Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Los juegos de Enoda (IV)

—¿Quieres decir que mi hermano puede ver cómo luchan y yo no?—.
—Así es, Ispasia. Él es el chico, y además el primogénito, tiene que aprender lo que tu padre le enseña igual que tú aprendes lo que yo te enseño—.
—Es cruel que los hombres se maten—.
—También es necesario muchas veces, si no, nosotras no estaríamos aquí. Pero es muy de hombres, pues para serlo, han de pasar un rito de sangre. Ya sabes lo que dicen en el culto: “Los hombres empuñan sus espadas igual que sus falos y pocos los manejan con igual entusiasmo”—.
—Mamá… ¿puedo ver esta vez cuando luchen?—.
La madre de Ispasia miró a su hija con desconcierto. Claro que podía verlo, pero a una mujer rara vez le gustaba ver estas cosas, que eran de hombres.
Además, la sangre y la muerte repugnaban a las mujeres, y por ello, no se solía ver demasiadas que gustaran de los combates de gladiadores.
Por si fuera poco, Aetia no glorificaba demasiado esas cosas, pero las entendía, y apoyaba a su marido.
Al menos bajo la apariencia de buena esposa. De cualquier forma, sólo habían combatido una vez a muerte delante suya, pues por lo demás, solía ser hasta que uno de los espadachines era vencido en técnica y se rendía, o a primera sangre.
—Se lo diré a tu padre, a ver qué opina. De todos modos, la función será esta noche cuando vengan los amigos de Auntio, pero tú ya estarás durmiendo, señorita. No obstante eso se puede pasar por alto si le convenzo—sonrió Aetia, acariciando con uno de sus finos dedos, el índice de la diestra, la naricilla chata y algo respingona a la vez de su hija.
Ispasia rió, y abrazó a su madre por el brazo izquierdo, besándole una mejilla.
—¡Gracias, mamá!—.
—¡Venga, ve a terminar tus tareas de la escuela!—la apremió su madre, acariciándole tras la oreja derecha.
La joven partió hacia la casa, y subió las escaleras de mármol blanco para llegar a su habitación y manchar la punta de una vara de madera que le hacía de lápiz, escribiendo en un cuaderno, y de vez en cuando, miraba por la ventana, que daba hacia el solar de arena frente al que se erigía un templete donde la servidumbre preparaba la fiesta de esta noche.
Desde allí arriba podía contemplar cómo los gladiadores se entrenaban, aunque más bien, se estaban vendiendo a su padre para que él eligiera a los más bravos para el combate.
Entre ellos, Ispasia se fijó en un joven pálido con una larga trenza, su cabello a la última luz del sol parecía rojo o ya lo era y su adorado astro sólo lo hacía iluminarse más sanguino y anaranjado, pues realmente, era un color que emergía de un castaño oscuro.
Estaba allí, cruzado de brazos, y permanecía al lado de Torii.
¿Su hijo? No, en absoluto.
Parecía uno de los norteños que su padre acostumbraba a describir, contra los que había luchado una vez, hacía mucho tiempo. Una expedición perdida que se los encontró en tierras donde la nieve lo convertía todo en blancura y gelidez, donde las bestias eran más terribles.
—¿Puede mi hijo probar su destreza con uno de tus hombres?—preguntó el general Auntio a Torii.
—Sería un honor, general, pero ellos son demasiado grandes para tu retoño. No dudo que le has enseñado bien, sino que quizá son demasiado brutos—le respondió Torii.
—¿Ah sí? Observa—susurró el general, haciendo una seña a otros dos guardianes que patrullaban por el interior, protegiendo un edificio más pequeño, donde el general guardaba documentos y objetos de valor personales.
Los dos guardianes de túnica marrón que acudieron saludaron con la cabeza, serviles y marciales.
Dirigiéndose a uno de ellos que debía medir lo que el resto, 1,74 como mucho, le pidió su arma y la balanceó con distracción. Era una espada genérica, como las que llevaba todo el mundo allí frecuentemente.
—Raquio luchará con el muchacho pelilargo, entonces. ¡Raquio, corre por tu espada!—resolvió el general.
—General, mejor lo dejamos, creo en vuestra pericia como señor de la guerra y que esa misma virtud corre por las venas de vuestro apuesto y vitaminoso hijo—le intentó convencer el oriental, pero la decisión estaba tomada y el cliente siempre tiene razón.
El muchacho del cabello castaño trigueño volvió con una espada envainada, parecía igual que las demás, sólo que tenía un pomo semicircular de latón cuya parte recta estaba hacia abajo, y de ella salía otro semicírculo más pequeño de rojo cristalino.
Podía ser una joya, o un vidrio decorativo, Torii no lo sabía.
La guarda era la típica que parcialmente estaba remachada y era una media luna poco pronunciada, el arma estaba envainada en madera recubierta de fino cuero teñido de rojo, y los extremos metálicos de la funda eran de bronce dorado y labrado con formas triangulares que se entremezclaban con ondas.
—Vamos, la fiesta es en honor de mi hijo, que pronto será un soldado, y qué mejor regalo de cumpleaños que un combate. Además, el muchacho parece de su edad—.
—Lo es—.
—Te apuesto cinco Solsils, a primera sangre—.
—Hum, siete…—.
—Seis, si pelea primero contra uno de mis guardianes—.
Torii entrecerró los ojos satisfecho por el trato y la suma, y llamó al joven estepario, sin volverse ni a mirarle.
—¡Kerish! Prepárate para un combate—.

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6 comentarios

  1. Jiji, así me gusta, que subas dos seguidos para poder leerlo con toda tranquilidad 😉 la frase de “Los hombres empuñan sus espadas igual que sus falos y pocos los manejan con igual entusiasmo” me ha tenido riendo un buen rato. La ambientación es genial y ahora siento curiosidad por ver cómo se desarrolla el combante. Me da a mi que cierta muchacha se nos va a enamorar de cierto bárbaro, o al menos a tener un enamoramiento. Es fascinante cómo mezclas estas escenas más tranquilas con otras de pura acción 🙂

    ¿Ves? yo te leo… ahora tendría que volver hacia atrás y leerme todo lo que me queda (coff)

    ¡Un beso!

    12 noviembre, 2010 en 19:26

  2. KERISH

    Sí, sí, ve para atrás que te has perdido muchas cositas 😛
    Pero bueno, puede que amor o no, la muchachita y el bárbaro sientan algo…
    …pese a que él está ennoviao más o menos!

    14 noviembre, 2010 en 1:17

  3. Como te he prometido, comentaré en cada entrada.

    Mwhahahahahaa! Te inundaré esto de comentarios.

    …Y no es muy jovencita Ispasia para querer ver esas cosas?

    Jujujuju…

    2 diciembre, 2011 en 23:20

  4. Lo es, lo es. El problema es la sociedad y la culturilla underground que se entrevéeee…

    3 diciembre, 2011 en 0:15

  5. Duhr

    Buffff retorcido hasta la médula!!! La pequeña Ispasia me recuerda a una mujer hecha para la lucha. No me extrañaría que apareciese mas adelante hecha una guerrera… como si te conociera!

    Y enfrentar a Raquio con Kerish? algo no me cuadra…. o Kerish se ha controlado muy mucho, o el joven es terriblemente hábil y en breve igualará a Kerish… En cualquier caso…. mas de lo mismo. No me extrañaría verle también más adelante, y quizás combatiendo de nuevo con Kerish, pero a muerte. Dudo mucho que aparezcan luchando hombro con hombro.

    7 agosto, 2012 en 19:15

    • No vas mal encaminada, Duhr. Pero esa, es otra historia por contar…

      7 agosto, 2012 en 21:39

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