Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

El Oso Negro (III)

El jefe de ellos, el Väenn de cabello recogido en una coleta alta, de rojo intenso las barbas como su melena, alzó su mano deteniendo el ademán de sus hombres… que no quedaban más de siete.
Sus armaduras acolchadas cubiertas por pieles de osos y lobos grises presentaban cortes y desgarres, seguramente de anteriores pendencias. Quitándose el casco, Raabjorn suspiró.
—Esto es una locura. Irreal. Maldigo el día que se decidió esto en el consejo… ¡atraernos a una tierra de salvajes y bestias, de miedos de nuestros oscuros sueños! ¡Dejemos al muchacho y al oso y larguémonos! Mientras ambos estén gritando como malditas alimañas y ocupados en matarse…—.
Raabjorn vio cómo el oso estrujaba entre sus brazos al joven de cabello oscuro aunque rojizo una vez más.
Que la brutalidad animal del joven, aunque evidente, no era la suficiente para soportar con las manos desnudas la situación contra tan colosal bestia.
Se retiraron, pero un grito hizo que Raabjorn se girase para mirar. El muchacho abría las mandíbulas del oso con sus manos, evitando que  cerrase los dientes sobre su pescuezo a toda costa, recibiendo todavía un mortal abrazo que por momentos lo estrujaba más.
¡Qué vasallo tendría si el oso muriera a sus manos! ¿Todos los Cymyr eran así?
En esos momentos casi sentía admiración.
El joven estepario mordió el cuello del oso con furia, un grito animal salió de entre sus dientes, de su boca, la cual se llenó de la sangre del fornido cuello del oso negro.
Ambos eran salvajes. Ambos eran animales. Ninguno daría tregua al otro.
El oso crujió con un rugido los huesos del muchacho, y éste en respuesta, al ver que el oso no cedía y que era inevitable la muerte en su abrazo, sucumbió.
Un terror blanco le golpeó la frente, y tensó los músculos de todo su cuerpo, dando un grito salvaje, un alarido venido de una garganta infernal. Era el grito de guerra de su tribu.
El rostro bronceado de Sunna se le apareció, y sus ojos azules brillaron.
Las manos del joven bárbaro fueron a enterrar en ese momento sus dedos en los ojos del oso, retirándose de la mandíbula del terrible animal, y con el mismo bestial grito que un tigre o un león de los hielos, el muchacho pudo incluso llegar a notar una parte del cerebro animal.
Una masa cálida aunque fría a la vez, y la bestia se convulsionó con un violento rugido, lanzando al joven por los aires como a un muñeco de trapo.
El ciego oso decidió buscar a su víctima ante el pavor ancestral que había paralizado a los Väenn, como sabiendo que las lanzas de madera con punta de bronce no se abatirían contra su carne.
Con morder a su víctima el cráneo, el oso podría ganar el combate. El lobo rojo seguía allí, mirándoles, quieto como una estatua. Raabjorn mandó retirada a los suyos, partiendo por el desfiladero lejos de aquella niebla y esos horrores que estaba presenciando, antes de que al oso se le acabase la comida, y tuviera que ir por más.
La víctima del oso estaba a merced de sus garras y sus potentes dientes, y el animal tanteó el cuerpo blando que aún desprendía vida. Con los ojos goteando sangre, la garganta del oso pareció sentir un espasmo, y algo habló por él, o quizá lo había hecho de verdad por sí mismo.
Carne—.
La bestia se encorvó para destriparle con una mordida.
¿A cuántos jóvenes había devorado? ¿A cinco o seis en los últimos dos años? Y ahora tenía la carne que quería a su merced. Se inclinó despacio, sin preocuparse de los pelirrojos norteños que se habían escapado. Y el bestial hocico buscó la comida.
Pero la “comida” era malévolamente inteligente, y usó sus brazos para levantar el mentón del oso con los antebrazos, llegando luego a las manos, y haciendo presión contra la tráquea peluda con los dedos. El oso fue cediendo al brutal adversario, que le crujía el cartílago bajo la carne del pescuezo con una mueca de inclemencia y sadismo… si acaso la furia le había poseído y era su faz la que se mostraba.
Éste no era un hombre como a tantos que había matado. Era un lobo rabioso en el cuerpo de un hombre, la furia nublaba con un velo rojo su vista, y la bestia estaba perdiendo las fuerzas tanto por la sangre como por la asfixia.
Finalmente, las zarpas del oso se cerraron sobre el cuerpo protegido por una túnica y una capa de pieles, pero le faltaba el aire, y el crío no cedía ya a su abrazo.
Cuando el animal negro preparó un nuevo ataque de garras y mordisco, el joven bárbaro rodaba por la nieve esquivándole, y se armó con una lanza.
Corriendo tras la bestia, Khôr saltó sobre el oso, y le traspasó desde la espalda hasta el pecho con la lanza de bronce, profiriendo un grito de guerra.
La pesada bestia cayó con un lamento, un rugido de dolor… y el triunfante, el muchacho, se irguió sobre el oso. Estiró sus músculos aún en desarrollo, y se agachó por otra lanza caída, y la espada de bronce del Aes.
Ahora que Khôr había vencido a Jumahk el oso negro, podría volver a su pueblo, y bien pertrechado; los muertos ya no iban a necesitar nada de lo que llevasen encima. Le sobrevino una corriente cálida y luego notó el frío. La furia se había ido, y su cuerpo se resentía, pero había derrotado a la bestia.
Y así hubiese sido, de no ser porque el oso se fingía muerto, o aún le quedaban fuerzas a su negro cuerpo, alzándose por última vez contra el joven, y ambos se engancharon con rabia animal cuando el Cymyr se giró, feroces ambos, locos de salvajismo, y rodaron por la larga pendiente nevada del monte, intercambiando gruñidos y algún mordisco al aire.
Khôr solamente vio tinieblas. Y luego, aunque tarde para sus nervios, fue presa de la conmoción.

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