Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

El espectáculo debe continuar (II)

Acto seguido, Torii señaló a dos de sus guardaespaldas, los cuales hicieron a Kerish ponerse en pie sujetándole por las axilas. La cosa pintaba fea.
—Hace años te marcamos con un símbolo, ¿sabes por qué?—le preguntó Torii.
—¡No, dímelo maestro! ¿Qué significa esto?—gruñó Kerish, mirándole como un lobo enfurecido.
—Eres un gran luchador. Nadie ha conseguido darte muerte, y el dragón de los antiguos es un signo de la eternidad y la fuerza—.
A Kerish le resultaban conocidas esas palabras, ya que en su cultura, los dragones eran bestias que simbolizaban el poder.
Todo gran guerrero que había derrotado a otro, o a un dragón, llevaba esa enseña en sus ropas o en su cuerpo para distinguirse del resto. Llegaba a ser algo hasta religioso portar la marca. Entre los que eran como Torii, el dragón presentaba un signo tan bueno como malo, sí, pero también significaba otra cosa que los desaparecidos Akei legaron al mundo… la marca de la muerte.
—No entiendo por qué aquél chamán quiso que te tatuásemos el dragón Akei. El caso es que te inducimos un trance para encontrar en ti lo que el chamán presentía… una fuerza extraña que según él podía ser beneficiosa, o una amenaza. No le cuestionamos cuando, en ese trance, sacó de ti que luchabas contra un dragón y lo vencías. Dijo que era la señal de tu poder y que debías llevarla en la carne para afrontar tu destino, así que lo hicimos. Y ahora el emperador ha pedido en persona que luches contra su campeón. Todo empieza a tener sentido…—.
—¿Sentido de qué? Torii, déjame ir y suéltame. ¡Lucharé con quien sea!—.
—Sé que lo harás. Pero debes luchar… contra un dragón—.
El bárbaro dejó de resistirse y Lobo Negro le miró, perplejo. El campeón del emperador era una bestia legendaria.
—Mejor tú que yo—susurró lleno de alivio.
Kerish le miró, sin comprender, y luego asimiló. Sus ojos fueron hacia su maestro y cerró la boca al procesar todo esto, asintiendo.
—Lucharé con el dragón y le daré muerte o moriré como un guerrero. Sólo tenías que pedírmelo. De todos modos, es mi destino morir mañana o algún otro día—.
La respuesta hizo sentir emoción a Torii, y Lobo Negro, viendo que su maestro apreciaba el ofrecimiento de su discípulo (que no dejaba de ser esclavo), sintió más envidia. Aunque era la muerte, eso hacía grande a Kerish a ojos del maestro.
—Te juro que querría que no murieras, pero el dragón exige sacrificios a cambio de darle poder al emperador, y siempre exige lo mismo: al mejor guerrero. Tu marca quizá está relacionada con ello, y el Rey Dragón, el emperador, fue quizás también el hombre que ordenó al chamán venir por su visión para que te tatuaran la marca, pues se dice que soñó con un dragón que destruía al otro, y eso sería el inicio de una edad de caos. Sólo Sar sabe el significado de esto, y resta decir que preferiría ir yo en tu lugar. Si es deseo del emperador, que ha pedido expresamente tu vida por tu nombre, su voluntad debe acatarse. No podemos más que afrontar nuestro destino como hombres, y tú eres el mejor que he criado y conocido…—le espetó su señor, abrazándole.
Los grandullones le soltaron y Kerish recordó algo: los brazos de un hombre fuerte que no había vuelto a sentir con una paternidad tranquilizadora, y esa sensación débil que no comprendía, tan intensa, aunque no soportaba que le tocasen.
—…Hijo mío—susurró Torii, conteniendo apenas las lágrimas.
No le parecía justo, pero se consideraba un honor morir en las fauces del dragón del emperador.
El joven bárbaro guardó silencio mientras Lobo Negro comprendía qué era lo que no tenía y por qué. De todos modos, él jamás comprendería el honor, pero se sentía ajeno al abrazo del hombre que había tratado a ambos como a unos hijos… dentro de lo que se refiere a mantenerles con vida tras cada combate y ocuparse de su educación.
El muchacho de las Tierras de la Noche tensó su cuerpo y pronunció una palabra maldita para él.
—Me enseñaste que el destino…—.
—El destino es lo que tú haces de él—susurró Torii, que iba con su del azul y un fajín rojo, poniendo las manos sobre los hombros del bárbaro, —Eres y serás siempre mi mejor hombre de la espada. ¡Tienes el corazón, tienes el hierro, tienes el deseo y el espíritu! Recuerda todo lo que te enseñé. Cuando luches con el dragón, alcanzarás la inmortalidad. Dicen los míos, antes de partir a la batalla: Vuelve por tus pies al fuego junto a nosotros, vuelve al cielo con el viento y los caballos—.
Kerish separó a su maestro y le miró en silencio. Como siempre, lo decía todo con los ojos. Después de ello, aunque Torii nunca hubiera imaginado que el gladiador aceptaría el sacrificio (al menos el joven tenía la absurda idea de ganar la mano al dragón), le acarició la rosca verdosa que le hacía llevar siempre, traspasada por un cordel en el agujero central.
Fue el precio al que le había comprado, con monedas de jade. Según el tamaño del aro, había una medida asociada a un precio. Kerish costaba 36 de jade, toda una fortuna, y ahora valía el doble. Mas en estos momentos en que quería libertarle, debía ofrecerlo a la muerte. Supo que el Padre Cielo había dispuesto la suerte de cada mortal desde su nacimiento por cómo se sucedía todo en el destino, y el perder a otro hijo, aunque no fuera de sangre, le rompía el corazón.
—Ahora ve a ese, tu pequeño castillo de madera y descansa. Tienes un mes hasta la hora del dragón. Entrena duro para que la última lucha sea grande y el final más grande aún. Y tú, Lobo Negro, conservarás la vida a mi lado y serás maestro también. Todavía debes traer grandes triunfos a mi casa—.
El gladiador asintió y el maestro gladiador le despidió con un asentimiento de cabeza. Lobo Negro fue también despedido del mismo modo. Ignoraba por qué había sido llamado también, pero quizá lo comprendía. Por una parte, que Torii le consideraba su hijo también. Y por otra, aunque enfrentase a Kerish a la muerte, seguía prefiriéndole y le restregaba que era mejor que él.
¡Mejor que él! ¡Que Lobo Negro, el asesino sin remordimientos!
Esto tenía que acabarse.
La gloria de Kerish no sería muriendo contra el dragón del emperador, él ya se encargaría de eso.

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9 comentarios

  1. Puff, los celos, las envidias.. puf y doble puf. Espero que Kerish salga con vida de la prueba que tiene delante y no muy malherido, no ya tanto por enfrentarse a un dragón como por enfrentarse a un perro que pueda llegar a morderle la mano.

    Besus y gracias por la dosis diaria 😉

    23 noviembre, 2010 en 14:29

  2. De nada, Irewen, y en respuesta a eso: ¡se verá en el siguiente episodio que no tardarás mucho en descubrir, como de costumbre!
    Por cierto, hablando de episodios, a ver si te echas a leer lo que te dejaste atrás 😛

    23 noviembre, 2010 en 14:50

  3. Lalala, tengo que ponerme, es cierto, pero me esperan unas semanas cojonudas en la facultad… así que mi tiempo se reduce a mínimos.

    24 noviembre, 2010 en 14:08

    • Heheheh… no te preocupes, pero no lo olvides 😛
      ¡Tienes que saber de dónde consigo mi nombre!

      24 noviembre, 2010 en 15:54

  4. …Casi siento la solidaridad de la hermana mayor, pero no. La verdad es que Lobo Negro no está siendo un buen hermano mayor.

    Como te dije, sigo leyéndote, aunque “a rachas”…

    Besos de almendra! :***********

    11 diciembre, 2011 en 21:46

  5. Y buenas rachas son, si te hacen sentir lo que hay escrito. Pero el dragón, es un misterio que tardará en resolverse, aunque cada paso acercará a Kerish a la respuesta. De todos modos, ya conoces la motivaciones de Lobo Negro…
    Besos de almendra, ¿eh?
    ¡Me como tus besos, entonces!

    11 diciembre, 2011 en 21:56

  6. Tal vez cuando sepa el secreto del dragón, sabré por qué cierto bárbaro de la siguiente generación le regaló uno a cierta bardo… Hummmmm…

    11 diciembre, 2011 en 22:20

  7. Puede que tenga algo que ver… o quizás no. Como sea, lo averiguarás en su momento, ¡pero hasta entonces no prometo nada!

    11 diciembre, 2011 en 23:18

  8. Tu no prometas, que después nos conocemos… ;D

    Por lo demás, seguiré con el Radio Patio en marcha.

    11 diciembre, 2011 en 23:21

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