Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

El mundo exterior

Khôr avanzaba semidesnudo por la nieve, tan sólo vestido con un taparrabo, una túnica hecha con pieles de oso por su madre, y una capa de piel de diversos animales.
Sus botas de piel curtida cambió por unas sandalias de nieve con la puntera de bronce, y las delgadas espinilleras del mismo material. Pensó que le serían más útiles por si acaso caía por algún lado y se daba en un tobillo.
Toda precaución era poca en ese reino sin rey, de cielos grises, de nublados y escarpados montes, de terrores que los hombres de las tribus poblaban lejos de la seguridad de una aldea o una fogata.
La frágil nieve se hundía bajo el pisotón de cada una de sus piernas.
Era más difícil caminar así, los pies no se le habían helado aún porque llevaba puestos unos escarpes de piel de lobo negro, y unas pequeñas raquetas en las suelas de las botas estabilizaban su caminar.
La falda corta que llevaba bajo las pieles de oso, estaba hecha de duro cuero curtido, y apenas se movía a diferencia del taparrabo, cuando una helada brisa golpeaba sutilmente sus carnes.
Lejos, a su derecha, se encontraba uno de los dos montes sagrados, Arrián, llamada también la Montaña de los Espíritus, o de los Ancestros. Apenas pudo distinguirla cuando miró, porque una pared gris de bruma y frío tapaban su vista.
Había oído de las leyendas en la aldea de lobos de color gris que comían hombres de un bocado, y de uno enorme y negro que podría con una manada entera, con sus ojos azules y helados que acechaban en las sombras. También fue advertido de los demonios que al anochecer poblaban las antiguas tierras de las tribus.
Desde luego, no eran sus preferidas las últimas.
Él no temía al enemigo, los dioses tampoco le daban miedo, tan sólo se respetaba a Choddan, que es feroz y despiadado, y si rezas, envía calamidades en vez de bendición.
Pero Choddan vivía en la otra montaña, Cruagjän, y los dioses se quedaban en sus cielos y sus infiernos, alejados del neblinoso mundo bajo los pies de aquella deidad inmisericorde.
Khôr estaba más que seguro de que algún enemigo encontraría, ya fuese el enorme lobo negro de ojos azules, una manada de ellos, el oso negro, o incluso muertos vivientes.
Él aún recordaba el duelo con aquellos no-muertos.
La experiencia más aterradora de su corta vida.
Estuvo dos días racionando sus pocos víveres, que llevaba en telas dentro de su morral. Bebió un poco de vino, aquel líquido le empezaba a gustar, sentía calor donde el frío debería haberle dejado rígidos los músculos.
Y lo vio, una extensa y árida, aunque poco nevada estepa, un magnífico territorio casi apenas sin nieve, riachuelos de agua fresca entre zanjas naturales, limpia y salvaje.
“¡Qué hermoso!”, susurraba en soledad.
Anocheció, y se juntó de espaldas a un muro, un muro derruido. Tal vez hubiese sido parte de una vieja ciudadela Arryana. Cerró sus ojos, aunque estaba atento a cualquier movimiento alrededor suya con el oído.
Esos tres días ningún lobo le había perseguido. Qué extraño.
Escuchó un aullido que heló su sangre al momento y se levantó alarmado, mirando en derredor, al saber de un trote que pretendía ser sutil pero parecían las pesadas pisadas de un batallón de borrachos.
Una pequeña manada de lobos, unos tres o cinco al principio. Los vio correr entre los árboles del bosque que estaba ante sus narices.
Emergían desde la tiniebla con su brillante mirada y sus blancos y afilados colmillos mojados en la saliva que goteaba ardiente tras el halo, y entre ellos, un enorme lobo negro de ojos azules que observaba con expresión inteligente al temeroso muchacho.
Los silvestres cánidos se abalanzaron sin piedad a por él con dentelladas hacia sus brazos, y los que podían cazarle un mordisco tras la indecisión al ver que el humano se movía con velocidad nacida de la rabia, se arrojaban por sus piernas esperando un asalto más fructífero.
El muchacho se levantó con ferocidad con sólo sentir los mordiscos de uno que intentaba retenerle, tomando de detrás de la cintura un hacha de piedra que él mismo se había fabricado.
La bestia gris le medio giró hacia la derecha enganchando su muslo como si quisiera hacerle vulnerable ante el ataque de otro, y estrelló a uno de los lobos que se colgaba de su brazo izquierdo contra el muro, pateando en el aire a un par más con la pierna libre, haciéndoles graves daños en el hombro derecho a uno y en las costillas a otro.
Sus poderosos y fibrosos muslos daban fuerza al puntapié (que lanzaba tres veces por segundo), tanta, que reventó el hocico de uno de los grises devoradores de pelo encrespado, y fracturó algunas costillas de otro más al redirigir su ataque y bajar su hacha en la diestra, que carecía del filo necesario para un corte serio. Los demás lobos clavaban sus dientes en las piernas de Khôr hacia sus tibias, pero algunos mellaban sus mandíbulas con dolor y se retiraban, pues las espinilleras que incorporaban las sandalias servían de protección a la presa que se zafaba, pudiendo concentrar su ira en uno de los integrantes de aquella jauría enloquecida.
Mientras golpeaba sin piedad alguna al lobo gris que tenía colgado medio muerto de su brazo izquierdo, al que estrellaba contra el muro, Khôr echó un grito a los dioses de la muerte al aplastar el morro del que le mordía el muslo derecho en una explosión de llantos animales desenfrenados y sangre, deshaciéndose de la bestia que pretendía hacer de su presa con los dientes en la pierna del bárbaro una cena inmovilizada.
Fue una pena perder su hacha manchada de sangre lobuna cuando un suicida y desesperado cánido saltó a por él como un virote de ballesta, quitándole su única arma de un bocado, como una estrella fugaz.
Pero aun así, la cena era otro tipo de depredador, no contaba con las armas de las bestias, pero sí tenía a su favor la motivación personal, la furia que crecía alocada con cada golpe y cada instante de dolor, y el haber vivido rodeado de bestias de toda clase y aprender a enfrentárseles desde bien crío con armas o sin ellas, pues la familia de Khôr se había enfrentado a las hidras, a las sierpes de las montañas y a los huargos.
Ya con su corpulencia modesta pasaba por un hombre muy joven, pero era como otro más en un campo de batalla, y por eso, estampó de nuevo al lobo que colgaba de su antebrazo zurdo contra el ruinoso tabique, abriéndole una brecha en la cabeza al feroz animal que emitió un quejido por última vez.
Parte del mural se derribó hiriendo a los lobos, aunque más que algo serio, les alejó unos valiosos instantes para que el muchacho pudiera oxigenar sus músculos y deshacerse del lupino que tenía tan cerca.
Pensó en usarlo como arma, y así obró.

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