Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

La Fortaleza Negra (V)

El criado de pelo castaño corto asintió, agachando el rostro de afilados rasgos atractivos pero ausentes, y la criada rubia de brillantes rizos aparecía por otro flanco de la estancia, llevando a Khôr hasta su aposento, candelabro en mano.
Entonces, ésta encargó a la joven de cabellos castaños conducir al huésped a la dependencia donde le alojaron, y el muchacho siguió el paso de ella. Notaba algo en su ser, un hálito de ofuscada felicidad y profunda tristeza. Su mutismo sólo hacía pensar más aún a Khôr en donde se había metido. No había averiguado nada.
La muchacha rompió el silencio, una vez cerrada la puerta del cuarto.
—Joven señor, debéis iros. Corréis peligro de muerte en este castillo abandonado en las tierras de vuestra gente. Si la condesa no os mata hoy, os hará un esclavo por la eternidad, como yo.  Abandonad ya este lugar de locos y sanguinarios demonios, no es lugar para vos, un joven aún por vivir… Ruego a la tempestad y al benevolente Solus para que os protejan de los vampiros que quieren vuestra sangre—.
Khôr pareció entender esas palabras hasta con su alma, sobrecogido por la revelación…y vio cómo la muchacha de lisos cabellos lloraba sus marrones ojos, dejándose caer en el suelo, aferrada a la pierna izquierda del bárbaro, intentando que éste abandonase el lugar con más explicaciones siniestras que él apenas comprendió, pero con lo dicho antes, que sí asimiló con sus conocimientos, eran suficiente.
En vez de huir (aunque su conocimiento del idioma era limitado, no lo era su valor) dejó a la muchacha en un lado de la estancia, apartándola de su pierna, sosteniéndola por los hombros con ambas manos, mirándola fijamente. Repasó sus cejas, un poco gruesas, y contempló asombrado cómo sus iris azuleaban solos, extrañamente, y las lágrimas que brotaban parecían las que humedecían un puñal asesino al sacarlo de un corazón, aunque no fueran rojas.
Acercó la nariz al cabello de la joven, y olfateó su aroma, también el de su piel, y ella le abrazó, sobrecogida por la tristeza. Aquél joven se parecía… quizá no su cuerpo ni su rostro, pero había algo que le recordaba endiabladamente a…
—Julyann, mi pobre Julyann—susurró ella notando que su cuerpo femenino y hermoso temblaba, aferrándose al cuerpo del muchacho una vez más, deslizando unas manos amantes por la espalda de él, al tiempo que Khôr la abrazaba.
Sabía que no era Julyann. Pero necesitaba hacerlo.
Sin Julyann, había enloquecido, y esperaba el ocaso que la llevara al sepulcro, recoger de entre sus propias costillas lo que latía y ardía, y entregarlo a su amor en la tumba.
Él no hablaba. Tomó el rostro de ella entre las manos, encarando sus hermosas facciones, aunque como ausentes y tristes, y se empapó con el arroyo tibio de sus labios, bajo la maraña de su cabello, reteniéndola contra la pared.
No invadió su boca. Sólo los sedosos pétalos.
Ella le miró, sus ojos oscurecían otra vez, y le apartó suavemente. Caminó hasta la cama donde Khôr había estado, y se agachó.
—Si ellos… son… gente malvada, demonios que beben sangre, tú y yo escapamos de esto—le susurró Khôr poniéndose a su lado, sintiendo que un halo embriagador le poseía, quería volver a tener sus labios, el olor a flores suaves de su piel, la fragancia afrutada de su melena…
Pero ella le parecía ignorar por el momento, y él no sabía del aciago pasado que revivía, pues una nube de recuerdos hermosos que se tornaban siniestros y terribles cruzó por el pensamiento de la esbelta fémina.
De cómo fue con su amante por las calles de su ciudad natal, y Julyann, joven y hermoso, de cabellera oscura, había escapado del monasterio blanco de los clérigos una noche de verano, no demasiado calurosa, y de cielo despejado y con cientos de miles de cuentas alrededor de la luna.
Retozaron por los exteriores del monasterio y se amaron apasionadamente, Julyann había guardado su virgo para ella, que por amor había hecho lo mismo y no se había entregado a nadie.
“¿Cuánto me amas?” preguntó él a la muchacha de cabellos castaños, besando su frente, situándose sobre ella. La joven le acarició el rostro con el dorso de una mano, y le dejó un susurro en los labios.
“Más que al sol. ¿Y tú, Julyann?”.
Ahítos de placer y abrazados bajo la claridad lechosa, sobre la corta hierba, escucharon los gritos. Los clérigos y los monjes gritaban aterradoramente, y cuando fueron a ver qué sucedía, por mera curiosidad humana, o por querer ayudar… ella ya estaba allí.
Casi desnuda, hermosa y ultraterrena, la mujer a la que servía la joven, pero varios años atrás, casi una vida.
En el momento de verse, ella avanzó hacia la pareja aterrorizada, e inmóvil por el pavor.
Tarja la besó. Luego, besó al amante de ella, y al toque de los oscuros labios, siguió un crujido astillado.
Cuando la muchacha de ojos marrones miró, recobrando su ser, saliendo del terrible trance, vio que la condesa había partido el cuello a su amante con las manos después de beber su sangre. Iba con un taparrabo y una capa, y unas botas altas hasta casi las ingles. El cabello encrespado, y sus hermosos ojos brillando en púrpura encendido. La muchacha no pudo resistir el abrazo entre sus senos blancos y grandes, de cimas erectas y aureolas redondas, perfectas, y brillantes por la sangre que se había derramado sobre ellas.
Volviendo en sí misma, se detuvo a mirar al joven varón que tenía delante. Parecía que los ojos de ella no expresaban más que el terrible abandono no del placer; de la tristeza.
El llanto que había acallado monótonamente todos estos años, iba a terminar por escapar de su garganta, mas no salió. El guerrero autóctono se mordió la lengua, como yendo a decir algo que no podía o no sabía expresar por mucho que lo deseara.
Pero supo pronunciar con valor y determinación una palabra que sí conocía en lenguaje común. Y esa era…
—Arma—.
Algo brilló en los ojos castaños de la mujer joven. Se inclinó sobre una rodilla junto a la cama, sabiendo que en el cuarto donde Vivianne alojó a Khôr, había un artículo que podía servirle de algo, y que quizá estuviera guardado en cierto lugar.
Sacó el cajón de madera de debajo de la cama, para encontrar algún tipo de arma.
Lo que extrajo fue un ataúd. Khôr apartó a la sirvienta suavemente, y lo abrió, quedándose extrañado de su tétrica forma y diseño interior rojo, como acolchado. Era un féretro del tamaño de Vivianne.
En alguna ocasión, el bárbaro había oído hablar de estas cajas para los muertos. No le prestó más atención, no había nada interesante dentro.
Contemplando a la muchacha otra vez, se juró llevársela consigo, y librarla del mal que la aquejaba, fuera como fuese. Ella le había avisado del peligro, pese a que todo había sido demasiado rápido, y el muchacho guerrero, que no crédulo, sabía de manera inconsciente que la joven tenía razón y no mentía.
—Puedes… venir conmigo—le susurró a ella.
—¿Yo? No puedo, mi joven señor, no podría vivir con vos pues me han convertido en una condenada por la eternidad, para cumplir los deseos de Tarja, la vampira—.
Khôr había mejorado su lenguaje, pero al oír tan claro la palabra vampiro, su cuerpo fue recorrido por el frío y ancestral temor a las tinieblas que poblaban el mundo. Él había escuchado hablar de los vampiros en brazos de su madre, el pavor supersticioso de aquella tierra se centraba en leyendas oscuras.
Todas las que nacen con la noche, y se alejan en la mañana cuando los niños despiertan sin sombras que los amenacen frente a sus camas.
—Mi señor, debéis matarla, y a todos los demás también. Si no, toda esta tierra de la que venís, se convertirá en un bastión de la oscuridad, los incautos como vos y vuestra gente que vengan aquí estarán malditos por el oscuro don de la no-muerte y la sed de sangre de Tarja. Ella está en el santuario para el que necesitáis mis llaves, es una puerta grande y rematada en hierro, en el fondo de un pasillo custodiado por armaduras. Yo no os pido que me llevéis con vos, ni lo anhelo, pero una se ha hartado de tanto vivir en las tinieblas…quisiera descansar. Descansar de todo y reunirme con él—.
El bárbaro sintió ahora una punzada en su pecho. Comprendió por qué la muchacha no deseaba vivir más, por cual razón le pedía la muerte.
—Os lo ruego, joven amigo. ¡Arrebatadme con misericordia la no-muerte que me llena el alma de pena, y dejad que me reúna con mi amado!—.
Aunque Khôr no entendía algunas palabras, sabía de sobras lo que sucedía. Comprendía la palabra Muerte.
—Te prometo que te daré lo que pides—añadió decisivamente, aunque con hablar pausado.
Ella finalmente encontró debajo de la tela roja del ataúd una afilada daga, con la empuñadura muy parecida a un tallo de flor, y el pomo un capullo de rosa.
Sabía que era un “recuerdo” que Vivianne escondía de su visita a cierta parte bajo el castillo. La encontró clavada en una especie de cristal, y le llevó una mañana entera en la oscuridad bajo el feudo de Tarja extraer la daga.
La tendió al Cymyr con profunda aflicción en sus lágrimas y alegría en sus ojos, él tomó el presente con algo de indecisión, pero ya no podía echarse atrás.
La empuñó con fuerza mientras, impaciente, la muchacha saltaba sobre él, con los colmillos tan desarrollados como los de un lobo, y el bárbaro nacido en las faldas de Arrián le clavó por instinto la daga en el corazón.
Los ojos de la joven cesaron de llorar para ignorar una mueca de dolor, y finalmente, sonreír a la llamada de la muerte y entrar en su reino oscuro.
El bárbaro sabía que no estaría sola si su amado y ella se reunían y todo aquello que se decía del otro mundo era cierto. El semblante de la doncella se relajó al caer en los brazos de Khôr, que cerró sus ojos suavemente y la dejó reposar en el suelo.
Se levantó, quitándose sus ropajes nuevos y sustituyendo estos por los viejos, pero se dejó las botas de cuero y ajustó las espinilleras de las sandalias a las botas con las correas. Miró donde la muchacha estaría tendida muerta… y sólo había un puñado de tristeza gris junto a un aro de hierro y en él llaves atravesadas por sus ojales.
Al empuñar el arma, con más fuerza, notó un pequeño pinchazo, no demasiado doloroso, y se encontró con fuerzas renovadas. Agarró la materia en que la chica se había convertido, y la sopló por el estrecho ventanal.
El espíritu de la joven de los ojos tristes ahora volaba libre y desaparecía en la noche como el polen con la ventisca.

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2 comentarios

  1. Siempre hay un destello de esperanza en el sitio más oscuro. Un interludio en la acción que deja pensativo al lector sobre lo que tiene que venir y sobre cómo va a poder enfrentarlo el joven bárbaro.

    Me ha gustado esta nueva entrega por la sencillez y a la vez la cantidad de los sentimientos que se expresan en estas líneas, de que incluso a pesar de la sed de sangre, alguien bueno, puede seguir siéndolo.

    No me hagas mucho caso, Morfeo aún me tiene entre sus brazos y no pienso con claridad.

    Un saludo.

    6 septiembre, 2010 en 9:04

  2. Kerish

    Espero que pronto despiertes de su sueño… estas letras seguirán ahí cuando vuelvas 😛

    30 mayo, 2011 en 19:27

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