Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

La Fortaleza Negra (VI)

Después de haberse sentido abatido, se recuperó, enfureciéndose por lo que se había visto obligado a hacer. Los de su pueblo hablaban de una morada en el reino de los muertos: una tiniebla en la que jamás hallarían la luz.
Sin esperanza en la otra vida, los Cymyr aún enterraban a sus muertos, pero se estaban acostumbrando a las piras, pues los chamanes consideraban que el cuerpo contenía energías aún, e incluso el alma, la cual había que liberar del reino mortal para que encontrase morada en los vientos de las negras montañas.
También se evitaban que volvieran a la vida como muertos vivientes, o vampiros.
No pudo evitar que le invadiese un vacío perturbador y que la fuerza de la furia se amilanase ante el dolor de la pérdida.
La primera mujer que tuvo en sus brazos se había convertido en ceniza.
Alejándose del triste momento, el salvaje abrió la puerta, sin prestar atención al pinchazo de antes, pues con las llaves que quedaron bajo las cenizas, se le ocurrió que podía ir saliendo a recorrer el interior del castillo, daga en mano.
Por extraño que le pareciese, el capullo plateado de rosa que hacía de pomo se había enrojecido levemente.
“Qué extraño”, pensó.
Caminaba por un pasadizo ancho, repleto de armaduras de caballeros con espadas largas de mango para una mano, y al fondo, una estancia cerrada por un enorme portón de hierro y madera. Lo abrió probando con las llaves, y dando con la adecuada, giró la cerradura en su momento, y entró.
Había aprendido de los cerrojos únicamente porque había visto la manera de accionarlos mediante llaves observando los arcones de los mercaderes que pasaban por las estepas para comerciar con su gente.
Lo que vio tras la puerta no era para los ojos de un hombre, y dejó caer la daga con súbito pavor. Una escalera tallada en la roca, rodeada de cadáveres en los huesos, sangrados hasta exagerar, y una cascada roja que caía a los lados de las escalinatas de antigua piedra que bajaban al foso burbujeaba en una especie de canales.
En el techo unas estalactitas de cristal brillante, tan brillante pero tenebroso como la cueva en la que había posado la mirada hace unos segundos. El lugar llevaba a un nivel bajo tierra.
Se giró hacia las armaduras y tomó una de las espadas.
No estaba demasiado afilada, y era ligera. Podría partir unos cuantos huesos con ella, y deshaciendo un cinturón de una de las armaduras, se puso la espada atravesada por el tahalí de cuero marrón claro, bajo la cadera izquierda.
Era un arma de hoja fina, y guarda cruciforme, en color metálico y envejecido. Decorativa, más que un arma, y de mala calidad, no se asemejaba a las espadas bárbaras de su pueblo en nada, pero podía servirle. De momento no había aparecido con quién usarla.
Y la daga que empuñaba en la diestra, le volvía a dar el pinchazo al retomarla del suelo. Esta vez, no pasó nada en concreto, así que abrió la mano, pero no encontró ninguna aguja.
Apenas dos minutos, el tiempo que le llevó hacer todo lo anterior, fue lo que se quedó antes de escuchar un lejano taconeo.
Lo había oído antes: Vivianne.
Cerró la puerta tras de sí al internarse en la cueva, por suerte las bisagras estaban bien engrasadas. Corrió un grueso pestillo de hierro, y se maldijo en silencio cuando el taconeo estaba más cerca aún que antes. Si hubiera empuñado la daga en lugar de dejarla caer…
De espaldas, bajó en silencio algunos peldaños, mirando hacia la puerta. No escuchó ruido alguno, pero Vivianne parecía alejarse.
Eso le dejó respirar un instante, el suficiente como para aspirar algo abominable bajo sus pies. Los escalones que estaba pisoteando eran lápidas, arrancadas de alguna suerte de cementerio, y entendió que los cadáveres a ambos lados, adornando la bajada, podían haber sido los muertos bajo las losas. Al bajar y bajar, el aroma de la carne muerta y descompuesta le iba mareando, y al final, desembocó en el terrible y onírico camino oscuro.
Habían negras ruinas y capillas destruidas, seguramente profanadas. Observó cómo de las paredes de cristal azul celeste y de las picas que emergían estáticas del suelo de tierra seca y dura, brotaban ramificaciones verdosas, que terminaban en rosas rojas, tan rojas como la sangre. La oscuridad a lo lejos solamente delataba un eco.
El del río de sangre que lo recorría por los lados y se perdía bajo tierra, para subir de nuevo en otro canal y llenar una urna de cristal celeste invertida, que contenía algo.
¿Qué imaginación retorcida había podido albergar un lugar así y llevarlo a cabo?
Tomó la daga con recelo, esta vez más del normal, mirando a todos lados y girando en todo momento sobre sí mismo. El diente enorme de cristal, al cual se acercó, no era una urna en cierto modo, pero tenía a alguien dentro. Era un ataúd.
La risa de Tarja resonó detrás suya y se volvió con los ojos abiertos como platos. Sus dos ayudantes saltaron sobre el joven bárbaro y éste se echó a un lado, era como luchar con lobos, esquivar sus continuas acometidas y soltar el golpe cuando el ataque hubiera finalizado al segundo de reponerse para la siguiente embestida.
Khôr era también un lobo. Un lobo asesino y cruel en lo mas profundo de su corazón, pues así esquivó una patada a la descubierta zona pectoral, echándose atrás, y saltó sobre el vampiro colgándose de su cuello con las manos, sujetándose con las piernas rodeándole el torso.
Mientras su atacante estaba sacudiéndole como a un estorbo, el joven bárbaro le golpeó en la nariz con la cabeza, una vez y otra, haciendo brotar el rojo líquido.
Los golpes furiosos atontaban al vampiro hasta hacerlo caer pero no le mataban, y el otro, indeciso, no sabía si lanzarse, temiendo por dañar a su compañero.
Tarde.
El bárbaro le clavó la daga plateada al aturdido chupasangre en la cabeza, haciendo fuerza abrió su cráneo en dos mitades empapándose de sangre y viendo unos sesos viscosos que por poco le hicieron arrojar lo que había comido.
Los ojos del muchacho bárbaro ya no eran los mismos tras un momento tenso, brutal, lleno de materia gris y sangre chapoteando bajo el peso de sus botas. Se apoderó de él una extraña locura de la que apenas era consciente, y la niebla roja veló su vista unos instantes, por arriba y por abajo.
Le gustaba la sangre que se iba derramando.
Y mientras el vampiro se agachaba y flexionaba las piernas, la daga del bárbaro refulgía roja, y el capullo de rosa en la empuñadura se iba llenando de un brillo más intenso. El vampiro y el bárbaro se lanzaron el uno por el otro con decisión.
El primero brincó asestando una patada en el pecho de Khôr, que se levantó lo más rápido que pudo, dolido sólo en su orgullo, y corrió a por el vampiro de nuevo, que se lanzaba contra él como un enorme felino.
Agachándose en el momento oportuno, derrapó a través del cuerpo del vampiro a la carrera, pasando por debajo de él. Desprotegido ante tal maniobra, el bebedor de sangre que al caer al suelo gimoteaba de dolor, se echaba las manos hacia el pectoral derecho y el costillar.
Se acercó al lecho de uno de los ríos de sangre, y empezó a beber… aunque su regeneración fue casi instantánea, Khôr no le dejó respiro alguno, y clavó la espada que portaba en medio de la espalda, partiendo su corazón, y fijándole al suelo como si fuera un tablón claveteado por un carpintero.
Mientras el muchacho se reponía del duelo, recibió un garrazo que le llegó desde el hombro derecho hasta el tórax, sin saber cómo.
Su dolor desorientó un poco su instinto, pero se agachó y rodó por el suelo cuando notó una pequeña corriente de aire sobre su cabeza. Así, vio al vampiro que no detectó en ningún momento, en el techo, y que se había posado en el suelo para luchar contra él.
Cuando uno de los brazos del cortesano oscuro se abalanzó con celeridad contra el cuerpo del joven, éste paró la garra del vampiro, haciéndole cortarse los dedos de la diestra. Un terrible grito, y el joven desatrancaba la espada del vampiro clavado al suelo, cuyo cuerpo se había resecado como el de uno de aquéllos cadáveres en la subida por las escalinatas, y se empezaba a convertir en polvo, igual  que el del cráneo abierto.
El de los dedos cortados saltaba hacia el muchacho, que con la velocidad del puma salvaje que en ocasiones se veía cazando una presa en la estepa, arrojó la daga de la rosa contra el torso del vampiro.
Se le abrió una herida cuando el arma enterró su hoja en su pecho, pero aunque no parecía sangrar, un brillo rojizo envolvió al ser nocturno. Se quedó de rodillas…
Sangraba agonizante hasta convertirse en polvo en cuestión de casi un minuto. Y la daga quedó sobre un montoncillo ceniciento, del que fue recogida por el salvaje. Empuñando sus herramientas de muerte, el joven esperó más atacantes, pero no encontró ninguno en la lejanía neblinosa de aquel submundo.
—Estúpidos…—jadeó en su lengua, escupiendo luego al suelo—…Me gustaría ver lo que hubieran hecho con una espada en la mano—.

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3 comentarios

  1. Escalofríos me daba únicamente de imaginar el pasaje que describes. Tétrico y tenebroso, me ha gustado cómo está narrado, la lucha contra los vampiros. Ahora me ha entrado curiosidad por la daga, está claro que tiene algo de mágica. ¿Qué hará Tarja? Buena pregunta, esperaré hasta la siguiente publicación.

    Un saludo

    7 septiembre, 2010 en 10:29

  2. Eilidh

    Esa Tarja que poquito me gusta…me da que ha encontrado un rival que más que eso, se convertirá en un muñeco a sus manos y algo con lo que divertirse. Esperemos que se le quiten las ganas..

    7 septiembre, 2010 en 11:34

  3. Kerish

    ¡La cosa está peligrosa!

    30 mayo, 2011 en 19:26

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