Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

La Fortaleza Negra (III)

Pasó un día y a la noche siguiente el joven bárbaro despertaba de su sueño.
Miraba en derredor con una mueca de intranquilidad. Sus heridas habían sido vendadas y el penetrante olor de un ungüento para heridas flotaba en el ambiente y se notaba aún viscoso en sus extremidades.
Recordó que le habían acercado algo para beber y se desmayó, sintiendo una punzada en su cabeza. En pequeños retazos de recuerdo, le vino la imagen de la bella Vivianne, y unos encendidos ojos purpúreos que le habían acosado durante el sueño.
¿Sería por las heridas que se había desmayado, tanta sangre había perdido?, se preguntaba. Estaba claro para él, había perdido el conocimiento quizá por el esfuerzo de estos días pasados. Qué lejos estaba de la verdad.
Se levantó sintiendo el ardor de las heridas más apaciguado, y sonriendo estudió la habitación sin más ventanas que una rendija estrecha, y de noche vio que seguía siendo, aunque con cierta dificultad. Una noche cerrada con la luna recién levantada de su cama de estrellas en el cielo fue lo que comprendía el estrecho paisaje, a través del orificio. O así lo presumía.
Era un mobiliario rústico el de esa habitación, le fascinaba un poco, había oído historias de los ajuares y demás elementos decorativos de los civilizados, pero no había oído que no pensaban en los gastos, sobretodo si aquél que se permitiese el decoro tan ostentoso y aquellos libros en la estantería del rincón era persona de mucho dinero.
Era acogedor. No obstante, la puerta parecía cerrada desde afuera, y fijándose bien, las paredes lucían envejecidas, abandonadas. Había algo en la piedra que le decía que nadie había habitado aquello.
Por un momento, sintió un escalofrío.
Sin mediar palabra de maldición contra sí mismo exploró más a fondo la habitación. Junto a la cama donde él estaba, pegada a la pared, había una mesita con un candelabro de tres largas y anchas velas, el cual parecía haber sido encendido y apagado muy pocas veces, y encendido de nuevo poco antes de su despertar.
¿Por quién? El sebo estaba tibio.
A la derecha de la puerta, un armario de madera oscura con tiradores dorados de sus dos puertas, y tres cajones en la parte baja.
Junto a este último, una mesa larga de escritorio con un cajón amplio, y útiles de escritura y libros cerca de otro candelabro, más pequeño esta vez y con una vela delgada.
La pared a su izquierda contenía más cosas que no comprendía… claro estaba, ¿de qué servía a un salvaje como él un tocador con maquillajes y papeles apilados en carpetas sobre el resto del mobiliario?
¿Para qué eran esos pequeños látigos de siete cortas colas con mango de forma tan familiar que estaban dispuestos en una estantería excavada en la pared?
No parecían hechos para las bestias.
¿Y qué hacía él en paños menores? El taparrabo de tela marrón que le cubría por lo menos no le había sido arrebatado.
Khôr se dio la vuelta para apartar la silla que complementaba el escritorio, una cómoda silla acolchada y de dura madera. Comprobó los murales, de grueso ladrillo negro recubierto con algún engrudo de masa de piedra que escondía el ladrillo de la vista bajo una capa de pintura que parecía de blanco hueso; el muchacho bárbaro sonrió dando un ligero toque con la puntera de una de sus sandalias que había recogido del suelo, desconchando el blanco del muro mientras entraba algo de claridad por la brecha de la pared. Nada más.
Encerrado.
Encontró en las brasas, extinguiéndose, un vestigio de calor. Sopló, agachándose, e interpuso entre dos carbones la mecha de la fina vela del escritorio. Se encendió en pocos segundos, crepitando suavemente, y fue encendiendo las demás velas.
Entonces, se dio cuenta de que en realidad, el mural estaba pintada de un verde claro.
Con la sandalia en la mano contraria a la de la vela, la izquierda, volvió a dar finos toques en la pared donde antes, al lado del estrecho ventanuco por el que sólo pasaría su mano, y fue descubriendo los huesos de la estancia. Dejó a la vista, en la parte inferior, parte de un ladrillo.
Lo notó terriblemente sólido.
Tras pasar la lengua por sus resecos labios e hidratarlos, ideó una manera de abrir la puerta, pero por desgracia, no sería tan fácil escapar de un confinamiento como el suyo echándola abajo, ya que era una puerta gruesa y con una cerradura ancha de hierro.
“¿Pero por qué me han encerrado?”, pensaba disgustado a la par que confuso. No sólo por el hecho de su confinamiento, sino porque no notaba las heridas en el cuerpo, y le tenían vendadas las zonas que le habían mordido los lobos que iban con el Warch (tal era el nombre de la especie del lobo-hombre de pelaje negro del que guardaba mal recuerdo).
Tocó bajo la cama algo con los dedos de los pies, sonaba a duro y a hueco. Al agacharse, destapó lo que pareciera una caja.
¿Pero una caja tan grande? ¡Si cabía él dentro, a juzgar por el tamaño!
Y se propuso extraerla.
Flexionó sus piernas de fuertes muslos y se puso en cuclillas, tratando de sacar ese extraño cofre, pero escuchó un sonido: pisadas contra las baldosas en el exterior de su habitación.
—Es hora de que despierte, espero que la solución no lo haya atontado tanto—escuchó a través de la gruesa puerta.
Apretó la frente y las cejas, casi juntándolas, y silenciosa como rápidamente Khôr se echó de nuevo en el camastro, cerrando sus ojos. Vivianne abría la puerta seguida de la callada sierva de lisa melena, que lucía un sedoso vestido lila pálido, con encajes en las acampanadas mangas y el faldón.
La rubia no había abandonado el cuero y el terciopelo de la noche anterior.
—Deja de mirarle con esos ojos golosos, tal vez la condesa nos deje darle algún chuponcito si aún le queda vida…—le susurró la rubia a la otra.
El joven bárbaro apenas entendía el idioma, pero fue suficiente saber que no era nada bueno lo que tramaban. Por extraño que pareciera, Khôr entendía muchas de las palabras que pudiera decir Vivianne.
Pena que, dado su bajo conocimiento, las más importantes las desconociese. Era un bárbaro de las colinas, un nómada, no un diplomado en idiomas mas tenía facilidad para ello, aunque supiera manejarse objetivamente en el idioma común, que era en el que le hablaba al potro que estaba entrenando.
Quería volver a casa cuanto antes y enseñar al caballo el arte de la guerra junto a otros jóvenes y no estar allí, en un sitio desconocido y tenebroso, donde las dos jóvenes mujeres le debían de estar mirando como si fuera un pedazo de carne en una mesa.
Le daba esa impresión.

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2 comentarios

  1. La Gata Alixei

    Me encanta

    2 septiembre, 2010 en 7:17

    • Pues más te gustará lo que vendrá después, gata 😛

      4 septiembre, 2010 en 19:36

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