Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

El Oso Negro (II)

Calzaba unas botas de cuero negro que hubiera preferido cambiar en un momento por cómodas pieles, y había abandonado sus sandalias de nieve, quedándose con las espinilleras de bronce.
Bajó la pendiente que tenía delante, descendiendo el pequeño monte, una colina, un pico saliente hacia el que corrió y se encaramó con prudencia, como el tigre que acecha, pero con prisas.
En el vado que se extendía más de un kilómetro, escuchó una voz ronca y un coro de gruñidos, no era otra la lengua que usaban unos hombres, los Väenn, que habían sobrevivido a una batalla, a juzgar por sus rostros cansados y cuerpos heridos. Dos de ellos montaban sus caballos, pocos para once hombres.
Arrastraban un prisionero de cabellos rubios, maniatado, e iban a ponerse en marcha.
Pero un terrible rugido seguido de una masa peluda les hizo congelarse más que aquel paraje. Un enorme oso había golpeado el cuello de un corcel con sus garras y lo había tumbado, mientras que al otro, lo sujetaba de un mordisco por la silla de montar.
Sin haber más sangre que la de la pierna del guerrero Väenn, barbudo y de melena trenzada, el animal salió corriendo, y su jinete había caído. Eran varios hombres, y ante tal bestia sedienta, apenas podían amenazar al oso e intentar cerrar un círculo en torno a él.
El prisionero rubio cayó de espaldas algo más lejos, trastabillando en la nieve.
Entonces Khôr deseó tener la daga, esa arma tan fantástica aunque corta que le había regalado la joven y sufrida vampiresa.
El oso rugió, y el muchacho bárbaro acudió al reto. Sabía que el oso le estaba llamando… y no podía dejar que los Väenn lo mataran. La victoria debería ser suya. Así que se dejó caer de lado por la pendiente de la colina, nevada y con más de un metro de espesor hasta el suelo. Al llegar junto al hombre rubio, éste le miró.
—¡Muchacho! ¡Quítame estas cuerdas!—.
El bárbaro negó al joven hombre, de unos veinte años, con una barba rubia manchada de sangre y escarcha, y cuya larga melena le caía por la espalda. Iba a correr por el oso… pero se lo pensó nuevamente, mientras otro de los guerreros Väenn caía tras un zarpazo.
Se arrodilló junto al Aes y le desató las manos. Los leotardos rojos y la túnica de pieles que llevaba se habían salpicado de manchas oscuras y olían a sangre.
Todo guerrero sabía reconocer ese olor oxidado y casi imperceptible. Y Khôr también.
—¡Rápido, mi espada está en uno de los caballos muertos!—.
—No, pelo rubio. Te matarán. Coge este camino subiendo al monte y continúa dos días por él,  entonces, busca el vuelo de un águila, y encamínate hacia la zona por donde vuele más bajo. Allí encontrarás un sendero antiguo que te llevará a la frontera—le dijo Khôr, intentando ir de nuevo en pos de la bestia que se hallaba abrazándose a uno de los guerreros pelirrojos, que de pelirrojos, sus cabellos parecían un bermejo anaranjado.
Las lanzas de bronce se abatían sobre los flancos del aterrador oso; algunas daban donde el animal sentía daño, otras sólo pinchaban pelo.
—Vengo de allí, niño guerrero… veo que conoces la lengua del norte. ¿No sabes que hubo una batalla en la tierra de la frontera?—dijo el Aes, frotándose las muñecas mientras tiraba de Khôr y se escondía junto a él tras una roca nevada.
En pocas palabras, el rubio norteño le explicó al muchacho que las incursiones de los Väenn en territorio Cymyr habían empezado en esta semana, y que preparaban una serie de escaramuzas y saqueos contra el pueblo salvaje que tanto desdeñaban, apoyados por un enemigo exterior.
Si Khôr volvía con el Aes a su pueblo y les contaba con su testimonio lo que el joven guerrero había visto, podría volver como un héroe y ayudar a su gente.
Pero era demasiado joven, y el orgullo le llenaba el corazón que latía por su prima Sunna, de modo que se levantó de nuevo y miró al otro, decidido.
—Sigue el sendero que te dije, pero ve donde el gris del cielo se hace negro a medida que avances. Son las tribus del norte, busca la tribu del Lobo y di que vienes de parte del hijo de Takkan. Te escucharán oídos amigos—.
Una espada de bronce yacía cerca de ambos, y con el pie, el muchacho de la tribu del Lobo la alzó en el aire y el mango fue a parar a manos del tipo que había rescatado.
—Iré pues. Taan Skarsgard está en deuda contigo. ¡Vales un reino, amigo!—le sonrió el rubio, que a regañadientes, siguió sus indicaciones y dejó al niño allí.
Y después, el bárbaro de apenas 13 años corrió por el caballo muerto de un garrazo en el cuello, y encontró la espada de bronce del Aes. En las tierras de los Väenn aún no conocían el hierro y los Ases estaban empezando a extraerlo, pero no habían armas hechas de ese metal todavía.
Sin embargo los Cymyr ya sabían del acero desde mucho antes, y su cultura y tradiciones eran más “atrasadas” que las de los otros hombres de norte, ya que no conocían las casas de piedra.
El muchacho bárbaro se abalanzó sobre la espalda del oso, y le dio varias cuchilladas con el mortal bronce, un arma de guarda nimia en forma recta y finos nudos grabados en la hoja.
Corta para atacar cuerpo a cuerpo, el arma se hundía hasta la mitad en el corpachón de la bestia, pero aunque la espada se humedeciera roja, como una joven en su paso a la madurez, el animal no cesaba de batir sus brazos en el aire, de desgarrar los montes con sus gritos, y los norteños pelirrojos de ojos negros se retiraron a una distancia segura.
Sorprendidos por la intervención del salvaje chiquillo, aunque esto les diera unos momentos para tomar aire, se dieron cuenta de que el prisionero había huido.
—¡Maricones! ¡Panda de mendrugos! ¿Y el hijo del rey Schrekk?—gritó el jefe de ellos, Raabjorn, con un casco de bronce cuya cornamenta de vacuno había presenciado muchas batallas.
Todos se dieron cuenta de que el rubio había soltado sus amarres de alguna forma y había huido, pero no había ocultado sus huellas. Aunque los dos rastreadores de la partida guerrera habían muerto en combate, los hombres de Raabjorn podían seguir un rastro reciente, y las pisadas en la nieve del guerrero fugado lo eran.
Entonces miraron el singular combate, unas zarpas que pesarían sus más de 20 kilos con el ancho brazo que partía trozos de hielo con descomunal fuerza contra una espada de bronce.
En aquella tierra, se habían perdido tanto los Väenn como el muchacho que saltaba de la espalda del oso y caía al suelo aturdido, y se habían acercado demasiado al mítico Muro de Los Antiguos. Una barrera tras la que aguardaba un país de hielo, o más bien parcialmente hundido en el mismo, al que no se acercarían.
Brilló una suerte de espejismo en los nublados y oscuros cielos. Los Väenn no eran los únicos espectadores junto a sus dioses, si no un enorme lobo rojo, allá en una colina hermana de las de más abajo, les dedicaba una mirada inteligente.
El despiadado oso aprovechó para estrechar al joven salvaje entre sus brazos, y abrió sus terribles mandíbulas para enterrar los dientes en el hombro izquierdo del joven. El clima había calado los músculos del muchacho hasta tal punto que le fallaron sus manos, y la brillante espada de bronce cayó al suelo.
Pero antes que la criatura (que tenía una especie de escamas como de piedra a la espalda y en lo alto del cráneo) pudiera darse el festín, el muchacho interpuso ambos brazos bajo el cuello del oso y empezó a estrangularlo, impidiéndole abatir a distancia las mandíbulas sobre su cuerpo.
Los Väenn amenazaron al oso con sus lanzas, y dos de los guerreros que quedaban estaban por lanzar sus martillos de guerra. Jamás habían visto un enfrentamiento similar.
Así que esperaban que uno de los dos cayera sobre la nieve.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s