Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

El Nacimiento (II)

No muy lejos, otros con muy mala suerte, y un futuro que era más una muerte en vida, soportaron la pavorosa presencia del monstruo al sentir el viento que levantaba.
—El dragón sobrevuela todas las noches este sitio. Está adiestrado para cazar a quien se encuentre en las inmediaciones del campamento y traerlo a su amo, como un perro de presa—dijo un hombre que los años en aquellas canteras diabólicas privaron de grasa saludable, y le proporcionaron en consecuencia la esbeltez de un adolescente, como el que estaba a su lado.
Otro recién llegado, hacía ya unos meses, y que cada noche seguía desgastando contra una piedra un eslabón de sus cadenas de hierro.
—Ese animal no tiene puntos débiles, ni siquiera sabes si el hierro negro Kentariano puede herir su carne. ¡Olvídalo, Aqeecha!—le reprendió un tipo que estaba por entrar en la cincuentena, como el que había hablado de la bestia negra, y se comunicaba en el mismo idioma, la lengua del norte.
Aunque éste hombre no parecía tan mayor como el otro, sólo podía advertirse en su mirada. Los dos con el cabello largo, oscuro y encrespado de años dejándoselo crecer sin peinárselo y con la barba hirsuta y crecida durante veinte años de presidio injusto, parecían náufragos. Incluso envejecidos antes de tiempo.
—La bestia que entrenó para cazarnos el Señor de Esclavos…—susurró el otro con odio y desesperanza, que no recordaba su propio nombre, —…Es un terrible monstruo que no heriríamos ni con nuestras lanzas, si aún las tuviéramos—.
Al lado de ambos, y de espaldas a ellos, el joven que había llegado nuevo hacía tiempo, aún desgastaba la anilla de sus cadenas que cada día cedía más a su insistencia.
—No te esfuerces, chico. No resolverá nada. Aun si consiguieras liberarte, no podrías luchar contra los monstruos de melena blanca—.
—Comen y beben. Cagan y mean. Y seguro que sangran como humanos—.
La voz del joven sonaba tenebrosa, profunda, y con todo, se asemejaba al susurro de una serpiente. Quizá la ronquera del día anterior le había hecho tener ese tono, cuando le hicieron enfrentarse a una pantera entre gritos, ambos sujetos como animales de compañía por unos collares y gruesas cadenas, dejando poco a poco acercarse a cada uno por un pedazo de carne poco hecha. La carne finalmente se la llevó la pantera negra, que a diferencia de la pantera Kentaria, que tenía el amo de los esclavos (se trataba de un felino blanco y esbelto con los ojos rojos y con la cola más corta), no se alimentaba cada día.
Volviendo del momento en que el joven recordaba competir con una bestia por la comida, se le dibujó una mueca siniestra en su rostro macilento y sombrío.
Había una fiesta en su tribu en la que un niño pequeño debía pelearse con un perro-lobo por un pedazo de carne. Si la ganaba, sus padres gozaban de un hijo con coraje. Pero divertir a aquél puerco que lo había reducido a la esclavitud pugnando contra sus bestias, le hacía sentir una rabia enfermiza. Los otros dos sabían que era Cymyr, y que los Cymyr eran animales encerrados en cuerpos de hombre, con un orgullo y energía que aventajaban a algunos seres vivos. Pero el muchacho estaba débil. Llevaba mucho tiempo comiendo poco, y mal.
Y en lugar de tomarse el agua por la noche, cuando podía absorberla mejor el cuerpo aprovechando el relente, se la tomaba cuando le venía en gana sin seguir en nada los consejos experimentados de sus forzosos compañeros.  Así, su cuerpo no se había desnutrido demasiado, seguía teniendo las piernas de un montañés, y la expresión orgullosa de un jinete de las estepas.
—¿Y qué, entonces?—le susurró Aqueecha, tras un largo silencio.
—Que si sangran, pueden morir… ¡si es que el bronce que llevan puede rajar sus pellejos, malditos sean!—gruñó el muchacho tras escupir con desdén, sin cesar de frotar la roca que tenía entre los dedos de la mano derecha contra las cadenas de hierro, produciendo de vez en cuando alguna chispa.
Pero terminó cansado, y se dejó caer en la pajiza sucia que tenían como cama en una especie de barracón, pero sin paredes. Sólo un techo y un tabique junto a la pared montañosa.
Entonces llegaron los nuevos, y los arrojaron con empujones hacia las yacijas de paja, entre gruñidos y siseos.
—Sois los nuevos, supongo. Yo soy Aqueecha, el… “representante” de los esclavos. Uníos a nosotros, amigos—les sonrió el que se presentaba así en lengua común.
Los recién llegados, asustados y desorientados, recibieron una explicación breve sobre el campamento y las duras jornadas que les esperaban.

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2 comentarios

  1. Alyena@live.com

    Acaba de llegar y ya la está liando, sublevando al personal con su mirada orgullosa, y negandose a aceptar su destino… no podía ser de otra manera, no salvajito?
    Me ha encantado, y por supuesto espero que sigas cubriendo mis expectativas.

    4 agosto, 2012 en 11:25

    • Tengo que decir que me influenció en este escrito la leyenda de Espartaco y la sublevación en la segunda guerra servil, pero lejos de eso, Kerish no piensa que todo esté perdido mientras sus enemigos sangren y pueda hacerse con un arma para ganar su libertad.
      Y en este caso, las cosas irán a peor, pero a la vez, a mejor…

      Ya veremos qué pasa, Alyena… seguro que no te imaginas cómo va a acabar el nacimiento del personaje 😉

      4 agosto, 2012 en 16:34

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