Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Los juegos de Enoda (III)

Aquel país de los márgenes exteriores de Arryas era extraño, pero bello.
No lo había visto demasiado a través de las rejas, pero aun así, Kerish podía respirar su aire misterioso.
Las gentes iban de azul más oscuro o más claro, y solían llevar un disco dorado colgando sobre el pecho que encerraba otros dos labrados en él, el más concéntrico en relieve.
Las mujeres tenían el cabello negro o castaño, con los ojos marrones claros yendo hasta esa mezcla con el verde pardo, e incluso ambarinos. No solía hacer frío, y por ello si no calzaban sandalias de tela y esparto hombres y mujeres, las llevaban de dedos al aire ya fueran de cuero o no, altas o bajas, y livianas botas.
Gustaban del oro más que de la plata, y adoraban a sus dioses en hermosas capillas y les dejaban ofrendas y velas.
Eso sí, los hombres, según había observado el bárbaro, llevaban el pelo corto a la usanza militar, y los mancebos, como les placía, aunque estéticamente lo llevaban semilargo y rizado.
No eran frecuentes las barbas o patillas ni bigotes, pues consideraban dejarse el vello facial largo algo de bárbaros o de gente de muy baja condición.
El muchacho saboreaba un vaso de vino, que acabó vertiendo en un lado de la jaula con suelo de arena en unas dependencias especiales para esclavos, porque lo aguaban y gustaban de él así los de aquel país, alegando que era de bárbaros también beberse el vino sin aguar.
Por supuesto, se sentía discriminado por culpa de esta práctica a causa de unas nenazas que no soportaban unos pocos tragos de una bebida fuerte.
Antes de terminar la tarde, Torii llegó a aquellas mazmorras edificadas en una calle cualquiera y se llevó a sus esclavos, a algunos los hizo entrar en grandes villas en trozos no urbanizados de las tierras que visitaban, seguidos de un guardia o dos.
Luego, fue con los restantes hombres tras un rato repartiendo sus negocios, unos cinco, flanqueados por ocho guardianes que había alquilado en la ciudad al ejército, vestidos con sus túnicas azules de mangas cortas y sus corazas de cuero, llevando lanzas y unos escudos hexagonales alargados.
De madera, tenían el umbo de latón o bronce, no se sabía a ciencia cierta, y el cuero del que estaban recubiertos se había teñido con azul hasta quedar negro, con una luna blanca con los cuernos hacia abajo en lo alto del escudo, y otra a la inversa en la parte baja.
El pulido umbo redondo, bien fuera ya de latón o bronce, simbolizaba el sol que muchos llevaban en sus cinturones, grebas, antebrazales de cuero o colgando del cuello en medallas de todo tamaño.
A la cintura, espadas con el mango remachado a la hoja y de cruceta, recta y no demasiado larga, con la cabeza de un águila de bronce en el pomo.
No eran demasiado largas pero no eran espadas cortas tampoco, y por la estrechez que presentaban aun envainadas, podía apreciarse que si no eran espadas de paseo o auxiliares (como en los reinos centrales) bien quizá sólo fueran de un filo.
Torii detuvo un poco la marcha, y se adelantó hacia otro lugar, hablando con los guardianes privados que protegían otra villa de altos muros blancos, que como si una piel desgarrada fuera, dejaba ver los huesos de ladrillo rojizo que estaban bajo la capa de lo que podría ser cal.
Hizo una seña a sus guardianes alquilados y a los esclavos espadachines, y todos pasaron tras él bajo la adusta mirada de dos hombres de túnicas marrones sobre las que llevaban corazas anatómicas de bronce, y ceñían hachas cortas de hoja fina, y espadas en sus cinturones, además de llevar en las manos una vara de madera con remates de metal en sus extremos cada fornido hombre de cabellos cortos.
No podían creerlo, pero aún en el campo a cosa de dos kilómetros de la urbe, se podía vivir en palacios.
Por dentro, esta villa era uno, alguna fuente por la derecha, zarzales trepando desde el suelo por postes de madera, losas rojas bajo sus pies, pajarillos trinando en jaulas, y mesas para comer dispuestas en dos filas de tres.
La casa en el interior era de sencillo diseño, angular, y con portones.
Tras una valla de madera, un muchacho domando un hermoso corcel blanco de crin cana, y un hombre que admiraba sonriente, con una túnica simple del color de la tierra y con bordados amarillentos, cruzado de brazos.
—Torii, ¡cuánto tiempo!—dijo el hombre, dándose la vuelta.
Su cabello corto aún era castaño pese a casi llegar a los cuarenta años, corto, y su rostro estaba curtido por el sol pero en menor medida que el de un hombre que hubiera pasado toda la vida yendo a playas y lugares anegados por la claridad del astro que adoraban en la ciudad.
—¡General Auntio! ¡Un placer verle! ¿Ése es su hijo Raquio?—dijo el señor de gladiadores.
—Sí, está enseñando al caballo. Ya ha cumplido 18, y pronto seguirá mis pasos—.
—Vuestra mujer debe estar muy orgullosa, no tanto como vos, supongo—.
—Lo está. Lo está, amigo. Ambos ardemos de orgullo—asintió el hombre.
Una niña pequeña entró en escena, aunque sólo era pequeña a los ojos de su padre, pues ya contaba con quince hermosos años, y era esbelta pero no demasiado, llevaba una corta túnica blanca que dejaba ver sus bien torneadas piernas, como las de su madre, que por contra llevaba una túnica larga y negra de tirantes con escote cruzado a la espalda, y el cabello en rizos recogido en alto por cintas doradas.
La hija lucía el mismo peinado, y el muchacho que tenía el cabello algo más claro que su madre y su hermana se subió al caballo, a pelo.
—¡Papá, mira! ¡Helpa me ha dejado montarlo al fin!—.
El muchacho de la sencilla túnica beige rió y su padre aplaudió con entusiasmo.
—¡Bravo, hijo! Tori, mi señora Aetia, ya la conoces—dijo Auntio, cuya cintura ceñía un lazo de cuero.
—¿Ésta no es la pequeña Ispasia?—dijo Torii, asombrado.
La muchacha en breve sería una mujer.
—Sí, ya estamos buscándole marido—.
—Pero a la pobre no le convence ninguno—rió su madre, y su padre se carcajeó, mientras a la joven le crecía un rubor en el rostro y miraba hacia otra parte.
En ese momento, el general pasó la mano izquierda tras los hombros del Ilonio y ultimaron asuntos al hallarse caminando seguidos de los guardias y los gladiadores, y así estaban charlando, la hija hizo una pregunta a su madre.
—¿Quiénes son ésos extraños, mamá?—.
—Igual no te acuerdas, pero a tu padre le gustaba contratar a luchadores que combatían para él, bien hasta la muerte o no. Eras muy pequeña para acordarte, y siempre mandábamos a la criada que te llevara a otro lado—.
—¿Por qué?—preguntó Ispasia, intrigada. Su madre le dedicó una sonrisa encantadora y entrecerró los ojos, con sus finas cejas dibujando un afilado arco.
—La sangre en las espadas es para los hombres—.

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4 comentarios

  1. Si hay algo que siempre me ha fascinado de lo que escribes es la forma que tienes de narrarnos una sociedad con unas pinceladas específicas. Quizá por la similitud con Roma o por tu maestría al relatarlo, puedo imaginarme perfectamente la villa, a los hombres y mujeres. Siento curiosidad por saber qué va a pasar después de esta calma que de seguro precede a una tormenta 😉

    Gracias por compartirlo. Un saludo

    12 noviembre, 2010 en 10:52

  2. KERISH

    ¡Lo vas a saber muy pronto, Irewen!
    En cuanto a lo de la maestría, buf… *se le suben los colores.
    Intento hacerlo mejor, de veras. Mi intención a parte de dar a Enoda esa identidad “romanizada” viene porque se organizan de un modo parecido a los romanos, es decir, hay política, pero con la salvedad de que no es un Imperator el que manda, ni hay un imperio propiamente dicho, pues como en la prehistoria romana, Enoda consta de rey.
    Pretendía un lado arcaico en el gobierno y la gente, pero una cultura más rica comparable a la Roma imperial.
    Si te ha gustado y has notado eso, me siento más que honrado.
    ¡Te veo en la siguiente entrada!

    12 noviembre, 2010 en 12:30

  3. Duhr

    Leyendo este fragmento, me he sentido en la antigua Grecia. Aunque lo mio no es la historia, esto pinta interesante!

    7 agosto, 2012 en 19:08

    • Bueno, si hubiera existido una tierra greco-romana en la antigüedad como reino, quizá fuera Enoda, aunque sus rivales los Oximitas son más “griegos” en ese sentido.
      Pero más que eso, si te ha sido posible la inmersión en este mundillo de Kerish, entonces parece que el trabajo ha tenido su recompensa 😉

      7 agosto, 2012 en 21:13

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