Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Los juegos de Enoda (VIII)

Los juegos de Enoda habían transcurrido con gran éxito y las multitudes hallaron un gran goce en su clímax final.
Pocas cosas igual de apasionantes y sangrientas contagiaban tal fervor al público, fuera del escalón que fuese, en al menos cinco siglos. Las gentes echarían de menos el evento en la fiesta de despedida, donde algunos gladiadores gozaban del festejo, y otros en cambio, reponían sus heridas.
Volverían a Ilonia en cuestión de un mes o dos, Kerish no sabría decirlo, y harían paradas por otras ciudades-estado y pequeños reinos de occidente en los que tanto maestro como alumno, ambos bárbaros, se sentían pequeños en medio de tantas murallas gigantes y palacios y templos, aunque no se sentían tan pequeños en estatura.
La raza humana, creada por los dioses a saber con qué propósito, era una raza joven y perfecta en cierta medida.
Aprendían rápido, se reproducían en cuestión de nueve meses y eran totalmente adaptables a lo que les viniera.
La mayoría no pasaban del metro sesenta y cinco, y con mucho, un metro setenta de estatura a nivel mundial, la cual era una estatua corriente. Kerish medía 1’80 y los demás le veían casi como él mismo se comparaba con un tipo que midiera dos metros.
Torii, que era más bajo que él, había visto humanos más altos aún. Lobo Negro era un poco más alto que Kerish, al menos le superaba cinco centímetros, y ya de por sí llamaba la atención.
Antes de la partida, el maestro les llevó al prostíbulo de más prestigio, a ellos y a los otros gladiadores, antes de volver a los páramos gélidos.
Bebieron juntos, como una familia, y escogieron chicas.
Lobo Negro se hizo con una hermosa joven de ojos azules como los suyos, y de melena rubia. Su piel broncínea mostraba que la prostituta era del sur, o algún tipo de mezcla exótica, con ese cabello y esos ojos, y con la sedosa piel morena por el sol olorosa a una fragancia almizcleña.
Se llevó a la joven mujer a un reservado, tiró de su hermoso cabello rizado, lamiéndole el cuello con ansia lasciva, llegando hasta sus labios con un gruñido.
Ella se dejó hacer sumisa, y luego, Lobo Negro la hizo ponerse sobre las rodillas y las manos en el suelo.
Se desabrochó el cinturón y dejó caer la túnica de pieles, mostrando un torso amplio y fuerte, el de alguien que no había hecho otro ejercicio que sobrevivir día a día usando armas para matar.
—Quítate la ropa—.
La joven se deshizo de su túnica roja, y le miró con sus hermosos ojos azules algo temerosos.
Él lo advirtió y se regodeó mientras dejaba caer sus pantalones al suelo tras quitarse las botas. Pero volvió a ponérselas.
Cuando ella estaba tal y como su madre la trajo al mundo, él se amarró su erección con la correa que sostenía como un látigo y se puso tras ella, tirando del cinto hacia atrás, dejando que el resorte natural de su sexo fuera luego hacia delante al aminorar el tirón, azotando con la cúspide y parte del hinchado tallo las nalgas de la fémina, que aunque fuera voluntaria, se sentía intimidada por aquél joven de cabellos negros.
El chasquido húmedo y excitante de esos azotes la hizo jadear, hasta que estuvo deseosa de él, y se giró para engullir la virilidad de Lobo Negro. Empero, él le puso la mano en la frente y la hizo caer de espaldas de un empujón.
—¡No! ¡Soy tu amo, zorra! ¡No harás nada sin mi permiso!—gritó, y pellizcó los pezones de la joven con los dedos de las manos, tirando de ellos hacia sí con crueldad.
La muchacha iba a replicarle antes de que él la pinzara sus sensibles botones carnosos, que remataban sus senos pequeños pero bien formados.
Echó un quejido y se levantó para no sentir más dolor.
—Sí, mi amo… ¡haré lo que vos me pidáis!—susurró ella.
—Así me gusta—gruñó él, complacido.
Lobo Negro aflojó su cruel caricia y estimuló los pezones de la rubia con un suave movimiento que oscilaba una mano al contrario que la otra, arrancándole un suave gemido.
Lamió el rostro de ella, como un lobo hace con una víctima con la que juega, y se levantó, cerrando la correa en torno al cuello delgado de la muchacha.
Tiró del correaje de cuero negro y la estranguló un poco, acercando su miembro a sus labios rojos y dejando que su compañía de esta noche se aproximase, pero cuando ella iba a cerrar la boca sobre su arco, retiraba a la muchacha nuevamente.
Eso la puso más ansiosa, y él se divirtió largo rato con ello, hasta que la suela de sus botas resbalaba en el néctar que ella destilaba por entre los carnosos labios que permanecían separados hacia las ingles.
—¿La quieres?—rió él, casi infantil.
—Sí, mi amo—.
—¡¿La quieres?! ¿Te crees lo suficientemente buena como para merecerla, zorra?—dijo Lobo Negro, tirando más del correaje, hasta que a ella le costó respirar.
Su risa era cruel ahora.
—¡Pídelo por favor!—le susurró vivamente entre dientes a la joven.
—P… Por… Fav…ooor…—gimió ella, casi sin aire, y él aflojó la presa, ofreciéndole su sexo con una mueca lasciva en su juvenil rostro.
—Cómetela… no quiero que dejes nada. ¡Si no, te castigaré!—rió él.
Su sumisa esclava por una noche engulló con toda la ternura y la paciencia que pudo la caliente rama de carne endurecida por la presión y el ansia sexual, se mostró tan complaciente, que él decidió premiarla, al cabo de media hora.
—Vamos. Date la vuelta, y enséñame ese culito—jadeó Lobo Negro, ansioso por penetrarla, y así hizo nada más que ella le mostrase la apertura de la rosada brecha entre sus carnes morenas, introduciéndose en ella con lubricidad ensalivada, alargando un gemido un extenso instante…
Continuó embistiéndola despacio, pero cada vez entraba con más violencia a la par que abandonaba la cavidad femenina con deliberada y cruel lentitud.
La mezcla entre dolor y placer hizo estallar a la joven en un horrible orgasmo mientras Lobo Negro constreñía el cuello de ella con la correa del cinturón.
Cuando la joven se dejó caer, extenuada, él retiró el cinturón del cuello de la prostituta y le azotó las pequeñas nalgas, admirando cómo el inocente rostro de ella se contraía de dolor y placer entre lágrimas.
—¡Todavía no me has complacido, perra! ¡Eres una puta esclava que no vale el tiempo que estoy gastando! ¡Vamos, grita! ¡Muévete hasta que llegue!—gruñó él entre dientes, mientras la novicia se movía penetrándose contra él, con las nalgas rojas por los azotes, y hacía entrar y salir frenéticamente la lanza de Lobo Negro de su vulva húmeda y resbalosa…
Hasta que él decidió que era suficiente, y sacudió su glande contra el pequeño trasero de ella, brindándole su esencia masculina en borbotones cálidos y lechosos, con un ronco grito de placer.
—¡Dadme vuestra simiente, mi señor! ¡Por favor!—gritó ella, notando que el ardiente esperma goteaba sobre su espalda y sus nalgas, llegando también a la vez a un intenso orgasmo.
Lobo Negro se estremeció de placer, y tiró del pelo de ella, sentándose en una butaca que había en la habitación, cerca de una cama y una palangana, e hizo que, sin levantarse del suelo, ella acercase el rostro a su miembro.
Su rabiosa pasión le había hecho ponerle otro rostro a la mujer que tenía delante.
Unos ojos dorados, unas facciones blancas y suaves, malignamente hermosas, y un cabello negro azulado, liso y oloroso a un perfume indescifrable.
Era el rostro de Tuoya. Por un momento, él enrojeció, y le lamió la boca nuevamente, deteniéndose en su lengua, proporcionándole un largo y obligado beso.
Luego, la alejó de él, con el cinturón de nuevo en su cuello, como si fuera un animal doméstico, y tiró un poco más fuerte, haciendo que la mejilla izquierda de la prostituta diera con un chasquido carnoso en su miembro brillante y reblandecido.
—Eres un desastre. Límpialo hasta que no quede ni gota—.
Ella obedeció, y lamió complacientemente el sexo de él, sin reserva. Había algunas gotas ya secas, pequeñas, de la sangre de la primeriza.
El hombre que se había llevado su virgo por un buen precio era un tipo terrible, al que temía pero que la excitaba al tratarla como a una vulgar perra piojosa.
Y eso a él le gustaba saberlo en cada caricia de la lengua de la mujer cuyo amor era de alquiler.
Pero con todo, Lobo Negro ansiaba a una mujer por encima de todas, y ésa era una de las mujeres del Khan. Cuando llegasen a Ilonia, trataría de hacerla suya.
Tenía todo lo que una mujer podía desear en un hombre.
Entretanto, uno de los gladiadores que no había escogido chica, el de la trenza rojiza, yacía en el jergón de uno de los reservados él solo.
El prostíbulo había cerrado y todos estaban bebiendo aún, fornicando, o durmiendo. Kerish únicamente pensaba en la noche en que estuvo con Soryatani.
Con las manos tras la cabeza, mirando hacia el techo, tenía la pierna izquierda estirada sobre la cama y la derecha flexionada por la rodilla.
Tan sólo con un taparrabo blanco, y los aros que adornaban sus brazos y su pierna, miraba hacia el techo de madera del prostíbulo.
Seguía sintiéndose como un animal enjaulado.
Cerró los ojos, y se dispuso a soñar con los verdes iris del rostro amable y sensual de Soryatani. Pero su maestro le interrumpió, y le confió una tarea. Tenía que ir a una villa, escoltado, a prestar un servicio.
Suspiró y se dispuso a ello sin dudar, como uno de los aguerridos campeones de los juegos Enoda que era.

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13 comentarios

  1. Nota del Autor:
    Comprobaréis que he cambiado un par de veces las categorías. Primero en numeral romano, que resulta que no iba bien (donde pone I ó II me lo junta porque sí al IX en vez de este bajo el VIII), y tampoco en cifras comunes iba del todo bien hasta el número 10 (me juntaba el 10 bajo el 1, y no bajo el 9 que sí que iba bajo el 8), de modo que he optado por una solución más inteligente que el orden alfabético y he añadido Cap. 0X, dando a los capítulos de una cifra dos, pero desde el cero, lo cual en teoría parece que va ya que al rebasar la decena, no debería dar problema.
    Es matemática pura, pero todos sabemos que la X NUNCA es igual a (a+b)·(a+b)2, y tenemos chorrocientas fórmulas que resolver que no valen para nada más que complicarse la vida.
    Este asunto me la complicó un poco del mismo modo, pero en fin, queda como anécdota.
    ¡Un saludo a tod@s!

    PostData: Delato cierta aversión por las matracas, ¿no?

    20 noviembre, 2010 en 12:30

  2. No sé muy bien qué comentar en esta ocasión. La escena de sexo es brutal, en efecto, pero no cae en ningún momento en lo brutal debido a las palabras utilizadas. Quizá lo que más me ha gustado han sido esas últimas frases donde podemos ver qué estaba haciendo Kerish mientras tanto.

    ¡Un beso de sábado!

    20 noviembre, 2010 en 12:40

  3. Kerish

    Bueno, por lo menos puedes sacar en claro que no es el típico tópico de bárbaro putero al que los clichés de robert jordan y compañía querían vendernos con sus pastiches.
    También sobre las escenas de sexo, intento que enciendan pero que no se vayan a lo fácil y vulgar de lo soez (cosa a la que ciertos autores recurren con poco estilo ilustrando más la pornografía que una historia).
    Parece que consigo mis objetivos y merezco ese beso de sábado.
    ¿A qué sabrá? 😛

    20 noviembre, 2010 en 20:56

  4. That is very significant piece..

    25 octubre, 2011 en 17:05

  5. Yep, it is.

    25 octubre, 2011 en 17:38

  6. …Terrible.

    El Lobo Negro podría hacer temblar a cualquier mujer.

    Patidifusa me hallo, ¡oiga!

    2 diciembre, 2011 en 23:51

  7. Lobo Negro, el contrario al que será el Lobo Rojo… uno en realidad, es la parte del otro.
    ¿Cuál de los dos podría imponerse?

    3 diciembre, 2011 en 2:13

  8. This surely makes perfect sense to me..

    4 diciembre, 2011 en 4:53

  9. Yep! Really makes sense, mon!

    4 diciembre, 2011 en 16:14

  10. Duhr

    Bueno, este fragmento requiere venganza!!! Cuando me lo leí iba en el bus…. Sabes lo que es empezar a ponerse nervioso enmedio de toda esa gente?! Te juré que me vengaría por semejante jugarreta de no avisar algo en plan “no te leas esto en sitios publicos”. Cagontusmuelas barbarito! ¬¬ Hablaremos seriamente del gobierno tu yo!!!

    (no hace falta explicar mas, verdad?)

    7 agosto, 2012 en 20:51

    • Ay, bueno, es que esto más o menos es un sitio público… la verdad es que siempre la lío vvU
      Pero oye, que las culpas no son mías. Fueron mis dedos, ¡ellos me obligaron a escribir!

      7 agosto, 2012 en 22:00

      • Duhr

        Tus dedos?! Tus dedos?! Te los voy a cortar!!!!

        7 agosto, 2012 en 23:38

  11. Te dejaré intentarlo.

    8 agosto, 2012 en 0:51

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