Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

El lobezno (II)

Los días pasaban y Khôr los gastaba en lo mejor que consideró entonces: iba aprendiendo de Sunna y Rhys varios movimientos de combate, e iba creciendo una gran amistad entre el iniciado guerrero y él. Aunque en la tribu habían tres hermanas que representaban a la diosa de la guerra, Qidara, y enseñaban lucha a los jóvenes, el bárbaro prefería el estilo poco depurado y salvaje del que alguna vez hacían gala sus dos amigos. Sin embargo, lo cierto es que el entrenamiento por uno no suele ser tan extenso y la experiencia compartida beneficia. Ellos ya habían luchado con otros, aunque pocas veces a muerte. Se debía señalar que el chiquillo llevaba en la sangre la guerra y que como a todos los de su raza y condición, no se les enseñaba las armas igual que a un soldado. Eran guerreros por condición y pleno derecho. Tratándose del instinto, uno nace guerrero ya pero aún debe afirmarse y saber que lo es del todo igual que otros deben reconocerlo.
Pero también sucedían otras cosas. Al igual que un emotivo sentimiento en el muchacho cuando se encontraba con su prima de vez en cuando, se iba inflamando una llama en su interior de la que no comprendía el significado. Así fue como pasaron dos meses más entre ataques y paradas simulados, aprendiendo las armas de quien podía mostrarle un movimiento o una visión. Sobraba decir que, ante las maestras, el “lobezno” progresaba y con sus amigos pelear era divertido. Estaba floreciendo, era aún muy joven aunque por dentro se sentía mayor, y todo lo daba con pasión y sin pensarlo dos veces. Quería ser un guerrero, y lo sería.
La vida del joven bárbaro no era ni intensa ni monótona. Un día nublado como otro cualquiera, Rhys y Khôr quedaban tras la vista de las mujeres que se bañaban desnudas, y ambos reían como descosidos intentando que no se les escuchase, de nuevo ese extraño pasatiempo. El que contaba con casi 13 nevadas ya iba sintiendo ciertas cosas en sus carnes, y se decía a sí mismo que no se encontraba igual que cuando miraba a Sunna. Entendió que había llegado el momento que más ansiaba y que temía de la misma forma: se había enamorado.
Experimentaba una erección al ver los hermosos cuerpos desnudos de las muchachas de la tribu mientras se bañaban y veces había soñado que las raptaba al galope, sobre un hermoso y fuerte caballo (el potro que estaba domando ya más crecido), y poco después, amanecía con su rama dorada expulsando su savia, únicamente porque imaginaba el fibroso cuerpo de su prima sobre el suyo, viendo su cara en cada dueña de hermoso busto desnudo y par de piernas bien torneadas.
Rhys no tenía ese problema, pues ya contaba sus 22 años cumplidos y se veía con una muchacha de su edad, con los ojos de color del ámbar y una larga melena castaña clara, una joven absorbente que aplacaba sus ardores y alimentaba el fuego de sus pasiones.
La muchacha lo tenía encerrado en la yurta hasta bien pasada la noche y entrado el alba. Quizá eso explicase que ambos amigos se viesen cada vez menos.
Ésa mujer me lo está absorbiendo como una sanguijuela”, gruñía el joven bárbaro siempre que lo iba a buscar y Rhys estaba ocupado dando calor a su amante, como si el pobre Rhys tuviera la culpa de ser humano.
El gigante le palmeaba el hombro derecho de nuevo otro día que se reunieron para espiar a las incautas del río, intentaba sacarlo de sus cavilaciones, y entrecerraba los grandes ojos azules al separar su mano de la túnica de pieles marrones que Khôr siempre llevaba.
—Deberías prepararte compadre. Hoy es el día—.
—¿Me he saltado mi cumpleaños?—susurraba con preocupación el otro, temiendo que las mujeres que se bañaban en el Río Cálido le escuchasen.
—Serás bobo. ¡El día de tu iniciación!—.
—Pero… oye, dijimos que ya me iniciaría cuando tuviese la edad. Aún no me toca—replicó a Rhys.
—Tú mismo me dijiste que serías el primero en iniciarse a la edad de 12 en tu generación, que así te considerarían un adulto, y podrías casarte con…—.
Rhys no terminó la frase, porque Khôr le tapó la boca con la mano derecha.
—No la metas en esto. Podría estar cerca—susurró a Rhys, olfateando un olor dulce y muy próximo.
Sunna salió de entre los matorrales rígidos y nevados, mirando a los dos amigos enarcando una ceja. Tras un parpadeo curioso, sus ojos se dirigieron al fornido moreno: —¿Casarse con quién?—.
—¡Ah! ¡Hablábamos de que Khôr no podría casarse nunca si no encontraba la mujer adecuada! Pero para eso debe ganarse todavía el derecho del guerrero si su padre no lo promete antes. ¿Verdad, compadre?—respondió Rhys sonriendo, “tapando” a su compañero mientras le rodeaba el cuerpo con un brazo, y con el otro le frotaba la parte superior de la cabeza con los nudillos.
Los ojos azules de la bárbara de esbelto y fibroso físico rotaron hacia Khôr, restándole importancia al tema. Cosas de hombres.
—Chicos, ya encontraréis a la mujer que os hará felices y os dará hijos fuertes… un siglo de estos.
¿De verdad te vas a iniciar, Lobito?—.
Khôr se molestó por la risa entre dientes de Rhys. Sunna había nombrado el significado de su nombre, de manera infantil. El cachorro de Lobo, o El Lobezno. Para ella, El Lobito. Pero aún, había estado escuchando al menos la mitad importante del asunto y le horrorizaba la idea de que supiera el resto. Aun así él inspiró con entereza y trató de formular una respuesta.
—Bueno, eso de iniciarme… es que…—.
—¡Fantástico, si pasas la prueba serás considerado el más valiente de la tribu, serás un adulto y un guerrero, como yo!—.
De la emoción, Sunna no le había dejado ni terminar la frase. Él miró a Rhys de reojo, encogiéndose de hombros. Quería decírselo a Sunna, quería ser mayor y crecer pronto esos años que los diferenciaban para poder casarse con ella. Los amigos se despidieron y cada uno se fue a su respectiva casa. Antes de separarse Rhys fijó sus ojos azules como el cielo en su amigo, tomándole el antebrazo, como se saludaban los guerreros de la tribu.
—Espero que pronto te conviertas en un guerrero, Pequeño Lobo. ¡Ojalá nos encontremos en el campo de batalla disfrutando del triunfo!—.
Khôr asintió aunque algo confuso, y luego, su amigo se marchó.
Estuvo cavilando toda la tarde. Se decidió y fue directo a la choza del consejo, los representantes le miraron atónitos, porque no sabían qué era lo que él quería, un mozo de unos doce años ante el consejo como si tuviera que presentar una demanda, y desde luego, tenía cara para eso y más. Interpretaron que simplemente venía a quejarse de cualquier injusticia de las de verdad, pues por cualquier maltrato o acoso que presenciara, tenía el honor de denunciarlo y por ello ganado hallaba tanto el amor de algunos como el odio de otros.
—Khôr, ¿Qué has venido a buscar? ¿Se te perdió algún juguete o Begdard se metió contigo otra vez?—.
Los otros miembros de la mesa echaron una risa sin malicia, atentos al pequeño salvaje envuelto en pieles. Pese a ser tan joven, Khôr debía pesar 75 kilos y era alto para la media, contando con una estatura de casi 1’80 cm, aunque en su tribu, más de uno medía los dos metros antes de llegar a los 20 años. Algunos de aquellos hijos de las estepas eran precoces, y delante, tenían a ese uno de cada miles que daba la sorpresa en el momento menos esperado.
—Quiero ser un guerrero del consejo—afirmó el chiquillo solemnemente, —Y quiero iniciarme este año. Tengo 12 inviernos (creo) cumplidos, estoy muy seguro de que soy digno del honor de pasar la prueba y volver siendo un guerrero adulto—.
Las firmes palabras e intenciones resonaron en la amplia cabaña de madera, y los adultos decidieron lo que debía hacerse tras una deliberación. Podrían aprovechar el tirón porque ese mismo día era la iniciación para los que cumplían 18 años y darle una oportunidad. Pero con todo, Khôr no dejaba de ser un niño, y las maestras que enseñaban combate a los críos nunca le habían dado buenas referencias de él a los del consejo. Por otro lado, tendría derecho a una serie de privilegios si lograba pasar el rito. Todos sabían eso y varios de ellos se habían iniciado cada uno por su propia causa, antes de la edad de 18, además de tener en cuenta que el muchacho que tenían delante guerreó con bravura una vez contra los enemigos que venían con el estandarte del Innombrable.
Sharn Duhb fue el que habló.
—Vemos acero en tus palabras y fuego en tus ojos, pero aún no tienes la edad de un guerrero ni la de un adulto. Vas a dar un paso agigantado, tendrás que cambiar de niño a hombre tan rápido como aletea un pájaro. ¿Estás seguro de que es lo que quieres?—.
—Sí, Sharn Duhb, Águila de la Guerra…—respondió Khôr con determinación.
El nombrado del consejo asintió e indicó con un ademán al hijo de Takkan que podía irse y le informaron de que el rito de la iniciación se tomaría en el momento, pues a excepción de la inesperada visita, ya habían ultimado los detalles y decidido de las cosas grandes.
En el transcurso de lo que restaba para hallar su destino, el mayor de los Estrellasalvaje se mostraba a sí mismo con una inquietud inusitada por los eventos que aún debían llegar, y otros que ya habían tenido lugar. Pasaron dos horas desde aquella vista ante los mayores guerreros, y el chico estaba muy nervioso, sentado sobre una roca y aparentando la misma quietud. Por dentro, su ser se revolvía a causa de las típicas dudas de la niñez que quedaría atrás y de los ardores de juventud. Pero no era todo: Sunna se había ido a Mirryal y él, sin conocer el hecho de que partiría tan rápido, no la había encontrado a tiempo para despedirse. De Rhys no se sabía más que presentó su respeto y la decisión de marchar a sus padres, que durante años le criaron y vieron crecer como un poderoso luchador de la tribu, y que minutos después partió a buscar fortuna por el mundo. La madre de Rhys le dijo a Khôr que su compadre de ojos azules le mandaba un abrazo, y que pronto volverían a verse, quién sabe si en un campo de batalla. Tal como dijera Sunna, se trataba de una despedida esperanzadora pues para los bárbaros de estas tierras indómitas, la batalla era el encuentro y el fin de todos ellos.
Le parecía extremadamente raro que ambos se fueran sin decir nada. Que en un momento le animasen a ir en busca de su suerte confrontando el rito de iniciación, y al transcurrir de los minutos desaparecieran repentinamente de su vida. Estaba seguro de sí mismo sin caer en el exceso de confianza, pero no por ello le dolía menos que su prima no estuviera allí para verle empuñar el arma como un hombre, y que su amigo y también mentor como Sunna tampoco presenciara con orgullo y ánimos su ascenso a la clase guerrera. Descartó la idea de que estuviesen liados además de la idea de huir juntos, no tenían nada por lo que poner tierra por medio, y tampoco fue de su parecer que se hubieran escondido para gastarle una broma pesada. Podría ser que, de creer uno en el destino y sus fuerzas, esto tuviera que ser así. Que debiera llegar a donde fuera él solo tras haber sido preparado por todos los medios disponibles hasta este momento. Que no se trataba de celebrar en modo alguno, ni tampoco con los amigos. La felicidad era relativa entre los suyos. Tener una amada, alcanzar la cima de la lucha, vencer, sufrir y sobrevivir, hacer hijos y enseñarles lo que uno mejor sabe para que sean más diestros que él y la sangre se mantenga digna de sus antepasados. Morir sin llegar a viejo, o llegar a viejo viendo más batallas que nadie y partir a buscar el merecido fin si a uno no lo acababa encontrando la muerte con las armas en la mano.
¿Por qué, entonces, debían estar sus amigos allí y felicitarle? ¿No tendrían más cosas importantes por las que vivir que él? Sólo era un hombre en medio de otros hombres, o al menos él se dio cuenta de lo pequeño que era, de la insignificancia de uno solo en la vastedad compleja de lo que abarcan las personas más allá del propio ser. Sintió varias punzadas de tristeza cerrándose como mandíbulas sobre su corazón mientras bombeaba la sangre, y la pena por la circunstancia fluía diluyéndose con el paso de los segundos. Aceptar la soledad, abrazar quién era ahora mismo y no rendirse a la circunstancia fue su único pensamiento. Meditó sobre la roca haciendo un reflejo de su mente para proyectarse en su existencia y llegó a una conclusión muy clara: ya encontraría a sus amigos un día.
Todo lo que importaba pues era él y salir adelante. Avanzar. Crecer. Sí, eso era. Las palabras y los reencuentros podían esperar.
El joven salvaje sonrió. Los tambores resonaban al hacerse de noche, y un chamán y otro pintaban de las más diversas formas a los que iban a iniciarse, el fuego bailaba al son de las muchachas y no ellas al son del fuego. Se armaron todos con armas de hierro, acero y madera, divididos en dos filas, tras cuatro hogueras enormes, y en el centro del poblado, donde había un círculo de piedra que hacía las veces de anillo de lucha, tendría lugar un combate de uno contra uno.
El que quedase incapaz por malherido o derrotado por técnica o un buen golpetazo debía esperar al año siguiente para iniciarse, o según la vieja tradición, pelear con un oso a la mañana siguiente y ganarse así su honor.
Los turnos iban apareciendo, y la adrenalina iba subiendo por los cuerpos de los que iban a iniciarse, provocándoles descargas nerviosas que casi podían olerse. Pronto llegó el turno de Khôr, que no contempló ningún combate. Asustado o no, estaba decidido: se convertiría en un guerrero, y se casaría con Sunna, yendo por ella a Mirryal en un caballo hermoso y fuerte, y la haría sentir todo su ardiente amor. Antes de caminar hasta el círculo de lucha, Kroon puso una mano en el hombro del aspirante a guerrero.
—Hanta yo, Khôr. Despeja el camino…—.
Él no sabía a qué se refería el chamán, hasta que entendió que en el leguaje chamanístico, “Hanta yo” significaba “Vigila todo mientras caminas”, pero indicaba una intención firme de algún modo. También podía ser una frase que incitase a echar los miedos de su mente, para afrontar la vida.
Así es como se introdujo en el círculo, armado con una maza de madera y una espada ancha, dispuesto a darlo todo en una lucha sin igual. Khôr vio cómo una figura alta y fuerte, que portaba una espada ancha y un escudo de madera y metal por los bordes se acercaba entre el fuego.
—¡¡¡Khôr Estrellasalvaje contra Begdard Garradeoso!!!—gritó Sven el nórdico, que hizo golpear un gong a un bárbaro de piel morena y cabeza rapada, con un taparrabos azul y dibujos rojos a lo largo de su cuerpo; un chamán otrora conocido por partir cabezas con una maza de cráneo dorado arrebatada a un jefe de los Väenn.
Asombrado, Khôr vio a la enorme mole en la que Begdard se había convertido, y casi que sentía envidia y pavor. Su siempre acosador sonreía y apretaba sus puños con emoción, mirando al muchacho que osó desafiarle delante de todos los chavales de la tribu hace unos años, y cuyo encuentro le había dejado una cicatriz en un lado de la frente. Llevaba la mano con la espada a su coleta castaña y apretaba las quijadas. Esa cicatriz en el ojo derecho le había marcado como el deshonor.
—Esto me lo hiciste tú, me marcaste y ahora voy a aplastarte como a un insecto. Eres débil…—.
—Siento que no sea honorable para ti recibir un golpe, y que lo sí sea que me hayan sujetado tus cobardes chacales. ¿Tenías miedo de romperte las uñas?—.
—Es la última vez que echas veneno por la boca, gusano. Mamá y Papá no están ahora para ayudarte. Estás solo… y yo tengo el doble de fuerza que tú—gruñó el bárbaro más mayor, haciendo notar la musculatura de sus brazos con un gesto agresivo.
—¿Y de qué te vale si sigues teniendo esos pequeños cojones?—le dijo el muchacho entre dientes atrayendo la ira de Begdard a conciencia.
Este fue el que empezó el combate con un golpe de escudo dirigido al torso y cara del muchacho, que rechazó el ataque cubriéndose con ambas armas en sus brazos de forma horizontal, y empujó al gigante con una carga de hombro, desviando el arma de este último. El grandullón se sorprendió de que su táctica de bravucón fuera fallida por el arremeter de aquél muchacho, tras el cual surgían los aplausos. Khôr giraba sus armas en las manos poniendo expresión absorta, como si no pensase en nada, girando la maza con su derecha y la espada con la izquierda en unos molinetes cada vez más rápidos, al mismo que trataba de rodear al musculoso joven con unos andares furtivos y felinos.
El Garradeoso no se dejó amedrentar y corrió por el chiquillo desafiante, alzando su espada y dejándola caer brutalmente sobre él.
El Lobezno usó su espada ancha como un arma de parada, y bloqueando el furioso envite del enorme muchacho de las estepas, le golpeó en el estómago con una patada usando la pierna derecha. Begdard se apartó con un sobresalto al intuir la fallida estocada hacia su pecho que precedía, y Khôr se alejó de él mientras que su oponente realizaba varios cortes descontrolados en amplio arco, enfurecido a la par que sorprendido de que el joven le hiciera frente. Los dos ponían todo su empeño, el de negras hebras parecía un experto pero el de melena oscura aunque rojiza a la luz contra el fuego le parecía su igual pese a las notables diferencias. El último, pálido como la nieve pura, se coló en la guardia abierta de Begdard cuando éste se recuperaba de un tajo de revés, y tras golpearle astutamente con la maza la mano derecha, la espada del otro cayó al suelo. Desarmado, el robusto iniciado, antítesis de su esbelto y odiado rival, dio un grito de ira y el “Pequeño Lobo” saltó alzando la pierna izquierda y luego la derecha, dándole una patada en la barbilla con la puntera de su bota de piel y suela de cuero. Su objetivo casi cayó de culo por el choque, ya que para su 1’85 de estatura Begdard no parecía tener mucho apoyo en sus piernas.
El primogénito del clan Estrellasalvaje le atacó de nuevo con la maza dirigiendo el impacto que terminó en un muslo con éxito, y al inclinarse el enorme bárbaro por el dolor, el más pequeño con pinturas rojas en su piel le propinó un golpe con el puño de la espada en medio de la nuca y Begdard mordió el polvo. No se movía, pero podía maldecir al borde de la inconsciencia, hasta tuvo tiempo de recuperar el sentido antes de ver que Khôr alzaba sus armas en señal de victoria definitiva y amagó un último golpe contra la cabeza de Begdard con la maza. Había ganado al aspirante a guerrero más temido de la tribu.
Recibió aplausos, halagos y palabrotas dichas con buena intención, ante lo que sonrió, borracho de triunfo, y se retiró del anillo de piedra. Lo había conseguido, ¡al fin! ¡Ya era un guerrero y en esos momentos todo el mundo estaba al alcance de sus dedos!
Entonces, actuó el sino. Al darse la vuelta, escuchó un furibundo grito que le azotó los sentidos con un escalofrío. El mediano de la familia Garradeoso se había levantado, no satisfecho con el resultado del combate, e iba a lanzar un golpe contra la espalda de Khôr con la espada… ¿cómo saldría de esta?
El vencedor por corazón y alma evitó el golpe mortal poniéndose de lado frente a Begdard, cuya espada le pasó junto al estómago. Por su parte, el derrotado y rabioso que se deshonraba en el ritual soltó el escudo pequeño que llevaba, hubo un entrechoque en que los dedos que aferraban el mango quedaron doloridos y la espada, dando vueltas como un aspa, dio con la punta en el suelo dando un par de rebotes y un quiebro. En esas, reaccionando por instinto a lo que vendría, el Garradeoso saltó hacia atrás dando varias volteretas antes que la maza de su oponente le machacara el pecho. El arma de madera le pasó por el robusto vientre y el ancho pecho como un ave sobre las aguas, fue una esquiva impresionante y que causó una ovación por ello. Finalmente, tras hacer gala de una habilidad gimnástica muy entrenada durante meses, ejecutó una voltereta sin manos y pudo posarse en postura de combate, a unos metros del otro. Khôr dejó sus armas a los pies y contempló cómo el adiestrado cuerpo de Begdard se aprestaba a reaccionar ágil, felino, a punto de saltar sobre él con la misma velocidad con que le hubiera burlado su remate machacador.
¿Era posible que alguien que pesaba más de 80 kilos de músculo pudiera moverse así?
Se trataba de un guerrero formidable, y lo más peligroso, un guerrero salvaje, como su padre le había dicho a cerca de los de su raza. Los mejores guerreros, los que nacen siéndolo, los que lo son después de la muerte. El joven de castaños mechones puso una mano cerrada bajo su mentón y la otra igual, como soltando el puño hacia su rival, cuyo torso hinchado de músculos, sudoroso, relucía por la luz del fuego. Alrededor de ambos, el ambiente creció, y los del consejo se miraban unos a otros, interesados en el combate, aunque deberían haberlo frenado. El más corpulento hacía que sus piernas se doblasen ligeramente, reposando sobre ellas pocos segundos, y las manos abiertas, como zarpas de oso, listas para dar un golpe.
Khôr se esperaba un ataque repentino, y así pues, el fuerte y enorme Begdard lanzó varios puñetazos, demasiado rápidos para sus enormes brazos, a buscar la cara y cuerpo que el niño, o no tan niño si el destino así lo dijera, protegía anteponiendo los antebrazos y el dorso de las manos. Tras unos inquietantes y dolorosos segundos, esquivó un derechazo, retrocediendo al son de unos enloquecidos tambores que tocaban una rápida marcha.
—¡Luchad, luchad!—gritaban los del corro.
El fuego delimitaba la línea del círculo que ahora era la arena donde dos fuerzas se debatían entre la gloria o la deshonra. Supuestamente, el precoz iniciado ya había ganado, y los jueces así lo vieron, pero Sharn Duhb sabía el por qué el Lobezno quería seguir el combate y no reclamaba al consejo. Quería demostrar que podría ser un guerrero, fuese como fuese, con armas o sin ellas. Begdard le dio una patada con la pierna izquierda, dirigida a su rodilla derecha, y en respuesta, Khôr levantó la pierna y detuvo el golpe con la suela de la bota, lanzando dos puñetazos circulares con la diestra hacia la cara de su oponente insatisfecho, pero tuvo que alzar los brazos algo más de la cuenta, puesto que su oponente se alzaba unos centímetros más hacia arriba, y ya era alguien alto. Difícil darle en la cara si se apartaba retirando el rostro, mas alcanzó la barbilla de su rival más voluminoso dos veces con los puñetazos, y aprovechando la confusión de éste, dirigió los nudillos en un movimiento cruzado a su cara en pleno avance. En la misma fracción de tiempo, el gigante antepuso ambas extremidades para frenarle por el antebrazo, pero Khôr había transformado el ataque en un improvisado codazo, dándole en el ojo expuesto a Begdard. Sonó un crujido, y al segundo después el fortachón se estaba retorciendo por el suelo. Era en el mismo sitio donde el joven lobo le hizo la cicatriz con la botella rota.
El mayor del clan de los Estrellasalvaje iba a acercarse mientras los aplausos sorprendidos le vitoreaban de nuevo, mas el hijo de los Garradeoso le arreó un puñetazo en la nariz que le hizo sangrar y marearse por el violento impacto. Begdard, derrotado de nuevo por aquél debilucho, aquél que no era tan alto y tan fuerte como él.
Sangraba por la boca, habiéndose mordido hasta la lengua de los golpes que había recibido, y ciego de ira, lanzó a su valeroso retador tierra en los ojos. Éste saltaba hacia atrás, cegado por los gránulos que nublaban su vista, que le picaban y no le permitían ver. El robusto chico, rabioso pero vencido nuevamente, le sacudió aprovechando el momento un codazo en la espalda, y Khôr cayó al suelo. Escuchó cómo Begdard recogía algo metálico de allí mismo.
¡La espada, y con ella le mataría! ¡Todo se habría acabado entonces!
—¡Voy a matarte, hijo de perra!—gritaba su enemigo, cegado por la furia.
Soltó una terrible patada al otro, que intentaba levantarse, en el pecho, dándole la vuelta y dejándole allí de espaldas en el suelo otra vez. Fue a ejecutar un letal corte en el cuello para separar la cabeza de su cuerpo cuando Sven le detuvo, sujetando con su fuerte mano la de Begdard, que se autoproclamaba el vencedor. Estaba claro que los miembros del consejo no pensaban igual.
El Garradeoso salió de escena empujando a quien se ponía en su camino, amigo, pariente o no. Orgulloso aunque espeso de reflejos, el chiquillo pálido se levantaba con un gruñido lastimero más dolido por la injusta derrota que por los golpes de su antagonista. Ganó a los ojos del consejo y la tribu demostrando un valor digno de un campeón, pero para sí mismo estaba derrotado de manera inexcusable e imperdonable. Su antagonista le miraba una vez más lleno de rabia, y Khôr le dirigió sus pupilas oscuras tanto como los discos de sus iris, dedicándole una frase lapidaria de esas que caen sobre uno por una vida entera con todo su peso.
—Ahora que has perdido un ojo, puede que aprendas a ver—.
Llevándose una mano a su ojo dañado, Begdard caminó entre las pocas chozas y las yurtas gimiendo de cólera, gruñendo insultos y maldiciones agraviado por el suceso. Khôr miró al consejo, considerándose responsable de una gran falta aunque la voz de uno le expuso su victoria ante todos:
—Eres el vencedor, pero a tu espalda… a tu espalda sucederán cosas en el campo de batalla. Nunca debes darla a nadie. La piedad no es para los nuestros—.
—Lo sé, he vencido y he perdido. Debería haber ganado sin dar la espalda a un enemigo, pero no fue así, y dudo que Choddan y Qidara estuvieran satisfechos con la pelea. Dejad que os diga: no siento un triunfo por esto y estoy seguro de que para mis ancestros no he sido digno. Pero salvaré mi nombre. Mañana, obtendré al fin mi honor tras haber luchado contra el Oso Negro, y traer pruebas no de un enfrentamiento, sino de su muerte. Volveré con su piel o cargándolo a rastras, o heridas de garra en el pecho—decía con voz de resignación, aunque apasionada pues con el orgullo ultrajado todo lo que quería era reponerlo.
Poco sabría, aún, de que demasiado orgullo conduce a la perdición y que la falta del mismo, sea real o imaginaria, lleva al mismo camino.
Los demás le trataron de hacer entrar en razón, pero no pudieron. La suerte estaba echada: Begdard ganó con trampas, pero ganó. Así lo veía y no cambiaría de parecer. Nadie le dice qué debería hacer al que escoge su senda si está determinado a ver sólo lo que quiere ver. Pudiera ser que la realidad le devolviera al suelo firme.
De todos modos, según la tradición, lo que estaba aconteciendo no presentaba irregularidad. Si un guerrero se iniciaba como adulto antes de la edad, el primero de su generación, y era derrotado, para limpiar su nombre ante los dioses de la guerra debía compensar su fracaso con una victoria superior. Y cuando se miraron todos los del consejo de la tribu, supieron de la suerte que esperaba al joven. Morir en la estepa a manos de un oso negro, un animal terrible del que se contaban leyendas, como que nadie había conseguido matarlo, que su piel era dura y con escamas de piedra, sus ojos, encendidos por la luz del fuego infernal que ardía en ellos.
Pero, para volver con la cabeza alta, debía de cumplir con la tradición, aquella era la vieja costumbre.
“Vuelve con la muerte o la piel del oso, o con alguna herida suya, y limpiarás tu honor demostrando que con las manos desnudas pudiste derrotarlo mejor que a un hombre con armas”.
También había una máxima mucho más sabia de la que Khôr se acordaba, yendo hacia su hogar mientras seguía el camino acompañado de su hermano pequeño, que había visto el combate.
“Si te enfrentas a la bestia con sus mismas armas, perderás…”.

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7 comentarios

  1. Buenas Lunas,

    Caí aquí de casualidad ayer, viendo en el facebook el link – que es un chivato, qué le vamos a hacer – y hoy aprovechando un rato he releído el texto con más atención.

    Ya te he dicho que el tema de las peleas no son lo mío, pero lo narras de tal manera que se puede ver perfectamente los movimientos de los personajes e imaginar con claridad lo que estás describiendo.

    Por otro lado, la claridad del vocabulario es cercana, los diálogos es lo que más me han gustado: son chispeantes, tienen mucho de divertido y me he visto sola riendo en más de una ocasión. Algunas cosas son rápidas como la marcha de Rhys y la de Sunna, pero me imagino que más adelante se nos explicará más.

    Con tu permiso, seguiré leyendo por aquí 🙂

    Un saludo,

    Irewen/María

    27 agosto, 2010 en 13:45

    • Eilidh

      Maria…sobre los diálogos sobre te diré una cosa…espera a ver orcos, jajajaja. Tsss no diré nada más, Kerish 🙂

      27 agosto, 2010 en 23:33

  2. Pues sí, mi facebook se chiva y no sé cómo lo consigue (¿tendrá algo que ver con el openID?), pero el caso es que me honra mucho que te gusten las escenas de lucha vistas hasta el momento, porque es lo que quería a parte de cómo las “coreografié” en su día (sí, sí, lo que lees).
    No sé, si leo un libro que contenga escenas de lucha y no kamehames, me gusta lo más cerca a lo real, o que se me detalle de una forma que vaya con la escena sin detenerla e imaginar el filo de un hacha por ejemplo rasgando una coraza. No es igual de rápido que ver una peli pero puse mi empeño, y si a ti te gusta, a mí por doble.
    En cuanto a lo demás, supongo que alguna vez fuiste a ver a un amigo/a y te dijeron que se había ido de viaje, quería dar esa sensación de que algo sucede así de rápido y lejos de tus manos, algo que tienes que asumir y a esperar que se resuelva.
    De hecho, trabajo en ello actualmente.
    Y sí… si llegas a ver a los orcos que dice Eilidh ya sí que podrías partirte la caja. Son malos y brutos además de horribles… ¡y tontos del culo, uno no puede evitar reírse de esto último! 😛

    28 agosto, 2010 en 18:19

  3. y aquí sigo, estoicamente, aunque sean horas que de tan intempestivas, son tempranas…

    …Ya sabes lo que pienso sobre tus escritos. Estoy de acuerdo con María con que la partida de Rhys y Sunne parecen precipitadas, pero también me sirve tu excusa XDDDDDDDD

    1 marzo, 2011 en 5:20

  4. Si, bueno, Iracebeth, peeeero es lo que decía antes, y digo más, actualmente trabajo en eso. Voy por el 10º, y viejos conocidos volverán para cerrar estos círculos.
    Pero no nos precipitemos que nos ansiamos… ¡y al final acabo poniendo toda la saga a destajo!
    Ahora voy a intentar echar una cabezada, que como no he podido ser un niño bueno, por lo menos intentaré ser uno dormido.
    Un mordisco…

    1 marzo, 2011 en 5:54

  5. Duhr

    Es cierto, las luchas son faciles de seguir hasta para una torpe como yo. 😛 Y yo que pensaba, que lo harias mas sencillo y ganaría el chikillo…. aisss olvidé el orgullo que iba demostrando…

    Bueno, un cafecito y seguimos! Que esto de leer despues de comer, no es mi fuerte.

    Mis felicitaciones al cocinero!!! digo al escritor!!!! 😛

    28 noviembre, 2011 en 16:06

  6. Es un placer cocinar algo que te sepa tan bien y sea fácil de digerir, sin que el sabor sea demasiado simple, ni siga un refinamiento inútil que sólo enmascararía la esencia.
    Tal cual es lo que sale mi “olla”.
    Si es que la cocina no se me da mal del todo…
    ¡Nos leemos por aquí, Duhr!

    29 noviembre, 2011 en 16:35

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