Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

El Nacimiento (IV)

Le llevaron a un pequeño vado en una carretilla con jaula de hierro, y a través de los barrotes, le amarraron el cuello, la cintura, los brazos y las piernas con correas de cuero marrón tachonado, y le inmovilizaron con bicheros, usando los garfios.
Los ojos le enrojecieron de rabia, sobre todo cuando abrieron la jaula, y dos esclavos humanos de cabellos negros igual que sus barbas, amarraron algo que se cerró con un sonido metálico en torno a sus muñecas y antebrazos, así como le ajustaban más correas provenientes de los nuevos grilletes.
Apenas podía mover los dedos de las manos.
—¡No! ¡Soltadme, cabrones! ¡Quitadme esto, quitádmelo!—gritó el joven estepario, revolviéndose dolorosamente en su jaula cuando notó que las pequeñas púas de los garfios se le clavaban y se sumaban a las heridas aún no del todo desaparecidas que le causó el oso.
Aunque las había cicatrizado, le dolían todavía.
Escuchó de nuevo ese clamor, ese jaleo aterrador, y empotraron la jaula abierta del carromato a un ventanuco en la pared de piedra negra y amoratada.
Retiraron los garfios, con hilillos de sangre en los pálidos brazos y muslos del joven.
Se miró lo que tenía en las manos, y lo movió dentro de la jaula. Notó un filo que no quería acercarse al cuerpo por nada del mundo, y luego, delante de sí, vio que abrían una trampilla en la piedra.
Los otros seres gigantes, desde fuera, le cabreaban como a una bestia enjaulada, golpeando los barrotes planos que formaban cuadrados vacíos, y le daban algún otro golpe en los costados y las piernas con las varas de sus bicheros.
Entonces, un silencio, luego un murmullo, y el animal rabioso con forma humana que estaba en la jaula, se decidió a salir por la extraña puerta.
Se encontró a unos rostros desconocidos tirados en el suelo arenoso por debajo de él, mientras caminaba atemorizado por una alta pasarela.
Los negros muros manchados de sangre, la gente agonizando debajo de él, con heridas de muerte en el pecho, o armas clavadas en la espalda, le trajeron una visión familiar que no conocía del todo.
Alrededor, en las gradas de piedra, protegidas por altas vallas de bronce y roca, cientos de hombres y otros seres que coreaban como el canto de la muerte al recién llegado.
El próximo en morir.
“Estoy perdido…”
.
Khôr miró en derredor, con el escaso vello de sus brazos poniéndose de punta, al igual que sus descubiertos pezones se erizaron, presa del pavor y la excitación. El esbelto muchacho tenía el pecho a punto de estallar, estaba asustado como un conejo rodeado por chacales de goteantes colmillos.
De otro puente similar, pero menos alto y en el extremo opuesto, un hombre se precipitó entre el enloquecedor clamor. Era Aqueecha.
Un guerrero allí abajo, con una especie de lanza-hacha manchada de sangre tanto como su brazal de escamas de metal, que le cubría el brazo derecho y el pectoral del mismo lado tan sólo, giraba el arma sobre su cabeza y la chocaba contra la espada larga de Aqueecha.
La gente aclamó entre los aplausos que surgían de las altas paredes, las cuales acababan en alargadas columnas curvas que parecían garras de piedra, así otras víctimas aguardaban entre barrotes de hueso.
Con una parada exitosa, el hombre saltó sobre el guerrero de la alabarda, con la piel oscura, y practicó una estocada hacia el centro de su pecho.
Fallida por la agilidad presente del hombretón musculoso, Aqueecha quedó indefenso cuando el otro se situó a su izquierda, y le golpeó las costillas y el vientre con la vara del arma… luego, dejó caer la hoja contra el cuerpo del representante esclavo, que se hallaba postrado sobre sus rodillas, y le decapitó de un tajo.
—¡Saborea las cenizas y el hierro en la Fosa de Hueso!—gritó el público, enfrenecido por la locura violenta ante la cual pedían más todavía.
Igualmente gritó el victorioso con voz ronca, y alzó  su terrible alabarda, retando en lengua de batalla al joven bárbaro.
Éste olvidó el miedo, la indecisión, y todo lo que había sucedido.
Se miró los antebrazos, protegidos por una suerte de grilletes o brazales de acero, sobre los que, en la zona alta del antebrazo, estaban incrustadas unas cuchillas parecidas a dos garras de dragón.
“¿Cómo puedo estar perdido, si no tengo adónde ir?”
.
Su mirada, al igual que su expresión facial, recrudeció con el fulgor de las almas de metal afilado que portaba.
Las hizo brillar y rechinar, deslizando una contra la otra, mostrando una feroz sonrisa a su adversario, y saltó a su encuentro, con las piernas flexionadas del todo.
No era un niño, ya no. Y jamás volvería a serlo.
Tomó suelo como un león tras un salto, dispuesto a destrozar, dispuesto a destripar… y moriría con honor rodeado por un paisaje de desolación, esclavitud y violenta tristeza con el coro de la masa que pedía por más aniquilación.
Allí, luchó… y eso marcaría su destino para siempre.

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4 comentarios

  1. Eilidh

    Nace la leyenda…un génesis… esperemos a ver qué le depara ese destino.

    22 septiembre, 2010 en 22:56

  2. Todo lo que espera al final de su espada, todo lo que estará desde el principio en su corazón 😉

    2 agosto, 2012 en 23:54

  3. Alyena@live.com

    Así nació el pobre cabrón, no?
    Aunque es un buen comienzo para el salvaje, y mola ver cómo se entrenta a su destino.
    Me gusta!

    3 diciembre, 2012 en 11:29

    • Lo verás en el siguiente episodio con más acero, más sangre, y más muerte, Alyena 😉
      Esto es sólo el principio…

      3 diciembre, 2012 en 13:56

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