Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Vivir por matar (V)

Saliendo de sus pensamientos y volviendo al presente, echó un ojo a la panoplia de armas en la pared del modesto coliseo.
Vio una de las herramientas que utilizaba comúnmente.
Una de las armas favoritas del muchacho era el mangual a dos manos. Los había de muchas formas, pero prefería la bola sin clavos en la esfera,  incluso aquel que estaba formado por dos varas, una mucho más larga que la otra.
Eran armas que intensificaban el poder de su fuerza bruta.
Pero los ojos del tratante de gladiadores se encendían de admiración cuando, por las noches, su joven alumno estudiaba la lengua común, la Ilonia, y practicaba con un pesado sable para ser usado a dos manos debido a la largura de su hoja y el peso total.
Nunca había sido usado por Kerish en los combates de la arena.
Y el hombre que le aleccionaba junto a más gladiadores supo por qué no le puso nunca dicha arma en las manos en un solo espectáculo, de los muchos en que había participado: el juego se acabaría demasiado rápido.
Era un arma con la que el muchacho de pelo cobrizo aprovechaba al cien por cien su potencial de combate, un arma que daba sentido a sus movimientos y al empleo de su fuerza.
Torii, su maestro y amo, le observaba de nuevo practicar tras los juegos, calculando su potencial, admirando la forma autodidacta y mezcla de varias y a la vez ninguna técnica de esgrima que podía salir de la mente del joven.
Se preguntó, como varias veces recientemente, qué nombre tenía el chico. Si había una madre preocupada esperándole. Si había dejado atrás amigos, y un hogar.
Pero su casa era la arena ahora.
Y en la arena, donde no tenía nombre, nació como Kerish, ya que al principio manejó dos guanteletes-espada, cuyas hojas hacía sonar al deslizarlas una sobre otra, como hizo tiempo después con dos espadas gemelas y de hoja serpentina.
Fue cuando el Cymyr llevaba puesto en su primera aparición en el mundo civilizado unas escamas grandes y semejantes a las de una serpiente blanca a modo de armadura.
De ese modo, aludía a un ser mitológico que compartía de casualidad su nombre, aquella sierpe blanca que simbolizaba en una antigua y muerta… ¿religión?, el poder de los hombres. Kerish-Kaana, el dragón blanco del cielo, un relámpago, hijo del Trueno. Y esas espadas en sus manos eran como colmillos y garras en un dragón.
El muchacho detuvo su entrenamiento, que nunca terminaba, y su concentración. Torii se escondió, y vio que el bárbaro se sentaba ya dentro de la sala de armas, en un burdo banco de madera. De una panoplia al lado, tomó una espada corta de hoja ancha, mirándola desde el puño hasta el final de la hoja.
Le pareció verse aún apoyado con un antebrazo en un rastrillo de barrotes planos, observando cómo un hoplómaco (un guerrero acorazado y con una terrible hacha a dos manos) cortaba la cabeza y parte del hombro izquierdo a una mujer de cabellos castaños y ojos azules de un solo tajo con su terrible arma empapada por la sangre.
La mujer no debía tener más de veinte primaveras, e incluso en el suelo, una rota sombra de lo que fue, su esbelto cuerpo apenas cubierto por una faldilla corta marrón y los senos protegidos por un sostén de hierro resultaba hermoso.
Volvió a sentarse. Había tenido tres meses para observar y entrenarse, aleccionado por algunos maestros crueles que en su día fueron esclavos como él. No se resignaba a la esclavitud, pero su inteligencia le hizo tragarse su indomable orgullo y aprender todo lo útil hasta llegado el momento. Y el momento había llegado hasta aquellas verjas de hierro, a través de las cuales el espectáculo transcurría en la dorada arena de un país de los límites de Arryas que el nómada nunca había conocido.
Ni tan sólo había podido admirar sus calles, los edificios, ni la gente.
A su lado, un hombre con el musculoso torso cubierto por una armadura de cuero.
Kerish le miró de reojo y el otro se levantó; el oriental se quedó con las anchas espaldas llenas de cicatrices ante sus ojos. Luego, se abrieron las verjas de hierro. Y no se le volvió a ver más cuando bajaron con un golpe sordo.
Se oyeron los rugidos el público en aquella tierra exótica, bella y misteriosa, que glorificaba a los mortales, casi comparándolos con los dioses.
Siempre que el clamor crecía como la poderosa voz del trueno, había muerto alguien. Así terminó la vida del oriental musculoso.

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