Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Vivir por matar (III)

A su espalda, las puertas que daban acceso a la arena se cerraban.
Habían caído muchos guerreros valientes hoy, pero su muerte no pesaba al bárbaro que se quitaba la careta metálica. Le conocían como “Kerish”. Era un sobrenombre con historia.
Le enseñaron a luchar años antes sin armas, tan sólo con unas espuelas para los empeines y unas nudilleras.
Luego pasaron a enseñarle técnicas de combate con arma y escudo. Dos armas. Armas romas. Cadenas… Estos cuatro años habían sido para él puro aprendizaje de combate.
Llegó a recordar que tuvo un nombre. Que tenía una familia que le esperaba. Pero el dinero que arrojaban a sus pies, los pellejos llenos de alcohólica leche, la aclamación de la gente que admiraba su forma de matar.
Sí, todo eso borraba sus recuerdos, sólo vivía para luchar y morir otro día.
Hace años fue capturado de una manera que no recuerda, y se encontró encadenado, con un pico y un martillo cerca de sus manos, en un campamento de esclavos.
Sus comienzos allí no fueron muy buenos, no se consideraba esclavo de ningún hombre o mujer, ni era sumiso.
Trajo por la calle de la amargura al esclavista, que alguna vez lo mandaba azotar con miedo, pues sabía que tener atrapado a un Cymyr, es como tener atrapada a tu muerte.
Pasó un mes o dos (no recordaba cuánto) picando piedras, y a golpes con los capataces. Hasta el día en que mató a uno, machacándole el cráneo con ambas manos, como si juntas hicieran el efecto de una terrible piedra.
El esclavista no pudo hacer otra cosa que venderlo a un tratante de gladiadores precipitadamente.
El muchacho estaría mejor (lejos) ahí y le matarían tarde o temprano, se libraría de él. Se libraría de la muerte, mandándolo a la misma y cobrando una buena suma en exótico jade verde.
El tratante de gladiadores era un hombre razonable, que le expuso la situación al joven bárbaro. No le hacía mucha gracia.
Pero, cuando le comentó al muchacho de piel pálida que los beneficios superarían a las desventajas, a la promesa de gloria por cada enemigo muerto a sus pies, Kerish se esforzó al límite para no caer ante nadie y aprender las artes de matar.
Las acrobacias eran algo que no dominaba.
No es que Kerish fuese un tipo vago y no se entrenase atléticamente, pero ya tenía bastante con luchar por su vida cuando se le antojaba a la gente, para encima convertirse en un gimnasta para placer de la multitud.
Además, estaba aquél sureño asqueroso, un tipo alto y enjuto, mostrando siempre que tenía ocasión sus lujuriosos abdominales. Una vez, cuando Kerish vino con casi trece años a parar al coso Ilonio, el sureño de piel bronceada había exigido entrenarle él en persona.
El resto de los instructores no había dicho nada que contrariase la elección del sureño, así que este se llevó al crío a una cámara oscura hablando de enseñarle el arte.
En cuanto estuvieron solos, el otro le golpeó con la espada de madera en medio de la espalda, y luego en la cabeza con un puño, dejando al niño aturdido.
Acto seguido, el maestro sureño, con su cuerpo de atleta ágil y fibrado, levantó al muchacho y lo engrilletó por las muñecas a una enorme X de madera y hierro. Luego le arrancó la túnica de un tirón y descubrió su pecho blanco, aún no tan desarrollado pero ya amplio, y le pasó la lengua por uno de sus pequeños y duros pezoncillos, para luego ir por el otro, con una lujuria más que impropia.
Se desnudó y luego admiró el cuerpo de hombrecito del muchacho bárbaro. Iba a ser su nuevo juguete.

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