Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Vivir por matar (II)

—¡Ke-Rish, Ke-Rish!—vitoreaban los guerreros y mercaderes Ilonios así como los de otras naciones allí presentes, que a parte de monedas, incluso echaban pellejos de airak al campeón de los brutales juegos.
Éste, brindándoles la victoria, emitió un gutural aullido que más bien parecía un desgarrador rugido, una manera bestial de celebrar el triunfo, de llamar la atención a los primales y violentos dioses guerreros.
El lugar estaba lleno de muertos. Sólo había un tipo en pie.
Y era el de la máscara de lobo, con esa mezcla de hacha, lanza y guadaña.
Qublei Khan rió de nuevo cuando Bortochoou, su segundo al mando y amigo de confianza, le tendía un pergamino.
El joven Khan, de la misma edad que su mejor amigo, leyó el idioma, que distante de serlo, era un dialecto escrito tal cual sonaba, traducido del Xin y que sonaba parecido.
Se levantó, y le siguieron su hombre de confianza, luego un arquero de blanco cabello, con un arco largo y rojo a su espalda que vestía armadura ligera Ilonia de color semejante, y tres muchachos jóvenes con el pelo corto y castaño, todos con unas espadas muy curvas y esbeltas, escoltando a sus siete esposas.
Los guardianes de sus mujeres no eran Ilonios, pero le habían prestado su lealtad como embajadores de otro país, no tan lejano, al norte de Xihuan. Irónicamente, compartían su sangre.
El Khan, con el pelo largo por detrás y corto por delante, tenía el flequillo en corte recto, a un dedo de las cejas.
Los tres muchachos de negro con el pelo corto, eran sus hermanos, aunque no hijos de su padre. Su hombre de confianza, con quien hizo pacto de sangre, era el único del que podía llamarse hermano.
Los tres Ilonios como él, eran hijos de un general, que se los llevó a todos y cada uno a vivir al país del norte del que apenas sabían nada, a estudiar la guerra, la poesía y los idiomas, para que a la hora de que los Ilonios eligieran un Khan que fuera vasallo de Xihuan, éste elegido fuera hombre de cultura y batalla.
El arquero era un viejo recluta de ropajes blancos. Un soldado fiel y sincero. Y el mejor arquero de toda la nación Ilonia.
Él sabía la historia del segundo padre del joven Khan:
Cuando su padre verdadero murió en un combate con un hermanastro en una disputa por unas tierras fértiles y una manada de caballos, el hermano de pacto de sangre de su padre, un general respetado, se encargó del joven mientras aún no podía mandar en el aíl, e hizo tres hijos a la madre del muchacho.
Con lo anterior ya presente, se dio cuenta el viejo arquero de que con todo, la única familia verdadera que siempre había estado al lado del joven Khan eran Bortochoou y su hermana. La joven de blanco y rojo que dirigía su tímida y hermosa mirada, confusa bajo las largas y hermosas pestañas, hacia la arena.
La única chica de la familia, la más mimada y la más sobreprotegida.
Fue el anciano quien miró al joven gladiador al notar que la muchacha lo hacía, sintiendo curiosidad por aquél de la máscara de metal.
Este último entraba por un portalón y era flanqueado por varios hombres, y unos esclavos fueron puestos por el maestro gladiador a recoger los regalos e irse por una puerta, tras la cual se cerraba el consabido rastrillo.
El arquero se quedó perplejo.
¿No era también un esclavo aquél muchacho que debía pasar bajo el rastrillo? ¿Por qué salía como un hombre libre por el portalón?
Los trabajadores del pequeño coliseo, encargándose de los muertos, los despojaban de armas y armaduras.
El arquero no era un tipo rudo, pero respetaba el combate, y si el combate en la arena era tan brutal, no debía de preocuparse de que en los campos de batalla no hubieran gladiadores.
Así estaba mejor todo, además, él era Gemei, el de la flecha.
Su ataque era a distancia, y en el cuerpo a cuerpo no era tan bueno como los guerreros de Qublei, el Khan. Mataba Khanes de otras tribus desde casi dos kilómetros, de pie y a la pata coja sobre la rama de un árbol.
No había hueco de armadura que se le pasase inadvertido. Por eso era el mejor.
Con la espada no era tan bueno aunque sí elegante, pero no podía compararse a un guerrero como el de la trenza rojiza.
La humanidad no paría tales máquinas de guerra, pero sí las creaba.
Y absorber de los países de los “ojos redondos” el hacer y ver estos espectáculos sangrientos repugnaba al viejo soldado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s