Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

El espectáculo debe continuar (III)

Lo que se apreciaba en la visión de Soryatani desde las dos semanas anteriores al terminar el mes pasado, justo el tiempo que habían estado viéndose ella y Kerish a escondidas desde que él volvió de las tierras extranjeras, no era nada bueno.
Un dragón y una mancha de sangre. Almas en pena estirando sus brazos cadavéricos hacia la insignia. La misma que había visto en el joven al que amaba. Tenía que ir a verle con urgencia, y así hizo. Se puso un del verdoso y se lo ciñó al cuerpo mediante un cinturón blanco de algodón que ajustó tras su cintura, y partió al encuentro con su amado. Debía prevenirle del peligro.
Veía también en sus ensoñaciones místicas una serpiente de ojos dorados y escamas negras que mordía su mano, y nada de esto era bueno. Había llegado el momento. Volvió a la yurta de Torii en el campamento y se presentó a solas ante él. La noche era tan propicia para ello que él asintió con tan sólo verla entrar, y se apresuró a salir con ella. Cuando estaban en el pequeño cobertizo dentro del coliseo, aquello a lo que Kerish llamaba casa, ella extrajo de su cinturón un ching de oro. Torii lo rechazó.
—No lo quiero. No hace falta ya—suspiró él.
—Este es el precio por tu silencio, por tu permiso y por el amor de Kerish, pero esta noche es algo más que eso—.
—Te dejaré pasar sin tarifas, ya no quiero tu dinero. No puedo interponerme entre vosotros dos y menos aún ahora…—.
—¿Qué está pasando, Torii? Algo no va bien, ¿verdad? ¡Dímelo!—inquirió ella cogiéndole las manos, suplicante cuando podía exigirle cada palabra que tuviera que decir.
—Lo siento…—jadeó Torii con pesar, y se alejó.
Ella penetró en la estancia, la luna estaba más que alta, y algunos dormían. Kerish estaba allí, solo, echado sobre su cama. Soryatani se inclinó sobre él para besarle la frente, pero una mano se cerró en torno a su cuello. El apretón no resultó letal, pero la hizo daño y ahogó su grito. Entonces, los ojos de él se estremecieron al verla, y la soltó.
—Sorya—.
—¡Mi amor!—susurró ella, acariciándose la zona afectada por el breve estrangulamiento cuando él se disculpaba con la mirada.
Con todo, aquel apretón casi dominante la había excitado.
—No te esperaba esta noche. Creí que no podrías esquivar a los guardias esta vez—.
—Si no puedo verme contigo mientras estás junto al Kuoulún es porque por el día hago las tareas de una mujer o estudio. En todo este tiempo apenas te he visitado porque los ojos están puestos en mí, pues mi hermano planea su siguiente movimiento de conquista tras la lucha contra otras ciudades que se han opuesto y me busca pretendientes cada vez menos de mi gusto. La única ocasión de verme contigo es por las noches, pagando a Torii para que nos deje estar jun…—.
—¿Pero qué dices? ¡Ahora entiendo, le pagas por mis “servicios”!—rugió él, levantándose con un gran cabreo.
Ella le puso una mano en un hombro, pero él la despreció.
—Déjame en paz. ¡Se acabó, no soy una puta!—le susurró Kerish, entrecerrando los ojos con furia. No era la primera vez que violaban su honor.
—No lo comprendes. No te digo esto sin venir a qué…, no me era posible verte de otra forma y Torii puso un precio por ello, pero ya no. Desde la muerte de una de mis hermanas durante la traición de los Aolitas en el banquete, desde que salvaste mi vida, he sido tuya y sólo tuya. Te debo mi vida y mi corazón y ningún precio podría ser más caro que los segundos que pasan sin ti—jadeó ella, abrazándose a su cintura; —¡Te amo, mi esclavo, mi señor entre los muslos!—.
Kerish volvió a sentir esa debilidad intensa y extraña. Supo que el nombre de aquello estaba más claro que nunca: cariño. Amor incluso, estaba empezando a sentirlo. Le gustaba y le disgustaba. De cualquier modo era un esclavo y su maestro tenía derechos sobre su persona por más que le enfadara, y si debía cobrar a una mujer por él, que ya no según su amada, de todas formas tenía todo el poder de hacerlo.
Se volvió hacia la bella Ilonia, con el ardor de sus ojos y su ánimo sofocados por la certeza de cada frase anterior, de cada expreso sentimiento, y le dedicó palabras amables.
—Oye, lamento lo de tu hermana, la que estaba con Bortochoou. No quise hacerte sentir mal. Todo esto es tan nuevo para mí que no sé qué hacer, y es complicado. Más de lo que crees. Es sólo que yo no soy libre como tú y no tengo derecho—.
—Lo tendrás. Te compraré si hace falta… —sonrió la princesa tribal, acariciándole los labios con las yemas de los dedos, y volvieron los pensamientos sobre su hermana, —Al menos ella está en un lugar mejor, y aunque la extraño a veces, Welún es uno con los vientos del cielo y puedo escuchar la canción que siempre le gustaba cantar. Bortochoou se casó con ella obligado por mi hermano, pero aun así, siempre la trató con respeto y amor sólo por ser mi hermana. Es el único hombre en quien confío porque su amor lejano nunca me ha traicionado—.
—El hermano de pacto de sangre del Khan. Un gran hombre—asintió Kerish.
—Tú eres el mío—.
Ella le quería de verdad, y él estaba queriéndola tras cada encuentro más y más. Se giró y la cogió por los delicados brazos, mirándola ardientemente a sus ojos de jade con vetas rojas y besó sus labios.
Como la otra vez, Tuoya estaba espiándoles, oculta como estaba entre las sombras a la entrada de aquél sitio donde nadie molestaba al esclavo extranjero de piel nívea, e igual que hizo en la anterior ocasión, llevó los dedos de su mano derecha a su propia brecha de hembra y se frotó con rabia. Lo vio todo. Él echó a su amante sobre la cama, y le levantó la ropa con cierta violencia mientras situaba la cara entre sus piernas, y le brindaba el placer que Tuoya le había enseñado a dar. Pero esta vez lo disfrutó dándolo como nunca, y Soryatani más que él sintiéndose plena y amada hasta el infinito. Cuando ella se incorporó un poco, pasado un rato, y sus efluvios manchaban la cara y la boca del bárbaro, le acarició el cabello al mismo que él se alzaba un poco para besarla en la boca, y volvía a lamerla entre los labios que acogían sus ingles, susurrando…
—Te amo—.
Siempre la había visto tan lejana, tan hermosa, tan inalcanzable… y llevaban tiempo siendo un amor prohibido, apasionado, sin desconfianza. Verdadero.
Pero empezó todo con tal explosión, que él nunca se atrevería a admitir que la iniciativa de su relación la tomó una mujer. De todas formas, él no había estado nunca con una, y en su tierra se las había considerado como algo más que la mitad del hombre. Algunas eran maestras guerreras, otras chamanas, y además recibían la educación de sus madres necesaria para iniciar a un hombre y convertirlo en más que su amada pareja, en un amante que conocía lo que le gustaba a las féminas.
Allí era diferente. Pero en cierto modo, sabía complacerla de sobras.
Además de eso, debía agradecerle la instrucción a Tuoya, pero el mérito que mostraba ahora, echando de lado a la joven para penetrar en su cavidad más íntima y carnosa, se lo debía al corazón gentil de Soryatani. Él la hizo el amor sin prisa, con una ardiente pasión que la inundaba como una terrible ola de placer que crepitaba húmedamente cada vez que la parte trasera de los muslos y de las nalgas de la joven princesa encontraban su antagonista con el bajo vientre y las piernas de Kerish. La intrusa les envidiaba, les odiaba, y se masturbó enloquecida varias veces por ello hasta quedar rendida con la espalda contra la pared y sentada con las piernas abiertas. Lloró. Porque más de lo que deseaba admitir, quería a ése maldito esclavo para ella cuando sus planes se hubieran cumplido y gozarlo. Ver que la princesa le disfrutaba así la hería de rencor, así que tan silenciosa y esquiva como llegara, se fue dejando media alma en el camino. En cuanto a los amantes, se dieron un largo tiempo acoplándose, acariciándose, y a la mitad que quedaba de noche, dormían abrazados. Ella se levantó y se vistió, silenciosa, pero él la hizo girarse y la abrazó con fuerza.
—No te vayas—.
Los ojos de Soryatani se abrieron humedecidos por lágrimas de emoción, de cariño y de pena. Cuando una cálida lágrima cayó por su mejilla izquierda, y otra por la derecha, Kerish se las retiró con los pulgares de sus manos, sosteniendo la cabeza de la joven con ellas.
—Te amo, Kerish. No puedo estar sin ti. Eres todo lo que me saca de este paisaje deprimente, de lo que me rodea y oprime. ¿Qué más puede decirte esta mujer desde su corazón? No seré princesa si debo ser como tú para estar contigo—.
—No tengo derecho a pedir, soy un esclavo y sólo anhelo la muerte libre de un guerrero. Pero mientras viva te amaré sólo a ti—.
—Pues no deseo estupideces heroicas. Deseo un hombre que me ame, aunque sé que un día morirás, pero he pensado en escapar de aquí… de esto, contigo. Tú eres mi hombre, y un oscuro futuro nos espera si no nos alejamos de esta tierra. Podemos ir donde quieras, puedes hacer conmigo lo que desees porque soy tuya. Pero hemos de irnos—.
El joven nómada sonrió con tristeza, una de las pocas emociones que podía mostrar con una sonrisa en la cara, igual que el desafío a la muerte. Empezó a separarla despacio de su abrazo.
—No escaparé contigo—.
—¿Por qué, Kerish? Nos dejaron en este mundo el uno para el otro—preguntó Soryatani, rodeando el blanco y fuerte cuello con sus brazos, mirándole con ojos vidriosos y brillantes, sin dejarse alejar.
—Pero no puedo escapar del destino. He luchado tanto…—.
Y sin hablar más de ello, los dos se abandonaron a una tierna lujuria, primero bebiéndose mutuamente con un beso lento que les inundó por igual de calidez, y entonces, sólo entonces, ella abrió su cueva del placer para cobijarle de la fría soledad cuanto él quisiera. Al fin y la cabo, era la última vez.

Anuncios

4 comentarios

  1. Volver de la facultad/dejar de estudiar y encontrarme con esto vale la pena. Hay una dulzura intrínseca en toda la escena, a pesar de la clara carga sexual… pero apenas se nota, apenas se ve, es suave y dulce, es tierna, es muy bonita, la verdad.

    Siempre me ha gustado ver a un guerrero en una actitud más suave, incluso tierna. Bueno, lo dejo ya que me pongo tonta.

    ¡Un beso de mitad de semana!

    24 noviembre, 2010 en 19:27

    • Ooooy 😛 , ¡que se nos pone tienna ella!
      Sí, en ese momento, aunque pasión, la ternura es el elemento que baña a ambos… una muestra de lo que dos personas dejan salir de sí mismas sin reserva pese a lo que les rodea.
      Me alegra que te haya gustado, Irewen… ¡pero los problemas no han hecho más que empezar de verdad!

      25 noviembre, 2010 en 11:13

  2. Cómo me gusta ver al bárbaro en esos (escasos) momentos de ternura. ¿Podría alguna vez llegar a ser dulce? Quién sabe, quién sabe…

    …Besos de almendra :***************

    Bethy

    11 diciembre, 2011 en 22:03

  3. Sí, quién sabe…

    12 diciembre, 2011 en 0:55

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s