Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

La Fortaleza Negra (II)

“Ha funcionado”, se dijo la sierva para sus adentros.
Acarició con sus esbeltas manos el enmarañado cabello del Cymyr, húmedo y pegoteado por el sudor, la escarcha del interior de las montañas, y despeinado por el viento. Luego, con sonrisa triunfante, se largó de la habitación y volvía con dos hombres más, esbeltos, y de bocas sensuales, con ropajes negros y anchos, una especie de túnicas. Los cabellos largos de ambos no ocultaban una mirada casi voraz.
—Sangre joven y salvaje…—dijo uno de ellos, un tipo alto con melena castaña y los ojos verdes.
La rubia le dio un suave lametón a la herida en el brazo izquierdo del joven, destapando el tosco vendaje, y se repasó los labios mientras cerraba los ojos, y los abría de nuevo por completo, extasiada.
—Además virgen… ¡cómo me voy a poner!—suspiró Vivianne con cierto deje goloso.
—¡Vivianne, tenemos derecho a una parte! ¡Íbamos a salir por él en cuanto entrase al osario! Le vimos primero—replicó el otro muchacho también de piel pálida y cenicienta, más bajo que su compañero y con los ojos oscuros, al igual que su cabello rizado y largo.
—¡Yo lo traje adentro antes que vosotros, lelos! ¡Está bien, no me miréis así… os daré un poco solamente!—dijo resignada y señalándoles con la mano el pecho del muchacho nómada, el joven fláccido y sumido en un sueño inducido por una solución extraña cuyo halo le había embriagado.
Los tres abrieron sus bocas, con un susurrante jadeo, y los dientes caninos se les alargaron y afilaron. Arrancaron violentamente los vendajes de piel del bárbaro para darse el festín del que hablaban, pero en ese preciso instante, una muchacha de melena lisa castaña con los ojos marrones irrumpió en la habitación sosteniendo una palmatoria con una vela encendida.
Se les heló la sangre al ver que tras la silenciosa mujer joven, que podría tener unos 25 años fácilmente, entraba la señora del castillo.
Dejaron su presa sobre los blancos muslos y brazos, y se levantaron de sobre el muchacho, con las manos tras la cintura, en actitud servil.
—Hola, mis queridos siervos. ¿Visitas tras tanto tiempo?— dijo con su ronca voz de mujer, señalando con la mirada al joven que yacía en el camastro.
Sus ojos se encendieron en la oscuridad, enrojeciendo sobre su piel blanca y sedosa, más brillante que la de los presentes.
—Señora, sólo un huésped inesperado, lo guardaba para vos pues tiempo ha que no probáis un virgen…—.
La altiva mujer posó su mano sobre el cabello de Vivianne y lo acarició con cierta advertencia.
—Mi querida Vivianne, siempre pensando en los demás, hice mal desconfiando de ti cuando pasó por aquí uno de aquéllos bárbaros, y escapó sin probar nuestra hospitalidad. Entendía que el tatuaje en su brazo te cautivase. ¡Y aún espero que lo encontréis, o empezaré a pensar que fuiste como una loba tras su cuello sin dejarle nada a tu señora!—.
La mujer del cabello castaño que venía con la de los ojos brillantes lanzó una mirada severa a Vivianne mientras su señora levantaba a la rubia sirvienta con una mano, con la fuerza de más de tres hombres.
Pero las cosas cambiaron cuando Vivianne se inventó excusas astutas que susurró entre dientes a su señora.
De modo que el bárbaro de cabellos oscuros y ojos azules que había escapado del castillo no podría ser el vigoroso plato de su señora, pero a cambio tendría la sangre de un joven virgen.
Así, la condesa cesó la presa sobre su doncella y volvió a mirar al muchacho encamado. Arrugó la nariz bajo el velo oscuro que cubría su cabeza y su rostro al ver las dentelladas de animales en su piel, y puso la mano izquierda sobre su otra sirvienta, a su lado.
Con el cabello castaño, liso y largo, y la raya en medio, la belleza juvenil de la que portaba la palmatoria no se había embrutecido tanto como la de la rubia al mostrar los puntiagudos colmillos. Se arrodilló junto al visitante, y le lamió las heridas despacio.
Extrañamente, parecieron cerrarse. Aunque la muchacha del cabello lacio advirtiese que el durmiente tenía al menos 12 años, eso no iba a impedirle al resto devorarle.
Y dentro de su ser, sintió incluso lástima, pese a que la sangre de las heridas de él había causado una placentera sensación en su paladar.
El fuego por fin revelaba la cabellera brillante de la señora del castillo, entre cana y plateada, cuando se echaba el velo hacia atrás. Los mechones descubrían un rostro bello, de prominentes pómulos, y de finas cejas que no expresaban menos maldad que su sonrisa.
—Has vuelto a ganarte mi confianza, pequeña Vivianne. ¿Vienes conmigo?—susurró cariñosamente la mujer a la joven rubia.
Ésta abrió más los ojos, y le tomó la mano derecha, besándosela con adoración.
—Condesa Tarja… ¡siempre he sido vuestra humilde sierva!—.
La mujer del cabello brillante echó una mirada de soslayo al que dormía, mientras la otra sierva, de melena castaña, le quitaba los ropajes, y los otros dos sirvientes esperaban órdenes, silenciosos.
“Tengo que dejar madurar a nuestro querido invitado como se deja madurar el vino, pero eso no impide que le vaya dando unos pocos “besos”… diariamente”, se relamía pensando la condesa de maligna belleza y melena plateada.
Sin embargo, el hambre podía más, y sin soltar a su premiada sirviente, dirigía la boca hasta la yugular del extraviado nómada para saciarse con el ardiente y rojo vino vital. Khôr no podía defenderse, ni siquiera sabía si estaba durmiendo o soñando, pero la realidad ofuscada por sus cerrados párpados era aterradora.
La mujer noble apenas pudo clavar sus colmillos en el cuello del joven, y probar algo de su sangre. Cuando paladeó las pequeñas gotas, echó una mirada de sus encendidos ojos a la sierva que estaba destapando a Khôr para que cerrase también esa herida dando un lametón, con esa extraña habilidad.
—¡Se nos hizo el tiempo! Aún soy vulnerable al sol y debo dormir antes del alba en mi sarcófago, que ha recargado sus energías de la noche—dijo sonriente la señora del castillo a Vivianne, y salieron todos de la habitación, la cual cerraron.
Los otros dos siervos se quedaron mirando a su compañera, y ésta les pidió que trajeran ropas. Caminaron todos por los pasillos del castillo, y cada cual se metió en sus habitaciones. La condesa tomó de las manos a la joven de melena rizada y la miró intensamente a los ojos. Ya no relampagueaban en bermejo brillo, sino que parecían coger un color más apagado.
—Vivianne, esta noche te has enmendado, con la recompensa de mis disculpas. ¿Querrías hacerte de nuevo con mi favor?—.
La invitación se hizo justa para Vivianne, pues la joven sierva entró en la habitación con la condesa ante la furibunda mirada de la sierva que portaba la palmatoria y había salido del cuarto del huésped.
La puerta se cerró, y la silenciosa muchacha caminó cabizbaja hasta su antigua habitación, habiendo indicado en susurros a sus compañeros de que echasen la llave en la celda del invitado, y que estuvieran atentos a cualquier indicio de consciencia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s