Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

El Nacimiento

Las minas de Chagör.
De los cientos y cientos de hombres que habitaban tan insana tierra, nadie allí recordaba ese nombre. El viento no traía olores conocidos ni recuerdos, tan sólo los lamentos de los moribundos que estaban en la otra parte del campamento de los esclavos.
Las rocas tenían el color oscuro con brillo amoratado de las profundidades de algún tipo de purgatorio. Los Kentarios compraban toda aquella materia para construir sus profanas torres que podían verse lejos, muy lejos, y a lo lejos. De estas canteras se extraía hierro negro, que sólo se conseguía en el campamento del Señor de Esclavos en el oeste, y en el Valle Muerto del septentrión de Kentara, hogar de los demonios.
Las cuevas del campamento de los esclavos, todos humanos, además contenían minerales y otras materias primas necesarias para la magia y la alquimia, y eran de gran calidad, pero difíciles de encontrar. Si el negrero que manejaba el cotarro no se había hecho allí mismo un castillo, era porque estaba tan absorto en sus negocios que no necesitaba pensar o hacer otra cosa.
Quienes trabajaban en los niveles inferiores sólo oían el martilleo de hierro contra piedra de picos y mazos, los que estaban en niveles superiores apenas escuchaban a sus hermanos en desgracia, y los que estaban en niveles mucho más inferiores nunca volvían a subir. Además, el viento de los glaciares al sur solamente venía cuando oscurecía, y casi siempre estaba oscuro el cielo. Apenas había calor en los cuerpos de estos hombres, todos varones, y dotados para el trabajo duro. Los que no eran tan duros, morían. Los que eran duros, aguantaban. Y algún día dejaban de aguantar.
Quienes vigilaban a las pobres almas condenadas tenían algo de humanos y algo de demonios, pues aunque también habían algunos pelirrojos Väenn, existía una raza alta de hombres enjutos de pieles como el mármol y cabellos blancos, bien con los ojos del color de las cerezas, de la miel o de claro violeta excepcionalmente. Aunque de espaldas estrechas, sus cuerpos casi se asemejaban a los de los titanes, ya que medían y no se pasaban ninguno de los tres metros. Con todo la raza había ido decayendo, y por medio de arcanos y sustancias, un remanente de aquel esplendor quedaba en estos días reducido por la endogamia a una mera subespecie de brutos. En algunas ocasiones, los rostros de aquéllos gigantes resultaban imposibles de escrutar. Los que poseían inteligencia y ciertas capacidades valiosas eran de rasgos puros, bellos y crueles, atemporales, y disfrutaban con cada latigazo y cada paliza que infligían a sus víctimas. Incluso demostraban refinamientos. Los demás, sólo sirvientes. Por supuesto, la raza más atractiva y dotada de razonamiento resultaba inferior a los tres metros de altura y eran más compensados de físico que sus parientes bobos aunque más utilizados para labores pesadas y la lucha. Por decirlo de algún modo, la decadencia en sí misma se demostraba por sí sola con lo que habían hecho a sus propios hermanos y descendientes.
El peor de todos ellos era su jefe, era el más despiadado de todos y por eso el más cobarde y cabrón. Se pasaba lo poco que había del día comiendo y bebiendo envidiablemente (pues por sus ganancias era hombre-demonio opulento) delante de sus moribundos esclavos, divirtiéndose con juegos perversos de tortura, vejación y muerte e infligiendo crueles bromas a sus forzosos trabajadores. Chagör era un abismo sobre el mundo, y Dkagn’kur era el demonio propietario de todas aquellas torturadas almas.
Nunca se dejaba ver demasiado. Siempre con ricos ropajes de azul amoratado con doradas incrustaciones y encajes, y un velo que por dos rendijas ovaladas, dejaba ver la forma de sus ojos, dos fríos y crueles tajos con dos rubíes como iris sanguinos. Y sus soldados, lejos de imitarle la vestimenta, siempre con túnicas de malla metálica sobre pieles negras y tiras de cuero negro cubriendo sus albinos cuerpos. Siempre mostrando la cara. Sus malvadas caras.
Algo rompió la monotonía lacerante de prisioneros y guardianes, de condenados y condenadores, pues llegaba al campamento un carruaje pequeño, aunque bien pertrechado para el camino. Del carromato descendió un hombre de ojos rasgados con los bigotes lacios cayéndole a ambos lados de la cara, de largos que por poco llegaban a la barbilla por sí solos. Vestía con pieles de zorro en las piernas y una camisa de abrigo azul con rebordes blancos de cuero, y a la espalda, cargaba un arco recurvado y una plana aljaba. El Señor de Esclavos, Dkagn’kur, le tendió una de sus enormes manos.
—Mi querido señor Torii, bienvenido a mi… pequeño negocio, una vez más. ¿Qué puedo ofrecerle además de mi familia, en las cadenas o al cargo? Toda alma tiene precio, y cada cosa que poseo puede ser pagada—pronunció lenta, sugerentemente el gigante, mientras el otro le estrechaba aún la mano.
—Ya sabes a lo que vengo, camarada. Quiero más—.
La voz del que conocía como Torii era serena y firme al mismo tiempo. El cabello negro, recogido en dos trenzas a los lados y una larga coleta que caía por su espalda, se mecía por el viento, que aunque llegaba la noche y era gélido, no soplaba por fuerza, pues la condición climatológica del lugar no salvaguardaba del frío, pero sí de la ventisca.
—Pasa a mi tienda—le sonrió su anfitrión bajo el velo, —Pasa, y comamos mientras hablamos de negocios. La noche se acerca, y pronto saldrá la bestia a hacer su parte—.
Más lejos de la vivienda de acampada, que por dentro no tenía nada que envidiar a un palacio, se detenía una caravana de esclavos recién llegados de varios rincones del mundo conocido, y puede que sin conocer.
El crepúsculo purpúreo y sanguino a la vez se veía manchado por una imagen que se recortaba en el cielo. Los atemorizados esclavos no se movieron, ya fuera porque sus captores se lo ordenaron, o porque algo les decía que correr sería peor que permanecer estáticos. Algo pasó con la panza sobre sus cabezas, a no más de dos metros de altura, revolvió sus cabellos, el olor les hizo marearse y temblar. Y después nada.
Esperaron un rato, y continuaron su avance hasta el campamento del Señor de Esclavos en columna. Uno de los enjutos gigantes de cabellos blancos y rostro hermoso se apuró revisando el género, eran todos hombres jóvenes o maduros, pero todos resistentes. Los débiles habían perecido por el camino. Entre sibilantes quejidos y gruñidos suaves, los esclavistas hablaron en una lengua nauseabunda que los recién llegados pronto aprenderían a odiar, si es que no la odiaban ya. El amo del campamento de Minas Chagör volvió a salir de su tienda, les reprendió, pero su invitado de párpados rasgados y bigotes largos y lacios echó un vistazo a la mercancía con los ojos de un ave rapaz.
—Son todos hombres de miembros fuertes, Dkagn’kur. ¿Acaban de llegar?—.
—Ahmmm, sí. Eso es querido amigo, más genero del que te tenía prometido, porque éstos muchachos me han llegado de una expedición de tres meses y claro, podría venderte la mitad… por un precio razonable, más lo que tú me compres—.
—¿Tres meses cazando hombres y tan sólo consiguen traer diez, y unas pocas carretas llenas de baratijas?—.
—Esto seguro, querido camarada, que son los más fuertes, los que han sobrevivido al camino. Irán bien para tu propósito. Espero que no te ofenda el que sólo esté dispuesto a venderte la mitad del nuevo género—.
Torii se acarició el mentón, con barba de dos días, y miró al gigante. Echó una media sonrisa y asintió.
Luego, aquella mancha alada e imperceptible ahora en las tinieblas pasó por encima de las cabezas de los esclavos y los capataces a una altura respetable, levantando polvo. Después de eso los negociantes de carne volvieron a la tienda, y los esclavistas dirigieron a las sombras sin rostro y sin nombre hacia las barracas de los esclavos.

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4 comentarios

  1. Alyena@live.com

    No sé si me gusta Torii o qué… pero espero que Kerish esté entre esos 5 esclavos… xD

    3 agosto, 2012 en 1:28

    • KERISH

      Bueno, podría estar, o no…
      ¿Qué te parece la historia hasta el momento? 😛

      3 agosto, 2012 en 1:33

      • Alyena@live.com

        Interesante, muy interesante… bien construida, y que invita al lector a hundirse en ella.
        Me gustan mucho tus descripciones, porque cierras los ojos y es como estar en las minas.
        Gracias.

        3 agosto, 2012 en 3:40

  2. KERISH

    ¡Vaya! Viniendo de una lectora exigente es todo un honor, ¿sabes?
    ¡A ver si sigo estando a la altura en el siguiente episodio!

    3 agosto, 2012 en 3:44

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