Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Los juegos de Enoda (VI)

La punta de la espada que llevaba el gladiador señalaba amenazadoramente la garganta de un Raquio jadeante, pero que disfrutaba la violenta emoción, sudando. Kerish permanecía quieto, frío como una admirable estatua sin embargo viviente, esperando una orden.
El muchacho bajo sus piernas le había conseguido engañar y por poco le atravesaba. Era un rival digno, y aunque accidentalmente, le había tocado con su arma. Gajes del oficio.
El general alucinaba con el combate pues su hijo había estado espléndido, pero el muchacho esclavo era mucho mejor además por ese desenvaine tan propicio contra el guardián, y esa extraña manera de combatir: blandiendo el arma con dos manos.
Torii dio una palmada y Kerish se separó de Raquio, no representando ya amenaza alguna, pero con la mirada ardiente por el combate.
—¡Primera sangre! ¡Raquio gana el asalto!—sonrió el maestro oriental, mientras Kerish observaba la espada, para saciar su curiosidad.
Creía haberse hecho un corte en los dedos al empuñar la hoja, pero descubrió que esta tenía o muy poco filo o bien ninguno.
El hierro era regularmente bueno, no lo bastante, pues no estaba tan bien tratado o es que era de mala calidad (quizá consideraba ambas cosas), y era un arma hecha para atacar de punta, dada la constitución de la espada.
La entregó al guardián desarmado y se pasó los dedos de una mano por la heridilla, un fino surco de un lado a otro que no se prolongaba mucho.
Eso sí, el joven que estaba en el suelo se levantaba, incrédulo por su victoria. Mas su padre sabía quién había ganado realmente. El lanista dio a Kerish la orden de alejarse y éste asintió, obedeciendo al retirarse.
—Tu chiquillo es buen luchador, Torii. ¿De dónde lo has sacado?—preguntó el general Eneda, intrigado.
—Lo compré en un lugar llamado Minas Chägor. Era un esclavo, no sé nada más de él, pero en realidad es muy especial—dijo el Ilonio, dándole las monedas de curso legal en esas tierras que le debía.
Le daba igual realmente, esta noche tendría más que eso y diez veces.
—Lo es, lo es. Mi hijo ha disfrutado como nunca, ¿eh, soldado?—sonrió el hombre civilizado, abarcando a Raquio con el brazo izquierdo, —Bien, me quedo a dos del grupo de allí y a otros dos del grupo de atrás para esta noche—.
Ispasia, que había estado viendo el combate, jadeó cuando vio al muchacho extranjero sobre su hermano con una espada. No entendía por qué los varones tenían que pasar por todas esas cosas de la lucha, la sangre y las espadas.
Bueno, en parte sólo sabía lo que su madre y su círculo de amigas le habían enseñado. La mujer, principalmente, daba hijos al hombre, y se tenía a las madres por algo sagrado.
Mantenía el hogar de puertas para adentro (con las ganancias del marido por supuesto), se ocupaba del cuidado de los niños, del hogar cuando no había sirvientas, y si podía, estudiaba para cultivar su mente, a la par que tenía que cultivar su cuerpo, únicamente el templo de su marido.
No se tenía por una sumisión (ya que la sumisión únicamente se da en los dominados por alguien que se sitúa por encima de su figura como un amo), pues un matrimonio era un acuerdo, un compromiso, entre dos amantes formales cuya relación va más allá de encontrarse y pasear de la mano haciendo público su amor fiel. Una promesa de formar familia y darse hijos a sí mismos tanto como al estado.
El hombre, por contra, se ocupaba rara vez de la educación de los hijos, pero sí se encargaba de suprimir sus debilidades y desarrollar sus habilidades con juegos, pruebas…
El intelecto que algunas mujeres inculcaban a sus hijos y la preocupación por su saber y sus estudios decidía de manera importante la posición social de la descendencia, su cultura, tanto como los hombres influían en los varones con un modelo a replicar, una imagen que ellos mismos habían tenido de sus padres y éstos a la vez de los propios.
Además, en este mundo, la figura del hombre era la del guerrero, pues era obligación defender los intereses de cada uno por medio de las campañas bélicas, y también, no sólo los intereses del estado, sino los hogares. La familia.
Los hombres endurecían a sus hijos enseñándoles las artes guerreras que conocían, y así, reforzaban su virilidad. La amistad que surgía más allá de esa “brutalidad” que algunas mujeres hembristas declaraban obscena o antinatural alegando que el dominio debería ser de la mujer, a otras o más bien a la mayoría, les gustaba.
Y si el mundo no era de las mujeres y como a ellas les gustaba, era simplemente porque no eran guerreras ni estaban dotadas para el combate y cambiarlo a golpe de espada, ya que como opinaban las mujeres que profesaban tal doctrina, para eso estaban los hombres.
Era pues un culto que quería imponer un matriarcado hipócrita.
Ellos defendían el hogar luchando, ellas criaban a los hijos y cuidaban la casa. A veces el intelecto podía resolver cuestiones que estaban condenadas al fracaso (o triunfo) por la fuerza, pero en Arryas, se vivían tiempos turbulentos de unas 20.000 batallas al día en todo el mundo, y la única figura que podía asegurar su supervivencia y plantar cara a la adversidad abriéndose paso en la vida era el hombre guerrero.
Así, las hembristas más radicales de las que le había hablado su madre querían su sitio en un mundo de hombres que no les pertenecía a ellos según ellas, pero que no podían tener sin ellos, a la vez que ellas querían estar por encima de ellos, y a su vez, que sólo ganaran ellas, pero con ellos.
Y desde luego, ellas no ganaban las guerras reales, y esperaban ansiosas a sus maridos en casa, pero que no volvieran como cadáveres pues sin ello, su orgullosa supervivencia se vería muy reducida.
¿Mandarían entonces las mujeres algún día “dominando” a los hombres, y luchando contra los hombres, o lo harían contra ellas mismas?
Si no habían ganado batallas, ¿el mundo era suyo pues y tenían el derecho de poseerlo, tratando a los hombres como bestias a las que follarse por placer, fines reproductivos, o acaso como carne de batalla?
No, eso no.
Hombres y mujeres tenían su medida, y sus funciones vitales. Las mujeres se convertían en mujeres cuando un hombre las hacía sentir así y sangrar con placer, era su rito a la madurez, pero los hombres no eran hombres si no obtenían sangre de una forma un tanto diferente y para nada placentera.
Muchas llamaban a cierta dominancia injusta “machismo”, pero fue un nombre despótico que ellas le dieron a una contracorriente contra la que se habían hecho un ideal.
Para ser buenas, había que tener un enemigo contra el que luchar, y algunas, desde que perdieron el poder del matriarcado en tiempos de sus tatarabuelas, pillaron una rabieta y ardieron en deseos de venganza contra la figura del varón.
Pero los hombres mandaban porque eran fuertes, capaces y dotados para ello. Pasaban su rito de hombría con un arma en la mano, y terminaba con sangre.
No en vano, en ciertas costumbres esotéricas, la espada o la daga simbolizaban un falo.

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6 comentarios

  1. Si hay algo que me ha gustado es sobre todo la forma de enfocar un problema o debate actual – vamos a llamarlo debate mejor, por si se nos presenta por aquí alguna “hembrista” – mediante la explicación de una sociedad en este caso hipotética, pero con clara investigación histórica.

    No podía estar más de acuerdo. Pero es que yo soy rara y no creo que la mujer sea superior, ni que el hombre lo sea, simplemente somos diferentes y a la vez iguales – quien me quiera entender que lo haga -.

    Un besuco 😉

    16 noviembre, 2010 en 14:22

  2. KERISH

    Es que es así, en nuestra diferencia es donde se halla la igualdad como hombre y mujer y no hay que darle más vueltas.
    Cuando termine de poner el libro, pondré unas notas de autor que pueden decirte más sobre este asunto que he querido explorar, porque Kerish no sólo es fantasía, antihéroe, sangre, sexo sucio y jodido y violencia emocional…
    También trato mucho el hecho y critico ciertos aspectos de la sociedad que, de algún modo, están implícitos en ese mundo por tener una cierta semejanza al nuestro.
    Dentro de lo “fantástico”, algo “real” que me he dado cuenta de que plasmé con el venir de los años.
    Y créeme, no me di cuenta hasta hace un tiempo que lo hice.
    En resumen, ¿que personalmente me asquean las hembristas? Tanto como los machistas, pero es más el punto de vista “frío” y “quirúrgico” lo que pretendo mostrar al lector, y si has pillado el mensaje como veo que has hecho, es que no soy tan capullo como pensaba.
    ¡Te veo en la siguiente entrada! :*

    16 noviembre, 2010 en 15:02

  3. Toda una declaración de principios en este fragmento, un aplauso. Sabes que esto levantará ampollas de muchísimas “hembristas” que pueblan nuestro mundo…

    Sobretodo me ha parecido interesante la descripción sobre el matrimonio, tan ajeno… Curioso.

    2 diciembre, 2011 en 23:33

  4. ¡Bueno, es cuestión de miras!
    Lo que me pareció correcto sin duda alguna es la descripción del matrimonio, si bien es cierto que me río bastante de las hembristas… pero de buen rollo.
    Para mí 😉

    3 diciembre, 2011 en 2:08

  5. Duhr

    Debate interesante, pero te voy a matar con el laberinto del demonio!!!! XD
    Aun así, se agradece la explicación. Que esta panoli luego se vuelve loca con detalles como este.

    En cuanto al combate, un cortecito en la nariz no va a ninguna parte… si hubiera sido en el pecho, me habría preocupado…. Pero está claro que, a efectos practicos, ha ganado kerish (como no XD)

    7 agosto, 2012 en 19:28

    • Sí, bueno, podría decirse que Kerish ha tenido mayor dominio, aunque el punto se lo lleva Raquio.
      Derramó una primera sangre, no fue a muerte pero fue primera sangre. Y eso es incuestionable, ha ganado el hijo del soldado por puntos, aunque sinceramente, si hubiera sido una competición real en la arena, la espada del bárbaro ya hubiera descendido…

      7 agosto, 2012 en 21:55

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