Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Vivir por matar

—¡Ja jaaa!—.
La risa, loca y gorgoteante, provenía de una garganta llena de airak, una bebida corriente en las tierras de Ilonia.
Los Ilonios, hombres de ojos rasgados y cabello negro, se estiraban de los lacios bigotes, o se acariciaban sus caras afeitadas y llenas de cicatrices de guerra, apostando los chings (moneda de curso legal de Ilonia) a los luchadores en aquel ruedo mortal que estaban presenciando.
Las monedas de colores, a las cuales pasaban por el diminuto hueco en el centro de cada una un cordel de cuero (las había según su valor por colores dorados, verdes y rojizos, fueran de oro, jade, o de otros materiales), circulaban de un lado a otro, y se ponían en alambres dispuestos para contar las cantidades.
El Khan era el hombre de estridente risa.
A sus 21 años, el Khan era un joven de larga melena oscura, de azul brillo, y entre carcajadas ahogadas en leche que, tras un periodo de fermentación, servía como licor, se deleitaba con el brutal espectáculo.
Apostaba más monedas verdes, riendo y golpeando con el puño los reposabrazos de su tosca silla de madera, cubierta de pieles y con cráneos de enemigos destacados sobre la cabecera de la silla y los brazos. Con el físico esbelto y los ojos de águila humanizada, los otros hombres le respetaban pues aquello era nacer bajo la protección de los cielos según sus mitos.
El pellejo de airak volaba de un lado a otro nuevamente entre los guerreros del Khan, y un recién cortado brazo voló hacia el público, ávido de sangre.
Los asiáticos bárbaros rieron de nuevo, mirando las bajas empalizadas, en la arena, cómo un joven armado con un tridente, intentaba clavar en las costillas de otro su arma. El muchacho que estaba esquivándole, había cortado el brazo a una mujer de pelo negro y ojos rasgados que blandía una lanza de doble hoja, similares ambos filos a los de las cimitarras.
El joven saltaba hacia el del tridente por un lateral, cortándole por la zona occipital del cráneo a su contrincante con un hacha que por el extremo opuesto, era una lanza.
Fue una maniobra rápida, brutal, y que había dejado congelado de miedo ante una muerte tan cercana a su rival un segundo antes.
Con los sesos desparramados por la arena, la gente que se divertía viendo el terrible juego de muerte aplaudía y loaba al vencedor, rindiendo honores al vencido con una canción que el guerrero gladiador que estaba en el centro de la pista no alcanzaba a comprender.
Ello no le importó…
Miró hacia su derecha una última vez.
La mujer en el suelo había muerto segundos antes por el shock, y el triunfante, que tenía la trenzada melena oscura pero rojiza, hizo rotar sus ojos hasta otro gladiador que había matado, alguien que no tuvo oportunidad, y cuya masa cerebral también estaba esparcida por el suelo.
Entre las cientos de miríadas que estaban pendientes de cada balanceo de su exótica hacha-lanza, unos ojos le observaban tras el Khan y sus varias esposas.
Los de una mujer de lisos cabellos azabache cuya belleza la camuflaba una mirada tímida, casi fija en el suelo.
Las pupilas negras del Khan fueron hacia la mujer, hermosa como pocas en sus tierras, y cuyo atavío era una túnica ancha de mangas largas de color blanco.
El reborde rojo en el cuello y mangas tenía estampados de flores, semejantes al enorme loto rojo que ella llevaba en la espalda, bordado ricamente con filigranas de oro y con el rojo brillante de la sangre.
Luego, la sombría mirada tornó al victorioso en la arena, el del cabello rojizo, cuando la luz iluminaba la oscura trenza, que le caía por la espalda.
Su taparrabo era blanco, aunque no como sus toscas botas, de pieles de oso. La cara del joven estaba cubierta por una máscara metálica, que asemejaba al rostro de un lobo.
Los Ilonios se alzaron, arrojando monedas rojas y doradas a sus pies, mientras que la pose triunfal del gladiador les arrancaba un grito comunitario y apasionado una vez más. Eran como niños que disfrutaban con un juguete que jugaba para ellos.
El gladiador clavaba su arma en el suelo, con la hoja del hacha hacia arriba, e inclinó una pierna, dejando la otra estirada, como si estuviese corriendo e imitase exageradamente la estatua de un atleta, de la misma forma que mantenía recto el torso, y dejaba caer un brazo tras su cadera izquierda.
La sangre en su arma brillaba con bermejo fulgor al elevarla hacia el sol de aquella tierra, que siempre se sumergía en las hermosas praderas que sus ojos nunca llegaban a ver.

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