Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

La Hora del Dragón

De nuevo allí sentado, en una jaula como tantas otras.
La noche anterior le dijo a Soryatani que aún le quedaba una última lucha, y que volvería con ella para siempre. Ella se abrazó a su cuerpo, le creyó sin más y tras darle un beso volvió a su yurta.
Ilusa. Kerish estaba sentado en un banco de piedra, fusionado a la pared de piedra gris también, y escuchaba el rumor de palacio tras los múltiples cerrojos y puertas que le encerraban en aquel habitáculo frío que olía a muerte. Frente a él, a sus pies, la espada que le había dejado su maestro, su amo. Un hombre al que consideraba un amigo unas veces, y alguien que comerciaba con su persona otras tantas. Aquello era el final, su vida había llegado hasta este punto.
Normalmente un gladiador, un espadachín que combatía a corta distancia no moría expresamente, pero en aquellas tierras viviendo entre salvajes ansiosos de sangre como lobos que eran, los combates siempre se celebraban a muerte. En otras partes del mundo era igual, la sangre, el acero, el dinero y el sexo movían a los reinos, y la brutal era de la ley del más fuerte siempre se oponía al conocimiento y la clemencia. Pero estas dos últimas cosas nunca ganaban las guerras.
La vida no se perdonaba, y desde luego, a él nunca se la habrían perdonado.
En los ojos del alumno, el esclavo, algo brilló con salvaje frialdad: una frialdad que de tan gélida e intensa que era, ardía. Como en otras ocasiones, tomó el gladio de hoja ancha romboide y acinturada, por un mango en el que cabía una mano y media. Se miró en el gris espejo de la hoja y escuchó a la gente hablando con tono melodioso y algunas veces ralentizando las palabras a cosa hecha. Él no lo comprendía, debía de ser la lengua de Xihuan que distaba de ser la misma que el dialecto gutural de los Ilonios (el cual pocos hablaban pero con el que se entendían con los Xin) y más aún de la lengua común o la de los Cymyr que casi había olvidado el joven bárbaro.
¿Qué sabía del exterior? Casi que no importaba ya, Torii se había marchado nada más entregarle en la jaula del carromato, como si fuera una bestia de feria para algún circo ambulante. No hubo despedida. No hubo palabras. No hubo nada desde que le revelara su último viaje al encuentro del destino. Había visto parte del templo, del recinto de mármol rojo y nombres grabados en metal dorado, justo cuando estaban rellenando el suyo con pinceles. Quizá, el dragón llevaba la cuenta o era un devorador de almas y así le recordarían a él. Otro que luchó con valor y fue engullido hacia la oscuridad. Un intenso frío le recorrió el cuerpo y, reprimiendo un suave espasmo al tensar los músculos, el bárbaro suspiró expulsando la duda y vaciando su mente. Calma de Batalla. Matar. Vivir. Morir. Descanso.
No habría nada más para él pues el bárbaro era buen conocedor de la realidad que otros negaban: es más que inútil aferrarse a lo vano, a lo vacío, a lo que la esperanza representa. Un deseo que no iba a cumplirse. Algo que no va a suceder. Es meramente una idea que se persigue sin alcanzar nunca, una bella mentira que azuza al hombre en la desesperación y la ausencia de algo en que creer para fingir que no está solo ante la muerte.
Cuando la esperanza queda respaldada por los medios y las circunstancias, todos creen que el universo está de su lado y los alumbra con su luz, que les da la razón. Pero no es así. El universo es un lugar oscuro y frío donde la vida no vale nada, donde todo lo que importa es cuánto puede luchar uno y resistir antes de perderse a través de la Nada.
Pero no se dejaría llevar por la desesperación ni aceptaría sus últimos suspiros con sumisión. Sería su propio dueño aquí y ahora, rompiendo cada ligadura para ser él mismo y nadie más. Los puños de Kerish eran voluntad real, la de afrontar su fin con sus propios medios y gritar su valor y su ira al mundo antes de ser arrebatado de él. Sin esperanza no hay miedo.
Las rejas se abrieron.
Y cuanto más mato, más poderoso me hago…”.
Las sombras se separaron de su figura, se había trenzado de nuevo el cabello, y vestía una túnica masculina blanca que le daba un aire diferente y dejaba sus piernas al aire, las botas con hebillas no faltaban, ni sus muñequeras de cuero con las que siempre entrenaba puestas. Le habían salvado varios golpes en estos tiempos.
¡Acepta nuestra ofrenda! ¡Te brindamos por tus favores la sangre del valeroso mortal, oh sagrado protector, que nos das la grandeza de los cielos protegiéndonos en cada despiadada batalla y mantienes la gloria de nuestro imperio!—anunció un hombre con túnicas ceremoniales escarlatas y doradas.
Mientras, Kerish abandonaba el limbo y cruzaba la puerta hacia el infierno.
Rodeados de un círculo de piedra, sobre la piedra misma, las llamas se alzaban como columnas vivas e incandescentes que desprendían un calor agradable. Kerish ya esperaba encontrarse con una bestia, pero en su lugar, le sorprendió qué suerte de enemigo le aguardaba: había allí un tipo que llevaba unos guanteletes dorados, el recogido cabello cano contrastaba con el brillo de una espada de hoja esbelta. Sus ojos dorados no le habían pasado desapercibidos, ni sus pupilas draconianas que resultaban aterradoras. Aunque con el aspecto de un hombre corriente, sin rasgos sesgados en la mirada, el adversario extendió los puños hacia los flancos de su cuerpo, recibiendo así al gladiador bárbaro que en ningún momento bajó la guardia.
—¡Ah, mi sacrificio! ¡He esperado ansiosamente por este momento! Acércate, joven guerrero, y muere con gloria ante el dragón del emperador—le instó el otro hombre, con la voz melodiosa y seria, pero alegre a un tiempo, como si hubiese esperado mucho por este día.
—Un momento, ¡me hicieron creer que lucharía contra un dragón!—gruñó Kerish, con desaprobación.
El guerrero del cabello blanco corrió hacia él y saltó, al mismo que su sorprendido visitante previó su alzamiento por la experiencia en la lucha, y se adelantó hacia él con una estocada en el aire que iba dirigida hacia su pecho. La maniobra falló al no ensartar al supuesto dragón del emperador, que con un toque de su fina espada, desvió la punta del gladio de Kerish, que lo empuñaba con la derecha, y le dejó la guardia abierta. Con el hueco dejado por una ausencia de defensa en el pecho, el dragón le golpeó con la empuñadura del arma y tomaron suelo, él con los desnudos pies, y el esclavo extranjero con la espalda. En tan sólo un segundo el enemigo se había movido tres veces con el brazo, era mucho más rápido que el bárbaro, que estaba jadeando, con el pecho subiendo y bajando de volumen. Nunca se había enfrentado a alguien así.
—¡Éste al menos me ha durado más que el anterior!—rió el dragón, mientras se acercaba confiado a su sacrificio.
Era un ser que había luchado años y años contra los mejores guerreros de Xihuan, e iba a tener su ofrenda de carne y sangre.

Anuncios

6 comentarios

  1. Un digno oponente para Kerish, a ver de qué forma sale el bárbaro de ésta porque lo tiene jodido, sí señor. Llega el momento de tensión, a vida o muerte y nos lo dejas justo ahí. Espero que todo vaya bien para el pelirrojo.

    Entre retumbar de tormentas y puesto que te has portado bien trayéndome mi dosis diaria, doble dosis de beso de domingo 😉

    28 noviembre, 2010 en 11:02

  2. Kerish

    Heheheh, veremos si esa ola no llega hasta aquí 😛
    Y sí, la cosa se pondrá difícil pero no imaginas hasta qué punto… ¡aunque vas a descubrirlo!
    Ricos besos, sí señora. Ñam ñam 😛

    28 noviembre, 2010 en 15:26

  3. Kerish

    Nota del Autor:

    Como algunas personas pensarán, el título de este capítulo es un homenaje a la primera historia de Conan que escribió Robert Ervin Howard: “La Hora del Dragón” (en el que se nos presenta a un rey Conan ya en los 40 a punto de ser asaltado en su alcoba por conspiradores, impagable la escena en que entran y se lo encuentran esperándoles con la espada en la mano).
    Pensé en llamar este capítulo ligeramente “La Hora de los Dragones” en referencia al tatuaje de Kerish y a Dragón, el enemigo al que debe enfrentarse, pero no haría un guiño tan claro.
    En otras historias he homenajeado títulos de películas y alguna letra de canción, y como comprenderéis, es algo a lo que es difícil resistirse sólo por la coña de hacerlo.

    28 noviembre, 2010 en 16:15

  4. …Nunca me habías hablado de esta escena, y me ha sorprendido bastante. Si te terminas de leer (de una puñetera vez) El Arco de Tejo Negro, verás que podríamos poner a nuestros dragones frente a frente… Sería divertido.

    Sigo leyendo, ¡besos de vainilla y almendra! :**************************

    12 diciembre, 2011 en 19:39

  5. Lo haré, pero ando algo saturado últimamente. Por supuesto, hay muchas cosas más de las que no te he hablado, y seguro que te gustarán… ¡o cualquier otra cosa!

    13 diciembre, 2011 en 1:55

  6. …Después de un año, ¡sigues siendo una caja de sorpresas!

    Beth (La chica que espera)

    13 diciembre, 2011 en 7:17

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s