Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Los juegos de Enoda (VII)

No es que tampoco se tuviera mucha constancia histórica de la época de matriarcado, si bien era cierto que, en las postimetrías de aquellos salvajes reinos, años en que la civilización alzó sus ciudades desde la barbarie, algunas mujeres ostentaban el poder y lo compartían con sus consortes, pero apenas media docena de ellas habían ganado sus tronos por la espada de la guerra y muchas menos impuesto ese supuesto reino de la mujer sometiendo al varón.
Recapacitando sobre esto, Ispasia olvidó algunas enseñanzas radicales y vio al joven que estaba sentado sobre un banco de mármol en el pequeño jardín tras la casa.
Dudó, pero fue a coger útiles de cura, y bajó a buscarle. Era un luchador y había demostrado su supremacía, y de no haberlo conseguido, ahí quedaba su bravura, que igualmente la hubiera cautivado.
Ispasia era mujer, y se sentía atraída de forma muy natural, cuando lo natural para algunas de aquellas sacerdotisas que practicaban sus cultos a oscuras en las noches bajo la ciudad era raptar un hombre, violarlo, y ofrecer su falo al ídolo en holocausto.
La joven se acercó al bárbaro con una bandeja de plata, volviendo a dudar.
Las altas sandalias de tacón de dedos al aire crujieron suavemente por las cintas que llegaban hasta por debajo de las rodillas suaves de Ispasia, y Kerish la miró, sin decir ni una palabra.
Antes de bajar, ella se había puesto un collar sobre el modesto escote de su túnica blanca hecho de láminas de oro, y un brazalete en el brazo izquierdo que representaba una serpiente dando varias vueltas al enroscarse.
Las muñecas, cubiertas por pulseras de todo tipo, y los párpados retocados con un color azul que brillaba como el metal.
Si no llevaba pendientes, era porque no se había hecho aún los orificios.
El uno miró al otro en silencio, y ella se sintió estúpida por no decir nada y quedarse ahí parada.
Se había puesto bien guapa: el cabello recogido de esta tarde brillaba, tanto como la sombra dorada que se había dado bajo los pómulos de su suave óvalo para que se le notasen en contraste.
A aquélla muchacha, cualquier rey la hubiera pedido por esposa pagando un reino.
Había decidido, fue tarde para recular, y era una chica valiente aunque aún muy joven y vergonzosa, pero si hubiera sabido que por dentro el otro joven la deseaba, se hubiera olvidado las tonterías donde dejó su ropa interior esta mañana, en este día de calor.
—Vengo a ayudarte—dijo al fin.
—No he pedido ayuda—susurró Kerish.
Ella boqueó con los rosados labios, que no habían necesitado ni carmín, y pareció entristecer, pero él intentó arreglar el desperfecto.
—Quiero decir, que es sólo un rasguño. ¿No te reñirá tu padre?—.
—Eso no es asunto tuyo—sonrió ella, dejando la bandeja al lado de él, y untó un ungüento en una gasa blanca, pasándosela por la herida.
El estepario gruñó, y ella retiró la mano derecha, con la que sujetaba la gasa.
Tembló un instante, era un guerrero fiero, y temía sus reacciones, pero luego él bufó y le dijo con la mirada que continuase.
—Estate quieto, sé que duele un poco pero es porque te curará—susurró la Eneda.
Puso su mano izquierda en la mejilla derecha de Kerish, y le presionó suavemente el fino corte, tocándole más de lo que quería el rostro.
Pronto, se encontró acariciándoselo, y eso pareció amansar a la bestia de cabello largo, pues cerraba los ojos, enseñaba los dientes, pero no había rugido alguno.
—Ya está. En un par de días sólo será una cicatriz, ya verás—dijo Ispasia, hablando nuevamente con un tono de ternura y preocupación.
Kerish la miró a los ojos, la piel de la joven brillaba, muy poco bronceada, pues el cánon de belleza de su país decía que las mujeres más blancas de piel eran más hermosas y por tanto las que estaban morenas por el sol era porque no tenían techo bajo el que cobijarse (o bien pertenecían a clases bajas), así que el color de la piel también era símbolo de posición.
Una mujer obligada a trabajar porque su marido no ganaba lo suficiente estaba mal vista, y se la calificaba de pobre e innoble.
Kerish también tenía tono pálido, pero a diferencia de ella, era un siervo. Orgulloso, porque lo era, pero un siervo contra su voluntad, aunque no vivía mal. Sólo moriría mal.
—Tu hermano ha luchado bien—susurró él, levantándose.
—Sí pero has ganado tú—.
—La primera sangre es suya—concluyó Kerish.
Estuvieron unos segundos mirándose, e Ispasia le estudió: ojos casi rasgados, rostro blanco, aniñado y anguloso (a ella le parecía casi andrógino), cejas no muy gruesas, y cabellos largos de color rojizo al sol, que no anaranjados y rubios; además tenía esa expresión altiva y un cuerpo que muchos considerarían un orgullo sólo por la fuerza con la que era capaz de usar con las armas, pero no el de un atleta de gimnasio.
Vestía con toscas botas de pieles sin afeitar, y llevaba una armadura de cuero con la forma de su torso, un ancho cinturón, y ceñidos pero cómodos pantalones de cuero.
Entre las mujeres del culto, se consideraba con cierta leyenda a los bárbaros de las tierras frías los seres más duros y bellos, y eso que apenas habían visto unos pocos.
Y desde luego, había una belleza salvaje e indomable en él pese a sus invisibles cadenas que hizo a la muchacha enamorarse. Él echó a andar hacia su maestro, que silbaba llamándole, ajeno a los súbitos sentimientos que salían por los ojos de la Eneda.
—Tengo que irme, mujer—.
—Espero que nos veamos pronto, extranjero—suspiró ella.
—No lo creo, soy un esclavo—replicó Kerish.
Mientras él se mostraba inmutable al irse, la hermosa joven que se había arreglado para dentro de un rato, cuando llegaran los amigos de su padre a la noche, permanecía viendo su cuerpo perderse lejos del jardín a medida que caminaba, sintiendo cierto ahogo.
Había dejado que él la viera antes que cualquiera, que su madre incluso, y el bárbaro sólo había intercambiado algunas palabras con ella.
Quizá fuera sólo un capricho, pero Ispasia se habría entregado a él si todo hubiera sido diferente. Sin embargo el gladiador no parecía ni sentir la menor emoción por lo que ella le había brindado.
Hombres y mujeres eran dos seres del género humano que hablaban la misma lengua sin entenderse, y seguían siendo muy diferentes, porque Ispasia y Kerish lo eran.
Sólo en esa diferencia radica la igualdad de hombres y mujeres…
Porque ella sí tenía la esperanza de que volvería a verle.

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4 comentarios

  1. ¿No hay ni una sola escena que no se te de bien escribir? Hay que fastidiarse, se podía notar perfectamente la tensión. Podía casi notar las caricias de Ispasia en el rostro de Kerish, la pobre poniéndose guapa, ais. La verdad es que era bastante habitual que las mujeres de la época desearan a los gladiadores, el símbolo viril por excelencia. No dejamos de ser animales con unos ciertos instintos.

    “Sólo en esa diferencia radica la igualdad de hombres y mujeres…” me quedo por completo con esta frase.

    Besucos 😉 y gracias por mi dosis 😛

    19 noviembre, 2010 en 12:24

  2. ¡De nada, Irewen!
    Y sí, como digo en otro blog cuando Kerish hace un pequeño biopic: “Una vez fui gladiador. El esclavo más bajo. La gloria más alta por matar a otros como él. Morir contra otro por capricho de quien paga”.
    Causaban sensación en su época porque era esto lo que representaban una especie de fantasía hecha realidad.
    ¿Qué adoraban más las mujeres que a sus parejas? A un machote guerrero que mataba y dedicaba sus victorias sangrientas.
    Luego además, estaba el populacho, la gente de la calle, que veía sus vidas salpicadas de estas gotas de gloria, miseria, fuerza y aversión que plagaban el mundo de la arena.
    Y no había mayor honor en la arena que ser amado por el pueblo (y cada una de sus mujeres aunque fuera de forma platónica).

    19 noviembre, 2010 en 12:30

  3. …y eso es lo que pasa cuando dos extremos se encuentran.

    2 diciembre, 2011 en 23:40

  4. ¿Y no es interesante la reacción?
    Intente darle precisamente eso, Iracebeth, la sensación de dos opuestos, en todo… y sin embargo, dos iguales, como lo somos.

    3 diciembre, 2011 en 2:10

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