Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

El mundo exterior (II)

El lobo caído se crujió la cabeza y el cuello se le partió a al mismo tiempo contra el muro segundos antes de que el muchacho de cobrizo cabello lo usara como una porra, golpeando a sus hermanos lupinos al hacer gala de su brutalidad e inercia, además de estar poseído por la furia ancestral de su gente.
Al arrojar su improvisado armamento hacia lo lejos, los demás lobos se lanzaron por el cuerpo del caído para devorarlo como unos buitres muertos de hambre que al fin habían podido encontrar una carroña que disfrutar.
Khôr necesitaba escapar de allí. Nunca había visto comportarse así a estos animales, intentar atraparle, arrinconarle.
Y casi devorarle aunque no del todo, pues daba la impresión de que lo que querían era debilitarle y reducir sus opciones de escapar con vida, más que zampársele. Ya daba igual, eran segundos preciosos e iba a aprovecharlos, tenía una búsqueda de honor que cumplir.
Empero, el enorme lobo negro de inteligente brillo en los ojos caminaba entre sus demás congéneres, gruñó a los grises lupinos, y éstos se agacharon solemnemente en el suelo sobre sus patas y pechos, lloriqueando.
Había alguno que tiraba inofensivamente de la pelliza de otro animal, que retiraba de la lucha, herido con una mancha carmesí en el pecho, aquél infeliz que había recibido el golpe por aire del que había muerto contra la pared en ruinas.
El humano era un terrible adversario.
Khôr seguía apoyado contra el muro, y sus sangrantes heridas en los brazos y piernas le escocían más que dolerle, el frío había insensibilizado su carne, y el enorme lobo negro caminó con pasos ligeros hasta el chico de ojos oscuros y piel lechosa, aproximándose con curiosidad.
Cuando éste miró al silvestre cánido (de mayor tamaño que los otros con diferencia) y que tras un jadeo fue a pararse delante suya, apretó los puños alzándolos en defensa al apoyar la espalda en la pared.
—Nunca pensé acabar así mi vida, ¡pero sepas que no voy a costarte barato, bestia!—.
El lobo negro tenía la boca abierta y jadeaba con emoción, sacando la lengua fuera y enseñando sus largos colmillos de marfil. Entonces encaró al bárbaro fijamente, y cerrando la boca mientras clavaba en él sus ojos de brillante hielo, se irguió sobre sus patas traseras.
El enorme animal de ojos azules olisqueaba con su grueso morro peludo al Cymyr a distancia, dándole incluso amistosos frotes con el hocico, fugaces, pues en él olía sangre de lobos.
El olisqueo bajó de la cara al cuello, y después, al torso.
Aquél lobo volvió a abrir la boca, y torció la cabezota hacia un lado. Entonces, de más cerca, el humano pudo contemplar que el animal no era tan animal, pues poseía unas manos que no eran ni zarpas ni dedos, aunque algo palmeadas.
Si no había lanzado un ataque, fue porque el otro tampoco lo hizo. Eran como dos machos alfa que estaban tanteando el territorio.
Uno atacaba con la manada, el otro sobrevivía, y su duelo estaba entonces únicamente en los ojos de ambos. En cuanto pudo distinguir la forma humanoide del torso negro y velloso, la expresión inteligente de las cejas, e incluso cierta similitud en los brazos a los de un ser humano, la sangre se le congeló en las venas, y un fuerte latido le azotó el cuerpo con un escalofrío.
El muchacho no podía creérselo… las leyendas eran ciertas.
—No he venido a darte la muerte todavía, cachorro…—decía con ronca voz el lobo, —Porque eres un bravo y no representas desafío para mí. Los que son mis hermanos, al igual que tú, también son guerreros formidables, incluso por separado pueden llevarse a muchos humanos por el camino a la muerte. Ya hemos sufrido tres muertos, debería desgarrarte y clavar mis garras en tu pecho para comerme tu corazón… me harías muy fuerte—.
El lobo negro se relamía y Khôr miraba sus enormes patas delanteras, que asemejaban a dedos con garras.
—¡Vete! Te perdonamos la vida, valiente. Pero si algún día vuelves, sepas que no tendrás tanta suerte si te encuentras en mi camino—.
El enorme lobo se ponía a cuatro patas de nuevo y caminaba meneando la cola hacia los suyos, mientras Khôr avanzaba entre las ruinas al crepúsculo, sin mirar hacia atrás, con el corazón tamborileando a un ritmo frenético.
En cierto modo estaba muy indignado al oír decir al lobo-hombre que le perdonaba la vida, y que si de nuevo le veía, no tendría piedad.
“¡Por los dioses del Abismo! ¿Es que el mundo no es suficientemente grande para vivir todos sin tener que matarnos por él? ¡No merece la pena matarse por entrar en tierra ajena! ¿No vivimos todos en el mismo trozo del cuerpo de la Madre Tierra bajo el Padre Cielo?”, se repetía varias veces.
Pero ya se ocuparía más tarde del asunto de los lobos. En cierta medida, el lobo negro había visto algo en él. Parecía considerarlo otro de la manada, por el olisqueo sin malicia.
El joven de las estepas no era una persona como las demás, y llevaba la sangre de las manadas de lobos en sus venas, su pasión y su cambio de estado de miedo a furia le delataban las raíces bárbaras de las que era orgulloso poseedor.
Khôr era un salvaje, criado entre salvajes, hombres de instintos animales, que en un determinado momento lo mismo podrían lanzarse al cuello de un enemigo y arrancarle la carótida con rabia lupina, que coger una espada y clavarla en un corazón con la más depurada técnica de esgrima.
De repente le sobrevino una visión trágica al sentir las heridas en sus piernas y brazos a costa de las dentelladas…el mundo exterior debía de ser un lugar no tan hostil como su tierra, ya que esta guardaba aún sus peligros en las estepas exteriores.
En la conducta de los animales pudo descubrir que todos tenían su territorio, sí, pero nadie estaba a salvo de sus vecinos, ni siquiera tenían un privilegio o respeto de su espacio, y en cambio los civilizados deberían tenerlo, o eso creía él.
No obstante, la estepa era de todos. Y aquéllos lobos parecían malditos por alguna insana corrupción. Se lamentó, pues su tótem era el del Lobo.
Se acordó de las palabras de un enorme bárbaro llamado Oso Gris, un gran amigo de su padre:

“He estado en pueblos de la civilización, en muchos reinos durante mi juventud, y os puedo decir, que no se parece a nada que hayamos visto. A nosotros nos tachan de salvajes, que es lo que somos, pero ellos lo dicen como si quisieran llamarnos perros inconquistables. Nos miran con odio porque somos libres de sus estúpidas leyes y yugos, y no tenemos amos a los que servir como lacayos. Y sin embargo, éstos lacayos gozan de prestigio y riquezas, privilegios, y se quejan de no tener suficiente y matan a sus hermanos por dinero, títulos… ¡o mujeres! Que se vayan al Abismo…”.

Khôr sonrió, evocando también que se orinó encima de las ropas del hombretón siendo un bebé de dos años según le contó su madre, y que éste hombre le dio un azote en el trasero, ante lo que respondió con un ruidoso llanto, y mordió la mano del gigantón con un rugido rabioso.
Sonrió divertido, al menos tenía algo alegre en lo que pensar, a parte de en salvar su honor y resistir al gélido viento, que venía húmedo.
También vino a su mente, mientras caminaba en la noche como una sombra, los privilegios que los civilizados tenían: casas propias si pagabas impuestos, ejércitos protectores compuestos por déspotas para con la gente simple, incluso unos derechos que alguien defendía en algo llamado “Corte de Juicios”.
Como todos los pueblos, también debían de tener una ley, aunque no para los libres, y que favoreciera a los malhechores pensó, pues de otro modo, uno no podía explicarse tales incongruencias que los bárbaros simplemente calificaban como “Mentira” o “Patraña”.
El joven de las estepas caminaba contra el viento, escuchando los lejanos aullidos del lobo negro, y aceleró el paso.
La tierra tal y como la veía él no era lo que parecía después de todo, pues no era tan bueno vivir en las estepas, aunque era libre, y no era tan bueno vivir en la civilización bajo aquellas normas absurdas. Tenía todo un mundo que descubrir.
Y pronto, debería cumplir con su épica gesta donde un niño se convertiría en un hombre.
Pero poco imaginaba que más aventuras y terrores aguardaban en la tenebrosa noche.

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4 comentarios

  1. Me ha gustado cómo está narrado, sobre todo me ha gustado la frase de Oso Gris. Antes de ello, me ha sorprendido gratamente el nuevo enfoque dado al lobo, al menos yo no había visto una criatura semejante antes. Me he leído también la primera parte, como ya te he dicho se visualiza perfectamente el tema de los combates, tienen mucha fuerza.

    ¡Un saludo!

    29 agosto, 2010 en 11:23

  2. Jojojo, pues no has visto nada aún 😛
    En cuanto al Warch, quería inventar un ser parecido al hombre-lobo pero que fuera más lobo-hombre, más bien una especie de mutante que un tipo aquejado de licantropía y con poder sobre las manadas animales.
    Y que pudiera hablar, claro… así concebí al Warch.
    También tengo que decirte que las luchas irán creciendo en dificultad e intensidad, y que probablemente, te irán gustando más.
    ¡Voy por la siguiente!

    29 agosto, 2010 en 12:13

  3. Duhr

    Lo has conseguido muchacho…. me has picado como hacía tiempo que no me picaba!!!
    Tengo que salir a comprar un regalo para mi padre (mañana es su cumpleaños) y no puedo soltar el libro…. Quiero meterme en el siguiente capitulo, pero…. es largo!! quiero mas!!! En fin, ya iré mañana por la mañana a comprar si eso… prefiero seguir leyendo!!!

    En cuanto al capitulo… Fantástica descripción de la lucha, ha sido muy interesante, y cada vez, incitaba a leer con mas rapidez, como si tuviera prisa por saber que ocurría… como si la propia historia marcara el ritmo de lectura.

    Bueno, me voy a por mas… un besazo!!

    28 noviembre, 2011 en 17:02

  4. Mi consejo sería que terminaras los asuntos pendientes que más te urgen. Por hoy, esto puede quedar pendiente para mañana o pasado, supongo…
    Pero es bueno que te pique tanto y se lea a su propio ritmo como bien dices, en vez de “dejarse leer”: ¡significa que he hecho bien mi trabajo! 😉

    ¡Un mordisco para ti!

    29 noviembre, 2011 en 16:38

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