Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

El Nacimiento (III)

Parecía amanecer, el cielo estaba teñido con una pincelada púrpura que se mezclaba con un fulgor lineal y recto de color anaranjado, mientras que las nubes, lejanas y tormentosas, llegaban hasta ellos suaves e inexorables, pero a la vez plomizas y entristecedoras sobre sus cabezas.
Todos dormían aún, sólo les despertaban cuando la capa purpúrea se deshacía como una bandada de estorninos, y dejaba sobre ellos un cielo grisáceo que al atardecer, y debido a alguna tormenta sobrenatural, enrojecía.
Un jaleo le despertó. Abrió sus ojos oscuros y se levantó incorporándose, con las manos por delante, con el tintineo de los eslabones de hierro viejo de sus cadenas.
En esa fracción de segundo recibió una patada en la espalda que le dejó sin respiración unos instantes, y cuando le tiraron del cabello, giró sobre sus greñas, aún con el culo en el suelo, y alzó las manos para dejarlas caer sobre la zona entre las piernas del gigante de piel violácea pálida con furia, usando sus grilletes y cadenas además.
El otro apenas tuvo tiempo de apartarle con el largo brazo, cuando acogió involuntariamente el golpe y se sujetó con ambas manos la entrepierna. Entonces el joven esclavo saltó sobre el pecho del gigante, usó de nuevo y de aquella manera los puños, dejándolos caer sobre la frente, los ojos, y la nariz del gigante.
En el momento en que brotó su sangre, roja pero oscura, el muchacho del cabello de fuego negro hinchó el pecho y gritó como una bestia triunfal que había acabado con su enemigo natural.
Luego de eso, se levantó, y cogió el bronce que llevaba el capataz esclavista. Pero no duró mucho su respiro, y llegaron dos capataces más.
Al ver la cara blanca y marmórea salpicada de sangre, al igual que las manos, apenas pudieron reprimir con vigor un espasmo. Y cuando Khôr se levantó empuñando la espada de bronce, con la parte inferior de la hoja dentada y la punta chata, como formando una línea inclinada, ellos no fueron menos rápidos en el desenvaine.
No hubo palabras ni réplica de ayuda.
El primero se adelantó hacia su enemigo, el hombre inferior, con un poderoso ataque doble de ida y revés, pero el muchacho de piel blanca se retrasó de un salto y luego se impulsó con sus talones como un proyectil hacia el enemigo que preparaba un golpe desde lo alto.
La espada bajó, dio con el plano pomo del arma en la espalda del Cymyr, que gruñó con el golpe y que luego, increíblemente, apartó al gigante con un empujón como el embiste de un furioso uro.
El más grande cayó junto al compañero, que azuzaba cobardemente su bronce en el aire, a distancia prudencial del combate, y llamaba a gritos a los demás.
Su compañero había recibido el bronce de Khôr en una cadera, y el joven había asido con tal fuerza la espada, que tirando de su cuerpo con un golpe de mandoble, le había destripado por el lado izquierdo que su armadura escamada no protegía.
Así fue a por el otro, y ya veía que venían más. Al menos, moriría como un guerrero.
El otro, viendo ayuda, al final se envalentonó, y sus cabellos largos se mecieron en el aire como una ventisca, cuando se precipitó sobre el humano con su enorme brazo blandiendo la espada.
En tan sólo un suspiro, el bronce había dado contra el bronce, ambas espadas se habían mellado, trabado, y cuando el muchacho bárbaro vio que el empuje contra esa bestia humanoide no iba a triunfar, soltó el arma. Así, el otro se desequilibró, con una espada anormalmente fusionada a la otra, y trastabilló hacia delante.
Al instante en que intentó recuperarse, notó que el aire le faltaba. En unos dos segundos más, cuando ya oía los pasos de sus compañeros, supo del crujido de su garganta en su propio cuerpo, el cartílago roto, órganos sangrando dentro de su garganta… y se ahogó con su sangre.
Las cadenas se rompieron en su unión por el eslabón desgastado, y el bárbaro dejó de estrangular con ellas al capataz.
Tomó luego la espada que este tenía, y la destrabó de la otra, armándose. Le rodearon muchos.
Demasiados para él.
Pero no adoptó pose de combate… el pulso aún le hacía temblar, estremecerse por dentro, como si un tambor enorme pulsara en su plexo solar.
—¡Condenación! ¡Esto no lo había previsto, el crío es una ganga! Desarmadle con el mínimo daño posible. ¡Ha asesinado a tres capataces y debe remunerarme su coste! ¡Si sobrevive como ha hecho, nuestro invitado me pagará por él la suma que quiera! Vamos, muchacho, no te resistas—.
Khôr vio por segunda vez en todo este tiempo al cabrón que le había destinado a la suerte de trabajar en las minas, y obviamente, prefería morir a seguir trabajando en la esclavitud.
Él era libre como el viento de la estepa, y moriría libre, como ahora, con las cadenas rotas.
Se le echaron encima todos, sus largos brazos, sus grandes manos, le impidieron blandir las espadas cortas de mango largo, como las que fabricaban antiguamente en su pueblo…  y luego, se lo llevaron con la precaución del que captura un animal rabioso.
—Saboreará las cenizas y el hierro en la Fosa de Hueso. Y si no, pues morirá—.
Dkagn’kur rió bajo su capucha. Y rió… y rió.

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2 comentarios

  1. Alyena@live.com

    La lió parda mi salvajito… en vez de estarse quieto y morir en las minas, ha tenido que darme la primera de muchas orgías de sangre.
    Momento inolvidable de perro rabioso sediente de sangre, gracias.

    4 agosto, 2012 en 11:31

    • ¡Jajajajaja, pues ahí es nada! ¿Nerviosa? Porque el momento que esperabas acaba de llegar…

      4 agosto, 2012 en 16:38

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