Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

La Fortaleza Negra (VII)

Tarja, que observaba estremecida por ver el cuerpo sangrante del joven, se abanicaba, mirándole. Sus ansias de sangre humana habían crecido más que el rubor de una virgen al contemplar por primera vez la rama dorada de su amante, y el abanico de color oscuro que movía dándose frescor brillaba, quizá por el reflejo de la misma luz fantasmagórica que se reflejaba por todas las facetas vidriosas provenientes del enorme ataúd de cristal.
Era como la luz del sol sobre el hielo azulado.
—Has aprendido bien nuestra lengua en muy poco de tiempo, bárbaro… eres un salvaje excepcional. ¿Considerarías quedarte conmigo y ser mi mano derecha? ¡Dominaríamos en pocas décadas estos territorios olvidados! ¡Serías mi amante y mi rey, príncipe Khôr!—.
El joven muchacho no entendía del todo a la vampiresa, pero estaba decidido a matarla.
Era un ser oscuro, y aunque él no era de la pureza del bien, tampoco se decantaba por el mal. No podía olvidar el llanto silencioso y las cálidas lágrimas de la joven muerta a sus manos. Era algo que debería hacer pagar a la condesa.
Su honor lo exigía así.
—Tú bromeas. ¿Príncipe de los muertos?—gruñó él con sarcasmo.
Pensó protestar con un enrojecimiento que crecía en la zona de sus mejillas y pómulos por la obscena idea de ser el amante de una mujer vampiro. No le daría tiempo ni a crecer porque sabía que ella mentía… o no. De todos modos, estaba planeado que él muriera esta noche, y se convirtiera en otro condenado más.
Se mordió el labio inferior y se encorvó hacia delante al mismo que la vampiresa seguía abanicándose despacio. Algo mareado por el esfuerzo de antes, y puede que por eso que respiraba también, tenía los brazos algo débiles. Ella no cesó en sus intentos.
—Has matado a mis siervos. Siervos con sangre poderosa en sus venas. Ahora son polvo. ¿No te das cuenta de dónde viene tu poder? ¿Cuál es tu verdadera sangre, príncipe?—.
Él negó con la cabeza. Y el que ella le llamase “príncipe” le hacía sentirse como un muñeco con el que jugar, como si le estuviera apodando “mascota”, por venir de quien venía la palabra. De todas maneras no vio nada más allá de palabras que medio entendía, y se armó de valor nuevamente.
Notó que el sangrar de su pecho y hombro se había detenido, y que no había ya marca alguna de garras. Rió, creyendo que se había vuelto loco, o que todo fue una ilusión.
La daga ahora brillaba roja intensamente, en el capullo de rosa al final de la empuñadura.
El joven salvaje corrió hacia la vampiresa con la espada en la mano izquierda y la daga en la otra, y lanzó un corte descendente hacia la cabeza de la mujer del cabello gris.
Los ojos violáceos de ella brillaron como un fuego alimentado por el infernal ardor de una llama mágica, y antepuso con la mano derecha su abanico a la hoja sin filo de aquella espada vieja.
La detuvo con el útil de airearse, y giró el brazo y la muñeca hacia el interior, tirando al suelo al nómada norteño y desproveyéndole de la espada, que salió volando por los aires. Aún era un insecto que aplastar.
Sangre que beber. Sería un desperdicio matar al futuro hombre con el que podría dominar Arryas. Un desperdicio sabroso. Por eso, alzó el abanico, del que asomaron las afiladas y finas puntas que brillaban en la tenebrosa claridad del averno personal de Tarja, y las hundió despacio en la carne del cuello del joven, haciendo brotar el rojo néctar de la vida mientras él trataba de recuperarse del terrible golpe contra el suelo.
Entonces, una explosión luminosa llenó el lugar, una claridad azul de núcleo blanco tan fría como a la vez ardiente. Esparciendo los rayos por toda la estancia, una sombra se alzaba con las alas abiertas, como un ángel oscuro en medio de una luz celestial. Su voz tronó en todo el lugar como un eco desde algún punto de las galaxias más oscuras.
—¿Quién ha osado profanar el santuario de la rosa? ¿Quién ha despertado sin permiso a su guardián y maestro?—exclamaba la voz de aquél.
—¡He sido yo, mi señor de la noche y el caos! ¡Yo os he despertado, tras lustros y siglos de verter sangre por este santuario de cristal y rosas, para que tuvieseis la fuerza de escapar y devolver la oscuridad al mundo!—.
Tarja dejó de hundir las delgadas cuchillas en el cuello de su presa, y quedó como en un extraño trance unos segundos, los suficientes como para que el humano de corta edad se alejase de ella, repuesto, y quedara en pie con la daga en la diestra.
—¡Mentís, pues sois la hechicera que engaña los corazones con una caricia para luego arrancarlos! ¡Queréis mi poder, mas yo os expulsaré de mi santa tierra!—.
Los ojos azules del recién despertado ser, aquella entidad cuasi divina, miraron a Khôr, que con desconcierto y un espasmo de temor supersticioso, alzó la daga de la rosa, manteniendo la distancia entre la vampira y el humanoide alado, en esencia, un dios.
—¡Tú traerás el caos al mundo y no yo… pero también podrás… Sí, ¡eres tú quien sólo puedes!—.
El guardián, con esa voz que no era de nadie y como de todos penetró en la mente de Tarja y en la del humano, y les mostró lo mismo: una visión extraña aunque luminosa y que en ningún momento pudieron asimilar como nada.
La luz se expandió en oleadas y tentáculos azules sobre todo el lugar, mientras Khôr corría subiendo las macabras escaleras libre de toda visión, y el suelo temblaba. Los muertos que sobresalían del suelo empezaron a chillar, a moverse, y poco a poco, escapaban de sus nichos en la tierra oscura e infértil que escupía las heces del mundo.
La terrible vibración, un terremoto, hizo que la sangre del santuario se precipitase como una ola, con el húmedo crujido del mar contra las rocas, llegando al techo y empañando de rojo las estalactitas y en el suelo las estalagmitas, que dispersas y aleatorias, se alzaban como los dientes de un dragón, amenazantes y afiladas en todas partes.
Corrió el pesado cerrojo accionándolo por la palanca que le daba una forma a la pieza en  “L”, y cerró la puerta pero sin llaves, y en la carrera derribó las armaduras sobre el camino para retrasar a los vampiros que venían por él al otro lado del corredor. Si les vio fue porque sus ojos brillaban en la oscuridad, a su izquierda.
Vivianne saltó sobre él antes de alcanzar la puerta de la salida, bajo una balconada doble, al final de muchas columnas que se resquebrajaban mientras la antinatural vibración en los cimientos del castillo balanceaba terriblemente la estructura.
La vampira del cabello rizado se clavó en la piel de él con sus uñas, y lanzaba dentelladas al cuello del joven con dificultad, sólo porque Khôr no paraba de moverse, tratando de sacudirse a la fatal fémina.
Con tal violencia la asió del corpiño, echando la mano izquierda por encima del hombro derecho, que el cuero de la prenda de Vivianne reventó y dejó sus suaves pechos al aire, rematados en sus respectivas aureolas por pezones de un color rosado con la hinchazón de excitación.
La vampira de rizado cabello trató de morder al joven bárbaro nuevamente, arrojándose por él esos momentos que el castillo temblaba como la gelatina, y Khôr, sintiendo en su piel por primera vez unos pechos de mujer, gritó en un nuevo intento de quitársela de encima.
Se sintió rabioso y contrariado, violento, al tener que clavar la daga entre aquellos dos senos, y sangrar a la preciosa joven vampira, que gritaba de horrible dolor cayendo al suelo, mostrando una inhumana mueca, con el rostro deformado en una máscara bestial y retorcida.
—¡Qué desperdicio!—gruñó él abriendo las puertas y saliendo por el patio de tierra, tan dura como la misma que había bajo el castillo, en las entrañas de ese lugar maldito por tres veces.
De aquella tierra emergían cuerpos… de personas ya muertas, como las otras que vio entre el terremoto de las catacumbas, poco visibles, pero Khôr no necesitaba mirarles para saber que el brillo de la vida abandonó sus ojos, y ahora eran muertos que vivían para alimentarse de los vivos. Las arenas del tiempo habían cesado para ellos, eran muertos vivientes… otros, vampiros.
El bárbaro salía del portón a trompicones violentos. Una figura le agarró del hombro derecho, rasgando este con las uñas, y el indomable joven guerrero le lanzó un codazo de media vuelta con el brazo izquierdo, acertando en el pómulo bajo el ojo izquierdo de la figura que le amenazaba, y al azotar su vientre con un puntapié circular, lanzó al vampiro de larga cabellera negra a varios pasos de distancia.
Khôr arrojó la daga al monstruo, que entre los muertos vivientes, no parecía distinguirse demasiado, salvo por su velocidad y fuerza.
La daga atravesó el espacio entre los contendientes con un silbido. Si esta se clavara o no lo mismo le daba al joven bárbaro. El aullido de dolor que lanzaría la criatura de la noche, décimas de segundo tras darse la vuelta el joven y correr hacia el camino que debió haber seguido  hace dos noches, le erizó el escaso vello de los brazos. Hasta ese momento, no le había afectado nada tanto, pues supo que durmió dos días casi en esa residencia de espectros bebedores de vida.
La luz azulada envolvía el lugar y salía de las estrechas ventanas y juntas de los negros ladrillos de piedra del castillo de Tarja. Una explosión de luz azul devastó el lugar, dejando sin sentido al bárbaro, y lo lanzó por el aire igual que si pesara lo mismo que una ardilla.
Despertó del golpe, aturdido, tras un largo tiempo que él no podría precisar. Por suerte los lobos no se lo habían comido, y ningún ser se estaba disputando sus tripas.
Se levantó asustado en parte, y miró la colina por la cual había caído volando la noche anterior… y sólo había ruinas en su cima. Otro día entero durmiendo.
¿Cuatro o cinco piedras podrían llamarse ruinas? ¿Qué le importaba al Cymyr las ruinas apenas del castillo, si el sol había salido con más fuerza que habitualmente esa mañana, y ya estaba listo para otra increíble aventura?
Se desperezó, tratando de olvidar lo sucedido en aquella terrible noche, y la plateada perla, casi imperceptible en el horizonte plomizo, se hallaba aún baja, mientras que la luna, seguida de una segunda menos perceptible, iba a reposar en la parte contraria del horizonte.
El bárbaro echó a andar, intuyendo la dirección que le estaba llevando cada vez más lejos de sus estepas llenas de demonios. Lo dejó todo atrás. Muy atrás.
Sunna le estaba esperando…
Tan sólo las estrellas recordarían el encuentro de esta noche.
En horas, la oscuridad volvía a cubrir con el manto las perlas celestes que brillaban en la negrura, mostrando el camino al caminante, la luna a los lobos que aullaban, y a una figura femenina de plateado cabello un nuevo comienzo para su no-vida.
“Allá donde estés, nos encontraremos. Esperaré a que crezcas y te hagas un poco más fuerte.  Entonces nos volveremos a ver…”.
Una carcajada se elevó en la distancia sobre las ruinas que tan lejos había dejado un criajo salvaje el día anterior.
Ella reía con voz cristalina y diabólica al mismo tiempo, como toda vampira escondida en la carcasa de la dulce humanidad.

“Sí, Khôr. Nos encontraremos pronto… ¡Y no te será tan fácil huir de mí!”.

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12 comentarios

  1. Un final apoteósico para esta primera aventura del bárbaro y una enemiga que queda atrás, lo suficientemente poderosa para poder tocar mucho las narices en el futuro. ¿Qué querría decir el ser alado? Desde luego, enganchas para querer saber qué le pasa de nuevo al muchacho, ver cómo va creciendo y cuándo se va a cruzar de nuevo con la vampira.

    Un saludo!

    7 septiembre, 2010 en 18:47

  2. Eilidh

    No creo que esa enemiga quede atrás tan fácilmente…quien sabe si aún hoy sigue atormentando al bárbaro en sus noches de soledad..

    7 septiembre, 2010 en 23:02

  3. Kerish

    Y tocará mucho las narices en el futuro, sí… de eso no hay mucha duda, pero el ser alado (que se verá en la siguiente saga, lo lamento) es alguien en cuyo trasfondo también baso una novela que continuaré tan pronto me halle de humor. De cualquier modo, no os preocupéis, que la acción no se acaba aquí ;P

    8 septiembre, 2010 en 1:49

  4. Nienna

    Si alguien me hubiese augurado hace unas semanas que me iban a gustar este tipo de aventuras, simplemente me habría carcajeado en sus narices, por “imposible”.

    Pero heme aquí, emocionándome, leyendo, sufriendo etc… Uff.

    24 marzo, 2011 en 13:55

  5. Kerish

    ¡Pues me alegro de que sea así!
    Que te guste, no que sufras y eso… jajajaja, así que bueno, si te mola, ¡para mí es todo un logro cuando no es tu tipo de lectura!
    ¡Sé buena!

    24 marzo, 2011 en 15:12

  6. Ahora todo empieza a encajarme… Hummmmmmmmmmmmm ^^

    28 marzo, 2011 en 15:36

  7. Kerish

    Heheheh, ¡y más que habrá que encajar, Iracebeth! 😛
    Pero bueno, se irá viendo poco a poco…
    ¡Ya te darás cuenta!

    28 marzo, 2011 en 15:38

  8. Duhr

    Mmhh… te nos estas ablandando? Una vampiresa que deja escapar la comida?! Es comida!!!! Por esos lares tiene que escasear, y mucho!!! Entiendo los sentimientos… pero… que demonios! no los entiendo!!
    Me esperaba que Khor tuviera que luchar un poco mas y que no lo dejaran marchar tan facilmente… pero me ha gustado la opcion de la vampiresa sensible.
    Aun asi, esta muy bien, me ha gustado mucho este capitulo pese a estar leyendomelo ayer medio dormida… XD. Pero lo termine!!
    Felicidades!!

    10 diciembre, 2011 en 20:25

  9. ¡Parece algo inverosímil, sí! Pero en un futuro irás conociendo la historia de Tarja, y por qué hace lo que hace…
    De hecho él no marcha fácilmente, ya que ha tenido que abrirse camino luchando con un castillo derrumbándose sobre su cabeza.
    Como decía, un día sabrás por qué la vampiresa ha hecho lo que ha hecho, y no es sólo por sensibilidad. Hay una verdad más oscura detrás.
    Me alegra que te haya gustado y enganchado como para terminarlo en mitad del sueño y el estar despierta, Duhr.
    ¡Nos leemos por aquí!

    11 diciembre, 2011 en 12:31

  10. Duhr

    No me referia a Tarja, sino a Vivianne!! Muy sentimental la veo… Es muy dificil encontrar un vampiro tan sensible!!! Me sorprende, pero tambien me gusta que te salgas de lo normal 😛

    16 diciembre, 2011 en 13:34

  11. KERISH

    Pero si Vivianne es la que intenta matarlo desesperadamente… ¿qué tiene de sensible y de “dejar escapar”? O_o

    16 diciembre, 2011 en 15:04

  12. Duhr

    Pfff ya me estoy liando con los nombres, maldita sea… U_U

    16 diciembre, 2011 en 15:10

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