eres nadie para él… sólo un esclavo, y has profanado a su hermana—.
La parte extraoficial era que la hermana se había profanado lascivamente con el joven esclavo durante algún tiempo, y sus visitas nocturnas no cesaron por ello.
Kerish aún tenía mente de niño, y si estaba enamorado o sólo la deseaba, no lo sabía, pero quería estar con ella pasara lo que pasara, y las cosas se habían puesto muy feas para ellos.
Pero su corazón le hacía decir con la boca que amaba a Soryatani, y si él lo decía, no podía mentir.
—No morirías por mí. Eres un hijo de puta falso que vendería su alma por un buen precio si algún demonio le hiciera una oferta. Lo peor que podía haberme pasado era morir, pero creo que hay razones más importantes por las que vivir que tener que rajarse la barriga por deshonor o vender a un esclavo con el que has ganado una gran suma—.
—Te he dado cuanto cariño pude. Eras un niño cuando llegaste, muchacho, ¡hasta llegué a considerarte mi hijo! ¿Cómo te atreves a dudar de mí?—replicó Torii, dolido.
—¿Cariño? ¡Venderme aliviaría más tu culpa que decir eso! Ese es el único cariño que tendrás por nadie en tu vida, maestro. El amor que siento por Soryatani es de verdad, y no es el precio del dinero que le pediste por mi virgo—le dijo el bárbaro, enrojecido de ira contenida.
Torii le tuvo miedo cuando le vio agarrarse con tal ferocidad a los barrotes de hierro de su jaula, que el metal chirrió contra la madera y el oriental estuvo a punto de coger una espada, creyendo que se enfrentaba a un león de verdad.
Suspiró, y reconoció su parte de culpa. En esos momentos de silencio, odió el dinero.
Luego, le dejó un peto de cuero y una falda masculina del mismo material  para que tuviera algo puesto encima, pasándoselo por las rejas, y bajó la mirada, triste. Se fue, dejó a Kerish solo.
Y no miró atrás.
Estaba sentenciado. Los guardianes del Khan llevaron al bárbaro en la carreta a una parte alejada del aíl de Qublei para que el Khan le impartiese su justicia.
Mientras Kerish se ponía el peto de cuero y la falda, vio algo envuelto en pieles dentro de la muda que le había traído el maestro. Lo desenvolvió con cuidado, y se sorprendió al ver unas nudilleras de metal, al igual que las cuchillas de greba para los pies, como cuando fue traído y le enseñaron a luchar con los puños y las piernas.
Se sobresaltó por un sonido familiar: escuchó el ruido del acero incrustándose sobre el hueso, y se puso sus muñequeras, tirando con los dientes de los cordones que las ajustaban.
No llegó a embrazarse todavía las cuchillas cuando una sombra se acercó a él.
Vio su rostro sonriente y su mirada fría, no podía creérselo.
—Hola… hermano—.