Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Vivir por matar (IV)

Cuando el chico despertó de su aturdimiento, vio que el otro estaba pegado a su cuerpo, restregándose contra su virilidad con su rama masculina, mientras le lamía un hombro a su forzoso amante.
Le había arrancado también el taparrabo.
“Te gusta, ¿verdad, cariño?”, le dijo el otro mientras sujetaba morbosamente las presas muñecas de Kerish. Esa forma de hablar, ese acento afeminado, le hacían sentir náuseas.
El atleta olía de una manera extraña, y le desagradaba. El joven bárbaro intentó revolverse inútilmente, rugiendo y dando un grito, mientras el otro golpeaba su sexo tieso contra el del chico, y se reía, divirtiéndose con su depravación, con muchos pares y pares de ojos contemplando con  expectación a través de las rejas, en el calabozo.
“¡No me toques, hijo de puta!”, gritó Kerish en la lengua común, que había empezado a aprender mejor. Fueron sus primeras palabras desde que estaba allí.
El sureño de ojos claros, casi ambarinos, rió frotándose con una mano su corto cabello, que de castaño claro parecía rubio a veces…, y deslizó la lengua por una de las mejillas de él, bajando hasta su ombliguito y luego hasta la zona entre sus ingles, admirando la marca de un dragón que le habían tatuado en el lado izquierdo.
Después agarró con fuerza aquél miembro suave cuya cúspide como violácea ocultaba la piel, y se puso a hacer subir y bajar la carne que empezaba a tensarse, más por la irritación y la impotencia que por otra cosa.
Pasó así su hermoso rostro, agachado como estaba, por entre los muslos del muchacho, y le miró a sus ardientes ojos negros (nadie sabía si eran de tal color, pero tampoco hubo algo que les revelara lo contrario).
“No voy a hacer que me la chupes, pero tendrás que portarte como un niño bueno y no te haré daño. Te enseñaré el arte de cómo se satisface a un hombre… es a lo que me refería cuando…”; empezó a decir el instructor, mientras los que veían a través de las rejas se mostraban tan intrigados como asqueados.
Entonces, lamió la extensión del arco de entre las piernas del chico, incluso la bolsa de tacto suave que se emplazaba entre sus ingles, al menos un rato, mientras que el bárbaro no podía más que intentar resistirse y patalear.
Luego de eso, el sureño le cogió de los tobillos, por los que subían las tiras de cuero que sujetaban sus botas toscas a sus piernas, y le hizo levantarlas hacia los lados, separándoselas.
Volvió a juntarse a su piel pálida con su cuerpo delgado y moreno por el sol, y entreabrió unos labios carnosos, al tiempo que cerraba sus ojos, dispuesto a entrar entre las nalgas del crío salvaje. Un potrillo sin domar que él montaría a placer desde ahora.
Cuando Kerish notó que la cintura de él se echaba hacia atrás para luego arremeter contra su cuerpo, hizo uso de la presa que el otro le mantenía alzándole el cuerpo para levantar el torso y el trasero por encima de la verga del instructor, quedando con las nalgas y el miembro a la altura de la barbilla del que quería violarle, y cerró los fuertes muslos alrededor del cuello de aquél amante de los hombres.
Apretó con fuerza las rodillas mientras que el instructor y atleta del sur no le había soltado aún los tobillos, pero Kerish se había conseguido impulsar además a costa de sus muñecas, sujetas a la cruz de madera por los anchos grilletes, y luego siguió apretando más y más, con una sonrisa salvaje.
La de una fiera.
El otro luchó para quitárselo de encima, pero el esbelto cuello empezó a ceder, su faz atractiva se contrajo en una mueca de asfixia, el rostro enrojecía, se amorataba lo mismo que Kerish enrojecía por sus piernas.
Ejerció una presión bestial que acabó por matar al sureño, y no contento con eso, el muchacho giró la cintura violentamente con el cuello del instructor entre sus rodillas, provocando un crujido que a los que estaban admirando en la oscuridad de alrededor les dolió de sólo escucharlo.
El luchador gimnasta no respiraba.
Ya estaba muerto. Acabado, con los ojos vueltos hacia arriba y la lengua saliendo de una manera grotesca por la boca, y el cuerpo se había contorsionado de manera cómica y afeminada.
Pero eso a Kerish no le hizo gracia.
Entonces Torii, el maestro, el señor y entrenador de los gladiadores, entró allí echando abajo la puerta ayudado por sus dos enormes guardaespaldas. En tanto se acercaron a liberarle, el bárbaro rugió como un perro rabioso, hasta que el maestro pudo calmarle, convenciéndole de que no le harían daño.
Lo mismo había dicho el que estaba muerto en el suelo.
Una vez le soltaron, Kerish se aproximó al violador y le meó en el rostro y en la boca, y luego se fue, recomponiéndose las ropas con dignidad, sin saber cuál fue la reacción de Torii al ver el cadáver.
Desde ese día, no volvió a permitir que nadie se le acercara. Como mucho, Torii, o su “compañera”. Este recuerdo le hizo añorar más aún su tierra a la reciente adquisición, donde nunca pasaría esto, donde aún había honor.
Su tierra… su honor.
La memoria le dejaba constantemente presente que tenía que sobrevivir a aquello para volver algún día a su patria, aunque puede que no la volviera a pisar. Pero él se había convertido en un guerrero gladiador, luchaba con el gladio y mataba, y no iba a dejarse caer ahora.

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2 comentarios

  1. …Menudo inconsciente el sureño…

    30 mayo, 2011 en 21:16

  2. ¡Y un poco gayer pedófilo también!

    30 mayo, 2011 en 23:50

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